El testimonio de lo indecible en la novela “Los ejércitos”, de Evelio Rosero

¿Qué tan posible es ofrecer un testimonio o dar cuenta de lo ocurrido luego de una experiencia marcada por el trauma del horror? En este artículo, la filósofa Julieta Calvete se cuestiona sobre las grietas de la memoria en contextos de violencia como la atmósfera descrita por Evelio Rosero en su novela. Un artículo del especial Leer para entender Los ejércitos.

Por Julieta Calvete Girón*

Horrible cosa es morir de sed en el mar.
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal

La novela Los ejércitos, del escritor colombiano Evelio Rosero, recorre las grietas de la memoria en torno a sucesos que se circunscriben al ámbito de la violencia y del horror. El testigo central es Ismael Pasos, un profesor jubilado que da cuenta del horror vivido en el pueblo de San José y que tiene ecos en la historia testimonial del conflicto armado en Colombia: la masacre, el secuestro, las desapariciones, el desplazamiento forzado y otras infamias de la guerra.

Pero el intento de dar cuenta de un suceso atroz, de la devastación sufrida por el desastre o del dolor experimentado en medio del horror, es acaso una imposibilidad en Los ejércitos. El testigo que conserva en sí la experiencia directa de lo vivido, que anida en su memoria un sinnúmero de imágenes –opacas o luminosas– del momento del horror, que enriquecería el testimonio sobre el acontecimiento con su experiencia, es el poseedor de una visión de la realidad que muchas veces le resulta imposible comunicar, pues la palabra que comunica lo vivido es una especie de código hermético e indescifrable. Así, el testimonio y la palabra que nombran el desastre, sucumben y desaparecen en medio de la mudez del testigo o de múltiples formas de ser comunicados, y ello corresponde precisamente a la metáfora de morir de sed en el mar.

Más aún, se presenta aquí la ironía de poseer experiencias dignas de ser comunicadas, pero al mismo tiempo de enfrentarse a la imposibilidad de transmitirlas, pues testimoniar implica dar cuenta de algo que ha sucedido, que el testigo ha presenciado de forma directa o indirecta, pero para dar cuenta de su experiencia propia o ajena, el testigo recurre a su memoria, o mejor aún, a los fragmentos que ha logrado conservar, tal como le ocurre a Ismael. El testimonio es, pues, la entrada a realidades fragmentadas de las que no tenemos una vivencia directa más que a través de la mirada y el recuerdo mismo del testigo.

El testigo y los fragmentos del pasado

El testigo que recuerda un evento traumático del pasado, retorna al encuentro con la historia de aquello que ha vivido en carne propia o ajena para luego ser contado. En ese retornar para narrar los acontecimientos se pone a prueba la naturaleza de la memoria, que suele mostrarse frágil y devolvernos imágenes hechas de luz y de sombras, de vislumbres y supresiones, de recuerdos y olvidos. Por eso, como menciona el escritor italiano Franco Rella en su libro Desde el exilio. La creación artística como testimonio (La cebra, 2010), narrar una historia implica “recorrer los meandros de la memoria, afrontar barrancas, oscuridad, paradojas, destellos de luz”.

Ello indica que la memoria del pasado opera mediante vislumbres, episodios y recuerdos fragmentarios. Esto parece confirmarse a través del testigo principal de la masacre cometida por tropas anónimas en la población de San José, pues la memoria del profesor Ismael Pasos aparece fragmentariamente y por breves momentos para recordar a los muertos, para rememorar los ataques a la población o para añorar el mundo anterior a la guerra. Sin embargo, esa evocación de la experiencia directa de Ismael en los hechos traumáticos retorna a través de recuerdos nebulosos. 

En particular, la memoria de Ismael queda trastocada con la desaparición de Otilia, su esposa, y esto le conduce a deambular de un lado a otro por las calles de San José, en las que poco a poco va cayendo en un estado de desvarío que altera y desvanece los contornos del tiempo y los recuerdos: 

Olvidé regar sus flores… no fui capaz de preparar un café; apago la estufa, ¿y el tiempo?, ¿cuánto tiempo ha pasado?, no se escuchan más tiros, ¿cómo pasará el tiempo, mi tiempo, desde ahora?… Me encierro en mi cuarto… allí ninguna vergüenza me invade, no tengo culpa de perder la memoria… (Rosero, 2015, p. 132-133).

Estas grietas en la memoria no son otra cosa que los fragmentos de un pasado en ruinas cuyos trozos no pueden juntarse. Justamente el término fracción que proviene de latín frangere (uno de los componentes léxicos de fragmento), significa fractura y alude a una línea defectuosa, que en el caso de Los ejércitos correspondería a una ruptura vertebral con un tiempo de tranquilidad. Esos fragmentos representan los despojos de un tiempo de confusión y turbación que llegó a San José con el desastre de la masacre. 

