Las primeras cartas de “Memoria por correspondencia”


Para animar a la lectura de este bello libro, compartimos aquí cinco de las veintitrés cartas que lo componen. Difundimos y promovemos la lectura de esta obra como parte del reto lector 10 libros en 2021.


Memoria por correspondencia es un libro epistolar, resultado de la compilación de una serie de cartas remitidas desde París y Burdeos por la pintora colombiana Emma Reyes (1919-2003) al historiador e intelectual Germán Arciniegas (1900-1999).

La primera edición fue publicada por la editorial Laguna Libros en 2012, casi diez años después de la muerte de Reyes, fruto de la investigación de la Fundación Arte Vivo Otero Herrera, encargada de consolidar el fondo pictórico y documental de la artista. Como afirma la hija de Arciniegas sobre los derechos de autor: “Siguiendo la voluntad que Emma siempre expresó a todos los que tanto la quisimos, las regalías de este libro están destinadas a la Fundación Hogar San Mauricio [en Bogotá] que brinda cariño, estudio, hogar y un futuro a nuevas generaciones de niños colombianos“.


Disfruta de la lectura en voz alta de estas páginas, en la voz de cinco integrantes del Club


Los manuscritos originales de Memoria por correspondencia son custodiados por la Biblioteca Luis Ángel Arango. En la fotografía, Emma Reyes está con su amigo Germán Arciniegas, destinatario de estas cartas.

Memoria por correspondencia

Emma Reyes


Carta número 1

París, 28 de abril de 1969

Mi querido Germán:

Hoy a las doce del día partió del Elysée el general De Gaulle, llevando como único equipaje once millones novecientos cuarenta y tres mil doscientos treinta y tres noes lanzados por los once millones novecientos cuarenta y tres mil doscientos treinta y tres franceses que lo han repudiado.

Todavía las fricciones de la emoción que nos produjo la noticia curiosamente me trajo a la mente el recuerdo más lejano que guardo de mi infancia.

La casa en que vivíamos se componía de una sola y única pieza muy pequeña, sin ventanas y con una única puerta que daba a la calle. Esa pieza estaba situada en la Carrera Séptima de un barrio popular que se llama San Cristóbal en Bogotá. Enfrente a la casa pasaba el tranvía que paraba unos metros más adelante en una fábrica de cerveza que se llamaba Leona Pura y Leona Oscura. En esa pieza vivíamos mi hermana Helena, un niño que nunca supe su nombre, que lo llamábamos «Piojo», una señora que solo recuerdo como una enorme mata de pelo negro que la cubría completamente y que cuando lo llevaba suelto yo daba gritos de miedo y me escondía debajo de la única cama.

Nuestra vida se pasaba en la calle; todas las mañanas yo tenía que ir al muladar que estaba detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado todos durante la noche; era una enorme bacinilla blanca esmaltada pero del esmalte ya quedaba muy poco. No había día que la bacinilla no estuviera llena hasta el tope y los olores que salían de esa bacinilla eran tan nauseabundos que muchas veces yo vomitaba encima. En nuestra pieza no había ni luz eléctrica ni inodoro; nuestro único inodoro era esa bacinilla, ahí hacíamos lo chico y lo grande, lo líquido y lo sólido. Los viajes de la pieza al muladar con la bacinilla desbordante eran los momentos más amargos del día. Tenía que caminar casi sin respirar, con los ojos fijos sobre la caca, siguiendo su ritmo poseída del terror de derramarla antes de llegar, lo que me traía castigos terribles; la apretaba fuertemente con las dos manos como si llevara un objeto precioso. El peso también era enorme, superior a mis fuerzas. Como mi hermana era más grande, tenía que ir a la pila a traer el agua que necesitábamos para todo el día y el Piojo iba por el carbón y sacaba la ceniza, así que nunca me podían ayudar a llevar la bacinilla, porque ellos iban en otra dirección. Una vez que había vaciado la bacinilla en el muladar, venía el momento más feliz del día. Allí pasaban el día todos los chicos del barrio, jugaban, gritaban, rodaban por una montaña de greda, se insultaban, se peleaban, se revolcaban entre los charcos de barro y con las manos escarbaban toda la basura a la búsqueda de lo que llamábamos tesoros: latas de conservas para hacer música, zapatos viejos, pedazos de alambre, de caucho, palos, vestidos viejos; todo nos interesaba, era nuestra sala de juegos. Yo no podía jugar mucho porque era la más chiquita y los grandes no me querían; mi único amigo era el Cojo, a pesar de que también era más grande. El Cojo había perdido completamente un pie, se lo había cortado el tranvía un día que jugaba a poner las tapas de la cerveza Leona sobre los rieles del tranvía para que se las dejara planas como monedas. Él, como todos los otros, andaba sin zapatos y ayudándose con un palo y su único pie daba unos saltos extraordinarios; no había quien lo alcanzara cuando se ponía a correr.

El Cojo siempre me estaba esperando a la entrada del muladar, yo desocupaba la bacinilla, la limpiaba rápidamente con hierbas o papeles viejos, la escondía en un hueco, siempre el mismo, detrás de un eucalipto. Un día el Cojo no quería jugar porque tenía dolor de estómago y nos sentamos abajo del rodadero a mirar jugar a los otros. La greda estaba mojada y yo me puse a hacer un muñequito de greda. El Cojo tenía siempre el mismo y único pantalón, tres veces más grande que él y amarrado a la cintura con un lazo. En los bolsillos de ese pantalón escondía todo: piedras, trompos, cuerdas, bolas de cristal y un pedazo de cuchillo sin mango. Cuando yo terminé el muñeco de barro, él lo tomó, sacó su medio cuchillo y con la punta le hizo dos huecos en la cabeza que eran los ojos y otro más grande que era la boca. Pero cuando terminó me dijo:

—Ese muñeco es muy chiquito, vamos a hacerlo más grande.
Y lo hicimos más grande, siempre agregándole barro al chico.
Al día siguiente volvimos y el muñeco estaba tirado donde lo habíamos dejado y el Cojo dijo:

—Vamos a hacerlo más grande. —Y volvieron los otros y dijeron:
—Vamos a hacerlo más grande.

