¿Por qué nadie me habló de Elisa Mújica? Por Pilar Quintana


El siguiente es el prólogo completo a la última edición de la novela Catalina, de la autora colombiana Elisa Mújica. Esta obra se publicó por primera vez en 1963 y recibió un reconocimiento literario en su momento. En 2021, hace parte del segundo reto de lectura de Diario de Paz. Te invitamos a descubrir a una admirable escritora, en estas palabras de Pilar Quintana. Para conocer el plan de lectura visita el micrositio del Club de Lectura Virtual.


Por Pilar Quintana

A principios de 2018 comencé a ver en redes sociales unos anuncios que invitaban a las escritoras colombianas residentes en el país a participar, con una novela inédita, en el Premio de Novela Elisa Mújica. Aun cuando en ese momento no tenía una novela inédita sentí curiosidad y seguí el enlace.

En la página del Instituto Distrital de las Artes, patro­cinador del premio, leí que este se concebía como «un homenaje a Elisa Mújica, una de las escritoras colombia­nas más destacadas del siglo XX, de quien en enero de 2018 se conmemoran cien años de su nacimiento».

¿Elisa Mújica, una de las escritoras colombianas más destacadas del siglo XX? Quedé perpleja. ¿Si esto era ver­dad cómo es que yo, escritora colombiana nacida en el si­glo XX, nunca antes la había oído mencionar?

Puse su nombre en el buscador de Google.

Tal vez Elisa Mújica no había sido tan destacada como nos querían hacer creer y por eso yo no la conocía. Tal vez en su tiempo había sido una escritora desconocida o me­nor y ahora —porque este es el siglo de las reivindicacio­nes— la querían rescatar.

En Google había numerosas entradas sobre ella: apa­recía en revistas, periódicos, páginas académicas e incluso en Wikipedia en español y en inglés. La información de Wikipedia no era extensa, pero servía para darme cuenta de que había tenido una carrera larga y brillante.

Tras una breve inspección aprendí que escribió nove­las, cuentos, ensayos, crónicas, libros infantiles, crítica literaria, columnas de opinión y entrevistas, que su obra fue vasta, que la elogiaron grandes autores, que en 1962 obtuvo por su novela Catalina una distinción en el pre­mio Esso, que trabajó en El Tiempo y El Espectador, que tuvo un programa en la Radiodifusora Nacional, que perteneció a la Academia Colombiana de la Lengua —fue la primera mujer en hacerlo— y a la Real Acade­mia Española.

Me dieron ganas de leerla, pero sus libros eran difíciles de conseguir. Ninguno se había convertido en clásico, como Cien años de soledad El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Ninguno era de lectura obligatoria en el colegio, como La rebelión de las ratas, de Fernando Soto Aparicio, o El Cristo de espaldas, de Eduar­do Caballero Calderón. De ninguno había ediciones ac­tuales en librerías ni traducciones, como sí de La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio, o de La tejedora de coronas, de Germán Espinosa.

Todas esas obras, publicadas en la misma época que las de Elisa Mújica, seguían vigentes. De ella, en cambio, en papel, solo se habían reeditado su libro infantil más conocido, La expedición botánica contada a los niños [puede descargarse gratis aquí], y ha­cía veinte años su destacada novela Catalina. Pero esta úl­tima ahora estaba otra vez descatalogada.

Lee también: Así comienza Catalina: primeras páginas de la novela de Elisa Mújica

Había una reedición póstuma de Bogotá de las nubes, su última novela, en una colección digital de la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá, y una antología de la Uni­ versidad Industrial de Santander que reunía algunos de sus cuentos. Sus libros, salvo estos dos que estaban gratis en formato pdf en internet, se habían perdido y no exis­ tían más que en los anaqueles de las bibliotecas públicas y posiblemente en algunas librerías de viejo.

¿Merecían ese destino? ¿Será que no eran tan buenos como los de sus contemporáneos y por eso la implacable ley de la selección natural de la literatura los había descar­tado?

Compartí en mis redes el anuncio del Premio de Novela Elisa Mújica para beneficio de otras escritoras colombianas que en ese momento sí tuvieran novelas inéditas y me ol­vidé del tema.

Poco después, sin embargo, recibí un correo de la Bi­blioteca Nacional en el que me invitaban a participar, du­rante la Feria del Libro de Bogotá, en una charla llamada «La labor femenina: Homenaje a Elisa Mújica por el cen­tenario de su nacimiento», y volví a pensar en ella.

Faltaban unos meses para el evento. Tenía tiempo su­ficiente para buscar sus libros, leerlos y prepararme. Pero, ¿y si no me gustaba?, ¿y si Elisa Mújica me parecía floja iba yo, en medio de un homenaje literario, a hablar mal de la obra?

Estuve vacilando unos minutos frente al computador.

