Laurentino Cifuentes: un crimen de los años de La Violencia que sigue en la impunidad


En esta narración, el filósofo Mario Ávila Olmos realiza una contextualización de la situación sociopolítica del país en los primeros cincuenta años del siglo XX, reconstruye la historia del asesinato de un campesino, producto de la violencia bipartidista y resalta el impacto que tuvo el desplazamiento forzado en el departamento del Tolima y su desarrollo. Con este texto continuamos con nuestro espacio de reflexión acerca del origen de la violencia en Colombia.


Por Mario Ávila Olmos* [Bogotá, Colombia]

Laurentino Cifuentes Sánchez nació en San Juan de Rioseco, Cundinamarca en 1888. Pasada la Guerra de los Mil Días emigró con sus hermanos y primos a Venadillo, Tolima.

A comienzos del siglo XX, las condiciones de vida en Venadillo eran desastrosas, la alimentación se basaba solo en el vino de palma y en el mango, cuando había cosecha. En el parque actual, donde antes quedaba la plaza de mercado, se situaban cinco vendedores que servían el vino en calabazas. También vendían amasijos de harina de maíz molida en pilón pasados por el balay. Las casas eran de bahareque o de tierra pisada con techo de palma de murrapo. El agua del municipio se tomaba de las quebradas Galapo, Lechura y del río Venadillo, y se conducía por un canal que pasaba por la carrera quinta al que la gente madrugaba desde las tres de la mañana para bañarse y aprovisionarse. Las tareas domésticas se hacían a mano y ocupaba a las mujeres la mayor parte del día. En la noche se usaban velas y mecheras de petróleo. En el campo no había cercas, ni potreros ni corrales; los chivos, las ovejas y las vacas vivían libremente, y se necesitaban cinco o seis hectáreas para sostener una res. La siembra de café y su exportación en las primeras décadas del siglo XX, así como la cría de ganados mejoró considerablemente la economía de sus habitantes.

Un vistazo a la familia

Para conocer a Laurentino Cifuentes, es necesario echar un vistazo a la composición de la familia. En 1910, Etelvina Cifuentes, su prima hermana, se casó con Marcelino Rojas: él era dueño de una fábrica de aguardiente que surtía las tiendas del norte del Tolima hasta La Dorada, Caldas. Después de algún tiempo, Marcelino Rojas compró una destamadora para la cosecha y trilla del arroz, ya que estos procesos se hacían con una hoz y con unos palos. Dicha destamadora fue quemada por los trabajadores, recordando así a los luditas de la primera Revolución Industrial en Inglaterra, artesanos textiles del siglo XIX que protestaron violentamente contra la maquinaria introducida en aquel tiempo.

Laurentino Cifuentes Sánchez, por su parte, se dedicaba a la ganadería. Las tierras estaban llenas de arrayanes, espinos y malezas. Además del trabajo de limpieza y desyerbe, la ganadería implicaba construcción y reparación de cercas, aprovisionamiento de sal, manejo de los animales y el uso de alambre de púas para un mejor aprovechamiento de los pastos mediante el sistema de rotación de potreros. Las enfermedades del ganado como la garrapata y el nuche se trataban con bañaderas de cemento en las que se lavaban los bovinos con antisépticos a base de cloronaftol. El ganado aún era descendiente de los ejemplares traídos por los españoles en el siglo XVI, pero ya se hacían cruces con la raza cebú traída de la India y con otras importadas. Según el censo ganadero de 1916, el Tolima contaba con 60.123 semovientes de ganado vacuno. Estas mejoras en la ganadería y su comercio produjeron la primera acumulación de capital después de la Guerra de los Mil Días.

El mérito de Laurentino Cifuentes consistió en el trabajo arduo y concienzudo que hizo con el ganado. En su finca La Siria tenía un tanque de concreto en el que se desinfectaban las vacas y los perros. En el censo ganadero del Tolima del año 1937, Laurentino Cifuentes aparece como propietario de aproximadamente mil reses. La otra gran distinción de Laurentino era su solidaridad con las personas, pues durante la Semana Santa regalaba la leche a los vecinos. Cada ocho días mataba un novillo y lo repartía entre sus hijos, familiares, vecinos y entre los más necesitados de la región.

Matrimonio de una de las hijas de Laurentino Cifuentes, Sixta Delia Cifuentes con Abel Triana. Boda en Ibagué, diciembre de 1951

En la década de 1940 se iniciaron los sistemas de riego y canales para el cultivo del arroz desde el río Totare y la China y, así, los municipios de Alvarado y Venadillo comenzaron a abastecer de arroz a Girardot, Bogotá y a ciudades de la costa.