Alguno encontró una vieja tabla muy muy grande y decidimos que haríamos crecer el muñeco hasta que fuera grande como la tabla y así, sobre la tabla, lo podríamos transportar y hacer procesiones. Por varios días agregamos y agregamos barro al muñeco hasta que fue grande como la tabla. Entonces decidimos darle un nombre, decidimos llamarlo el General Rebollo. No sé cómo ni por qué elegimos ese nombre, en todo caso el General Rebollo se convirtió en nuestro Dios; lo vestíamos con todo lo que encontrábamos en el basurero, se acabaron las carreras, las guerras, los saltos. Todos nuestros juegos eran solo alrededor del General Rebollo; el General Rebollo era naturalmente el personaje central de todas nuestras invenciones. Por días y días solo vivimos alrededor de su tabla, a veces lo hacíamos pasar por bueno, otras por malo, la mayor parte del tiempo era como un ser mágico y lleno de poder; así pasaron muchos días y muchos domingos, que para mí eran los peores días de la semana. Todos los domingos, a partir del mediodía y hasta la noche, me dejaban sola, encerrada con llave en nuestra única pieza; no tenía más luz que la que entraba por las grietas y el grande hueco de la chapa y pasaba horas con el ojo pegado al hueco para ver lo que pasaba en la calle y para consolarme del miedo. Regularmente, cuando la señora del cabello largo regresaba con Helena y el Piojo, me encontraban ya dormida contra la puerta, rendida de tanto haber mirado por el hueco y de tanto soñar con el General Rebollo.

Después de habernos inspirado mil y un juegos, el General Rebollo empezó a dejar de ser nuestro héroe, nuestras pequeñísimas imaginaciones no encontraban más inspiración en su presencia y los candidatos a jugar con él disminuían día a día. El General Rebollo empezaba a pasar largas horas de soledad, las decoraciones que lo cubrían ya no las renovaba nadie. Hasta que un día el Cojo, que seguía siendo el más fiel, se subió sobre un viejo cajón, dio tres golpes con su bastón improvisado y con una voz aguda y cortada por la emoción gritó:

—¡¡¡El General Rebollo se murió!!!

En esos medios uno nace sabiendo lo que quiere decir hambre, frío y muerte. Con las cabezas agachadas y los ojos llenos de lágrimas, nos fuimos acercando lentamente al General Rebollo.

—¡De rodillas! —gritó de nuevo el Cojo.

Todos nos arrodillamos, el llanto nos ahogaba, ninguno se atrevía a decir ni una palabra. El hijo del carbonero, que era grande, estaba siempre sentado en una piedra leyendo hojas de periódicos que sacaba del basurero. Con el periódico en la mano se acercó al grupo y nos dijo:

—Chinos pendejos, si se les murió el General, pues entiérrenlo. —Y se fue.

Todos nos pusimos de pie y decidimos alzar la tabla con el General y enterrarlo en el basurero; pero todos nuestros esfuerzos fueron inútiles, no logramos ni mover la tabla. Resolvimos enterrarlo por pedazos, partimos cada pierna en tres pedazos, los brazos igualmente. El Cojo dijo que la cabeza había que enterrarla entera. Trajeron una vieja lata y depositamos la cabeza; entre cuatro, los más grandes, la transportaron primero. Todos desfilamos detrás, llorando como huérfanos. La misma ceremonia se repitió con cada uno de los pedazos de las piernas y de los brazos, quedaba solo el tronco, lo partimos en muchos pedacitos y nos pusimos a hacer muchas bolitas de barro y, cuando ya no quedaba nada del tronco del General Rebollo, decidimos jugar a la guerra con las bolas.

EMMA REYES 
París, 28 de abril de 1969


Carta número 2

París, 9 de mayo de 1969

Mi querido Germán:

A pesar de tu discretísima carta, me doy cuenta que mueres de curiosidad por saber quién era la señora del cabello largo. La verdad es que los recuerdos son borrosos y, si a través de los años he logrado una cierta unidad de impresiones, ha sido ayudada por mi hermana que, siendo dos años mayor, recuerda un poco más.

La señora de cabello largo se llamaba María. Era muy joven, alta y delgada; nunca nos habló de su familia ni de su vida, nuestras relaciones con ella se limitaban a seguir sus órdenes sin protestar ni preguntar por qué. Era dura y muy severa.

La única persona que nos visitaba era la señora Secundina, que tenía una tienda en Santa Bárbara, era su única amiga y mucho más vieja que ella. Apenas llegaba Secundina, nos mandaban a jugar a la calle con la orden de no regresar hasta que ella no nos llamara. Nunca supimos de qué hablaban. Hacía muy poco que habíamos hecho el entierro del General Rebollo. Yo tenía todavía el mismo vestido sucio de barro, dormíamos siempre vestidas, ella solo se quitaba la larga falda negra y se soltaba el cabello. Una mañana nos despertó muy temprano, todavía era negro como la noche, nos mandó a los tres a desocupar la mica y a traer de regreso el balde y la jarra llenos de agua. Cuando regresamos prendió el reverbero y puso la olla grande llena de agua. Mientras se calentaba el agua ella cambió las sábanas de la cama y limpió los cuatro muebles que teníamos.

—Desvístanse que los voy a bañar.

