Así comienza “La hojarasca”. Primeras páginas

Para animar a la lectura de la sexta obra del reto 10 libros en 2020, compartimos el comienzo. ¿A dónde nos quiere llevar Gabriel García Márquez con esta novela? ¡Lee con nosotros! Encuentra aquí la información sobre el plan lector.

La hojarasca [Fragmento]

Gabriel García Márquez

 

Y respecto del cadáver de Polinice, que miserablemente ha muerto, dicen que ha publicado un bando para que ningún ciudadano lo entierre ni lo llore, sino que insepulto y sin los honores del llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando dicen que el bueno de Creonte ha hecho pregonar por ti y por mí, quiere decir que por mí; y me vendrá aquí para anunciar esa orden a los que no la conocen; y que la casa se ha de tomar no de cualquier manera, porque quien se atreva a hacer algo de lo que prohibe será lapidado por el pueblo.
(De «Antígona»)

 

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos.

Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.

Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos; nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.

Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando sentimos llegar la avalancha lo unico que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logro unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.

(Macondo, 1909)

1

Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte. De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso para no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado frente al espejo de la sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado que me aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: Ése soy yo, como si hoy fuera domingo.

Hemos venido a la casa donde está el muerto.

El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nada mas. El aire es estancado, concreto; se tiene la impresión de que podría torcérsele como una lamina de acero. En la habitación donde han puesto el cadáver huele a baúles, pero no los veo por ninguna parte. Hay una hamaca en el rincón, colgada de la argolla por uno de sus extremos. Hay un olor a desperdicios. Y creo que las cosas arruinadas y casi deshechas que nos rodean tienen el aspecto de las cosas que deben oler a desperdicios aunque realmente tengan otro olor.

Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho más que los de un hom bre; ansiosos y desorbitados, y que la piel parece ser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.

Mamá también se ha vestido como si fuera domingo. Se ha puesto el antiguo sombrero de paja que le cubre las orejas, y un vestido negro, cerrado arriba, con mangas hasta los puños. Como hoy es miércoles, la veo lejana, des conocida, y tengo la impresión de que quiere decirme algo mientras mi abuelo se levanta a recibir a los hombres que han traído el ataúd. Mamá está sentada a mi lado, de espaldas a la ventana claus urada. Respira trabajosamente cada instante se compone las hebras de cabello que le salen por debajo del sombrero puesto a la carrera. Mi abuelo ha ordenado a los hombres que pongan el ataúd junto a la cama. Solo entonces me he dado cuenta de que sí puede caber el muerto dentro de él. Cuando los hombres trajeron la caja tuve la impresión de que era demasiado pequeña para un cuerpo que ocupa todo el largo del lecho.

No sé por qué me han traído. Nunca había entrado en esta casa y hasta creí que estaba deshabitada. Es una casa grande, en esquina, cuyas puertas, creo, no han sido abiertas nunca. Siempre creí que, la casa estaba desocupada. Sólo ahora, después de que mamá me dijo: “Esta tarde no irás a la escuela”, y yo no sentí alegría porque me lo dijo con la voz grave y reservada; y la vi regresar con mi vestido de lana y me lo puso sin hablar y salimos a la puerta a juntarnos con mi abuelo; y caminamos las tres casas que separan ésta de la nuestra. sólo ahora me he dado cuenta de que alguien vivía en esta esquina. Alguien que ha muerto y que debe ser el hombre a quien se refirió mi madre cuando dijo: «Tienes que estar muy juicioso en el entierro del doctor.»

