En Libertad, Sucre, la música tiene rostro de mujer

Este es un viaje conmovedor a la historia y a la fuerza sonora del corregimiento de Libertad, municipio de San Onofre, Sucre. Interesada en conocer las experiencias de resistencia de las mujeres en el Caribe colombiano, en particular aquellas vinculadas a expresiones artísticas como el bullerengue, la autora de esta crónica se conectó de manera especial con una comunidad que con su música dice: ¡A la guerra nunca más! Lee también este especial de contenidos sobre La paz en los Montes de María.

Por Lucía Castillo Rincón* [Bogotá] 

Dale duro a ese tambo’ ve a ver si lo puedes romper
y si alguno te pregunta dile que yo te mandé.

Escuché estos versos desde un pasillo que conducía al baño del auditorio Pablo VI de la Universidad Javeriana en Bogotá en diciembre de 2019. Poco a poco me fui acercando, tratando de descifrar el rostro de la mujer que entonaba la melodía. Sabía que aquella voz hacía parte de mis recuerdos y que la tonada provenía del paisaje caribeño. Sin embargo, por aquellos días eran tantos los recuerdos y tantos los paisajes en mi memoria, que me fue imposible reconocer de inmediato el color de voz de María Cristina Estremor.

Al entrar al baño divisé de inmediato el turbante y el cabello trenzado de María Cristina, estaba de espaldas a la puerta y frente al espejo, mirándose fijamente, ultimando el nudo de su turbante y buscando el tono perfecto para interpretar ante el público sus cantos bullerengueros. 

María Cristina llegó a Bogotá para participar junto a su hijo Luis Caraballo y el colectivo Afro Música en el evento “Experiencias Estéticas: Arte y Cultura en la Paz y la Justicia Transicional” organizado por la JEP y la Universidad Javeriana el 10 de diciembre de 2019. Llegaron a la ciudad desde el pueblo de Libertad, en San Onofre, Sucre, en las entrañas de los Montes de María y en las inmediaciones del Golfo de Morrosquillo.

Tres semanas atrás, en Libertad, yo había conocido a María Cristina, a Luis y a su esposa Yadira, a sus hijos y a los niños y niñas de Afro Música. Había descubierto la existencia de ese pueblo hacía unos meses, gracias a la revisión del informe Mujeres y Guerra. Víctimas y Resistentes en el Caribe Colombiano, del Centro Nacional de Memora Histórica (CNMH), en donde se encuentra consignada una serie de testimonios de mujeres que relatan el horror ocasionado por cuenta de la arremetida paramilitar en los Montes de María, particularmente en el municipio de San Onofre y en el corregimiento de Libertad. El informe contiene cifras aterradoras, pero sobretodo, historias y relatos a partir de los cuales es posible imaginar la tragedia  que ha significado la guerra en Colombia.

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En Libertad, las mujeres y los cuerpos feminizados se convirtieron en el fortín a disputar por parte de los armados, y en ese sentido fueron ideadas y ejecutadas numerosas estrategias vinculadas al propósito de apropiación y despojo de los territorios\tierra, los territorios\cuerpo y las subjetividades construidas al calor de la experiencia comunitaria y la herencia afrocolombiana. Entre los años 1997 y 2004 se ejecutaron prácticas cimentadas en la misoginia y el desprecio absoluto por la vida de las mujeres; algunos medios estiman que el 89% de las mujeres liberteñas fueron víctimas de delitos sexuales, y según el informe del CNMH, el pueblo fue testigo de vejámenes tales como el reinado de belleza en 2003, organizado y convocado por Marco Tulio Pérez, alias ‘El Oso’, perteneciente al bloque Héroes de Montes de María de las Autodefensas Unidas de Colombia comandado por alias ‘Cadena’ y alias ‘Jorge 40’. En el reinado participaron 17 niñas entre los 13 y los 17 años, quienes llegaron en representación de las diferentes veredas y corregimientos del municipio de San Onofre, niñas que, como relata el informe, fueron seleccionadas por medio de un “concurso interno” dentro de sus comunidades.

Con el tiempo se conoció la verdad acerca de los procesos de selección para el concurso: varias menores de edad fueron abusadas sexualmente por alias ‘El Oso’ y, así mismo, quienes se negaron a acceder a las peticiones del jefe paramilitar fueron víctimas de acoso, amenazas y amedrentamientos constante.