Era la primera vez que nos bañaba al tiempo. Los tres desnudos nos paramos alrededor del platón, nos enjabonó muy rápidamente y luego uno a uno nos enjuagó, ayudándose con una totuma. El piso de la pieza quedó empantanado y lleno de jabón; antes de vestirnos nos puso a secar el piso. Nos vistió con los vestidos del domingo y nos hizo sentar a todos tres en el borde de la cama con la orden de no movernos. Entretanto ella se vestía también con el vestido de los domingos. Se peinó con gran cuidado, pidió a Helena que le tuviera el espejo y al Piojo que tuviera la vela y se ponía furiosa cada vez que alguno de los dos se movía. Cuando terminó, mandó al Piojo a que mirara en la fábrica qué hora era. Ese día no nos dio desayuno, estabanerviosa, daba vueltas en la pieza como una bestia en jaula. Ya estaba claro y no abrió la puerta como era su costumbre, seguíamos iluminándonos con la vela. De pronto dieron tres golpes suaves en la puerta, ella se echó la bendición y se precipitó para abrir. En ese momento apareció un señor muy alto y delgado que no estaba vestido como los del barrio, era como los que veíamos retratados en los periódicos que encontrábamos en el basurero. Tenía sobretodo, sombrero y paraguas todo oscuro, tal vez negro. Se pasó la mano por los ojos como por habituarse a la luz de la vela, entró como escurriéndose por la puerta, le dio un beso en la mejilla, nosotros nos reímos los tres al mismo tiempo. Era la primera vez que un señor entraba en nuestra pieza.

La señora María cerró de nuevo la puerta con llave, tomó la botella con la vela y se aproximó a la cama donde seguíamos sentados y como paralizados, él la siguió con una cara muy seria, ella acercó la vela a la cara del Piojo y le dijo:
—Este es Eduardo, el tuyo.
Él le dio una palmadita en la mejilla.
Luego le mostró a Helena y luego a mí. No hubo comentarios, se produjo un silencio profundo. El señor se desabotonó el sobretodo y el saco y con la punta de los dedos sacó unas monedas del bolsillo del chaleco, le dio tres a Eduardo y una a cada una de nosotras.
—Den las gracias —dijo la señora María— y ahora vayan a jugar afuera, pero quédense junto a la puerta y si ven venir la vecina digan que yo estoy durmiendo.

Cuando salimos, sentimos que cerraba la puerta con llave. El señor estuvo mucho tiempo. Finalmente se abrió la puerta, la señora María sacó la cabeza y se aseguró que no había gente que estuviera mirando, se volteó y le dijo:

—Ya…

El señor salió de nuevo, escurriéndose como había entrado, pasó junto a nosotros sin mirarnos, como si nunca nos hubiera visto. Lo vimos alejarse a grandes zancadas y frotándose contra la pared como si tuviera miedo de ser visto.

Cuando entramos a la pieza, la señora María estaba llorando, se puso a desocupar el armario y a separar todo lo que era de Eduardo. Sacó una caja de cartón de debajo de la cama y empacó cuidadosamente todo lo que había separado.

—Helena y Emma, pónganse los vestidos viejos. Eduardo no, porque se va conmigo.

Como seguía llorando, nosotros también nos pusimos a llorar; cuando Helena me estaba desvistiendo vimos sobre la mesa un paquete de billetes y me dio miedo, sentí que algo iba a pasar, nosotros solo teníamos monedas; en esa casa nunca habíamos visto billetes. Ella no decía ni una palabra. Sacó la caja de la mantilla y se la envolvió bien ceñida a la cabeza, por la primera vez vi que se parecía a la Virgen de la iglesia.

—No se muevan, voy donde la vecina.

Volvió con la vecina que era la mamá del Cojo, le mostró dónde estaban los platos y las velas. Tomó la caja de cartón con la ropa del Piojo, se paró frente a nosotras y nos dijo que se iba por varios días, pero que la vecina vendría para hacernos la comida y que, como no había nadie para cuidarnos, nos dejaría encerradas con llave.

—Pórtense bien —nos repitió dos veces; empujó al Piojo contra la puerta, le puso una boina de marinero en la cabeza y le ordenó salir. El Piojo nos miró con los ojos grandes abiertos y le cayeron las lágrimas.

Fueron muchos los días que duramos encerradas en esa pieza, ya no teníamos noción ni de los días ni de las noches; la bacinilla ya estaba llena de nuestros excrementos y empezamos a emplear el platón. La vecina venía una sola vez al día y nos dejaba una grande olla de mazamorra.

—No se la coman toda al mismo tiempo porque yo no vengo sino hasta mañana y apaguen la vela apenas coman.

Llorábamos y gritábamos tanto, que los vecinos venían contra la puerta a consolarnos; por horas mirábamos por entre la chapa y las rendijas para ver si ella venía. Finalmente llegó un día que estábamos dormidas en el piso contra la puerta y fue la primera vez que las dos nos tiramos a su cuello abrazándola y besándola de felicidad. Ella se puso a llorar y con dulzura nos retiró los brazos de su cuello y guardando nuestras dos manos en las suyas nos dijo:

—El Piojo no vuelve más. Su papá, ese señor que vino aquí, es un gran político, tal vez va a ser el Presidente de la República… Y por eso él no quiso que su hijo se quede conmigo, dice que tiene miedo y que prefiere ser él quien se ocupe de él; yo se lo llevé a Tunja y lo dejé en un convento donde él ya había arreglado todo para que lo recibieran.

Sin el Piojo yo me sentía perdida, lloraba, gritaba, lo llamaba, yo no sabía lo que quería decir lejos de Bogotá. Yo creía que si gritaba fuerte él me iba a oír. La señora María también parecía muy triste, se volvió más callada y más dura. Creo que fue en ese momento que nació entre Helena y yo una especie de pacto secreto y profundo; un sentimiento inconsciente de que éramos solas y que solo nos pertenecíamos la una a la otra. En ese momento yo ignoraba que nunca más en mi vida volvería ni a verlo ni a saber cuál fue el destino de Eduardo y que solo me quedaría de él el recuerdo de sus inmensos ojos negros llenos de lágrimas debajo de una ridícula boina de marinero.

EMMA REYES 
París, 9 de mayo de 1969


Carta número 3

Mi querido Germán:

Como te decía en mi carta anterior, después de la ida de Eduardo, la señora María se volvió más indiferente y más dura con nosotras; apenas nos hablaba lo estrictamente necesario y empezó a salir casi todos los días a la calle. Nos levantaba temprano, nos daba el desayuno, yo tenía que ir corriendo a desocupar la mica en el muladar y Helena reemplazaba a Eduardo en la traída del agua; a veces yo la ayudaba, pero la jarra y el balde eran muy pesados para mí y derramaba la mitad del agua. Como de costumbre, la señora María nos dejaba encerradas en la pieza todo el tiempo que estaba fuera y a veces solo regresaba a la noche sin preocuparse que nosotras estuviéramos sin comer.