Al entrar no vi al muerto. Vi a mi abuelo en la puerta, hablando con los hombres, y lo vi después dándonos la orden de seguir adelante. Creí entonces que había alguien en la habitación, al entrar la sentí oscura y vacía. El calor golpeó el rostro desde el primer momento sentí este olor a desperdicios que era sólido y permanente al principio y que ahora, como el calor, llega en ondas espaciadas y desaparece. Mamá me condujo de la mano por la habitación oscura y me sentó a su lado, en un rincón. Sólo después de un momento empecé a distinguir las cosas. Vi a mi abuelo tratando de abrir una ventana que parece adherida a sus bordes, soldada con la madera del marco, y lo vi dando bastonazos contra los picaportes, el saco lleno de polvo que se desprendía a cada sacudida. Volví la cara a donde se movió mi abuelo cuando se declaró impotente para abrir la ventana y sólo entonces vi que había alguien en la cama. Había un hombre oscuro, estirado, inmóvil. Entonces hice girar la cabeza hacia el lado de mamá, que permanecía lejana y seria, mirando hacia otro lugar de la habitación. Como los pies no me llegan hasta el suelo sino que quedan sus pendidos en el aire, a una cuarta del piso, coloqué las manos debajo de los muslos, apoyadas las palmas contra el asiento, y empecé a balancear las piernas, sin pensar en nada, hasta cuando recordé que mamá me había dicho: «Tienes que estar muy juicioso en el entierro del doctor.» Entonces sentí algo frío a mis espaldas, volví a mirar y no vi sino la pared de madera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: «No muevas las piernas, que el hombre que está en la cama es el doctor y está muerto.» Y cuando miré hacia la cama, ya no lo vi como antes. Ya no lo vi acostado sino muerto.

Desde entonces, por mucho que me esfuerce por no mirarlo, siento como si alguien me sujetara la cara hacia ese lado. Y a unque haga es fuerzos por mirar hacia otros lugares de la habitación, lo veo de todos modos, en cualquier parte, con los ojos desorbitados y la cara verde muerta en la oscuridad.

No sé por qué no ha venido nadie al entierro. Hemos venido mi abuelo, mamá y los cuatro guajiros que trabajan para mi abuelo. Los hombres han traído una bolsa de cal y la han vaciado dentro del ataúd. Si mi madre no estuviera extraña y distraída, le preguntaría por qué hacen eso. No entiendo por qué tienen que hechar cal dentro de la caja. Cuando la bolsa quedó vacia, uno de los hombres la sacudió sobre el ataúd y todavía cayeron unas últimas virutas, más parecidas al aserrín que a la cal. Han levantado al muerto por los hombros y los pies. Tiene un pantalón ordinario, sujeto a la cintura por una correa ancha y negra, y una camisa gris. Sólo tiene puesto el zapato izquierdo. Está, como dice Ada, con un pie rey y el otro esclavo. El zapato derecho está tirado a un extremo de la cama. En el lecho parecía como si el muerto estuviera con dificultad. En el ataúd parece más cómodo, más tranquilo, y el rostro que era el de un hombre vivo y despierto después de una pelea, ha adquirido una vuelta reposada y segura. El perfil se vuelve suave; y es .orno si allí, en la caja, se sintiera ya en el lugar que le corresponde como muerto.

Mi abuelo ha estado moviéndose en la habitación. Ha cogido algunos objetos y los ha colocado en la caja. He vuelto a mirar a mamá con la esperanza de que me diga por qué mi abuelo está echando cosas en el ataúd. Pero mi madre permanece imperturbable dentro del traje negro, y parece esforzarse por no mirar hacia el lugar donde está el muerto. Yo también quiero hacerlo, pero no puedo. Lo miro fijamente, lo examino. Mi abuelo echa un libro dentro del ataúd, hace una señal a los hombres y tres de ellos colocan la tapa sobre el cadáver. Sólo entonces me siento liberado de las manos que me sujetaban la cabeza hacia ese lado y empiezo a examinar la habitación.

