“El olvido que seremos”: un libro tan visceral como el amor del autor por su padre

En este breve comentario, el lector Alfredo Vélez comparte sus impresiones sobre la séptima obra del reto 10 libros en 2020. Un contenido del especial Leer para entender El olvido que seremos. Si aún no lo has hecho, aquí puedes inscribirte al Club de Lectura Virtual.

El olvido que seremos es un libro valiente y transparente, muestra un espíritu desgarrado, feliz, amoroso. Es un texto visceral, es como el amor del autor por su padre, un amor animal: “uno no lo sabe con la cabeza sino con las tripas”; un amor que habitaba en un mundo sensitivo: “olía a mi papá”. Ese olor que le permitía al hijo ser y estar en un mundo protegido, era el padre.  Además de ese amor, este texto nos presenta un modelo educativo: “Mi papá creía que mimar a los hijos era el mejor sistema educativo”.

«Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad». Héctor Abad Gómez, Manual de tolerancia

Este modelo contrastaba con el modelo en el que él había sido criado: el más puro machismo: rejo, poco amor y pocas caricias, todo ello para templarle el carácter. El trato (afecto) entre los familiares hombres era a los madrazos y a los golpes. Como lo reseña el mismo autor, su padre era lo opuesto al padre del escritor Franz Kafka, quien lo describe en su libro Carta al padre. Abad Faciolince dice que él

«podría escribir esa misma carta, pero al revés, con puros antónimos y situaciones opuestas. Yo no le tenía miedo, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil, sino fuerte; no me creía tonto, sino brillante».

El padre, con su ejemplo, le recordaba al hijo la autonomía que pregonaba Kant o el ser gregario que detestaba Nietzsche, al acordarse de la situación en la que el autor tiró piedras contra los ventanales de la casa del señor judío Manevich, una situación en la se vio involucrado al ser aupado por el grupo de amigos de su barrio.  

En estas páginas, Héctor Abad Faciolince presenta la historia de un ser humano con una “actitud vital” que encarna el rol de un padre y esposo amoroso, de un profesor universitario con conciencia social, de un defensor de los derechos humanos, de un líder social en el contexto de una sociedad que no acepta las contradicciones y las discrepancias, sino que las resuelve con la muerte de las personas; una sociedad que no acepta el conflicto como elemento dialéctico de desarrollo de pensamiento y de la sociedad. La obra nos hace pensar que en todo este tiempo no hemos cambiado.  

En El olvido que seremos, Abad Faciolince describe su contexto familiar entre la tradición conservadora (su familia), y la modernidad (su padre, un humanista ilustrado). La familia de Héctor Abad Faciolince es el ejemplo de lo que analizaba el profesor Rubén Jaramillo Vélez en su obra Colombia: la modernidad postergada, para señalar que Colombia es en muchos aspectos premoderna: hay un presidente al que, a través de una tutela, le prohíben pregonar su devoción a una virgen; un procurador general que está en contra del aborto, de la adopción de niños por parte de homosexuales y del matrimonio entre seres humanos del mismo sexo. Un país que, sin embargo, tiene también personajes como el exministro y rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, un libre pensador ilustrado.  

Sorprende encontrarse en las páginas de esta obra a un ser humano que siguió las rutas que señalaba el filósofo antioqueño Fernando González y que él mismo reprodujo en 1945 en un escrito para el periódico estudiantil U-235:

«el médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando bregando por curar con rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes…Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir».

Finalmente, este texto es tamnbién una manera de encontrarnos con el pensamiento de Estanislao Zuleta en su texto Elogio de la dificultad:

«En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo».

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