Un día regresó muy muy tarde; nosotras estábamos llorando de hambre, venía cargada de paquetes y por la primera vez nos trajo unos roscones y bocadillos de guayaba. Nos preparó la comida e improvisadamente se puso a reír, reír como loca; las lágrimas le caían a chorros, nosotras estábamos asustadas y no sabíamos si reír con ella o llorar; cuando logró calmarse un poco nos dijo dando un golpe con la mano en la mesa:

—Nos vamos de este miserable cuarto, mañana empezamos a hacer los paquetes, vamos a un pueblo lejos y tendremos una grande casa.

Se puso a reír de nuevo y nos ordenó acostarnos pues teníamos que levantarnos temprano.

Por varios días la pieza era un infierno, nada estaba en su sitio habitual, el armario estaba vacío y ella hacía pilas de cosas diversas en todos los rincones. Una mañana salió y compró tres grandes baúles y empezó a empacar la ropa y los platos. Cada plato lo envolvía muy cuidadosamente entre las sábanas y las toallas; en el último baúl empacó las cacerolas, el platón, la jarra y la mica. A la noche en la pieza solo quedaban los muebles, el colchón sin sábanas ni cobijas y varios paquetes en el suelo con cosas viejas. Después de la comida vinieron los vecinos y cada uno tomó lo que quería. La mamá del Cojo tomó la vieja escoba, la cama se la vendió a un obrero de la fábrica de cerveza. Cuando todos se fueron, en la pieza solo quedaban los tres baúles cerrados en el centro de la pieza y en el suelo el viejo colchón. La mamá del Cojo regresó de nuevo y nos trajo una cobija de ella y una mica.

Cuando nos levantamos todavía estaba oscuro, nos vestimos con los vestidos de domingo que eran los únicos que había dejado fuera, nos mandó donde la vecina para que le devolviéramos la cobija y la mica y también le llevamos la ropa sucia que nos habíamos quitado el día anterior. Cuando regresamos nos esperaba en la puerta; ya se había puesto la mantilla y tenía un grande carriel nuevo, nos encerró en la pieza con los tres baúles y nos dijo que no se demoraba. De pronto sentimos un ruido de caballo, miramos por el hueco de la chapa y vimos a la señora María que bajaba de un coche que había pasado enfrente a la puerta. Los vecinos se precipitaron, entre todos ayudaron a subir los baúles al coche, a mí me sentaron sobre los baúles y Helena estaba de pie teniéndome para que no me cayera.

La señora María, saludaba a todos dándoles la mano; en ese momento apareció el Cojo que venía corriendo. Se acercó al coche y me regaló media naranja que llevaba en la mano, nos miraba con ojos muy tristes. La señora María cerró la puerta con llave y le dio la llave a la vecina, recomendándole de cuidar la pieza.

Yo no vi lo que pasó, solo sentí unos gritos horribles; la señora María estaba tendida en medio de la acera con los ojos cerrados y le salía sangre de la boca, el cochero decía toda clase de palabras groseras. Helena dice que la señora María quiso pasar por delante del caballo para saludar al señor Cura y el caballo levantó la cabeza asustado y le dio un gran cabezazo en la quijada. Del susto ella se mordió la lengua y cayó como muerta en medio de la acera. Trajeron alcohol y pomadas y empezaron a frotarle la frente. Nosotras llorábamos como locas y la llamábamos tirándola de la manga. Finalmente abrió los ojos y poco a poco se fue sentando. Estaba blanca y la boca se le empezaba a hinchar, la ayudaron a levantarse y entramos todos a la casa de la mamá del Cojo. Le hicieron hacer buches con agua salada, el Cura dijo que lo mejor era friccionarle la cara con Mentholatum. La vecina dijo que era mejor la vela de cera, nosotras seguíamos llorando y el cochero seguía furioso porque estaba perdiendo su tiempo. El obrero que nos había comprado la cama le envolvió un pañuelo que le tenía la quijada y le hizo un nudo en la cabeza. Entre todos la ayudaron a ponerse la mantilla y después de mil recomendaciones y saludos volvimos al coche. Todavía veo a lo lejos los vecinos en medio de la calle con los brazos en alto haciéndonos gestos de adiós. Yo perdí la media naranja que me había regalado el Cojo.


Carta número 4

París, 9/69

Mi querido Germán:

Si es cierto que hay hechos en nuestra infancia que nos marcan para toda la vida, tendré que decir que ese coche famoso, que cortó para siempre nuestra vida de la pieza del barrio de San Cristóbal (patrón de viajeros), era el debut de una vida que tendría por signo y como escuela la inclemencia de los duros caminos de América y más tarde los fabulosos caminos de Europa.

El coche nos llevó a la Estación de la Sabana. Durante todo el viaje la señora María no dijo ni una palabra. Estaba tan pálida y tan triste que yo le pregunté si se iba a morir otra vez; con un gesto de la mano me dijo que no. Pasamos tantas calles grandes, casas con balcones, iglesias, yo no sabía adónde mirar, el susto de haber visto a la señora María estirada en la calle como el General Rebollo en el muladar me había dejado un dolor en el estómago y ganas de vomitar.

En la estación llamó a unos hombres que bajaron los baúles. Había mucha gente que corría en todas direcciones, todos cargados con maletas, sacos, mochilas; yo me agarré a la falda de la señora María y Helena me tomó de la otra mano. Dimos muchas vueltas; ella habló con muchas personas y a cada rato abría el carriel y daba dinero a cambio de unos papelitos que guardaba en el carriel. Finalmente montamos en el tren, ella se sentó contra la ventana, hizo sentar a Helena junto a ella y a mí me alzó sobre sus rodillas. Era la primera vez que me alzaba. Yo no sabía qué hacer, olía a tantos remedios tan feos y además tenía miedo de tocar su cara con mi cabeza. La gente seguía subiendo a empellones y llenos de paquetes. Entraron unos hombres gritando con tiples y una botella en la mano, empezaron a cantar y yo me quedé dormida antes de que el tren partiera.