Vuelvo a mirar a mi madre. Ella, por la primera vez desde cuando vinimos a la casa, me mira y sonríe con una sonrisa forzada, sin nada por dentro; y oigo a lo lejos el pito del tren que se pierde en la última vuelta. Siento un ruido en el rincón donde está el cadáver. Veo que uno de los hombres levanta un extremo de la tapa, y que mi abuelo introduce en el ataúd el zapato del muerto, el que se había olvidado en la cama. Vuelve a pitar el tren, cada vez más distante, y pienso de repente: «Son las dos y media.» Y recuerdo que a esta hora (mientras el tren pita en la última vuelta del pueblo) los muchachos están haciendo filas en la escuela para asistir a la primera clase de la tarde.

«Abraham», pienso.

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No he debido traer al niño. No le conviene este espectáculo. A mí misma, que voy a cumplir treinta años, me perjudica este ambiente enrarecido por la presencia del cadáver. Podríamos salir ahora. Podríamos decir a papá que no nos sentimos bien en un cuarto en el que se han acumulado, durante diecisiete años, los residuos de un hombre desvinculado de lodo lo que pueda ser considerado como afecto o agradecimiento. Quizás ha sido mi padre la última persona que ha sentido por él alguna simpatía. Una inexplicable simpatía que ahora le sirve para no pudrirse dentro de estas cuatro paredes.

Me preocupa la ridiculez que hay en todo esto. Me intranquiliza la idea de que salgamos a la calle, dentro de un momento, siguiendo un ataúd ; que a nadie inspirará un sentimiento distinto le la complacencia. Imagino la expresión de las mujeres en las ventanas, viendo pasar a mi padre, viéndome pasar con el niño detrás de una caja mortuoria en cuyo interior se va pudriendo la única persona a quien el pueblo había querido ver así, conducida al cementerio en medio de un implacable abandono, seguida por las tres personas que decidieron hacer la obra de misericordia que ha de ser el principio de su propia vergüenza. Es posible que esta determinación de papá sea la causa de que mañana no se encuentre nadie dispuesto a seguir nuestro entierro.

Tal vez por eso he traído al niño. Cuando papá me dijo, hace un momento: «Tiene que acompañarme», lo primero que se me ocurrió fue traer también al niño para sentirme protegida. Ahora estamos aquí, en esta sofocante tarde de septiembre, sintiendo que las cosas que nos rodean son es agentes despiadados de nuestros enemigos. Pipa no tiene por qué preocuparse. En realiza d se ha pasado la vida haciendo cosas como esta, dándole a morder piedras al pueblo, cumpliendo con sus más insignificantes compromisos de espaldas a todas las conveniencias. Desde hace veinticinco años, cuando este hombre llegó a nuestra casa, papá debió suponer (al advertir las maneras absurdas del visitante) que hoy no habría en el pueblo una persona dispuesta ni siquiera a echar el cadáver a los gallinazos. Quizá papá había previsto todos los obstáculos, medido y calculado los posibles inconvenientes. Y ahora, veinticinco años después, debe sentir que esto es apenas el cumplimiento de una tarea largamente premeditada, que habría llevado a cabo de todos modos, así hubiera tenido que arr astrar él mismo el cadáver por las calles de Macondo.

Sin embargo, llegada la hora, no ha tenido el valor para hacerlo solo y me ha obligado a participar de ese intolerable compromiso que debió de contraer mucho antes de que yo tuviera uso de razón. Cuando me dijo: «Tiene que acompañarme», no me dio tiempo a pensar en el alcance de sus palabras; no pude calcular lo mucho de ridículo y vergonzoso que hay en esto de enterrar a un hombre a quien toda la gente había esperado ver convertido en polvo dentro de su madriguera. Porque la gente no sólo había esperado eso, sino que se había preparado para que las cosas sucedieran de ese modo y lo habían esperado de corazón, sin remordimiento y hasta con la satisfacción anticipada de sentir algún día el gozoso olor de su descomposición, flotando en el pueblo, sin que nadie se sintiera conmovido, alarmado o escandalizado, sino satisfecho de ver llegada la hora apetecida, deseando que la situación se prolongara hasta cuando el torcido olor del muerto saciara hasta los más recónditos resentimientos.