El bullerengue se hizo viento

El orden que imperó durante esos años en Libertad fue el impuesto por un proyecto paramilitar. Su objetivo fue intentar, de todas las maneras posibles, incrustarse en las fibras más sensibles de la comunidad a fin de resquebrajar cualquier tejido que pudiera suponer algún asomo de resistencia y unidad. Por esta razón, los paramilitares silenciaron además el canto de Las Maruchas, prohibiendo la celebración del rito fúnebre característico de la región y anulando la posibilidad ancestral que, en Libertad y en muchos otros pueblos del Caribe colombiano, ha sido cultivada de generación en generación con el propósito de orientar el camino de sus muertos y honrar de esta manera las memorias  de africanía aún presentes en esta región del país. De esta forma, y en acato a la norma, las mujeres dejaron de cantar y danzar alrededor de los muertos, sus lereos fueron acallados y se vieron obligadas a posponer el siempre liberador lamento emanado de sus vientres y su esencia.

Junto con ello, las fiestas patronales y las festividades propias del pueblo fueron condicionadas ante la voluntad de los armados, la espontaneidad y transparencia del festejo fue diezmada ante el control y la amenaza que supuso la presencia paramilitar en Libertad. Sin embargo, aunque el repique de los tambores dejó de acompañar el andar de los liberteños, y los cantos bullerengueros parecían desvanecerse en medio de la muerte y el horror, un día del año 2004 la comunidad se revistió de dignidad y rebeldía y, ante el hastío de la guerra, los habitantes se enfrentaron a sus verdugos gestando la que posiblemente haya sido la única rebelión de todo un pueblo en contra de la amenaza paramilitar: unidos impidieron el asesinato de un joven del pueblo, se apropiaron de la fuerza cimarrona que se asoma por sus poros y desterraron al ‘Oso’ y a quienes hasta ese día creyeron ser dueños de su vida, su libertad y su destino. Ese día los tambores celebraron, Las Maruchas se abrazaron y el bullerengue se hizo viento.

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Luego de conocer esta historia, nació en mí el deseo de pisar alguna vez la tierra en donde triunfaron la vida y la alegría, así que comencé a buscar información acerca de su ubicación exacta y los caminos que me permitieran llegar hasta Libertad. Por aquellos días comenzaron también a perseguirme músicas que poco a poco me fueron acercando a la grandeza y a la belleza de los Montes de María, y escuché por casualidad los versos de un grupo de jóvenes que intentaban rescatar las raíces bullerengueras de su pueblo por medio de la fusión entre el rap y los bullerengues interpretados por sus abuelos y abuelas.

Al indagar sobre esta propuesta me sorprendí gratamente al descubrir que se trataba de una iniciativa nacida en el pueblo de Libertad, ese pueblo que, sin conocerlo, me suscitaba todo tipo de anhelos y nostalgias. A partir de ese momento se intensificó mi deseo y me puse en contacto con Luis Caraballo, integrante y fundador de Afro Música, e hijo de María Cristina. Luis me brindó las coordenadas para llegar hasta su pueblo y un día de noviembre de 2019 emprendí mi camino hasta Libertad.

El recorrido inició en El Viso, Bolívar, en la carretera que, pasando por María La Baja conduce hasta San Onofre, conectado los departamentos de Bolívar y Sucre. Ya en San Onofre, la manera más rápida y efectiva que encontré para llegar hasta Libertad fue una moto que tardó aproximadamente tres horas en llevarme a mi destino. 

Llegué a la casa de Luis y allí me recibió junto a su esposa Yadira, sus dos hijos pequeños; Mariela, su hermana menor y María Cristina, su mamá. Todos me dieron la bienvenida y de inmediato me condujeron hasta el patio trasero, un espacio enorme con un árbol en medio y un montón de maracas, tambores y palitos que hablaban por sí solos de la fiesta que habita en el lugar.

En medio del asombro y la conversación empezaron a llegar niños y niñas de diferentes edades que, al unísono, se fueron apoderando del espacio y fueron transformando su apariencia con los sombreros y las faldas que iban trayendo de un cuartito oscuro en donde reposan todos los trajes que Yadira confecciona para los eventos y las presentaciones del grupo. Casi de inmediato, Luis tomó el micrófono y junto a su hermana y su mamá empezaron a cantar. Todo era alegría y entonces descifré el porqué de la nostalgia experimentada días atrás, comprendí que luego de conocer la historia de Libertad, y gracias al poder de la evocación, mi corazón fundó un anhelo muy parecido al respeto, a la admiración y al deseo por encontrar mi mirada en los ojos de la libertad. Es posible, entonces, añorar lo desconocido e intimar con lo distante. 