La finca Venecia de Laurentino Cifuentes llevó a producir entonces dos mil bultos de arroz, y el pueblo de Venadillo comenzó a crecer. La construcción de la iglesia Santa Bárbara se inició a fines de los años 1930. En 1945 comenzó la construcción de la torre del templo, para lo cual Marcelino Rojas donó cien pesos, Ernesto Cifuentes, cien pesos y Laurentino Cifuentes, dos vacas. Etelvina Cifuentes de Rojas por su parte, regaló las imágenes del Niño Jesús de Praga y de la Virgen Milagrosa. Dicha construcción se financió con fondos departamentales, aportes de la iglesia y de particulares, bazares y ventas. Los ladrillos empleados fueron donados por el chircal de Chocarí y la familia Cifuentes.


Iglesia de Santa Bárbara de Venadillo, Tolima.

¿Qué le sucedió a Laurentino? Hechos

La causa principal de La Violencia (1948-1965) fue la lucha entre los partidos políticos liberal y conservador por el control del Estado. Después del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, se conformaron juntas revolucionarias liberales en municipios como Rovira, Venadillo, Ambalema, Líbano, Fresno y Cajamarca. Estas juntas ejercieron el poder por pocos días y el Gobierno nacional les declaró la guerra a muerte a los liberales, a quienes tildaba de nueveabrileños.

Posteriormente, aparecieron las comisiones punitivas y de castigo formadas por sectarios conservadores que desplazaron los liberales de la zona urbana y rural de Anzoátegui, quemaron sus casas y los forzaron para que abandonaran sus propiedades. Ellos emigran y llegaron a la cabecera del llano donde vivía Laurentino Cifuentes, quien les ofreció alojamiento y comida.

Muchos años después, estas personas aún lo recordaban con respeto y afecto. Su gran crimen fue ayudar a gente violentada e inerme. Cuando le decían que le podían hacer daño por sus acciones, él desestimaba la situación y decía que primero estaba la gente humilde. También le reclamaban porque uno de sus yernos era liberal y le pedían que lo alejara, pero él respondía que ningún daño le había hecho y que además era esposo de su hija.

Por esta razón hubo una conspiración de jefes conservadores de Ibagué quienes ordenaron a un grupo de sicarios alojarse en la casa cural de Venadillo y, con el apoyo del alcalde, se dirigieron a la cabecera del llano. Varios hombres con armas y machetes tomaron a los habitantes del lugar por sorpresa, intimaron la entrega de haberes y asesinaron a Laurentino Cifuentes el viernes 6 de marzo de 1953 con disparos de revólver a mansalva, en su finca La Siria, ubicada en el municipio de Alvarado.

Un año después del homicidio de Laurentino, el juez 48 de Instrucción Criminal de Bogotá viajó a Venadillo para indagar sobre el caso y ordenó la detención del exalcalde Guillermo Arciniegas y de tres sujetos más señalados como autores intelectuales y materiales del hecho.

El desplazamiento forzado de campesinos que desembocó este asesinato terminó en grandes ciudades como Villavicencio, Ibagué, Medellín o Bogotá, en donde debían olvidar por completo sus tierras y posesiones y convertirse en obreros mal pagos.

Algunos de los hijos de Laurentino Cifuentes terminaron en Ibagué y en Medellín, comenzaron a rehacer sus vida sin un centavo. Se confirma así que la miseria de la víctima asesinada y su prole se convierte en riqueza para el homicida.

El Tolima tenía una población de 750 mil personas en la década de 1950, de las cuales 320.000 personas sufrieron el exilio en forma permanente o transitoria, es decir, un 42 % de la población del departamento experimentó en carne viva el desplazamiento.

* Sobre el autor: Mario Ávila Olmos vive en Bogotá, es filósofo de la Universidad de La Salle y tiene una maestría en Comunicación de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Textos consultados

Guzmán, G., Fals, O. y Umaña, E. (1962). La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social. Bogotá: Tercer Mundo Editores.

Sánchez, G. y Meertens, D. (1983). Bandoleros, gamonales y campesinos. El caso de la violencia en Colombia. Bogotá: El Áncora Editores.

Secretaría de Agricultura del Tolima. (1957). La violencia en el Tolima. Ibagué: Imprenta departamental. 

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