Ahora nosotros privaremos a Macondo de un placer largamente deseado. Siento como si, en esta manera, esta determinación nuestra hiciera nacer en el corazón de la gente, no el melancólico sentimiento de una frustración, sino el de un aplazamiento.

También por eso he debido dejar al niño en casa; para no comprometerlo en esta confabularon que ahora se encarnizará en nosotros como lo ha hecho en el doctor durante diez años. El niño ha debido permanecer al margen de este compromiso. Ni siquiera sabe por qué está aquí, por qué lo hemos traído a este cuarto lleno de escombros. Permanece silencioso, perplejo, como si esperara que alguien le explique el significado de todo esto; como si aguardara, sentado, balanceando las piernas y con las manos apoyadas en la silla, que alguien le descifre este espantoso acertijo. Deseo estar segura de que nadie lo hará; de que nadie abrirá esa puerta invisible que le impide penetrar más allá del alcance de sus sentidos.

Varias veces me ha mirado y yo sé que me ha visto extraña, desconocida, con este traje cerrado y este sombrero antiguo que me he puesto, para no ser identificada ni siquiera por mis propios presentimientos.

Si Meme estuviera viva, aquí en la casa, tal vez sería distinto. Podría creerse que vine por ella. Podría creerse que vine a participar de ese dolor que ella no habría sentido, pero que habría podido aparentar y que el pueblo habría podido explicarse. Meme desapareció hace alrededor de once años. La muerte del doctor acababa con la posibilidad de conocer su paradero, o, al menos, el paradero de sus huesos. Meme no está aquí, pero es probable que de haber es tado —si no hubiera sucedido lo que sucedió y que nunca se pudo esclarecer— se habría puesto del lado del pueblo y en contra del hombre que durante seis años calentó su lecho con tanto amor y tanta humanidad como habría podido hacerlo un mulo.

Oigo pitar el tren en la última vuelta. «Son las dos y media», pienso; y no puedo sortear la idea de que a esta hora todo Macondo está pendiente de lo que hacemos en esta casa. Pienso en la señora Rebeca, flaca y apergaminada, con algo de fantasma doméstico en el mirar y el vestir, sentada junto al ventilador eléctrico y con el rostro sombreado por las alambreras de sus ventanas. Mi entras oye el tren que se pierde en la última vuelta, la señora Rebeca inclina la cabeza hacia el ventilador, atormentada por la temperatura y el resentimiento, con las aspas de su corazón girando como las paletas del ventilador (pero en sentido inverso) y murmura: «El diablo tiene la mano en todo esto», y se estremece, atada a la vida por las minúsculas raíces de lo cotidiano.

Y Águeda, la tullida, viendo a Sólita que regresa de la estación después de despedir a su novio; viéndola abrir la sombrilla al voltear la esquina desierta; sintiéndola acercarse con el regocijo sexual que ella misma tuvo alguna vez y que se le transformó en esa paciente enfermedad religiosa que la hace decir: «Te revolcarás en la cama como un cerdo en su muladar.»

No puedo abandonar esta idea. No pensar que son las dos y media; que pasa la mula del coreo envuelta en una polvareda abrasante, servida por los hombres que han interrumpido la siesta del miércoles para recibir el paquete de : s periódicos. El padre Ángel, sentado, duerme en la sacristía, con un breviario abierto sobre e1 vientre grasoso, oyendo pasar la muía del correo, sacudiendo las moscas que le atormentan el sueño, eructando, diciendo: «Me envenenas con tus albóndigas.»

