“El desbarrancadero”: la catarsis colectiva de una sociedad que se cae a pedazos 


La literatura del autor colombiano Fernando Vallejo difícilmente deja a los lectores indiferentes. A propósito de la novela que unió en junio a la comunidad del Club de Lectura de Diario de Paz, el presente artículo desgrana la prosa crítica y aguda del autor en tres frentes de combate narrativos: una diatriba contra la familia, otra contra Medellín y contra Colombia. Un artículo del especial colaborativo Leer para entender El desbarrancadero.


Por Juan Hernández Gutiérrez [Alemania]

Nunca había leído un libro de Fernando Vallejo, ni siquiera La virgen de los sicarios, su novela más conocida. Eso sí, vi la adaptación al cine que hizo Víctor Gaviria. También escuché muchas cosas sobre Vallejo como persona. Oí, por ejemplo, que aprovechaba cualquier entrevista o conferencia para hablar pestes de Colombia. Además, supe que se le consideraba un degenerado por sus preferencias sexuales y por sus constantes ataques contra la iglesia. Algunos hasta lo acusan de ser pedófilo, misógino y racista. Sin duda, Vallejo es un personaje polémico y estrafalario por sus declaraciones y por sus discursos en donde, como diríamos en Colombia, no deja títere con cabeza. 

Sin embargo, aparte de todo ello, hasta hace poco sabía muy pocas de Fernando Vallejo como escritor. No sabía, por ejemplo, que tiene una obra prolífica con más de veinte libros publicados. No tenía idea de que no solo había escrito novelas, sino también ensayos y biografías. Mucho menos estaba enterado de que es uno de los cuatros colombianos (junto con Gabriel García Márquez, Manuel Mejía Vallejo y Pablo Montoya) que ganaron el Premio de Novela Rómulo Gallegos, el reconocimiento más importante de la literatura latinoamericana. Vallejo obtuvo esta distinción en el año 2003 gracias a su novela El desbarrancadero, una de esas obras literarias que todo colombiano y colombiana debería leer en su vida. 

Con un narrador-personaje en primera persona que cabalga entre la ficción y la autobiografía, Vallejo nos cuenta dos historias: la primera es la historia de amor y dolor que padece el narrador-personaje durante los últimos días de su hermano Darío, un enfermo terminal con quien compartió los momentos más memorables de su vida: “Darío compartía conmigo todo: los muchachos, los recuerdos”. Es así como el alter ego literario de Vallejo nos conduce por la montaña rusa de los recuerdos, las vivencias y las tragedias de este par de jóvenes antioqueños mientras se sumergen por el despeñadero de la muerte. Esa es la historia visible.  

La segunda trama, la historia secreta, es la catarsis del personaje-narrador a través de una diatriba contra la sociedad colombiana de finales del siglo XX. Con una voz franca y potente, el narrador-personaje nos lleva de la mano por el trasfondo social en el que su vida, la de sus hermanos, la de su padre, la de su familia y la de su ciudad se van precipitando por ese desbarrancadero llamado Colombia: “Dios no existe, este papa es un cerdo y Colombia un matadero y aquí voy rodando a oscuras montado en la tierra estúpida”.

Contra la familia 

Esta diatriba, o la catarsis en primera persona si lo prefieren, inicia por su familia, en esa enorme casa en el barrio Laureles que su papi les heredó y que poco a poco se fue desmoronando:

“Una Colombia en chiquito. Acabamos por detestarnos todos, por odiarnos fraternalmente los unos a los otros hasta que la vida nos dispersó”.

Todo empieza con el cáncer que se llevó a su papi, seguido por el suicidio de su hermano Silvio, y remata con el Sida que le arrebató a su hermano Darío: “Al que no lo mata en este puto manicomio un cáncer o un sida lo mata el hambre”. Es pues, en el seno de ese manicomio, de ese infierno matriarcal, de esa Colombia en miniatura, desde donde el narrador-personaje arremete contra los suyos. Inicia por su hermano menor, al que llama “el Gran Güevon”, el semiengendro con el que jamás intercambia palabra alguna, el hambriento que se fue adueñando con el tiempo de las cuatro paredes que contenían aquel manicomio. 