Las horas que vinieron estuvieron atiborradas de historias y memorias. Recorrimos las calles del pueblo visitando casa por casa a todas las personas que, según Luis y su mamá, no podía dejar de conocer. En el camino, María Cristina me habló de la razón por la cual, luego de radicarse un tiempo en Cartagena, decidió regresar a Libertad, me confesó que volver se convirtió en un deber y desde entonces se ha dedicado a explorar la música de su tierra, pues comprendió que “en Libertad, sin música no hay libertad”, y que esta posee el potencial creativo y creador de la alegría que durante tantos años les fue arrebatada. Es por ello que junto a sus hijos, sus nietos y sus vecinos se dedica a cantar y a componer para que nunca nadie más se atreva a silenciar el canto de la vida.

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Al día siguiente, junto a la familia caminamos hasta el mar, Luis se encargó de llevar el coche en el que iba dormido su hijo mayor, y Yadira se encargó de sostener en brazos y bajo el sol a su hijo menor. Varios metros antes de llegar, era posible divisar el mar y su majestuosidad, conversamos de los caminos recorridos y la dicha de podernos encontrar.

Al llegar a la playa, nos ubicamos en un par de lanchas: aquel era un auténtico pueblo de pescadores, alrededor se paseaban los cerdos y las gallinas, y justo frente a nosotros una cancha improvisada en la que los niños y las niñas se divertían con un balón. Junto a Mariela y María Cristina recorrimos la orilla del mar, recogimos conchitas de colores y varios caparazones de caracol para sostener la puerta de la casa, Mariela cantó para nosotras un bullerengue que parecía ser interpretado al compás del sonido del mar, mientras María Cristina palmoteaba para arrullar los versos de su hija. 

Hoy en Libertad reina la alegría y es posible hablar de paz; la música hizo lo suyo, se apoderó de cada esquina y ya nadie camina en medio del silencio, pues los tambores acompañan las idas y las vueltas de ese pueblo que hizo honor a su nombre y hoy canta para esos Montes que respiran entre el mar y la montaña.

Me despedí con la promesa de volver, recorrí de nuevo el patio y me acerqué a los tambores que pusieron al descubierto la razón de mis nostalgias, nos abrazamos y días después, en Bogotá, nos volvimos a encontrar. Allí estaban nuevamente, sobre ese escenario contándole y cantándole al mundo su historia, repitiendo con insistencia que en donde un día fue Troya, hoy se canta y se baila gracias a la voluntad de vida de quienes dijeron: ¡A la guerra nunca más! 

Escribo estas palabras en homenaje a la fortaleza y la alegría de las mujeres del pueblo de Libertad, esperando que un día, más pronto que tarde, la vida me permita regresar y hacer honor a las palabras de Yadira: “Viajeras somos y en el camino nos encontramos”.

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* Lucía Castillo Rincón nació en Bogotá y es trabajadora social. Estudió una maestría en estudios latinoamericanos y su interés es conocer las experiencias de resistencia de las mujeres en el Caribe colombiano, en particular aquellas vinculadas a expresiones artísticas como el bullerengue. Este interés va de la mano con su experiencia académica en temas como la construcción del pensamiento y la práctica del pensamiento feminista negro en Colombia y en América Latina, y la posibilidad de generar diálogos y debates que permitan pensar en lo que significa hablar y construir un feminismo a partir de la experiencia colombiana, atravesada por las dinámicas del conflicto armado y el ejercicio de prácticas patriarcales de apropiación y el despojo propias de la guerra que aún experimentan gran parte de los territorios en Colombia. Junto con esto, le llaman la atención las experiencias de resistencia y re-existencia pedagógica que han sido gestadas y agenciadas por mujeres y comunidades particularmente en la región de Montes de María.

Sobre Diario de Paz Colombia, Lucía comenta: “Encuentro muy fructífero el acercamiento a espacios como Diario de Paz Colombia ya que permite no solo compartir, sino también rastrear los procesos que actualmente se están gestando en diferentes partes del país. En esa medida, me interesa mucho la proyección que tiene este espacio”.

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