Papá tiene la sangre fría para todo esto. Hasta para ordenar que destapen el ataúd y coloquen el zapato que se olvidaba en la cama. Sólo el podía interesarse en la ordinariez de este hombre. No me sorprendería que cuando salgamos con el cadáver la multitud esté aguardándonos a la puerta con los excrementos acumulados durante la noche y nos den un baño de inmundicias por interferir la voluntad del pueblo. Tal vez por tratarse de papá no lo hagan. Tal vez lo hagan por tratarse de algo tan indigno como esto de frustrarle al pueblo un placer prolongadamente apetecido, imaginado durante muchas tardes sofocantes, cada vez qué hombres y mujeres pasaban por esta casa y se decían: «Tarde o temprano almorzaremos con este olor.» Porque eso decían todos, desde la primera casa hasta la última.

Dentro de un momento serán las tres. Ya la Señorita lo sabe. La señora Rebeca la vio pasar y la llamó, invisible detrás de la alambrera, y salió por un instante de la órbita del ventilador y le dijo: «Señorita es el diablo. Usted sabe.» Y mañana ya no será mi hijo quien asista a la escuela, sino otro niño completamente distinto; un niño que crecerá, se reproducirá, y morirá al fin, sin que nadie tenga con él una deuda de gratitud que le acredite para ser enterrado como un cristiano.

Ahora estaría yo en la casa, tranquila, si hace veinticinco años no hubiera llegado este hombre donde mi padre con una carta de recomendación que nadie supo nunca de dónde vino, y se hubiera quedado entre nosotros, alimentándose de hierba y mirando a las mujeres con esos codiciosos ojos de perro que le han saltado de las órbitas. Pero mi castigo estaba escrito desde antes de mi nacimiento y había permanecido oculto, reprimido, hasta este mortal año bisiesto en que fuera a cumplir treinta de mi nacimiento y mi padre me dijera: «Tiene que acompañarme.» Y después, antes de que yo tuviera tiempo de preguntar, golpeando el piso con el bastón: «Hay que salir de esto como sea, hija. El doctor se ahorcó esta madrugada.»

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Los hombres salieron y retornaron a la habitación con un martillo y una caja de clavos. Pero no han clavado el ataúd. Colocaron las cosas en la mesa y se sentaron en la cama donde estuvo el muerto. Mi abuelo parece tranquilo, pero su tranquilidad es imperfecta y desesperada. No es la tranquilidad del cadáver en el ataúd, sino la del hombre impaciente que se esfuerza por no parecerlo. Es una tranquilidad inconforme y ansiosa la de mi abuelo que da vueltas en la habitación, cojeando, removiendo los objetos amontonados.

Cuando descubro que hay moscas en la habitación comienza a torturarme la idea de que el ataúd ha quedado lleno de moscas. Todavía no se han clavado, pero me parece que ese zumbido que confundí al principio con el rumor de un ventilador eléctrico en el vecindario, es el tropel de las moscas golpeando, ciegas, contra !as paredes del ataúd y la cara del muerto. Sacudo la cabeza; cierro los ojos; veo a mi abuelo que abre un baúl y saca algunas cosas que no alcanzo a distinguir; veo en la cama las cuatro brasas sin nadie de los tabacos encendidos. Acosado por el calor sofocante, por el minuto que no transcurre, por el zumbido de las moscas, siento como si alguien me dijera: «Estarás así. Estarás dentro de un ataúd lleno de moscas. Apenas vas a cumplir once años, pero algún día estarás así, abandonado a las moscas dentro de una caja cerrada.» Y estiro las piernas juntas, y veo mis propias botas negras y lustradas. «Tengo un cordón suelto», pienso, y vuelvo a mirar a mamá. Ella también me mira y se inclina a atarme el cordón de la bota.

El vaho que se levanta de la cabeza de mamá, caliente y oloroso a tufo de armario; oloroso a madera dormida, vuelve a recordarme el claustro del ataúd. La respiración se me vuelve difícil, deseo salir de aquí; deseo respirar el aire abrasado de la calle, y acudo a mi recurso extremo. Cuando mamá se incorpora le digo en voz baja: «¡Mamá!» Ella sonríe, dice: «Aha.» Y yo, inclinándome hacia ella, hacía su rostro crudo y brillante, temblando: «Tengo ganas de ir allá atrás.»

