El cometero mayor de Medellín. Una crónica de Ricardo Aricapa

Esta crónica está incluida en la antología Medellín es así (Ediciones B, 2016) del periodista caldense Ricardo Aricapa. El texto se publicó por primera vez en el periódico El Mundo en junio de 1985. Lee también una reseña y entrevista con el autor: El esfuerzo de buscar las palabras correctas. Así escribió Ricardo Aricapa el libro ‘Medellín es así’.

Por Ricardo Aricapa

Cuando a las tres de la tarde suena el timbre que anuncia el fin de su turno en la fábrica Noel, donde trabaja, Luis Carlos Cadavid no tiene su mente ocupada en esas pequeñas compensaciones que el ocio da a la vida gris de los obreros cuando terminan su jornada. Él no busca la cerveza compartida en una mesa de café, ni busca la oscuridad de un cine para desconectarse del mundo, ni se va para su casa a sumergirse en esa cotidianidad que apenas cabe en dos habitaciones y una pantalla de televisión.

No. Luis Carlos sale de la fábrica con un afán distinto. Toma el primer bus Circular Sur y se va para su casa en el barrio Las Mercedes, donde junto a su mujer y sus dos hijos lo espera anhelosa de viento su otra enamorada: su cometa.

A menos que llueva o esté enfermo, Luis Carlos ha elevado sus cometas todos los días en los últimos dos años, sin faltar ni siquiera los domingos. Dice que lo hace por terapia; para dejar que sus preocupaciones, como a su cometa, se las lleve el viento.

No hay duda: en el corazón de este obrero, a quien no es raro ver a media noche con su cometa todavía surcando la soledad del cielo, hay un pálpito de pájaro, late el antiguo anhelo humano de volar, el mismo que llevó a Ícaro hasta el sol batiendo alas de cera. Pero menos codicioso que Ícaro, Luis Carlos se contenta con volar sus humildes cometas.

El santuario del viento

Sin proponérselo, Luis Carlos le está haciendo un enorme favor a la ciudad. Él, con su inveterada costumbre de elevar a diario sus cometas en la manga de la urbanización Nueva Villa de Aburrá, ha convertido este sitio en un santuario del viento. Allí un domingo se cuentan hasta 250 personas, de todas las edades, a quienes las multicolores cometas de Luis Carlos han revelado que volar no es solo para los pájaros.

Allí ya es asiduo don Gustavo Bernal, un comerciante de confecciones que llega orgulloso con su moderna cometa Parafoy, que desafía sin cola al viento. También se ve una espesa barba y tras ella la cara radiante y sin espinas del poeta John Sossa, ensartando la poesía en el aire, como él dice.

Llega puntual don Pablo Sánchez, otro comerciante que a sus 55 años no ha dejado apagar las cenizas del niño que lleva en el alma. Es un estudioso de las cometas, y tiene muchas. Él las ensaya, analiza su vuelo, y les detecta los defectos de construcción que luego en su taller corrige para poderlas exhibir al domingo siguiente en un vuelo perfecto.

El hombre cometa

Pero es Luis Carlos Cadavid ‘el cometero mayor’ en la manga de la Nueva Villa de Aburrá, a quien todos consultan sus dudas. Él sabe de qué lado es más benevolente el viento, cómo deben desplazarse para evitar que se enreden las cuerdas, cuándo hay que recoger o cuándo hay que soltar el hilo. Él gesticula y ordena a sus pupilos con un brillo febril en su mirada. En cada cometa concentra todo el sumo de su atención, como si de su vuelo dependiera el equilibrio del universo.

Su nueva cometa es amarilla, hecha bajo el modelo que inventara Coddy a finales del siglo pasado. Tiene la forma de un cajón de compartimientos simétricos en rectángulos superpuestos, y es la que está más lejos en el cielo, como un pájaro extraño prisionero de un hilo.

Cuenta orgulloso que una vez con una cometa-diamante sin cola hecha por él mismo derrotó en un concurso a los cometeros más famosos del mundo: los gringos. Ocurrió en un evento organizado en el Palacio de Exposiciones y Convenciones hace dos años, cuando todavía no era un profesional en el arte de manejar el viento. Su cometa voló más lejos que todas las de los estadounidenses que participaron, solo que su triunfo no fue certificado por que la forma de su cometa no era aceptada en el certamen.

El éxito de esa cometa, y de todas las que hace Luis Carlos, está en el material usado, más propio para el vuelo que las fibras sintéticas de las cometas fabricadas en Estados Unidos. Él usa flechas de cañabrava de barba madura, que crece silvestre y gratis en Porce, Sabaneta, Barbosa y otros sitios del Valle de Aburrá. De tener capital, dice, montaría un negocio de exportación para inundar el mercado gringo con las flechas de cañabrava, las cuales solo se dan en estas generosas tierras de sol perpetuo.

Así como el placer de la pesca radica en ver aparecer el pez ensartado del anzuelo, para Luis Carlos la dicha de elevar cometas estriba en las variaciones que el viento produce en la tensión de la cuerda, lo cual le confiere a la cometa una cualidad de ser vivo. Y son altas tensiones, dice, y cuenta que una vez un gallinazo se desnucó al chocar con la cuerda de una de sus cometas, al tiempo que se levanta la manga de la camisa para dejar ver el bulto que se ha formado en sus bíceps a fuerza de sostener la tensión de las cuerdas.

Luis Carlos es además un afortunado del destino. Dio con una mujer que antes que enojarse por su misticismo cometero, permanece al tanto de las novedades atmosféricas y cuando Luis Carlos regresa de la fábrica discute con él sobre la conveniencia de salir o no salir a elevar cometas esa tarde. Tampoco se disgusta cuando él, presintiendo desde la mañana que el viento de la tarde va a ser bondadoso, se lleva la cometa para el trabajo, y sale de la fábrica directo para la manga.

Son las seis y media de la tarde y Luis Carlos señala en el aire unas sombras fugaces. Son los murciélagos, enemigos declarados de las cometas, que después del ocaso salen en bandadas a congestionar el cielo.

Se puede decir que Luis Carlos es un hombre feliz, porque su felicidad, a diferencia de la mayoría de los mortales, no depende de tener a tiempo la cuota del apartamento, o listo el vestido para el próximo coctel, o asegurada la suerte en el amor y el aguacate en el almuerzo. No. La felicidad de Luis Carlos depende, simplemente, de los designios de la rosa de los vientos.

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Escrito por

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