La literatura hecha por las mujeres —bien lo sé— se abre paso venciendo resistencias.

«Por machista y prejuicioso había evitado leer este re­lato», escribió en su muro de Facebook un escritor y ci­neasta junto a la foto de una de mis novelas para recono­cer que le había gustado.

Por esa misma época, en una entrevista radial, un li­brero confesó que cuando los clientes le pedían recomen­daciones y él les mostraba libros escritos por mujeres, mu­chos le respondían que de mujeres no querían leer.

Yo misma, por años, evité leer libros de mujeres, a menos que fueran clásicos, premiados o muy recomenda­dos, es decir, que los leía solo si eran de calidad probada, una exigencia que no les aplicaba a los escritores hombres, cuyos libros leía de ordinario, aun cuando se tratara de autores noveles o poco sonados y no más porque sí, porque se me antojaba leer sus libros.

Yo misma era machista y prejuiciosa. Todos los somos. El machismo está entretejido en la sociedad.

¿Era por causa del machismo que los libros de Elisa Mújica habían desaparecido?, ¿era por razón del género de la autora, y no por la calidad de su obra, que yo no había llegado a conocerla?

Y si esto era cierto, ¿por qué entonces sí conocía a otras escritoras colombianas como Sor Francisca Josefa del Castillo, Soledad Acosta de Samper, Helena Araújo, Mar­vel Moreno, Fanny Buitrago o María Mercedes Carranza?

Respondí que sí a la propuesta de la Biblioteca Nacio­nal. Participaría en el homenaje a Elisa Mújica para leerla, porque quería conocerla y me sentía en deuda con su obra. Y sí, me dije, si me parecía deficiente tendría que decirlo, aunque quedara como una aguafiestas.

El libro de cuentos La tienda de imágenes está disponible para lectura en línea en el Internet Archive>>

Elisa Mújica publicó dieciocho libros entre 1948 y 1997. Tras su muerte, en 2003, aparecieron otros tres: un diario, la antología de cuentos de la UIS y un libro infan­til. A mí las que más me interesaban eran sus ficciones, porque es lo que prefiero leer y lo que quisiera que leyeran de mi obra si pretenden conocerme.

Empecé con Ángela y el diablo, su primer libro de cuen­tos, publicado en 1953. La edición de Aguilar que conseguí en la Biblioteca Luis Ángel Arango venía con un prólogo en el que se contaba la historia personal de la autora.

Anoté en mi cuaderno: «De Bucaramanga. Familia empobrecida. Se establece en Bogotá. Queda huérfana. Trabaja como mecanógrafa. Es secretaria de ministros y políticos», como si en esas frases escuetas quedara encerra­ da su vida. Añadí que vivió en Ecuador y en España. Lue­go, en otro lado, leí con asombro que fue marxista y más tarde se hizo católica devota.

Era fácil para mí entender que una persona que fue testigo de los eventos del siglo pasado se hubiera desen­cantado del marxismo, pero no me quedaba claro cómo pasaba de ese punto a reconciliarse con el catolicismo.

«Desde el cargo de secretaria de correspon­dencia del comité ejecutivo de nuestro flamante Partido Socialista, imaginaba cooperar en el hallazgo para mi patria de un término medio ideal, donde a cada adversario se le concedía algo de razón en el viejo pleito sobre la justicia. Por ese entonces el Partido Liberal perdió el poder y en el país se instauró la amarga era de las recriminacio­nes violentas entre las dos grandes agrupaciones tradicionales. Nuestro incipiente socialismo nau­fragó en una mancha de sangre».

Así lo explicó ella misma en su ensayo «De marxista a católica» para, luego, contar cómo empezó a interesarse por las obras de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y San Agustín, definitivas en su conversión:

«(…) la lectura de la vida de Santa Teresa me produjo desde un comienzo un efecto semejante al que causa contemplar por primera vez un cua­dro extraordinario, obra maestra de la pintura. Entonces se adivina que hay allí una verdad, exac­ta a la que duerme dentro de uno mismo».

Me enteré también de que mi marido la había conoci­do, pues habían vivido en el mismo edificio del centro de Bogotá, él un niño y ella la autora de uno de los libros infantiles que él tenía en su biblioteca.

¿Cómo era?, le pregunté. Una señora sola y brava, contestó.

«Me parece que tengo engañada a tanta gente que me considera virtuosa cuando soy más que miserable», escri­bió ella en su diario.

Los catorce relatos de Ángela y el diablo son breves y perturbadores. Lo primero que me impresionó fue su pluma precisa y efectiva, como la de Patricia Highsmith, una de mis escritoras favoritas, a quien le bastan unas po­cas líneas para mostrar la complejidad de un personaje o erigir todo un universo.