Mamá llama a mi abuelo, le dice algo. Yo veo sus ojos estrechos e inmóviles detrás de los cristales, cuando él se acerca y me dice: «Pues sepa que ahora es imposible.» Y me estiro y luego permanezco quieto, indiferente a mi fracaso. Pero otra vez las cosas suceden con demasiada lentitud. Hubo un movimiento rápido, otro y otro. Y después otra vez mamá inclinada sobre mi hombro, diciendo: «¿Ya te pasó?» Y lo dice con voz seria y concreta, como si más que una pregunta fuera una recriminación. Tengo el vientre seco y duro, pero la pregunta de mamá lo ablanda, lo deja lleno y laxo, y entonces todo, hasta la seriedad de ella, se me vuelve agresivo, desafiante. «No», le digo. «Todavía no ha pasado.» Me aprieto el estómago y trato de golpear el piso con los pies (otro recurso extremo), pero sólo encuentro el vacío, abajo; la distancia que me separa del suelo.

Alguien entra a la habitación. Es uno de los hombres de mi abuelo, seguido por un agente de la policía y un hombre que viste también pantalón de dril verde, lleva cinturón con revólver y sostiene en la mano un sombrero de ala ancha y volteada. Mi abuelo se adelanta a recibirlo. El hombre del pantalón verde tose en la oscuridad, dice algo a mi abuelo, vuelve a toser; y tosiendo aún ordena al agente violentar la ventana.

Las paredes de madera tienen una apariencia deleznable. Parecen construidas con ceniza fría y apelmazada. Cuando el agente golpea el picaporte con la culata del fusil, tengo la impresión de que no se abrirán las puertas. La casa se vendrá abajo, desmoronadas las paredes pero sin estrépito, como un palacio de ceniza se derrumbaría en el aire. Creo que a un segundo golpe quedaremos en la calle, a pleno sol, sentados, con la cabeza cubierta de escombros. Pero al segundo golpe la ventana se abre y la luz penetra a la habitación; irrumpe violentamente, como cuando se abre la puerta a un animal sin dirección, que corre y husmea, mudo; que rabia y araña las paredes, babeando, y retorna después a echarse, pacífico, en el rincón más fresco de la trampa.

Al abrirse la ventana las cosas se hacen visibles pero se consolidan en su extraña irrealidad. Entonces mamá respira hondo, me tiende las manos, me dice: «Ven, vamos a ver la casa por la ventana.» Y desde sus brazos veo otra vez el pueblo, como si regresara a él después de un viaje. Veo nuestra casa descolorida y arruinada, pero fresca bajo los almendros; y siento desde aquí como si nunca hubiera estado dentro de esa frescura verde y cordial, como si la nuestra fuera la perfecta casa imaginaria prometida por mi madre en mis noches de pesadilla. Y vea a Pepe que pasa sin vernos, distraído. El muchachito de la casa vecina que pasa silbando, transformado y desconocido, como si acabara de cortarse el cabello.

Entonces el alcalde se incorpora, la camisa abierta, sudoroso, enteramente trastornada la expresión. Se acerca a mí congestionado por la exaltación que le produce su propio argumento. «No podemos asegurar que está muerto mientras no empiece a oler», dice, y acaba de abotonarse la camisa y enciende un cigarrillo, el rostro vuelto de nuevo hacia el ataúd, pensando quizás: Ahora no pueden decir que estoy fuera de la ley. Lo miro a los ojos y siento que le he mirado con la firmeza necesaria para hacerle entender que penetro hasta lo más hondo de sus pensamientos. Le digo: «Usted se está colocando fuera de la ley para darles gusto a los demás.» Y él, como si hubiera sido exactamente lo que esperaba oír, responde: «Usted es un hombre respetable, coronel. Usted sabe que es toy en mi derecho.» Yo le digo: «Usted más que nadie sabe que está muerto.» Y él dice: «Es cierto, pero después de todo yo no soy más que un funcionario. Lo único legal sería el certificado de defunción.» Y yo le digo: «Si la ley está de su parte, aprovéchela para traer un médico que expida el certificado de defunción.» Y él, con la cabeza levanta da, pero sin altanería, pero también calmadamente, pero sin el más ligero asomo de debilidad o desconcierto, dice: «Usted es una persona respetable y sabe que eso sí sería una arbitrariedad.» Al oírlo, yo comprendo que no está tan imbecilizado por el aguardiente como por la cobardía.