Me despertaron cuando ya debíamos bajar, estaba ya oscuro cuando la señora María llamó a la puerta de una casa grande donde salió a recibirnos una señora muy gorda con la nariz roja y vestida toda de negro.

La señora nos llevó a una pieza muy grande que daba hacia un patio donde había muchas plantas que colgaban del techo como si estuvieran sembradas en el cielo. La dueña llamó a un muchacho patojo que tenía un trompo en la mano y le dijo de ir a la cocina y que avisara que había tres personas más para comer. La señora María se puso a hablar con la patrona y le contó lo que le había pasado con el caballo del coche al momento de partir. La patrona le dijo que iba a llamar una curandera que había en el pueblo que curaba todo aplicando sapos calientes sobre la parte enferma. La señora María no quiso aceptar, entonces comimos y nos acostamos.

En ese pueblo, que no supe nunca cómo se llamaba, nos quedamos varios días; la señora María salía casi todos los días y tomó la costumbre de hacerse acompañar de Helena y a mí me dejaban al cuidado del chino patojo que se sentaba junto a mí a jugar con el trompo. Un día me lo puso a bailar sobre la mano y me dio tanto miedo que me puse a llorar; otro día me preguntó si yo tenía papá y mamá, yo le pregunté que qué era eso y me dijo que él tampoco sabía.

El último día la señora María salió sola muy temprano. Cuando volvió, venía cargada de paquetes, nos llamó al cuarto y nos hizo desvestir, nos había comprado vestidos nuevos. El de Helena era azul —que me gustaba más— y el mío era rosado; los dos con arandelitas de encajes y cintas; eran lindos. Cuando estuvimos vestidas nos hizo salir al patio. Al rato la vimos salir del cuarto y casi no la conocemos; era tan linda y parecía tan joven, había comprado un vestido gris con muchos prenses y muchos botones y arandelas, botas negras también con muchos botones y un grandísimo sombrero gris con una especie de velo que anudaba con un lazo debajo del mentón; todos se aproximaron y la felicitaron, la patrona la tocaba por todos lados. Llamaron al patojo para que nos ayudara a llevar los paquetes. Caminamos muchas calles y llegamos a una especie de potrero que estaba lleno de caballos y otros animales miedosos que yo nunca había visto y Helena me dijo que esos animales eran los que hacían la leche que tomábamos con el café al desayuno. Había grupos y grupos de hombres que llamaban indios porque estaban vestidos diverso a los hombres de Bogotá. La señora María habló con varios, a todos les preguntaba por el señor Toribio.

Toribio era un indio mucho más grande que los otros, fuerte, casi gordo y con ojos tan chiquiticos que casi no se le veían. Toribio dijo que los caballos ya estaban listos, que había solo que esperar a los indios que habían ido por los baúles. Otro indio llegó con los caballos, todos eran grandes y había uno muy chiquito con orejas largas, Toribio dijo que se llamaba Burro.

Burro tenía dos asientos amarrados que colgaban uno de cada lado de su panza. Encima, con unos palos amarrados al espaldar de los asientos, había una especie de toldo con una sábana. Toribio dijo que era para que no nos picara el sol. Nos alzaron y nos instalaron una de cada lado. Como Helena era más grande, el asiento de ella bajaba y el mío subía; Toribio dijo que había que amarrar de mi lado una mochila con piedras para que quedáramos iguales.

A la señora María la ayudaron a subir en un caballo que era gris como su vestido. Los indios amarraron los baúles en otros caballos que se llamaban mulas. Cuando todo estuvo listo, Toribio montó en un grande caballo de color del café con leche; un indio muy negro con la cara hinchada le puso un lazo a Burro y empezó a tirarlo para que caminara; poco a poco nos fuimos alejando del pueblo hasta que ya no veíamos más ni las casas ni la iglesia.

No recuerdo todo el viaje, porque dormí casi todo el tiempo y cuando me despertaba lloraba porque estaba cansada y tenía ampollas en las piernas, me dolía todo el cuerpo; el último día vomité muchas veces. Toribio era muy cariñoso, bajaba del caballo me alzaba y me hacía caminar un poco.

La última noche la pasamos casi en el mismo sitio, los caballos tenían barro hasta la panza y llovía todo el tiempo. A Guateque llegamos cuando casi era de noche, Toribio estaba furioso con los indios y con Burro porque caminaba muy despacio. En Guateque fuimos directamente a una grande casa de dos pisos que quedaba muy cerca de la plaza; en la plaza estaba la iglesia y una grande pila redonda con muchos chorros de agua que salían de la boca de unos muñecos que parecía que estuvieran vomitando.

Toribio bajó del caballo y fue a golpear pero nadie salió; esperamos un rato y al final salió una mujer de la casa del frente y dijo que tenía una carta para la señorita María; en el sobre estaba la llave.

Después del portón de la calle había un zaguán de piedritas blancas y un tras portón que daba directamente sobre un grande patio lleno de plantas y árboles. Los corredores eran anchos, con columnas de madera y las piezas tenían todas las puertas sobre el patio. Al frente, la casa tenía dos pisos, el resto era de un solo piso, en el segundo patio, que era de ladrillo, había dos grandes hornos para hacer pan, la cocina y otras piezas. Al solar se podía entrar por atrás, por una grande puerta; en el solar había todo para los caballos. Era grandísimo y también había árboles; un pomarroso, mangos y un guayabo.

Los indios descargaron los caballos y se fueron. Toribio entró con nosotras a la casa y empezó a abrir puertas y sacó unos asientos al corredor para que nos sentáramos y nos dijo que no entráramos a las piezas porque estábamos acaloradas y las piezas estaban frías, pues hacía varios años que la casa estaba cerrada.