Testimoniar lo indecible

Testimoniar y dar cuenta de lo ocurrido parece un acto irrealizable, en particular, cuando se trata de una experiencia marcada por el trauma del horror como ocurre con los testigos de la masacre de San José en la novela Los ejércitos. Es claro que el horror conduce al testigo principal -Ismael Pasos- a guardar silencio. En ello reside la imposibilidad de testimoniar, pues la experiencia vivida se torna incomunicable. Aunque el testimonio es parte viva de la experiencia, su problema surge en el momento de ser comunicado, pues se convierte en ausencia misma, en mudez y en silencio.

Cuando el estruendo de la guerra desaparece en San José, algunas veces continúan escuchándose lamentos, ruidos y gritos lejanos que luego son sustituidos por el silencio absoluto (Rosero, 2015, p. 105), pues tras el desastre queda la mudez radical. Así también ocurre con las víctimas de desplazamiento que cruzan por el pueblo en largas filas de adultos y niños, “muchedumbres silenciosas sin pan y sin destino” (116). O cuando los vecinos, en un corrillo casi silencioso, de un “silencio como despedazado” (177), presenciaron la desesperación de Chepe el día que recibió en un talego ensangrentado los dedos de su esposa y de su hija, a manera de advertencia. Esa mudez también está presente en el hijo de Geraldina, la vecina de Ismael, quien retorna a su casa en estado traumático, ido, como dormido con los ojos abiertos, tras haber permanecido secuestrado a manos de uno de los ejércitos. Desde entonces, el niño se mantuvo en silencio, sin responder a ninguna voz.  

Serranía de Abibe, San José de Apartadó. Antioquia
Jesús Abad Colorado, 2005

Ismael Pasos también asume lentamente el silencio como modo de ser, elige permanecer en la sombra como un espectro y termina recluyéndose en un abismal y delirante exilio interior. Este exilio puede entenderse como la imposibilidad de dar testimonio y de expresar lo ocurrido. Ismael, pareciera haber incorporado el horror dentro de sí y, a su vez, este horror parece que le aniquilara y transformara su energía únicamente en desesperación, impidiéndole todo intento de dar cuenta de su experiencia.

Como testigo, Ismael Pasos está en una posición penosa porque le resulta difícil contar y testimoniar, pues el suceso vivido es doloroso por cuanto ha perdido a su esposa y a otros seres queridos, y también ha padecido el horror y la violencia atroz de la guerra. El personaje vive la experiencia de lo agonístico, ve lo que ocurre pero no puede comunicarlo plenamente. Ser testigo presencial de algo y no poder decirlo o no alcanzar a decirlo, es la experiencia límite de lo inexpresable, de lo indecible (Rella, 2010).

Ismael Pasos permanece en el horror, pues su abismo parece atraparlo a fuerza de continuar inmerso en el mundo de destrucción de San José. Aunque los vecinos y amigos le instaron a irse del pueblo, él prefirió continuar en ese territorio condenado a muerte y cada vez fue cayendo en la mudez de la demencia que solo se habla a sí misma y que solo escucha gritos por dentro. “No quiero, ni puedo hablar” (p. 135) dice Ismael, y alguna vez piensa: “me estoy volviendo loco” (123). Así, su testimonio queda sometido al mutismo total, a lo que no puede expresarse, en otros términos, al silencio radical de lo indecible. Su respuesta es la mirada desencantada, la del cansancio del mundo que ha caído en la desesperanza y la inmovilidad.

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* Julieta Calvete Girón es filósofa y estudiante de maestría en Literatura y Cultura. Lectora entusiasta, escritora clandestina, apasionada de la fotografía y amante de la naturaleza. Fotografías: © Jesús Abad Colorado, colección Banco de la República.

Referencias en el texto
Rella, F. (2010). Desde el exilio. La creación artística como testimonio. Buenos Aires: La cebra.
Rosero, E. (2015). Los ejércitos. Bogotá: Tusquets.

Lee también de la misma autora: La plantación bananera y el mundo caribeño en la novela La casa grande

Para adentrarse más en el contexto de esta novela, la filósofa santandereana Julieta Calvete ambienta esta reflexión en las plantaciones bananeras del Caribe colombiano. Un contenido que nace del Club de Lectura Virtual para alimentar el especial Leer para entender La casa grande.

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Escrito por

Filósofa y estudiante de maestría en Literatura y Cultura. Lectora entusiasta, escritora clandestina, apasionada de la fotografía y amante de la naturaleza. Creo en la literatura como una ventana desde la cual podemos sospechar del mundo; creo también en los libros como instrumentos que alientan la perplejidad y el asombro frente al acontecer y el existir; creo, en suma, que la literatura y el arte profundos son una suerte de fondo gravitatorio desde los cuales se pone a rodar la palabra y el pensamiento por el mundo, lo que en últimas es una forma exquisita de otorgarle colores y sentidos disímiles a la vida, a fin de que ésta no quede reducida a un elemental suceso orgánico.

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