Ahora me doy cuenta de que el alcalde comparte los rencores del pueblo. Es un sentimiento alimentado durante diez años, desde aquella noche borrascosa en que trajeron los heridos a la puerta y le gritaron (porque no abrió; habló desde adentro); le gritaron: «Doctor, atienda a estos heridos que ya los otros médicos no dan abasto», y todavía sin abrir (por que la puerta permaneció cerrada, los heridos acostados frente a ella): «Usted es el único médico que nos queda. Tiene que hacer una obra de caridad»; y él respondió (y tampoco entonces se abrió la puerta), imaginado por la turbamulta en la mitad de la sala, la lámpara en alto, iluminados los duros ojos amarillos: «Se me olvidó todo lo que sabía de eso. Llévenlos a otra parte», y siguió (porque desde entonces la puerta no se abrió jamás) con la puerta cerrada mientras el rencor crecía, se ramificaba, se convertía en una virulencia colectiva, que no daría tregua a Macondo en el resto de su vida para que en cada oído siguiera retumbando la sentencia —gritada esa noche— que condenó al doctor a pudrirse detrás de estas paredes.

Transcurrieron todavía diez años sin que bebiera el agua del pueblo, acosado por el temor de que estuviera envenenada; alimentándose con las legumbres que él y su concubina india sembraban en el patio. Ahora el pueblo siente llegar la hora de negarle la piedad que él negó al pueblo hace diez años, y Macondo, que lo sabe muerto (porque todos debieron despertar esta mañana un poco más livianos) se prepara a disfrutar de ese placer esperado, que todos consideran merecido. Sólo desean sentir el olor de la descomposición orgánica detrás de las puertas que no se abrieron aquella vez.

Ahora empiezo a creer que de nada valdrá mi compromiso contra la ferocidad de un pueblo, y que estoy acorralado, cercado por los odios v la impenitencia de una cuadrilla de resentidos. Hasta la iglesia ha encontrado la manera de estar contra mi determinación. El padre Ángel me dijo hace un momento: «Ni siquiera permitiré que s epulten en tierra sagrada a un hombre que se ahorca después de haber vivido sesenta años fuera de Dios. A usted mismo lo vería Nuestro Señor con buenos ojos si se abs tiene de llevar a cabo lo que no sería una obra de misericordia, sino un pecado de rebeldía.» Yo le dije: «Enterrar a los muertos, como está escrito, es una obra de misericordia.» Y el padre Ángel dijo: «Sí. Pero en este caso no nos corresponde hacerla a nosotros sino a la sanidad.»

Vine. Llamé a los cuatro guajiros que se han criado en mi casa. Obligué a mi hija Isabel a que me acompañara. Así el acto se convierte en algo más familiar, más humano, menos personalista y desafiante que si yo mismo hubiera arrastrado el cadáver por las calles del pueblo hasta el cementerio. Creo a Macondo capaz de todo después de lo que he visto en lo que va corrido de este siglo. Pero si no han de respetar me a mí, ni siquiera por ser viejo, coronel de la república, y para remate cojo del cuerpo y entero de la conciencia, espero que al menos respeten a mi hija por ser mujer. No lo hago por mí. Tal vez no sea tampoco por la tranquilidad del muerto. Apenas para cumplir con un compromiso sagrado. Si he traído a Isabel no ha sido por cobardía, sino por caridad. Ella ha traído el niño (y entiendo que lo ha hecho por eso mismo) y ahora estamos aquí, los tres, soportando el peso de esta dura emergencia.

