Manuel Zapata Olivella: la liberación del Muntú en Colombia

Leer la novela Changó, el gran putas fue el plan de los amigos de Entreletras, una iniciativa de lectura colectiva en voz alta de la fundación cultural Carteros de la Noche. Como parte del Club de Lectura Virtual de Diario de Paz Colombia, invitamos a todos los lectores en Colombia a buscar a Changó.

obras de manuel zapata olivella
 Lee también “Los propósitos de la novela son los de la denuncia”: Manuel Zapata Olivella

Por John J. Osorio

El pasado 17 de marzo, cuando apenas se rumoraba sobre el aislamiento social que decretaría el Gobierno unos días después, nueve amigos tuvimos la osadía de reunirnos a celebrar Entreletras, una especie de ritual en el que los Carteros de la Noche leemos juntos y en voz alta obras que nos cuentan antiguos secretos. Nos encontrábamos en el patio de la casa antigua en donde funciona la fundación: un proscenio improvisado de viejas estibas de madera, un telón negro, cortinillas, sillas rimax, un mural y muchas revistas y libros de segunda mano (o tercera, o quinta, quién sabe).

El invitado de esa noche era el vagabundo, el errante, Manuel Zapata Olivella, que habían parido en Lorica las aguas del Magdalena encantado exactamente cien años atrás. Aprovecharíamos la efemérides como excusa para leer su obra magna: Changó, el gran putas. 

Manuel nos visitaba desde la cárcel en África donde sus ekobios le mostraron cómo tenía que narrar la historia del exilio de la gente negra en América. Manuel volvía desde las mazmorras con su voz de sable, para hablarnos en la voz de Nagafúa, voz de tambor. Repicaba en nuestros oídos el aliento de su canto, ese canto profundo de sus antepasados con que empieza la novela.

Manuel venía de sus expediciones a las costas occidentales del continente negro, de sus visitas a los reinos del Níger y de los Ashanti para narrarnos los horrores de las cacerías humanas y el tránsito de miseria de los viajes transatlánticos. Escuchábamos los cantos del Muntú, la historia de su exilio y de su asombro, el peso de cadenas de su oscura maldición.

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A veces era Changó quien nos hablaba, a veces Yemayá la que removía las aguas del pasado y la memoria. Sentíamos el dolor, las historia de la resistencia y la libertad. Llegaba hasta nosotros una voz perdida en los laberintos del olvido, silenciada por los aullidos de la Loba Blanca. Se multiplicaban las voces, usaban muchas máscaras para contarnos la maldición del bravo oricha que les había condenado al destierro.

Eran los testimonios de los desplazados, de los nadie, de los torturados, de los despreciados, que atravesaban con sus gritos la tierra, haciéndola temblar. Era el reclamo del retorno de sus dioses, de sus reyes, de sus lenguas obligadas a desaparecer. Era la épica de Oyo sagrado, de los señores vodús, del kulonda. Era la sangre llamando la simiente de su descendencia. 

Era el viaje desde la Costa de Marfil hasta Cartagena, que iniciaba con el secuestro de holandeses y portugueses. Era el padre Claver, que decía defenderlos, pero que los perseguía por brujos. Eran las lenguas confundiéndose, la libertad gestándose en el vientre de los barcos, el recuerdo de la rebeldía, el cumplimiento de las profecías contadas al viento por las tablas de Ifá. Eran Benkos Biohó y Catalina, era el Palenque de San Basilio y la sensualidad de la música y los bailes; el macho-sol, macho-cabrío, tocando tambores en la nochedía de Getsemaní y el Cerro de la Popa.

Era la diáspora africana, la expulsión de la madre, la solidaridad entre los orpimidos. Eran los negos de chambacú arrancándole piedras al mar, ahogándose en el agua salada para construir las murallas. Eran los europeos invadiendo América y esclavizando a África para explotarla en su sagrienta empresa colonizadora. 

Era el nacimiento de la rebeldía mestiza y del cimarronaje. Era el parto del nuevo mundo. Y ahí estaba el Muntú, lejos de su tierra, separado de sus ancestros. Pero también estaba la promesa de la libertad, la filosofía primigenia de la vida, la alegre rebelión que inflamaba los cuerpos con danzas, cantos y tambores. Estaban las semillas del mijo y del arroz, el ñame y el plátano. Estaban los alabaos, las marimbas, los cantos.

Por eso leíamos a Manuel, para conocer esa historia invisibilizada de la gente negra en América, para entendernos en nuestras raíces africanas, para comprender lo que todos los nacidos y nacidas en América tenemos de África en nuestros genes. Y ahí estaba el médico, antropólogo y escritor cordobés para contárnoslo. O mejor, para cantárnoslo en su obra poética, en su epopeya negra, narrada con el ritmo y la fuerza del tambor. Su canto débil nos llegaba desde los orígenes, su voz y su cuerpo de babalao no eran más que el medio de los orichas para hablarnos a través de su escritura; Manuel Zapata Olivella, el hombre que nos reveló a África, a Afro-América, el brujo de la libertad, el abridor de Caminos. 

