Perdonar la niñez: una introspección guiada por dos novelas colombianas


Desde la ciudad de Cúcuta, Norte de Santander, el autor de la siguiente reflexión aborda un punto en común entre dos obras literarias. ¿También a ti te persiguen los recuerdos de la infancia? Un artículo del Club de Lectura Virtual.

Por José David Castilla Parra*

Por una parte, en medio de las tempestades del pacífico colombiano, vemos a una mujer que no puede olvidar un evento de su infancia que la marcó. Por otra, vemos a una niña que va y vuelve en un laberinto de recuerdos que se enmarcan entre disparos, gritos ahogados y personas torturadas. Esas dos imágenes son ríos que confluyen en el mar del conflicto que nos atrapa a todos como seres humanos: el pasado, aquel vil elemento del tiempo que siempre vuelve en forma de reproche. 

Las novelas Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Albalucía Ángel, y La perra, de Pilar Quintana, son relatos de épocas y geografías distintas que narran la realidad de una Colombia tan diversa que, para el ojo distraído, parecería que no ocurren en el mismo país. La Bogotá de los años cincuenta y las costas del Pacífico de los tiempos recientes son dos atmósferas tan dispares que es difícil reconocer un punto transversal entre ellas. Sin embargo, lo hay: las protagonistas huyen de algo que ocurrió en su niñez, algo que no se va y que llega a todas las esquinas y las persigue en cada pensamiento. 

La soledad, la rabia y la incomunicación que dividen el pasado y el presente de las protagonistas recalan esta trama universal que recae sobre todo ser humano: entender su pasado y luchar por acoplarlo con su vida. Las imágenes de aquellas niñas abusadas en el torrente de recuerdos que componen La pájara pinta son muy vívidas; vuelven de mil formas para la protagonista, quien no solo fue testigo de un acto atroz, sino que también fue víctima de un abuso frente al cual se aisló de todo el mundo. Imposibilitada para escapar guardó silencio, reprochando las acciones de su niñez. 

En La perra vemos que en varias partes de la historia se repite el evento de un niño que cae al mar y de una niña que ve cómo se lo tragan las corrientes del Pacífico. Las olas van y vuelven con fuerza en esa tempestad. Los recuerdos la torturan y la niña deposita entonces su esperanza en una redención externa que nunca sucederá. La protagonista enloquece cuando se pone en peligro su única posibilidad de liberación. Vive en un eterno fracaso en el que busca luchar con los acontecimientos de su vida, con sus imaginarios sobre la maternidad y con la posibilidad de revertir lo que se llevó el mar. 

Al final solo nos queda la resignación. La niñez termina persiguiéndonos en cada acción del día a día. Las mayores frustraciones siempre se dan cuando contrastamos al niño que fuimos y al ser humano que no se puede reconocer en el espejo del baño. Este escenario solicita nuestra escucha. La vida nos pide acallar las sentencias que nos imponemos. 

A propósito de estas lecturas me he preguntado: ¿hay algo de mi niñez que debo perdonar?, ¿hay algún juicio que me atormenta y que me persigue?, ¿qué me hace falta perdonar? 

Al concluir estas dos lecturas, y después de un par de meses pensando en ellas, viene a mí aquella postura de Ítalo Calvino sobre el fin de la literatura. Leemos ficción para entendernos a nosotros mismos. De allí que estas dos historias tengan una fuerza tan potente: su vida no se acaba con el fin de las páginas; son compañeras que nos llevan a la introspección, a mirar con otros ojos la vida que llevamos y a preguntarnos por nuestro pasado. Tal vez, al final, pueda llegar a perdonar un pedazo de mi vida; a reconciliarme con el niño que fui. O puede ser que, en este camino al interior, los libros me lleven a la tragedia de perder contra mis propios reproches. 

* José David Castilla Parra nació en Cúcuta, en 1993. Es periodista, abogado y cuentista. Ha trabajado para diversos periódicos colombianos y ha publicado cuentos en las revistas Marabunta, El Coloquio de los Perros, Cosmocápsula Literariedad, entre otras.

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