“La hojarasca”: una tragedia griega sobre el progreso y la modernidad en Colombia

Leer en profundidad obras de la literatura colombiana nos permite hacer una exploración especial en la historia nacional. En este artículo, a propósito de La hojarasca, un joven periodista y magíster en literatura, se adentra en tópicos como la modernidad en Colombia y la visión del progreso sustentada en la religión y la ciencia. Un artículo del especial sobre La hojarasca, parte del Club de Lectura Virtual.

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Por Carlos Andrés Cazares 

En la actualidad, hacer un estudio o aproximación a la obra de Gabriel García Márquez podría considerarse una labor innecesaria, pues muchos de sus cuentos, novelas y ensayos han sido analizados por cientos de teóricos y escritores en todo el mundo, quienes han celebrado la magnitud de la estilística y narrativa del autor colombiano.

Sin embargo, no es descabellado proponer un análisis de su obra en retrospectiva histórica, estética y contextual, ya que, a medida que pasa el tiempo, el presente también reivindica la pertinencia de una obra.

En este caso, para intentar conciliar la labor de la crítica literaria en un punto de relación del autor con el pasado, el presente y el futuro, revisaremos su primera novela La hojarasca (1955), en relación con el escenario económico por el que atravesaba Colombia a finales del siglo XIX y comienzos del XX, el devenir estético del autor y las narrativas contemporáneas, tanto políticas como literarias.

Asi comienza La hojarasca

El progreso sustentado en la religión y la ciencia

Existen varios factores en la primera novela de García Márquez que hacen referencia a la entrada de la modernidad en Colombia. Se muestran, por ejemplo, la llegada de una multinacional como la United Fruit Company, el ferrocarril, la sanidad, el flujo de dinero, la prostitución, esta última mostrando la decadencia que trae la explotación agrícola/industrial a un territorio.

Todas estas características hacen parte del paisaje en la obra y sirven para influenciar el desarrollo de los personajes y la relación que éstos entablan con dichas características. Esto nos lleva a concebir toda la obra como una representación de la llegada de la modernidad, ya que, hasta el nombre de la obra la propone como una entelequia que arrasa con la ciudad para establecer un modo de vida: el del capital y la explotación de la tierra.

“En menos de un año (la hojarasca) arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios”.

Esta situación se esclarece con el contexto histórico colombiano del momento, como menciona el historiador Oscar Torres (1996):

“La sociedad colombiana del siglo XIX se debatió en el tránsito de los rasgos tradicionales del viejo establecimiento colonial a las modernas formas de la sociedad capitalista. Tránsito conflictivo y tortuoso, no sólo en lo político sino en lo económico; el siglo XIX, se ha dicho, no termina en 1900 sino que se prolonga hasta 1930, porque las estructuras económicas, sociales y de poder político combinan las formas tradicionales que resisten y la modernización de la nueva fase capitalista. (Torres, 1996)

Pero, ¿cómo García Márquez explota esta situación y la resignifica como estadio mayor digno de ser narrado y convertido en literatura mas allá de la historia? El tratamiento que hace de los personajes radica en la imitatio, pues los extrapola de su simple función narrativa y los llena de metáforas y símiles sobre la situación de esa Colombia, desde el punto de vista del autor, la de 1955. 

La cita de la tragedia griega Antígona abre el universo de la imitatio en La hojarasca, no obstante, antes de adentrarse en el tópico del devenir estético, es necesario mencionar la función que ejerce el discurso de la modernidad, el cual se personifica de tres formas: 1) el modelo capitalista de extracción, representado por la United Fruit Company; 2) el sustento del dogma religioso en persona del párroco de Macondo: El cachorro, y 3) la labor del doctor, como el hombre de ciencia.

Esta triada, desde el análisis marxista literario, se confiere como el escenario de las superestructuras sociales que sustenta el formato económico y el cual se transfiere a un ámbito estético o cultural según el filósofo Georg Lukács. El cachorro y el doctor parecen ser hermanos, sin conexión posterior, pero al igual que uno representa la ciencia y el otro la religión, tienen una relación histórica, la cual, como símil en La hojarasca, sustenta la llegada de la modernidad y el progreso a Macondo. De esta manera, cuando la hojarasca se va de la ciudad, la ciencia y la religión dejan de ser funcionales en el sustento ideológico del capital, por lo que se deterioraron y terminan corrompiéndose.

La muerte de El cachorro deriva en fanatismo por la figura del sacerdote que, al ser remplazada, termina en decadencia: el dogma simple de la abstracción religiosa. De manera similar, con la muerte del doctor, que representaba la abstracción de la razón metódica, la ciencia se marcha de Macondo, dando rienda suelta al odio, al escepticismo y al mito. Es en este último en donde se centra el tiempo presente de la novela, y sobre el que se avizora la labor estética de García Márquez, quien demarcará el trasegar de su obra sobre el lenguaje y la ficción que se despliegan tras el caos de la modernidad y la ausencia del progreso. 