Así, Elisa Mújica, en su cuento «El círculo», logra crear con solo unos trazos la atmósfera ominosa de un pueblo en guerra: «Los hombres amanecían muertos en el monte. La gente hablaba pasito, como si en cada casa hu­biera un enfermo, y el alcalde permanecía encerrado en su despacho y únicamente salía de noche, para que nadie lo viera».

Del mismo modo es capaz de capturar instantes y re­producir impresiones que quizás todos hayamos tenido alguna vez: «Pero al escuchar su propia voz descubrió en ella notas extrañas que le dieron la sensación de que habla­ba un desconocido».

Al igual que Hemingway, Mújica despoja su prosa de todo adorno o floritura y la deja al desnudo como para no esconder nada detrás y que solo quede la verdad. Fue una ávida lectora de sus contemporáneos. Aldous Huxley y Albert Camus le interesaron especialmente y cultivó, como ellos, la mordacidad y la franqueza.

En sus narraciones se distinguen dos grandes temas: la violencia (política, social, doméstica) y el papel de la mu­ jer en la sociedad. Muchos autores colombianos han escri­to sobre nuestras violencias: las guerras, la pobreza, el mal­ trato familiar. Ella lo hace con agudeza y calado.

En su cuento «Diez de abril» narra los desmanes ocu­rridos durante el Bogotazo —la ira, el furor, el ensaña­miento— hasta llevarnos, a través de un recuerdo del per­sonaje, al punto de origen de toda esa violencia:

«Pero en el momento menos pensado el padre caía sobre él. Peor que recibir los golpes era oír los gritos y ver la cara del hombre, con las niñas de los ojos girando, mientras Alfredo gritaba: “Perdón, perdón”. La madre lo miraba sin atreverse a defen­derlo. No necesitaba sino interponer su cuerpo entre el del niño y el látigo, y el padre no hubiera podido tocarlo. Pero sabía que nunca sería capaz de hacerlo y permanecía en un rincón, como encadenada. Alfredo sentía que en el corazón de la madre nacía un sentimiento de hostilidad contra él, porque la obligaba a que su debilidad quedara al descubierto».

Donde más se destaca es en la construcción de sus personajes femeninos. Nunca, hasta que la leí a ella, había encontrado a un autor colombiano —o autora, se entien­de— que me contara con tanta verdad y dimensión lo que significaba ser mujer.

Esto escribió en «Cuento de niñas»:

«Esa tarde las tres se dedicaron a comentar la última conferencia que les había dictado la maes­tra en el colegio. Versaba sobre el tema del pudor, y la señorita Dominga recomendó a sus alumnas no usar descotes exagerados cuando fueran mayo­res. Luego les contó una historia muy bonita, en la que figuraba un gran rey que hizo desfilar a sus esclavas delante de él y escogió como esposa a la que se mostraba más recatada».

Impresionada, a pesar de que apenas estaba empezan­do el libro, anoté en mi cuaderno: «Una autora de prime­ra línea».

Enseguida llamé a un amigo escritor para contarle que los cuentos de Mújica me estaban gustando. Él, que tam­poco la conocía ni la había leído, se mostró escéptico. ¿Pero son buenos?, preguntó. Sí, dije, buenos. ¿Qué tan buenos?, me retó.

En el prólogo de Ángela y el diablo se consignaban, ade­más de la historia de la vida de la autora, algunos de los elogios que recibió por su trabajo. Yo copié el que Eduar­do Zalamea Borda escribió sobre su primera novela para Dominical:

«Ha tenido el valor de publicar una novela. Y una novela que vale la pena leer. Los dos tiempos no tiene antecedente en la producción literaria de la mujer colombiana y puede figurar con pleno de­recho entre las dos o tres decenas de obras de ese género que han sido escritas por gentes nacidas en este país».

Lo copié, palabra por palabra y con rabia, porque me parecía que era una evidencia más para el ya extenso me­morial de agravios a las mujeres que escribíamos.

Desde hacía dieciséis años, cuando publiqué por pri­mera vez, en casi todas las entrevistas me preguntaban si mi literatura era femenina, o de entrada asumían que lo era, y me pedían que reflexionara sobre ese género. Me molestaba esa etiqueta. Me molestaba, sobre todo, porque a ninguno de mis colegas hombres le preguntaban si su literatura era masculina ni le pedían que reflexionara sobre «ese género».

Ese género —la literatura masculina— no existe. Lo que ellos hacen se llama simplemente literatura. A lo que hacemos nosotras las mujeres en cambio le cuelgan una etiqueta y así queda establecido que es subsidiaria, un sub­ capítulo no más, de la literatura que hacen los hombres, la auténtica literatura.

El elogio de Zalamea Borda ponía el dedo en la llaga. La obra de Mújica, siguiendo sus palabras, podía figurar con pleno derecho entre las obras de «ese género» —o sea la literatura femenina— que se habían escrito en Colombia.