Toribio preguntó si él podía quedarse hasta que llegara el Doctor, la señora María le dijo de sentarse y empezó a preguntarle muchas cosas sobre el pueblo. En ese momento tiraron por sobre la tapia del patio un perrito blanco chiquito que se estrelló en la mitad del patio, tenía el estómago como un tambor y los ojos abiertos. Toribio dijo que no lo tocáramos porque se veía que había estado envenenado. Cuando estábamos todos alrededor del perrito, sentimos una voz de hombre muy ronca que preguntaba si las viajeras de la capital ya habían llegado. La señora María se precipitó para saludarlo, él la abrazó y le daba palmaditas en la espalda. Toribio se quitó el sombrero e inclinó la cabeza delante de él.

—¿Qué tal Toribio? ¿Atendió bien a la señorita y a las niñas? ¿Por qué carajos se demoraron tanto…?
—Sí, Doctor, metimos un día más por causa de Burro, como dicen las niñas; el páramo con las lluvias estaba jodido y ese burro siempre ha sido un carajo para andar en los malos caminos.
—Está bien, Toribio, vete al estanco y espérame allí. Y nada de hablar de las viajeras en el pueblo, te recomiendo…
—Sí, Doctor.

Cuando Toribio salió, Roberto se sentó en el borde del patio, se quitó la ruana, la puso en el piso y le dijo a la señora María de sentarse junto a él.

Era un lindo hombre, alto, delgado, tostado por el sol, con dientes muy lindos, pelo liso de indio, tenía botas altas de cuero con espuelas, vestido de paño, un pañuelo rabo de gallo amarrado al cuello, ruana blanca y un sombrero que la señora María dijo que se llamaba sombrero de corcho. Siempre llevaba una especie de látigo en la mano con el que se daba golpecitos en las botas cuando hablaba. Cuando la señora María se sentó junto a él, le dijo:

—Usted está muy linda, señorita.
Ella se rio y le dijo:
—Te voy a presentar a las niñas. Vengan, acérquense… Esta es la más grande y se llama Helena.
—Es muy linda —dijo él—. Qué bellos ojos. Ven, acércate, dame la mano. —
Helena se acercó y él la sentó sobre sus rodillas—. ¿Y la otra cómo se llama?
—La otra es Emma, la nené, como la llama Helena. La pobre, encima de que es bastante feíta, fíjate que cada día se vuelve más bizca.
—No te preocupes, María, aquí está el doctor Vargas que es un amigo. Él le va a enderezar los ojos.
Yo me puse a llorar.
—¿Por qué lloras? —me preguntó Roberto.
—Porque usted dice que me va a hacer sacar los ojos. —Los dos se rieron. —China pendeja, enderezar no quiere decir sacar.
A través de mis lágrimas yo volvía a ver el perrito muerto que había caído del cielo, me precipité sobre él, lo tomé a dos manos y con todas mis fuerzas lo tiré contra las rodillas de Roberto. Ese fue el principio y el fin de nuestras relaciones, nunca más lo volví a ver, pero su sombra quedó para siempre marcada en mi vida.

Jefe:

Tú no me haces correcciones y no sé ni siquiera si lo que escribo es comprensible. Hay momentos que me parece confuso y no sé si en conjunto se puede seguir la historia. Yo no dejo copia pues escribo directamente y ya no me acuerdo de lo que he escrito antes.

Besos para todos.

EMMA 
París, 9/69


Carta número 5

Mi querido Germán:

Roberto B., que pertenecía a la alta sociedad de Guateque, era además uno de los hombres más ricos de Boyacá. Tenía grandes fincas con cultivos y negociaba en venta de caballos y vacas; estaba casado con una linda joven de Tunja, pero no habían tenido hijos. Cuando se casaron, se instalaron en la casa de Guateque, es decir, la misma donde llegamos nosotras. En esa casa vivieron varios años, mientras construyeron otra bellísima en una de sus fincas a la orilla del río Súnuba. Desde entonces la casa de Guateque se había quedado cerrada sin que nadie la volviera a habitar.

Roberto nunca salía ni viajaba con su mujer, ella solo salía con una criada para ir a la misa en un pueblito cerca al río.

Roberto era el íntimo amigo del papá de Eduardo; habían estudiado juntos en Europa. La señora María lo había conocido en la época en que tenía relaciones con él, cuando Eduardo estaba recién nacido y por puro azar se lo encontró de nuevo en Tunja, cuando viajó a esa ciudad para abandonar a Eduardo.

Fue él quien le propuso de ir a Guateque y le dio la carta de recomendación para el propietario de la fábrica de chocolate La Especial, para que le dieran a ella la agencia de Guateque.

La agencia del chocolate quedaba en la plaza, a un costado de la iglesia; en esa parte el andén era alto, de casi un metro sobre el nivel del piso de la plaza, de manera que uno estaba siempre como en un balcón, con el dominio total de toda la plaza. El local tenía dos puertas grandes, los estantes iban hasta el techo y el mostrador macizo era muy alto; yo nunca logré mirar por encima. Fuera del mostrador, contra los muros y entre las dos puertas, había unas grandes bancas o escaños donde se sentaban los visitantes. El local pertenecía a la casa de uno de los Montejos, que eran varios hermanos y señores muy importantes en el pueblo. Detrás del estante había un pequeñísimo espacio donde la señora María instaló una mesita para poder comer sin que la vieran de la calle. Había además una pequeña puerta que comunicaba con la casa de los Montejos para que pudieran ir a hacer pipí en el solar.

Al día siguiente de nuestra llegada, apareció de nuevo Toribio acompañado de una india muy joven que el doctor Roberto nos enviaba para que nos hiciera de sirvienta. Se llamaba Betzabé; chiquita, de cuello muy corto, tan chata que solo se le veían los dos huecos de la nariz, lindos ojos pícaros, buenos dientes, pelo negro y liso peinado con dos trenzas muy tirantes, de alpargatas siempre muy blancas, con lazos negros, una grande falda de lana rústica muy ancha y debajo otras faldas de bayetilla roja. Venía con sombrero de paja y mantilla por debajo del sombrero. Era hija de uno de los campesinos que trabajaban en una de las fincas de Roberto. Ese mismo día la señora María salió con ella para hacer mercado e ir a pedir a los Montejos las llaves de la agencia.

