La paradójica historia de un ministro de salud y paciente de cáncer. Reseña de ‘Hoy es siempre todavía’

El autor de esta reseña es químico farmacéutico, profesor e investigador en la Universidad de Antioquia. Además es “aprendiz de artista” y lector. En esta reseña cuenta cómo llegó al libro Hoy es siempre todavía (Ariel, 2018), de qué se trata y por qué recomienda su lectura.

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Alejandro Gaviria

Alejandro Gaviria es uno de los ministros de salud de Colombia más influyentes de los últimos veinte o treinta años y, con seis años en el cargo, seguramente es el que ha resistido más tiempo en esa “trituradora de personas”, como él mismo lo denomina.

En Hoy es siempre todavía, Gaviria explica lo que significó para su vida como ministro y como persona del común haber sido un paciente de cáncer en Colombia. El cáncer –esa enfermedad temida, llena de significados adversos en nuestra sociedad– es el eje de este relato autobiográfico.

“Este libro es varias cosas a la vez –dice Gaviria–. Primero, es el testimonio de un hecho paradójico, una coincidencia irónica: mi doble condición como ministro de salud y paciente de cáncer. La enfermedad nos transforma física y emocionalmente”.

Más allá de ser un testimonio interesante y curioso por lo paradójico, Hoy es siempre todavía es una obra de arte por la calidad del relato, es un libro de filosofía que debería ser un texto escolar, es un compendio de lecturas para lectores curiosos y es también, si se quiere, un libro de autoayuda.

Para sustentar esto último quiero contar cómo llegué a este libro y cómo me transformó. Desde hace algunos años trabajo en el sector salud. Soy químico farmacéutico, MSc en farmacología clínica, profesor e investigador en la Universidad de Antioquia. Y tiendo a creer que la mayor parte de los problemas del sistema de salud en Colombia son trágicamente axiológicos (relacionados con los valores) y tienen que ver con las personas que son en sí mismas el sistema, es decir, con todos.

Un viernes al mediodía terminé una de esas reuniones de trabajo calamitosas  (llena de problemas y egos) y salí a caminar por la calle 26, en Bogotá, para decantar los pensamientos. Entré a un centro comercial a buscarle un libro a mi hija. En la góndola de entrada de la librería había un libro titulado Hoy es siempre todavía, escrito por el ministro de Salud Alejandro Gaviria. Un título tomado de los Proverbios y cantares del poeta español Antonio Machado. Lo tomé por inercia y comencé a leerlo entre esperas de aeropuertos, pasillos y cafés.

Cuando uno trabaja en el sector salud pasa mucho tiempo pensando en la sanación y ha de ser por eso que encontré en este libro una suerte de remedio contra la ansiedad del momento. Primero, el autor tuvo que lidiar con un linfoma no Hodking y escribe con un tono de esperanza (así que pensé: yo no tengo nada de qué quejarme). Y luego, él mismo se refiere a lo que hizo y sobre todo lo que leyó durante los momentos más complejos de la enfermedad:

Encontré, entonces, un refugio en la poesía. En las admoniciones de los poetas, en sus llamados a disfrutar las diminutas dichas. “Estoy cayendo en la autoayuda”, pensaba por momentos. “Pero qué más da, en últimas todo es autoayuda”, respondía indulgente. En nuestras conversaciones íntimas, todos solemos pasar de la ironía a la autocomplacencia”. 

En adelante el autor, con aura de paciente, me enseña lo que voy a encontrar más adelante: quizás una buena dosis de autoayuda. En el primero de los ocho capítulos empiezan a aparecer, con esperanza nostálgica, algunos de los elementos centrales de este libro: una especie de elegía a la felicidad y al presente, a esas diminutas dichas. Para él, la idea de la felicidad es una promesa y esa promesa es la felicidad misma. La felicidad no es nada, pero es el elemento constitutivo de casi todo lo que buscamos. La idea de la felicidad, a veces, se resume en el asombro, en los picos altos de la experiencia, los instantes a gusto transitando sonrientes el camino, asombrados con lo cotidiano y el viento en la cara cuando vamos en bicicleta.

El tono de esperanza se mantiene a lo largo de los ocho capítulos; dice el autor:

Ya empezaba a entender que los pacientes de cáncer nos alimentamos, sobre todo, de esperanza.

A lo largo de la narración, Gaviria va incluyendo referencias a otros autores: artículos científicos o libros escritos por científicos, poesía, literatura y hasta una anécdota sobre la primera edición de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Las referencias que van apareciendo son compiladas al final del capítulo con anotaciones ampliadas. Es sorprendente la selección de poesía, a propósito de la felicidad, la esperanza, la dimensión del presente y la complejidad de las cosas. De pronto emerge en el texto, como un bálsamo, como una pausa, una versión extraordinaria de un poema de Derek Walcott, traducido por Héctor Abad Faciolince y Alejandro Jadad con el nombre de El amor después del amor.

Al inicio y al final, Alejandro Gaviria, el buen ministro, el buen ser humano, establece como regla básica que el libro sólo pretende contar su cuento: “Tal vez esa sea la esencia de todo, de los días y los años de nuestras vidas: tener, al final de cuentas, una historia que contar y contarla a tiempo”.

También quiere explicar las conexiones que tiene la vida, especialmente la suya, al tomar decisiones: reglamentar la eutanasia, el cannabis medicinal, el uso de glifosato para fumigación de cultivos ilícitos, el control de precios a los medicamentos; las decisiones que afectarán a los pacientes, un grupo selecto del que él también hace parte.

Este es, en fin, un relato sobre la esperanza, las conexiones y la vida misma de un militante de la escuela del liberalismo trágico, aquella que reconoce que muchos de los problemas sociales no tienen solución y que cada problema se cambia por uno nuevo.

¿Por qué me conecté y me transformó Hoy es siempre todavía? Porque a veces la dimensión del otro, la realidad trágica que percibe, es un buen complemento para la esperanza propia. Con esas ideas hacemos una colcha de retazos de pensamientos, propios y ajenos, que son la vida misma, la esperanza, el ingrediente más o menos sabroso de la felicidad.

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Escrito por

Químico Farmacéutico, MSc Farmacología clínica, Profesor e investigador. Científico con visos de artista, o viceversa.

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