Leímos con ansias la primera, la segunda, la tercera parte de ese relato monumental que en total suma unas seiscientas páginas. Zapata Olivella quiso contárnoslo todo, descubrirnos las mezquindades completas de los dos continentes, para que no se nos olvidaran ni nuestro vínculo ni nuestra responsabilidad. Lo seguimos como un medium de voces invisibles, de historias borradas y testimonios desaparecidos.

Nos asombramos de la riqueza musical y de la potencia simbólica de su obra que, como cualquier monumento, está hecha para ser admirada pero también estudiada y criticada, cosa que creemos se hace poco en Colombia pues, por una especie de racismo literario, parece que las letras negras no hacen parte del canon ni de las listas de lectura de la educación básica obligatoria (pese a iniciativas como la publicación de la biblioteca de la literatura afrocolombina por el Ministerio de Cultura en 2011, año internacional de los y las afrodescendientes).

Por esa razón, los Carteros decidimos continuar nuestro rito de Entreletras con obras de autores y autoras afrocolombianos, para redescubrir esa riqueza poco valorada y celebrar ese mestizaje que nos liga en lo más profundo del encuentro de nuestras sangres para combatir el racismo y lograr por fin, en Colombia y en toda América, la liberación y la descolonización de nuestros pueblos, la reconciliación del Muntú y la paz.

Ese es el legado de Manuel, y de Delia, su hermana, y de tantos otros pensadores y pensadoras negras, intelectuales que comprometieron sus vidas con una filosofía de la vida, de la celebración y de la libertad. Y es también la herencia de otros escritores afrocolombianos poco leídos como Rogerio Velásquez, con su semblanza de Manuel Saturio Valencia, el último condenado a muerte en Colombia; o el gran Arnoldo Palacios con su retrato de la tragedia de Quibdó de hace 70 años, y de hoy, en Las estrellas son negras

Esperemos que la declaratoria del año Manuel Zapata Olivella por parte del Ministerio de Cultura de Colombia sirva para seguir reconociendo a un hombre que derrumbó  el mito de la nación blanca y de la segregación racial en Colombia; el hombre que nos mostró que había otro país, en las costas y las riberas, más allá de los altiplanos mestizos de los Andes, y que anunció y denunció que éste era también un país de indígenas y afros, de gentes excluidas en un país que bullía más acá de sus fronteras.

Ojalá que no sea solo pompa y ruido, sino que se reconozca realmente y se valore el aporte del negro Manuel a la historia, a la antropología y a la literatura de Colombia, y que éste deje de ser real y efectivamente un país donde se discrimine a la gente por su color de piel, por su raza, por su pelo, por su género y su orientación sexual. Esa fue la mayor enseñanza y la única lucha de todo lo que escribió e investigó Manuel. Larga vida a ese babalao, oricha mayor de nuestra literatura, gestor de la liberación del Muntú en Colombia. 

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  • Carteros de la Noche es una fundación que desarrolla proyectos artísticos y culturales con comunidades locales en el municipio de Quimbaya y el departamento del Quindío. Puedes ver su perfil de Facebook.
  • Aquí puedes descargar la novela Changó, el gran putas.

Escrito por

Casi siempre llevo una barba de dos semanas y el pelo revolcado. Soy distraído y se me olvidan las cosas. Me gusta escribir, pero a veces preferiría no hacerlo. Solo digo lo esencial. Para todo lo demás, me queda el silencio. Soy insustancial, vago, anodino, poco sociable. Fumo y veo series y leo novelas raras. No me gusta hablar de mí, ni mi oficio me define, aunque mi signo zodiacal sea determinante. Me gusta la fiesta, cocinar y escuchar música. Bailo mal y hago chistes de papá, pero lo disfruto. Viajo menos de lo que me gustaría. Creo que no tengo talento y soy desordenado. Escucho salsa, reguetón, postpunk y tango. Mi identidad es fluida como mis estados de ánimo. No hago terapia y sobrevivo mi rareza como mejor puedo. No soy de buena familia ni buena persona ni gente de bien. Construyo un país desde la imaginación porque no me gusta la realidad donde he nacido. Amo la poesía, el cine, la literatura, la pintura y la música, porque me salvan del aburrimiento y la miseria del mundo. Porque cuestionan y trastocan lo establecido como verdad y porque incomodan a los acomodados. Lo que escribo no es más que un golpe contra la pared.

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