A la semana ya estábamos organizadas como si hubiéramos vivido toda la vida en ese lugar.

Desde que llegamos a Guateque la señora María se hacía llamar señorita María. Para nosotras todo seguía igual, porque no la llamábamos de ninguna manera; solo decíamos sí, señora, o no, señora, y si ella no nos hablaba, nosotras permanecíamos mudas.

La señorita María decidió que Helena tenía que acompañarla todo el día en la agencia por si se le ofrecía algún mandado y para que subiera a los estantes a bajar las libras de chocolate; en cuanto a mí, la orden era que me quedara en la casa con Betzabé, pero con la puerta de la calle con llave; ella no quería que saliéramos ni que tratáramos los otros niños del pueblo de ninguna clase social. Ella tampoco nunca se relacionó con ninguna familia ni tuvo ninguna amiga. Betzabé hacía el almuerzo y a las doce le llevaba un portacomidas y en un canasto los platos y los cubiertos. Se quedaba hasta que ellas comían y volvía con los platos sucios. Entre tanto yo me quedaba encerrada con llave en la casa. Comparado con mi vida en la pieza de San Cristóbal en Bogotá, la casa de Guateque era verdaderamente el paraíso. Al principio me faltaban los amigos del muladar, pero fácilmente me acostumbré a vivir sola. Betzabé trabajaba todo el día en limpiar la casa y hacer la cocina; yo me paseaba por toda la casa que me parecía y que era en realidad enorme.

La señorita María compró gallinas y un marrano chiquitico que fue mi adoración, parece que lo besaba en la boca y me quedaba dormida con él en los brazos. Poco a poco empecé a aprender a subir a los árboles sin ir muy lejos y con una caña trataba de hacer caer las frutas; naturalmente me di mil porrazos y rasguñones, pero nunca nada grave. Las gallinas tomaron la costumbre de meterse entre los hornos del pan (que nosotras no empleábamos) para hacer los nidos y poner los huevos. Cuando yo veía entrar una gallina al horno, me metía con ella también en el horno y me quedaba quieta por horas, esperando que pusiera el huevo para cogerlo y ponérmelo caliente contra las mejillas. Cuando ya estaba frío, corría y se lo llevaba a Betzabé. Me metía debajo de los árboles, construía ranchitos de paja, cogía flores, hablaba con mi marrano por horas, además él me seguía por toda la casa como un perro. A la mañana cuando me veía daba grandes chillidos de felicidad; una vez se llenó de piojos y lo tuvimos que pelar y sacarle uno a uno todos los piojos. Yo vivía tan sucia como el marrano, con los brazos, las piernas, la cara llenos de rasguños. Los sábados eran el gran día; ese día tenía que ir con Betzabé para lavar la ropa en el río. Salíamos muy temprano a la mañana. Betzabé se ponía en la cabeza el atado de la ropa y en un canasto llevaba la comida para las dos, yo llevaba el chorote para el chocolate. El camino era largo, a ratos Betzabé me alzaba para ir más rápido. El río Súnuba me parecía enorme, era el primero que veía en mi vida, a las orillas había cantidades de árboles, aguacates, guayabos, naranjos; siempre íbamos al mismo sitio donde el río hacía una curva y desde donde veíamos el puente. Apenas llegábamos, Betzabé jabonaba la ropa y la tendía sobre el pasto para despercudirla al sol, luego nos íbamos a recoger leña y a coger frutas; de regreso prendíamos el fuego y poníamos la olla con las papas y las mazorcas. Mientras se hacía la sopa, Betzabé juagaba la ropa, yo soplaba el fuego y cuidaba la olla. Cuando terminaba de extender la ropa, nos desvestíamos, ella se ponía un chingue, a mí me dejaba desnuda, me tomaba en los brazos y nos metíamos al río. ¡Qué felicidad! Yo hubiera querido que esos baños no terminaran nunca. Claro que cuando había tempestades y el río estaba crecido no podíamos bañarnos. Una vez fue terrible, estábamos almorzando, nos acabábamos de vestir y de un solo golpe el río subió varios metros; perdimos casi toda la ropa, lo único que Betzabé alcanzó a salvar fueron las sábanas. Con una rapidez increíble, me alzó y me subió sobre un árbol. Yo me agarraba con todas mis fuerzas y sentí que el agua con la fuerza que venía lo hacía temblar desde las raíces, ella corrió por entre el agua agarrándose a las ramas hasta llegar al puente y empezó a gritar; al rato vinieron una cantidad de indios que se amarraron por la cintura con unos lazos y todos unidos bajaron hasta el árbol donde yo estaba agrapada y me bajaron. Naturalmente perdimos la olla y toda la comida, regresamos temprano y muy agitadas. Betzabé lloraba porque creía que la señorita María la iba a echar de la casa por haber dejado perder la ropa pero, al contrario, se rio enormemente de nuestra aventura y dijo que la ropa no importaba.

Los domingos también abrían la agencia, porque venía mucha gente de los campos y de los pueblos vecinos y compraban chocolate. Yo veía muy rara vez a Helena y la señorita María. Cuando salían temprano en la mañana yo estaba durmiendo y cuando volvían tarde en la noche yo ya estaba acostada. Ella había instalado su cuarto y una especie de salita en el frente de la casa, en el segundo piso, nosotras dormíamos en una pieza al fondo del patio y junto a nosotras en otra pieza chica dormía Betzabé. Al apartamento de la señorita María solo subíamos si ella nos llamaba y eso pasaba muy rara vez.