Después arrasa con la estirpe nefasta de su familia materna: los Rendón, los responsables de traer al mundo a su madre, su peor enemiga: “Son locos. Locos e imbéciles. Imbéciles e irascibles. Andan sueltos en un país de leyes, donde no existe una ley que les impida reproducirse”. Entre ellos figuran varios de los adefesios que aparecen a lo largo del relato: su primo hermano Gonzalito (un histérico que explotaba cada vez que lo llamaban Mayiya) y su tío Argemiro (el monstruo que todo lo arreglaba a las patadas y los berridos). 

Pero el centro del odio que destila el personaje se concentra en la figura de la madre, la matriarca de aquel manicomio dictatorial. La loca, la reina loca, la desquiciada, la perezosa, la caótica, la tacaña, la parturienta, la reina zángana y un sinnúmero de apodos más. Ella fue verduga de su papi, la protectora del Gran Güevón, la disociadora de su familia, la responsable del colapso de su hogar: “…me voy a escribir un tratado de teología inspirado en ella: Crítica de la maldad pura. La loca era el filo del cuchillo, el negror de lo negro, el ojo del huracán, la encarnación del DiosDiablo…”.    

Ni siquiera el mismo narrador-personaje se salva de caer en las redes de su diatriba. A pesar de considerarse el más grande escritor de ese matadero, el único que escribe después de muerto, no es más que una piltrafa de viejo que eleva una perorata contra todos y todo. Un viejo huraño que no soporta a nadie, ni siquiera a él mismo. Un huraño desquiciado que soñaba con atropellar a las peatonas embarazadas con el Studebaker de Darío. El desquiciado maricón que hace fuerza para que Colombia nunca gane un mundial de fútbol. El maricón racista que desprecia a los negros reduciéndolos a seres perezosos por naturaleza y diestros en el sexo. El racista misógino que culpa a las mujeres de la abundancia de animales bípedos que malviven en el mundo. El misógino apocalíptico que extiende sus brazos para recibir a la Muerte en un mundo donde el hombre nace malo y la sociedad lo corrompe. A fin de cuentas, él es el responsable de poner a Darío en el borde del desbarrancadero al introducirlo al mundo de los muchachitos y la marihuana.       

Contra Medellín 

La diatriba continúa por Medellín, la ciudad que lo vio nacer. La nostalgia por la villa provincial y bella de su infancia se va convirtiendo en el desprecio por esa urbe violenta y desigual en que se convirtió desde finales del siglo veinte:

“Mi barrio se murió, los carboneros los tumbaron, las sombras se esfumaron, la brisa se cansó de soplar, la rapsodia se acabó y esta ciudad se fue al carajo”.

Esa desazón empieza a tomar forma mientras nos lleva a recorrer la geografía de su terruño. El río Medellín convertido en una alcantarilla que arrastra solo mierda hacia el mar, los aguaceros pedruscos que destejan las viviendas y descalabran cristianos, las faldas montañosas invadidas por los cinturones de miseria de las comunas, los atascos eternos de la Avenida Nutibara y el hampa que se apoderó de las noches de la Calle Junín son los signos de esa decadencia que destruyó la ciudad de su infancia.

Pero la catarsis, o si quieren perorata, contra la capital antioqueña no se detiene allí. El autor también se va lanza en ristre contra esas ciudades que emergen en la época de la violencia y el narcotráfico. La ciudad de los traquetos con sus edificios mafiosos de los que ni su amado barrio Laureles logró salvarse. También es esa monstruoteca que dejó la construcción del metro y del aeropuerto de Rionegro que arrasaron con paisajes, calles, plazas y viviendas. Es otra ciudad pobretona donde “solo los ricos andan en carros” y donde los pobres nunca compran, solo roban y vuelven a robar mientras, pichan y paren. La ciudad miseria donde los niños no llegan a jóvenes y donde los viejos malviven entre el rencor y el odio.  

Lee también: El desbarrancadero: entre la comprensión y el odio

Contra Colombia 

Pero la mayor parte de la diatriba se la dedica a Colombia. El país de los cacos, el de la coca, el de los sicarios, de los cadáveres, el cielo del infierno:

“¡Qué va, Colombia no se acaba! Hoy la vemos roída por la roña del leguleyismo, carcomida por el cáncer del clientelismo, consumida por la hambruna del conservatismo, del liberalismo, del catolicismo, moribunda, postrada, y de mañana se levanta de su lecho de agonía, se zampa un aguardiente y como si tal, déle otra vez, ¡al desenfreno, al matadero, al aquelarre! Colombia, Colombina, Colombita, palomita: ¿no es verdad que cuando yo me muera no me vas a olvidar?”.