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Las tragedias de La hojarasca

Existen múltiples aproximaciones de las obras trágicas griegas en la obra de García Márquez, sobre todo aquellas que se concentran en el análisis exhaustivo de los personajes trágicos Edipo Rey y su hija Antígona como influencia, Uno de estos estudios fue realizado por la crítica Monserrat Reig, quien establece una relación explicita con las novelas del escritor colombiano: 

[En el] mundo literario de García Márquez hay dos influencias ampliamente reconocidas por él: Faulkner y Sófocles. Podríamos trazar una línea de ferrocarril imaginaria —como esas que parecen traer la prosperidad y la apertura a los habitantes de pequeños pueblos para en realidad dejar tras de sí la desolación más profunda—, que uniera el Wessex de Hardy, el Yoknapatawpha de Faulkner y el Macondo de García Márquez con la Tebas de Sófocles. (Calpe Reig, 2012).

Esta situación nos permite adentrarnos en la representación de tres obras clásicas que se instauran en La hojarasca como contexto: Los siete contra Tebas, parte de la tetralogía de Esquilo; Antígona, de Sófocles y la Oriestada, de Esquilo, compuesta por Agamenón, Las coéforas y Las euménides.

La obra de García Marquez esta marcada por los giros trágicos. En esta su primera novela se empieza a descubrir su determinación por dicha elección. Macondo ya se representa como símil de Tebas, una ciudad a la que está llegando la modernidad y amenaza con disipar su territorio. La hojarasca, ese caos figurado por el capitalismo, se puede equiparar con la guerra que azota a Tebas, en la cual se enfrentan dos hermanos: Etéocles y Polínice, importante este último para entender Antígona. Sin embargo, en el escenario de la obra de Sófocles, la protagonista es la ciudad, pues sufre la intempestiva llegada de la guerra y se ve relegada a la destrucción, igual que Macondo, frente a la explotación productiva y a su ineludible acabose.  

Pero más allá del epígrafe usado por García Márquez, Antígona tiene su máxima representación en el personaje del coronel, quien funge el papel del defensor de las prácticas morales y religiosas que impiden que deje insepulto al doctor. Así como en la tragedia griega, este personaje se vio enfrentado a las leyes sociales de Macondo, e igual que le sucedió a Polínice con Tebas, ambos están sometidos al mismo destino. De otro lado, a diferencia de la obra de Antígona, la construcción de las voces obedece a una polifonía narrativa que intenta interpelar al lector para que lleve la relación a su contexto. Por ello encontramos este tipo de reflexiones en las conversaciones del coronel con el doctor:

Esperé una respuesta que no hubo. Lo vi frente a mí, todavía triste y solo. Me acordé de Macondo, de la locura de su gente que quemaba billetes en las fiestas; de la hojarasca sin dirección que lo menospreciaba todo, que se revolcaba en su ciénaga de instintos y encontraba en la disipación del sabor apetecido. Me acordé de su vida antes de que llegara la hojarasca. Y de su vida posterior, de sus perfumes baratos, de sus viejos zapatos lustrados, del chisme que le perseguía, como una sombra ignorada por él mismo. (García Márquez, 2018).

Finalmente, vale la pena mirar con detalle la referencia a la Oriestada. En la obra de García Marquez, las referencias tienen que ver con un ámbito referencial de la sociedad macondiana que juzga al coronel y al juego de la memoria colectiva que parece procurar por la destrucción de este personaje. Los rumores y el actuar de sus recuerdos le persiguen, algunos juzgándolo, otros exonerándolo, igual que la dicotomía en la que se entabla Orestes tras haber asesinado a Clitemnestra, su madre (en algunas versiones de la obra) y a su esposo Egisto, quienes depusieron a Agamenón de su reinado en Micenas. Este crímen controvierte la vida de Orestes, pues le persigue como un criminal, por ello, las Erinías o Furias (personificaciones de la venganza) están tras él como último deseo de Clitemnestra para hacerlo pagar por su acto. Al final de la obra, aunque Atenea y Apolo salvan a Orestes del jucio por el asesinato, a lo largo de toda la obra éste se continúa preguntando por la pertinencia de sus actos.

Otras representación de la Oriestada en La hojarasca son las moscas, que, al igual que las Erinias, se mueven por los escenarios en los que se cometió el “crimen” y persiguen a los culpables. Esta forma animal también fue elaborada por el escritor francés Jean-Paul Sartre en su obra de teatro Las moscas (1943), en donde se reinterpreta el mito de Orestes, con las moscas como protagonistas.

La situación deriva en la instancia final del proceso estético de García Márquez, ya que su travesía hacia el realismo mágico pasa por la tensión de lo real mítico y su escenificación en lo contemporáneo, por ello su reasimilación de las tragedias griegas lo llevan a decantarse por una estética que da prioridad a los giros ficcionales y arbitrarios que problematizan la realidad. Así, vemos que La hojarasca abre la puerta al papel que tomará lo no natural en la narrativa de García Márquez.

