Dos predicciones literarias para entender lo que está pasando en Colombia


Basado en fragmentos hallados en dos libros de literatura colombiana, y en un informe de la ONG Temblores, en esta reflexión desde Armenia, Quindío, José Alejandro Patiño destaca la función que cumple la literatura como instrumento de denuncia, resistencia y recuperación de la memoria. Un artículo de opinión que surge de los espacios de diálogo y pensamiento crítico dispuestos por Diario de Paz.


Cuando me sobrecargo lloro un rato. Este país es una piedra que te rompe la cabeza y destroza el corazón.
César Cano

Por José Alejandro Patiño Cardona [Armenia, Quindío]

Mi patria me duele profundamente, por eso he tratado de resolver algunas dudas que me asaltan y de entender lo que está pasando a través de la literatura y sus verdades.

El panorama actual del país, como se percibe, es desolador. Mientras que en los últimos dos meses (mayo y junio de 2021) Colombia experimenta una revuelta social sin precedentes, varios medios de comunicación han desinformado –o más bien malinformado– a la ciudadanía sobre lo que en realidad está sucediendo en ciudades como Cali, Bogotá y Medellín en el marco del Paro Nacional. Su intención: proteger los intereses del Gobierno y tratar de limpiar su imagen, pues pertenecen a los grandes conglomerados económicos que apoyaron la campaña presidencial del uribismo.

Observando sus cubrimientos noticiosos, es claro que estos medios no han sabido nivelar la balanza y que, desde su perspectiva, los jóvenes han sido los máximos responsables de las muertes, de los heridos, de los daños materiales y de los bloqueos. Sobre ellos recaen imputaciones como terrorismo, violencia contra servidor público, tentativa de homicidio obstrucción de vías, entre otras.

En medio de tanta desinformación, durante este tiempo, encerrado en mi apartamento, encontré dos textos que me ilustraron y me brindaron algunas respuestas que necesitaba: el primero de ellos es: ¿Dónde está la franja amarilla?, en el que el escritor William Ospina realiza la siguiente radiografía social:

“Más bien yo diría que lo que vivimos es el desencadenamiento de numerosos problemas represados que nuestra sociedad nunca afrontó con valentía y sensatez; y la historia no permite que las injusticias desaparezcan por el hecho de que no las resolvamos. Cuando una sociedad no es capaz de realizar a tiempo las reformas que el orden social le exige para su continuidad, la historia las resuelve a su manera, a veces con altísimos costos para todos.

Y lo cierto es que Colombia ha pospuesto demasiado tiempo la reflexión sobre su destino, la definición de su proyecto nacional, la decisión sobre el lugar que quiere ocupar en el ámbito mundial, las reformas que reclamaron, uno tras otro, desde los tiempos de la Independencia, los más destacados hijos de la nación. Casi todos ellos fueron sacrificados por la mezquindad y la codicia, y hoy es larga y melancólica la lista de lúcidos y clarividentes colombianos que soñaron un país grande y justo, un país con un proyecto verdaderamente democrático, capaz de ser digno de su riqueza y de su singularidad, y que pagaron con su vida, soledad o exilio el haber sido fieles a esos sueños”.

(1999: p. 9)

Luchar por nuestros derechos constitucionales y protestar contra las injusticias, atropellos y corrupción del Gobierno actual nos ha costado un número considerable de muertos, heridos, ojos perdidos, abusos sexuales y cientos de desapariciones, de los cuales la mayoría son jóvenes entre los 18 y los 35 años. Así lo evidencia la ONG Temblores (2021) en su informe:

Entre el 28 de abril y el 26 de junio de 2021, ocurrieron al menos 4.687 casos de violencia por parte de la fuerza pública (sin incluir casos de desapariciones). Dentro de dichos casos, fue posible identificar:

  • 44 homicidios cuyo presunto agresor es un miembro de la fuerza pública
  • Otros 29 homicidios en proceso de verificación de los cuales:
    • 13 están en proceso de esclarecimiento sobre si el presunto victimario pertenecía a la fuerza pública
    • 4 son atribuibles a civiles armados en los que existen indicios de posible participación de miembros de la fuerza pública
    • 9 están en proceso de verificación del escenario y contexto del hecho
    • 3 están en proceso de verificación de la denuncia
  • 1617 víctimas de violencia física
  • 82 víctimas de agresiones oculares
  • 228 víctimas de disparos de arma de fuego
  • 28 víctimas de violencia sexual
  • 9 víctimas de violencia basada en género
  • 2005 detenciones arbitrarias en contra de manifestantes
  • 784 intervenciones violentas en el marco de protestas pacíficas
  • 35 casos de uso de armas Venom por parte del Esmad