Al poco tiempo de nuestra llegada, la señorita María se enfermó, estuvo muy grave, el médico venía varias veces al día, a nosotras no nos dejaban subir a verla. Como la agencia estaba cerrada, Helena pasaba el día conmigo, pero ya no podíamos jugar juntas como antes; a ella no le gustaba el marrano, ni las gallinas, ni subir a los árboles. Por primera vez empezamos a pelearnos, pero si me veía en peligro o me caía, era siempre muy cariñosa conmigo. Por esa época empezaron a venir de Bogotá nuevas remesas de chocolate, venían los arrieros con las mulas cargadas y por dos o tres días dormían con todo y las mulas en nuestro solar; hacían grandes comidas y siempre nos mandaban un gran plato. A la noche tocaban tiple y cantaban y, a escondidas de la señorita María, nos hacían montar en las mulas y nos daban vueltas en el solar; esa era otra gran fiesta para nosotras.

Cuando la señorita María se levantó, estaba muy flaca y muy pálida, iba a la agencia solamente medio día y poco a poco la vida volvió como antes, es decir que yo volví a quedar completamente sola en la casa. Un domingo la señorita María regresó llorando a la casa y le dijo a Betzabé que el cura de la iglesia la había insultado en público porque era la única mujer que iba a la iglesia con sombrero, las otras llevaban o mantilla o rebozo, que era siempre de la capital que llegaban las malas cosas, los vicios y el pecado. La verdad, la señora María había abandonado para siempre la mantilla y ella misma se hacía sombreros muy extravagantes y ya no se vestía más de negro sino de colores claros. Muchos de esos vestidos y sombreros dice Helena que se los traía Roberto de Bogotá.

Otra vez volvió de nuevo furiosa, ya no lloraba, había decidido ponerse abiertamente en pelea contra el cura y el cura contra ella. El cura le había criticado su comportamiento escandaloso; a partir de las seis de la tarde en la agencia se reunían todos los hombres solos de Guateque. El doctor Vargas, que todavía no se había casado, el ingeniero Camacho, el agente de las máquinas Singer, un abogado Murillo y otros que variaban según los días. Se sentaban en las bancas de la agencia y allí se ponían a discutir de política, de mujeres, a recitar poesías, a cantar, a criticar a los curas y a veces las risas eran tan fuertes que el cura, que vivía del otro lado de la plaza, decía que no podía dormir; esas reuniones duraban hasta las nueve y diez de la noche, hora absolutamente escandalosa para un pueblo como ese. Y el hecho de que al centro de esas reuniones estuviera ella como única mujer ponía al cura en candela y se propuso hacerle la guerra. Un día de una procesión en la plaza, el cura tuvo el valor de salir de la procesión, dar la zancada para subir el andén y entrar a la agencia del chocolate con la cruz en la mano y un balde de agua bendita que lo derramó todo en el piso, echando bendiciones para que el Diablo saliera de la agencia. Esa acción pública del cura era el último grano que faltaba para que la señorita María fuera definitivamente repudiada por las familias bien del pueblo. Ninguna de las señoras volvió a entrar a comprar chocolate, mandaban las sirvientas o se valían de un indio cualquiera para que les hiciera el mandado y parece que algunas señoras preferían encargar el chocolate a Tunja.

Helena, que la acompañaba en la agencia en permanencia hasta que cerraban a la noche, decía que todos eran muy respetuosos con ella y que ella era una grande y amena charladora y que los hombres se divertían mucho cuando ella hablaba. Claro que Helena, que dormía casi todo el tiempo de las visitas, no recuerda nada especial sobre el tema o los temas que se discutían, además que estaba también muy chica para poder juzgar.

Roberto iba solo los días de mercado, pero de preferencia venía a verla a la casa cuando cerraba la agencia, por eso yo no lo volví a ver nunca.

La señorita María se volvió a enfermar, Betzabé decía que era de los disgustos que le había dado el cura; la agencia se cerró de nuevo y el médico venía todos los días. A nosotras no nos dejaban subir.

Una mañana vino Betzabé a buscarnos al patio y nos dijo que la señorita María estaba muy mala y que ella tenía que quedarse todo el tiempo junto a ella, que por esa razón la señorita María había ordenado que nos encerrara con llave en la pieza de los chécheres que era la única que tenía llave.

Nosotras entramos sin protestar, creo que las dos pensamos lo mismo: la época en que vivíamos en la pieza de Bogotá, con la diferencia que la pieza de los chécheres tenía una pequeña ventana por donde entraba la luz y veíamos un pedacito de cielo. En ese cuarto guardaban también los bultos de papas y de panela. Con gran paciencia rompimos el costal de la panela y cada una nos comimos una panela entera; naturalmente, cuando vino Betzabé a sacarnos, estábamos que nos moríamos de los retorcijones de estómago y ya nos había empezado una diarrea que nos duró varios días.

El médico que venía para ver a la señorita María dijo que nos dieran agua de arroz y agua de cáscara de granada. Cuando ya estábamos mejores, Betzabé nos dijo que la señorita María quería vernos, que subiéramos.

Me acuerdo que subimos y entramos a la pieza a toda carrera.

La señorita María estaba en la cama con su largo pelo suelto, una camisa azul con encajes blancos y en los brazos tenía un niño recién nacido.

Cuando vimos al Niño nos quedamos como paralizadas, Helena me tomó de la mano y me hizo caminar para atrás hasta que dimos contra el muro enfrente a la cama y ahí nos quedamos como hipnotizadas.

—Me lo trajo de regalo el médico —nos dijo con una voz casi infantil—. Acérquense, vengan a verlo.

Nosotras no nos movíamos, Helena seguía apretándome la mano con todas sus fuerzas. El Niño se puso a llorar y nosotras salimos corriendo; sin habernos acercado a la cama bajamos la escalera sin decir ni una palabra. Yo me fui directamente al patio de atrás y me metí entre el horno, Helena hizo lo mismo. No hablábamos, no llorábamos, no jugábamos, estábamos simplemente acurrucadas entre el horno como si esperáramos que la gallina pusiera el huevo pero ese día no había ni gallina ni huevo, había solo la visión de un niño que estaba arriba en los brazos de la señorita María.

[Continúa]

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