“Todavía no lo han clavado, pero me parece que ese zumbido que confundí al principio con el rumor de un ventilador eléctrico en el vecindario, es el tropel de las moscas golpeando, ciegas, contra las paredes del ataúd y la cara del muerto”.

La destrucción de la modernidad 

Es clara la crítica que hace el autor colombiano a su país. Muestra una nación caótica desde sus inicios, razón por la cual la ejemplifica a lo largo del comienzo del siglo. Sin embargo, debemos recordar que su perspectiva tiene lugar en los años cincuenta, por lo que esta visión se podría reevaluar y extrapolar a la visión de país que existe en la segunda década del siglo XXI. 

Esto es posible gracias a la problematización epistemológica que existe entre el concepto de ficción y el de no ficción. Lo de García Márquez podría ser instaurado en el primero y de hecho lo es, no obstante, los usos edíticos de esta primera obra, heredados de su profesión de periodista, transforman La hojarasca en una narración histórica bañada de verdad. Por esta forma, podemos traer a colasión la obra de García Márquez como un dictamen del comportamiento futuro de su país, ya que existen características citadas en la novela que revelan una actualidad reciente (abuso de poder, miedo a la enfermedad, estratificación social). En este sentido, postulamos esta novela como una ficción que escenifica ámbitos culturales sin apelar a una verdad fáctica sino social y coyuntural, mostrando, como establece la crítica literaria Victoria García:

…la capacidad de la ficción de construir puntos de vista ajenos a la comunicación factual, capacidad de la que se deriva buena parte del potencial estético de la narrativa ficcional, a menudo vinculado con la introducción de perspectivas novedosas o disruptivas desde el punto de vista ético o político-cultural. (García, 2017)

La preocupación por la llegada de la modernidad a la Macondo de prinicipios del siglo XX, es también un señalamiento sobre el debilitamiento del tejido social en contextos de explotación productiva/económica. La novela abre la puerta a la pregunta por el activismo político de la literatura, más allá de la enunciación propiamente dicha (conocida exhaustivamente en el autor y de la cual existe la novela El otoño del patriarca (1975) como ejemplo).

Nos concierne construir una crítica literaria que aporta al concepto de ficción, desde la ampliación del constructo de la novela. Ya que los análisis en torno a una obra también la resignifican y ayudan a discenrir sobre el supuesto rompimiento del concepto de realidad y ficción. Por ello la necesidad de otra lectura, desde la revisión del autor y desde la asimlación del lector.

…la ficción no es solo una categoría de producción o escritura sino también de lectura. En esta línea, las lecturas críticas que adoptan la categoría de ficción forman parte de los procesos sociales complejos que, en momentos históricos y circunstancias culturales específicos, se despliegan en torno de los límites de lo ficcional. (García, 2017).

Además de lo que observa la amplia crítica sobre la obra de García Márquez, su realismo mágico y su inventiva colosal, es debido analizar también la tensión que expone el autor entre la ficción y lo factual, ya que su intención no fue una mera acción lúdica sobre el mundo que lo rodeaba, sino que estableció una crítica puntual del contexto en el que vivió. Debemos recordar que su obra es cumbre como propuesta estética, pero su problematización de la verdad ayuda a generar más preguntas sobre el papel de la novela y la literatura en la construcción de un imaginario de nación y de sociedad.

Por eso, cuando leemos en su novela que “Nuestras vidas habían cambiado, los tiempos eran buenos y Macondo un pueblo ruidoso en el que el dinero alcanzaba hasta para despilfarrarlo los sábados en la noche”, vemos en estas palabras su intento de usar la ficción como ventana al mundo que le rodea, pero siempre apurando por una reflexión del que tal sí.

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Referencias en el texto

  • Calpe, M. R. (2012). La creación del espacio trágico en la obra de Gabriel García Márquez: una lectura sofoclea. Universidad de Barcelona, España. Synthesis, 19, 43-61.
  • García, V. (2017) “Teoría (y) política de la ficción Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria”. Rosario, Argentina. Revista Badebec – VOL. 7 N° 13. Septiembre
  • Torres Lopez, O. (1996). “Colombia: tradicion y modernidad en el siglo XIX religión y politica”. Historia Caribe1(2). Recuperado a partir de http://investigaciones.uniatlantico.edu.co/revistas/index.php/Historia_Caribe/article/view/758
  • Esquilo, & Ramos Jurado, E. (2011). Tragedias. Alianza Editorial.
  • García Márquez, G. (2018). La hojarasca. DEBOLSILLO. España.
  • Sófocles (2016). Tragedias completas. Ediciones catedra.

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Escrito por

(Ibagué - 1991) Comunicador social - periodista. Magíster en literatura. Escritor académico en temas de literatura latinoamericana, lengua popular y oralidad. Publicaciones en coautoría: Antología 21 de noviembre ITA Editores (2020) De boca en boca, imaginarios del chisme en Ibagué (2018) Guerra, nación, medios y cultura: una mirada caleidoscópica a la investigación en comunicación. (2017)

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