Musicología para la paz. Reflexiones a partir de una parábola mompoxina

Desde la Escuela de Análisis Cultural de la Universidad de Ámsterdam, Países Bajos, el periodista e investigador colombiano Juan David Montoya Alzate reflexiona sobre la música como instrumento para la paz. Para él, la música es excusa, vehículo, terreno de disputa y argumentación, de inscripción cultural allí donde se juntan lo estético y lo político. Este texto, que parte de la anécdota de un robo en un concierto en Mompox, invita a responder “en clave musical” preguntas como ¿hay un ‘nosotros’?

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La parábola mompoxina

El cuento, una poderosa analogía de las relaciones sociales del Caribe, lo echó de pronto uno de los artesanos de la zona que con sus corotos había llegado al viejo puerto para surtir a la risueña clientela del Festival de la Cumbia de El Banco.

Decía aquel hombre que, como ya es costumbre cada año, lo más selecto de la elite costeña se encontraba reunida río abajo, en una de las coloridas plazas del bello puerto de Mompox. Desde hace un par de años la Gobernación del Bolívar ha organizado allí el Festival de Jazz de Mompox, un curioso experimento de sincretismo sonoro que junta en este lugar inverosímil las corrientes musicales del río Magdalena y el río Mississippi.

Con las coloridas plazas del puerto como trasfondo de ensueño, enrejados en el área destinada para la ‘gente muy importante’, muy cerca de los músicos, unos bien sentados chasqueaban los dedos al ritmo del bebop. Los momposinox de a pie, entretanto, empinaban a lo lejos las chanclas, tratando de identificar saxofones y contrabajos.

Y así andaban, los unos embelesados y los otros marginados del corral VIP, cuando llegó la tormenta. La isla mompoxina por poco naufraga en uno de esos diluvios que de un momento a otro atraviesan mar, sierra y ciénaga. Sin guayabera de lino sobre sus hombros ni silla plástica bajo sus posaderas, la muchedumbre local excluida del concierto encontró refugio fácilmente bajo las cornisas de los edificios coloniales, que pronto se vieron a reventar.

En el centro de la plaza, entretanto, los vi-ai-pi chapuceaban, resguardándose del chaparrón bajo unas sillas plásticas que se convirtieron en improvisados paraguas y que terminaron acompañando a los ensopados hasta sus distinguidísimos refugios, donde pasaron la noche y la pena.

Los locales cambiaron rápidamente las carcajadas por la indignación, dado que al día siguiente la organización del festival tuvo que comisionar a pregoneros para que, megáfono en mano, invitaran a los distinguidísimos visitantes a devolver las sillas convertidas en paraguas, que no aparecían por ninguna parte.

Entre lo estético y lo político

Después de reír, como para no llorar, quienes en El Banco entonces escuchaban la historia del robo de las sillas Rimax empezaron una agria discusión sobre las relaciones de clase en la costa y los festivales musicales, esos termómetros de lo nacional en una “Colombia ingrata donde los gobernantes solo buscan a los pobres para bailarse sus fiestas”, como escribe la voz costeña de Alberto Salcedo.

Y aunque la música también permite identificar fracturas y talentos en otras latitudes, opino que los tropiezos y las epopeyas sonoras en Colombia son particularmente palpables, audibles. Imagino que esto se debe quizá a una ubicuidad musical en la que tienen que ver por igual radiolas, marimbas, tambores y ‘picós’. Tal vez se deba a que, como pocos elementos expresivos de lo nacional, la música ha contado las historias cotidianas de todas esas gentes disímiles que hacen parte del entramado colectivo.

De pronto su preponderancia se deba a la capacidad que tienen nuestras músicas de conectar con la memoria. El caso es que las implicaciones sociales de la música importan. E importan muchísimo, tanto así que fue imposible para la academia permanecer en una sordera histórica que limitaba su estudio a los conservatorios.

La música está en el centro del espacio público y en el centro de los debates del día a día. Sea esto porque en Mompox desaparecieron las sillas del Festival de Jazz, porque a Maluma lo condecoran con el collar de arepas que entrega la Gobernación de Antioquia, porque el vallenato tradicional esté hoy por hoy listado en la Unesco como un patrimonio inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguarda, o porque a Shakira se le olvidó la letra del himno nacional.

La música es excusa, vehículo, terreno de disputa y argumentación, de inscripción cultural allí donde se juntan lo estético y lo político. Ella construye textos para la interpretación y la resistencia, es refugio de la subjetividad, bien de consumo, de intercambio, reflejo y motor de identidad. También una forma privilegiada de aprendizaje, de reinterpretar el pasado, de definir el espacio público, de conectar con el cuerpo, de explorar la diversidad, el otro.