El narrador-personaje nos muestra en cada una de las páginas del libro por qué Colombia es el país de Thanatos. Arranca por el país de los cacos, “ese país donde nadie compra: todos roban”. Allí los hay de todas las calañas: desde presidentes, pasando por funcionarios públicos, hasta llegar a los ladronzuelos. La clase política, ya sea liberal o conservadora, es lo peor entre lo peor. Es la peste tinterilla y leguleya, la roña hambrienta por el erario, la broca que reina en ese matadero. La misma que llora y sufre con la chusma antes de las elecciones. La misma que masturba al pueblo con sus promesas durante la época de campaña. Esa que cuando se atrinchera en la presidencia solo se dedica a vender, o en el peor de los casos, a hipotecar lo poco que queda de esa patria. Son esos los políticos que, sobornados por el narcotráfico y amangualados con la iglesia, han hecho de Colombia el edén del saqueo. Ese país del hampa donde se roban los calzoncillos, las cédulas de ciudadanía, las casas con paredes y techo. El reino del ángel caído donde son capaces de robarle la barca a Caronte, la hoz a la muerte y hasta la cruz a Cristo. 

Sigue con el país matadero, ese país donde mandan los cacos. El país del cuchillo donde los liberales y conservadores llenaron de decapitados y gallinazos los ríos de ese valle de lágrimas y sufrimientos. Ese país en donde antes se despedazaban con machetes y ahora se fumiga con miniuzis. Ese país pobre en presupuesto pero rico en odio, en donde habita la hijueputez, el avatar mestizo del demonio. Ese país dinamitado por la guerrilla, desangrado por los sicarios, radicalizado por los políticos en donde todos los días no hay sino muertos, muertos y más muertos. Esa Colombia malapatria, asesina y desmemoriada donde el que respira estorba y en donde condecoran con balas. El país dividido entre asesinos y cadáveres. 

Concluye con el país de los tarados y de los excesos: donde no caben más hijueputas y al mismo tiempo sobran todos. La Colombita con indigencia mental donde las telenovelas y el fútbol lo son todo. Ese engendro de España plagado de poetas donde faltan hospitales, escuelas y vías, pero sobran los desmanes. El país del polvito blanco que le ha traído más fama y prosperidad que la roya del café y el petróleo. Ese país del que sus hijos expatriados ni siquiera se salvan: “los pasajeros del metro se nos apartaban al oírnos hablar colombiano, no los fuéramos a atracar”. Ese país del guaro que sabe a asesino y a borracho. Ese elixir de anís que alimenta a rojos, godos, traquetos, curas y mercenarios. Este es el país al cual el personaje-narrador dedica su diatriba.   

La catarsis colectiva  

El desbarrancadero es una novela honesta y crítica sobre esa sociedad colombiana que se sumerge en el más profundo de los precipicios durante la época más oscura de su historia reciente. La diatriba que inunda las 180 páginas del libro no es más que la catarsis colectiva que le regala Vallejo a todos los colombianos. La sátira, la blasfemia, el agravio y la ordinariez que destila la voz de su alter ego literario no son más que un grito de auxilio. 

Vale la pena leer esta novela porque a pesar de lo hiriente y descarnada que pueda ser su prosa, nos dice muchas verdades en la cara: es una representación contundente de la frustración e inconformidad que muchos sentimos con ese país violento, corrupto, de doble moral, desigual y, a la deriva, al que todos también amamos. 

Después de esta novela, quedé con ganas de leer más libros de Fernando Vallejo: sus novelas autobiográficas, sus ensayos contra la ciencia y la iglesia, sus biografías de poetas y lingüistas, su tratado de filología, y su novela del dictador escrita en primera persona. En este caso, el autor nos deja una de las mejores novelas colombianas escritas en el siglo XXI. Vallejo es de esos escritores que a pesar de vivir por más de cincuenta años lejos de su tierra, jamás dejó de añorarla. Para ponerlo en el mismo estilo de su prosa, Vallejo es un escritor ni el hijueputa. Tal vez uno de los mejores que quedan con vida en Colombia.

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Escrito por

Politólogo de profesión y aficionado a las letras. Amante de la literatura, en especial si se trata de escritorxs latinoamericanxs. Disfruta de la escritura, sobre todo de relatos sobre lxs ofendidxs y humilladxs en las periferias de este nuevo mundo feliz y globalizado.

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