El viaje de Rivera 1922-1923: antecedente de La vorágine

¿De dónde salió la idea de escribir La vorágine? ¿Quién era José Eustasio Rivera y qué significó este viaje para él? Un artículo del especial Leer para entender La vorágine. Si no lo has hecho aún, inscríbete aquí al Club de Lectura Virtual 10 Libros en 2020.

Por Felipe Restrepo David

Una parte de la obra de José Eustasio Rivera poco conocida –y decisiva para entender el origen de La vorágine (1924), la constituyen los textos que a sus treinta y cuatro años nacieron de su experiencia de viaje como representante de la Comisión de Límites con Venezuela y Brasil. Rivera fue nombrado para tal cargo público, en condición de abogado, el 13 de noviembre 1922 y, con un sinnúmero de tropiezos, terminaría labores el 12 de octubre de 1923 cuando regresó a Bogotá bastante deteriorado de salud por las fiebres de la selva. 

En principio, el objetivo del viaje era informar y describir; pero rápidamente se dio el giro inevitable: su palabra se convirtió en una polémica pública al dar a conocer cómo la Orinoquia y la Amazonía colombianas (y sus fronteras) eran lugar de explotación y desmanes por parte de terratenientes con indígenas y colonos, a propósito de la industria del caucho que contaba con más de tres décadas de presencia legal e ilegal en la región.

Esa parte poco divulgada de la obra de Rivera está compuesta de cartas, denuncias y fragmentos de diarios: escritura toda de urgencia, espontánea, acelerada, hecha en el camino, en posadas, hamacas, pequeños hoteles, en chalupas, con la humedad y el calor a cuestas.

Su denuncia da entrada a un alegato jurídico, social y cultural que no tenía antecedentes en el siglo xix en Colombia. Como documentos históricos, el conjunto de esos textos es un testimonio invaluable, además de constituir una antesala de la La vorágine en tanto que no se retrata el paisaje como estética (tal como ocurrió en su poemario Tierra de promisión, publicado en 1921), sino como tensión política de enfrentamiento de poderes y dominio de territorios.

Sin embargo, estos también son textos independientes en los que se evidencia una clara intención estilística producto de una poderosa necesidad de denuncia: en este Rivera viajero y funcionario público, el escritor confluye en el abogado.

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Es cierto que no hay manera de recrear la experiencia íntima, y misteriosa, de escritura de la novela (ni siquiera la detallada biografía de Neale Silva, Horizonte humano: vida de José Eustasio Rivera, logra revelarlo), pero sí puede sospecharse la enorme influencia, por lo intensa y genuina, que ejerció la selva en él y, sobre todo, la presencia de una otredad maltratada y altamente jerarquizada por la industria de la explotación del caucho.

Dice Hilda Soledad Pachón Farías, una gran investigadora de su obra, que Rivera, en ese viaje, pasa de ser quien contempla la naturaleza a quien la estudia de manera minuciosa, no solo porque quiere acercarse a sus secretos, sino porque comprende la significación política y económica para su patria; en otras palabras, de dicha experiencia comienza a configurarse un intenso compromiso intelectual: ese viaje lo revolcó, lo puso de frente a una realidad nacional de la que poco o nada se sabía, la de las fronteras, pues convenía más ocultarla por lo compleja y por los muchos intereses económicos que representaba para ciertos grupos de inversionistas y patrocinadores.

Rivera advertía, en cartas y artículos, que Colombia podría repetir la historia de Panamá, en la medida en que las fronteras con Brasil, Perú y Venezuela no estaban delimitadas con claridad: ese oro blanco, que representaba el caucho, provocaba tensiones geopolíticas hasta entonces inimaginables; las torturas, muertes y sangre desaparecían fácil dentro de la manigua.

En uno de esos textos, “Informe de la Comisión Colombiana de Límites con Venezuela” (1923), recogido por la misma Pachón Farías, en José Eustasio Rivera: intelectual. Textos y documentos 1912-1928 (1991), puede percibirse que Rivera ya asume lo que llevará en su novela a un punto de potente y peligrosa realidad poética: la lucha por los márgenes y los marginados; no se trataba de reafirmar una geografía oficial, acomodada y manipulada, especialmente para ocultar; lo que descubrió Rivera fue un territorio con otras leyes y habitantes (colones, campesinos, afrodescendientes, indígenas…) que sobrevivían en una geografía difícil, indomable, en la que la muerte y la injusticia eran el pan de cada día (en las primeras ediciones de La Vorágine solían aparecer fotografías de los territorios narrados por Rivera, e, incluso, de algunas personas que inspiraron varios de los personajes). Dice Rivera en ese informe:

Mucho hay que decir al respecto de las relaciones anormales de los patronos con los trabajadores. Es un hecho que con los segundos se realiza hoy un comercio de esclavitud, disfrazado pero real. Para demostrarlo, basta aludir a la manera como se hace el enganche: el patrón los adquiere adelantándoles chucherías a cuenta de trabajo futuro, con recargos que a veces pasa del quinientos por ciento, y luego los obligan a trabajar donde les parezca para resarcirse del desembolso, cosa que no sucede nunca, pues siempre tiene el cuidado de que le estén debiendo. Otra forma de adquisición de personal consiste en el traspaso que un empresario hace a otro de sus trabajadores vendiéndole las cuentas de éstos aumentadas con una prima más o menos considerable, y sin que los hombres objeto de este tráfico sean siquiera consultados previamente ni conozcan las nuevas condiciones en que los adquiere el nuevo dueño.

En relación al encuentro de la escritura descriptiva y la forma del alegato de corte jurídico en este informe de Rivera, dice González Echevarría en Mito y archivo que no conviene estudiar la narrativa como un discurso autónomo, o inmanente, creado por sí mismo, pues las relaciones que el discurso narrativo crea con otras formas no literarias son “mucho más productivas y determinantes que las que tiene con su propia tradición, con otras formas de literatura o con la realidad bruta de la historia”. Para su caso, es indispensable tener en cuenta, como contexto, todo lo que influyó en Rivera la lectura de El libro rojo del Putumayo (1913), en tanto le dio a sus observaciones y descubrimientos un soporte continental.

Ahí radica uno de los valores más vigentes de La vorágine: lo que representa como realidad histórica, en tanto conciencia de la exclusión y del desplazamiento. Es como si Rivera hubiera revelado el reverso del país: su narrativa, al ubicarse en la realidad fronteriza, pone la mirada en los límites escurridizos y su condición laberíntica; es como una palabra que retrata el más allá de las barreras y los muros, donde habitan y sobreviven los “otros”, los humillados y ofendidos: el mundo bárbaro, no-civilizado, no-ilustrado, no-racional, no-protegido. Por eso, en su momento, esos documentos impactaron tanto, y lo siguen haciendo, al igual que su novela.

La vorágine apareció en librerías el 25 de noviembre de 1924 (Rivera había nacido un domingo, 19 de febrero de 1888, de noche, en la casa materna, en Neiva), y a sus treinta y seis había publicado una novela que le daría la mayoría de edad a la literatura colombiana al ser capaz de ver de frente el horror: crea la que es, quizás, la gran novela nacional-fundacional: no porque celebre lo “glorioso” de lo colombiano, no es un canto al “patriotismo”: fundacional en el sentido de que desnuda una dolorosa degradación social y cultural que, años después, tendrá resonancias literarias y periodísticas en las obras de Gabriel García Márquez y Alfredo Molano Bravo.

Rivera empezó a escribir la novela el 22 de abril de 1922, en Sogamoso, y la terminaría en la misma Neiva dos años después, el 21 de abril de 1924. El caso es que los episodios más intensos, y decisivos, fueron escritos en ese viaje a los llanos y a la selva entre 1922 y 1923, a través de los ríos Orinoco, Negro, Inirída, Guaviare y Guanía hasta San Fernando de Atabapo, cuando participó como comisionado de Límites.

Una novela nacida de su experiencia vital y de su atenta conciencia crítica, genial confluencia de la palabra del poeta y del intelectual.

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Escrito por

(Chigorodó, 1982). Doctor en Humanidades, Universidad EAFIT, 2019; Magister en Letras, Universidad de São Paulo, 2013; Filósofo, Universidad de Antioquia, 2008. Fue editor de la Editorial EAFIT (2014-2019) y de la revista literaria para niños El Conde Letras (2009, Fundación Taller de Letras). Ha publicado: Conversaciones desde el escritorio (2008) y Voces en escena: dramaturgia antioqueña (2008); y las compilaciones Michel de Montaigne: Ensayos escogidos (2010), Dramaturgia antioqueña 1879-1963 (2014), El paisaje en la mirada: el Valle de Aburrá en la literatura de viajeros y escritores (2017) y Alexander von Humboldt: homenaje (2019). Premio Metropolitano de Ensayo, Alcaldía de Bello, 2005; Premio Memoria de Ensayo, Museo Universitario, Universidad de Antioquia, 2017.

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