Los datos son espeluznantes, producen zozobra y una profunda expectación por lo que pasará en el país. La equidad y la paz parecen sueños imposibles de alcanzar, ya que no se lucha por ellos verdaderamente, antes bien se destruye todo lo construido en el Acuerdo firmado con las ex guerrilla de las FARC en 2016. Aquí también cabe mencionar que el nivel de brutalidad policial demostrado en estos días de movilización no tiene precedentes: su actuar no es racional, no parecen seres humanos, sino máquinas diseñadas para matar.

Para ejemplificar mejor esta afirmación es preciso traer a colación el libro Buda Blues del escritor bogotano Mario Mendoza, quien nos da algunas pistas sobre esta situación en que se violan claramente los Derechos Humanos.

[…] Porque había también un capítulo dedicado a la guerra, a los soldados, a esa cantidad de jóvenes de todas las nacionalidades engañados por gobiernos irresponsables y por políticos deshonestos y corruptos, generaciones enteras de buenos muchachos enterrados en trincheras, masacrando civiles, lanzando bombas contra niños indefensos, torturando a hombres desarmados que aúllan como animales desde el fondo de calabozos y de prisiones clandestinas en los cinco continentes.

La Cosa no solo embrutece, también prepara a los hombres para la muerte, los adiestra, los entrena, los convierte fácilmente en asesinos. Y después, los que logran sobrevivir a esas hecatombes y esos genocidios regresan a casa deshechos, con insomnio, se levantan a altas horas de la noche y recuerdan los rostros de todos aquellos que mataron vilmente, escuchan los ruegos de piedad, los sollozos de las víctimas pidiendo clemencia, y entonces esos antiguos soldados no pueden compartir con los suyos, no pueden hacer una familia, no pueden comer acompañados, y terminan hundidos en vasos de alcohol buscando olvidar los crímenes que cometieron, pinchándose dosis cada vez más altas de heroína o colgándose en el garaje cuando nadie los ve ni sospecha de ellos.

¿Cuántos jóvenes habrá aniquilado La Cosa —se pregunta Rafael— tanto en el bando de las víctimas como en el de los victimarios? Y a esos pelotones de soldados bien entrenados hay que sumarles los agentes de policía que golpean estudiantes universitarios, sindicalistas, y que en secreto, como una práctica clandestina que muchas veces les exigen para formar parte de la élite policial que busca ascensos y medallas, fusilan extrajudicialmente a vagabundos, prostitutas, travestís y gamines. Y también cuentan los detectives, las agencias de seguridad, los porteros armados y los guardaespaldas, toda una serie de grupos de asesinos que el sistema permite, patrocina y legaliza para presionar a los que no se sometan ni quieran respetar las reglas, absurdas o sensatas, de ese mismo sistema.

(2009: p. 62-63)

Cuando leí este fragmento me estremecí, pues Mendoza evidenció con suma claridad la manipulación y el estado de conciencia cauterizada que padecen cientos de agentes de seguridad, los cuales empuñan sus armas contra el pueblo y defienden a un movimiento político bárbaro y nefasto que ha sumido al país en la violencia y la pobreza.

No lo niego, como joven siento miedo de “La Cosa” (el Estado) y quisiera emigrar, pero me aferro a la esperanza de que por medio de la educación y la cultura se puede transformar la nación y alcanzar una paz estable y duradera para todos. Aún creo firmemente en las palabras del escritor Gamaliel Sánchez Salinas, quien plantea que: “La lectura, como acto genuino, nos sensibiliza, nos permite reconocernos y reconocer al otro, en este sentido, leer es caminar a una cultura de paz”.

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Referencias en el texto

Mendoza, M. (2009). Buda Blues. Editorial Planeta.
Ospina, W. (1999). ¿Dónde está la franja amarilla? Editorial Norma.

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Escrito por

Profesor de Español y Literatura egresado de la Universidad del Quindío. Corrector de estilo y tallerista de escritura creativa.

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