Llegamos hace un momento. Creí que encontraríamos el cadáver todavía suspendido del techo, pero los hombres se adelantaron, lo tendieron en la cama y casi lo amortajaron con la secreta convicción de que la cosa no duraría más de una hora. Cuando llego, espero a que traigan el ataúd, veo a mi hija y al niño que se sientan en el rincón y examino la pieza pensando que el doctor puede haber dejado algo que explique su determinación. El escritorio está abierto, lleno de papeles confusos, ninguno escrito por él. En el escritorio está el formulario empastado, el mismo que trajo a la casa hace veinticinco años, cuando abrió aquel baúl enorme dentro del cual habría podido caber la ropa de toda mi familia. Pero no había en el baúl nada más que dos camisas ordinarias, una dentadura postiza que no podía ser suya sencillamente porque tenía su dentadura natural, fuerte y completa; un retrato y un formulario. Abro las gavetas y en todas encuentro papeles impresos; papeles nada más, antiguos, polvorientos; y abajo, en la última gaveta, todavía la dentadura postiza que trajo hace veinticinco años, empolvada, amarilla de tiempo y falta de uso. Sobre la mesita, junto a la lámpara apagada, hay varios paquetes de periódicos sin abrir. Los examino. Están escritos en francés, de hace tres meses los más recientes: Julio de 1928. Y hay otros, también sin abrir: Enero de 1927, noviembre de 1926. Y los más antiguos: Octubre de 1919. Pienso: Hace nueve años, uno después de pronunciada la sentencia, que no abría los periódicos. Había renunciado desde entonces a lo último que lo vinculaba a su tierra y a su gente.

Los hombres traen el ataúd y bajan el cadáver. Entonces recuerdo el día de hace veinticinco años en que llegó a mi casa y me entregó la carta de recomendación, fechada en Panamá y dirigida a mí por el Intendente General del Litoral Atlántico a fines de la guerra grande, el coronel Aureliano Buendía. Busco en la oscuridad de aquel baúl sin fondo sus baratijas dispersas. Está sin llave, en el otro rincón, con las mismas cosas que trajo hace veinticinco años. Yo recuerdo: Tenía dos camisas ordinarias, una caja de dientes, un retrato y ese viejo formulario empastado. Y voy recogiendo estas cosas antes de que cierren el ataúd y las echo dentro de él. El retrato está todavía en el fondo del baúl, casi en el mismo sitio en que estuvo aquella vez. Es el daguerrotipo de un militar condecorado. Echo el retrato en la caja. Echo la dentadura postiza y finalmente el formulario. Cuando he concluido hago una señal a los hombres para que cierren el ataúd. Pienso: Ahora está de viaje otra vez. Lo más natural es que en el último se lleve las cosas que le acompañaron en el penúltimo. Por lo menos, eso es lo más natural. Y entonces me parece verlo, por primera vez, cómodamente muerto. Examino la habitación y veo que se ha olvidado un zapato en la cama. Hago una nueva señal a mis hombres, con el zapato en la mano, y ellos vuelven a levantar la tapa en el preciso instante en que pita el tren, perdiéndose en la última vuelta del pueblo. «Son las dos y media», pienso. Las dos y media del 12 de septiembre de 1928; casi la misma hora de ese día de 1903 en que este hombre se sentó por pri mera vez a nuestra mesa y pidió hierba para comer. Adelaida le dijo aquella vez: «¿Qué clase de hierba, doctor?» Y él, con su parsimoniosa voz de rumiante, todavía perturbada por la nasalidad: «Hierba común, señora. De esa que comen los burros.»

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