¿Quería decir que se destacaba únicamente entre esas? ¿Que solo tenía derecho a figurar si no la medíamos con la de los hombres? ¿Que la literatura de los hombres era su­perior?

Ahora mi amigo me pedía que le dijera qué tan bue­nos eran los cuentos de Mújica. Su pregunta, aun cuando no fuera la intención, me mostró mi propia rabia: la que me daba que las mujeres siempre tuviéramos que estar probando qué tan buenas éramos en lo que hacíamos para poder ser aceptadas y validadas.

No le di una respuesta. Apenas empezaba la lectura y habría sido apresurado dar una opinión terminante. Pero sobre todo estaba mi rabia. Tenía que ir con cuidado. No quería que mi rabia me hiciera decir que los cuentos de Mújica eran buenísimos, excelsos, superiores a los de todos los hombres que habían escrito en este mundo machista, por una especie de solidaridad de género y en un ajuste de cuentas con todos los Zalamea Borda que alguna vez dije­ron que nuestras obras valían, pero solo en cuanto literatu­ra femenina.

Mejor me dediqué a leerla. Terminé Ángela y el diablo y seguí con Catalina, la novela en la que sus dos grandes temas, la violencia y el ser mujer, adquieren mayor des­pliegue:

«Mientras los hombres caían heridos y morían en el cerro, las señoras y señoritas de Bucaraman­ga, desde las ventanas de las casas y armadas con anteojos de larga vista, los contemplábamos.»

Catalina es la obra más importante de Elisa Mújica. Fue publicada en 1963, pero los hechos que narra ocurren en la primera década del siglo pasado, apenas finalizada la Guerra de los Mil Días, cuando las mujeres no eran ciuda­danas y no podían votar ni heredar.

Leí con abandono y consternación.

«El médico llegaría pronto. Diría: “Hay que extraerle el feto”. Nada me libraría de oírlo. En esas palabras quedaba convertida la camisita que había empezado a coser por la mañana. Se encon­traba bien guardada, afortunadamente. Apenas pudiera, la rompería en trocitos».

Por primera vez encontraba en un libro el drama de una mujer que sufre una pérdida, que desea, pero no pue­de tener hijos, que procura mantener contento a su mari­do infiel y violento porque de ello depende su supervi­vencia.

Su literatura es una ventana que da al interior de las casas del siglo pasado y por la que podemos asomarnos para contemplar en todo su horror las vidas de las mujeres sometidas a sus maridos o a la idea de que el matrimonio y los hijos son su fin; a las que trabajan y tienen que escon­derse para amamantar; a las que luchan por conseguir un hombre que las valide y dé sentido a sus vidas; a las que no lo consiguen y se quedan solteras en un mundo que las considera inferiores.

«Era una lástima no ser alta. Mi pequeña estatura me quitaba importancia», dice Catalina y a través de ella y de todos sus demás personajes vi la injusticia, la soledad, el dolor, la frustración, la vergüenza y, sobre todo, el lastre tremendo del deber ser de una mujer: «La verdad era que no deseaba portarme sino de acuerdo con lo que se espe­raba de mí. Ir contra la corriente me destrozaba».

Mújica no solo presentó un retrato de las mujeres como víctimas sino que les otorgó toda su dignidad de seres humanos con matices y contradicciones, unas veces libres y desafiantes y otras como agentes o guardianas del sistema que las oprime.

¿La literatura de Elisa Mújica era femenina? Sí, tuve que aceptarlo. ¿Y fue eso lo que la hizo desaparecer? Creo que casi nunca hay respuestas únicas o concluyentes para ningún tema, pero me parece que en su época los asuntos de las mujeres —sus vivencias y preocupaciones— eran vistas más que ahora bajo una lente de desprecio, como asuntos menores, y que ese prejuicio y esa condición pu­dieron contribuir para que sus libros se fueran relegando.

En la misma medida, sin embargo, pienso que el he­cho de que su literatura fuera femenina fue justo lo que la hizo singular y grande, lo que la distinguió entre las obras de sus contemporáneos, hombres o mujeres, y de nuevo despertó el interés por sus libros y la trajo de vuelta a nues­tro tiempo, en esta nueva edición de Catalina, ojalá para quedarse, no porque haya que hacer un «tributo de admi­ración a la mujer colombiana», como anotó el jurado del Premio Esso al recomendar la publicación de la novela, aunque le dio el primer lugar a Detrás del rostro de Manuel Zapata Olivella, no por deferencia ni cortesía con una mujer escritora, sino en derecho. En derecho porque las vivencias y preocupaciones de las mujeres son las de la otra mitad de la humanidad y Elisa Mújica supo hacer literatu­ra con ellas.

Buena literatura.


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