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¿De dónde esa urgencia académica por lanzarse a la caza de documentos coloniales, archivos sin dolientes, sonoridades evanescentes? Algo de la respuesta pasa por la necesidad de responder, palabras más, palabras menos, quiénes somos. Y de allí vienen otras preguntas imprescindibles, como por ejemplo: ¿Por qué mi propia definición pasa por la del ‘otro’? ¿Hay un ‘nosotros’? Y si existe, como parece, ¿quién lo construye y bajo cuáles discursos? ¿Por qué y cómo ese ‘nosotros’ excluye a ‘otros’? ¿Qué espacio de interacción darle a esos ‘otros’? Pensemos en clave musical para responder estas cuestiones básicas.

La convicción de que la música importa –y que especialmente nos tiene que importar a los pueblos que estamos tan inmersos en lo sonoro– ha llevado a que seamos cada vez más los investigadores involucrados en un diálogo global. Este ejercicio académico ha confirmado que la problematización de nuestras músicas y prácticas sonoras es un asunto glocal vigente, un terreno que permite escuchar las voces de estudiosos que suman mares a nuestros procesos colectivos de identificación.

Orejas abiertas a la crítica sobre la inconveniente consolidación del racismo (musical) que denuncian voces de peso como la de Peter Wade; oídos al análisis etnosonoro, en tiempos previos a la invención de la grabadora, que entrega la pluma afilada de Ana María Ochoa; tímpanos listos para la reivindicativa teorización de la transmisión musical que hace Manuel Zapata Olivella; atención al concierto de voces que van consolidando nuevos tejidos nacionales, como detectan Manuel Sevilla y Carolina Santamaría en tiempos de la llamada World Music. No es exagerado pensar que, en estos estudios, quienes habitamos este rincón al que hemos llamado la América del Sur encontraremos las claves de nuestras mayores tragedias y alegrías.

En un territorio de modernidades heterogéneas, en un país feudal que mira de reojo a otro que avanza a la velocidad de la fibra óptica, la música colombiana sigue siendo muestra de una originalidad y diversidad que el mundo ha perdido en el camino de la globalización. Para que se entienda más claro: Colombia, su música y sus particularidades tienen muchísimo que compartir en un mundo cada vez menos diverso, narrativamente más uniforme, donde los plataformas digitales –quién lo creyera– han desconectado los sonidos de las comunidades que los producen (algo que en el mundo académico han llamado esquizofonia).

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No hay que perder de vista que pensar y discutir la música cobra mayor importancia en el caso colombiano, ni más ni menos porque el reconocimiento de la diversidad humana –a través del reconocimiento de la diversidad de las expresiones artísticas– ha sido propuesto como camino constitucional para la superación de nuestros más agudos conflictos (recomendadísimo ‘Entre los deseos y los derechos’, un ensayo imprescindible sobre las políticas culturales y la paz de Ana María Ochoa). En otras palabras, parece que la paz cruza necesariamente un meridiano artístico en el que la música es un lenguaje común.

Con el silencio de los fusiles, los colombianos hemos empezado a escuchar esas canciones sociales largamente acalladas por el traqueteo de la guerra. Y vendrán más. Oído entonces a los sonidos, para que la música sea laboratorio de ese encuentro que promete sacar a flote todas aquellas demandas marginadas por asuntos presuntamente más urgentes.

Y es que la música, no cabe duda, ha permitido y seguirá permitiendo escuchar las voces disonantes que han cuestionado ese orden de injusticias que tantísimos dan por inmodificable.

Ahora sabemos que para alcanzar un colectivo más saludable, más fraterno, menos violento, habrá que cuestionar esas presuntas verdades que poco tienen de natural. Los feminismos ya lo han entendido así, y detrás de esa brecha irreversible que han abierto las luchas de género vienen todas las demás reivindicaciones: de raza, de orientación sexual, de etnia, de clase…

Confiemos en que la música, su estudio humanístico y la conexión que ella facilita entre ese esquivo ‘nosotros’, abonen el terreno para la consolidación de un nuevo tejido social, uno que quizá cuestione la tremenda mezquindad y desigualdad –ese cáncer que alimenta todos nuestros males– que salen a flote descaradamente en parábolas infortunadas como la del festival mompoxino.

La paz, ahora lo sabemos, exige mucho más que una democracia de papel en la que las fiestas populares son el único punto de encuentro de ese imaginado ‘nosotros’ que algunos exploramos desde la academia.

Confiemos entonces en que la música sea una fiesta de la diversidad cultural colombiana, esa tierra prometida.

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