Así comienza la novela “Los ejércitos”, de Evelio Rosero

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Los ejércitos

Evelio Rosero

No habrá ningún peligro en parodiar a un muerto?
MOLIÈRE


Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo las oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban trepados cada uno en los almendros, ¿qué me decían?, nada, sin entenderlos. Más atrás mi mujer daba de comer a los peces en el estanque: así envejecíamos, ella y yo, los peces y los gatos, pero mi mujer y los peces, ¿qué me decían? Nada, sin entenderlos.

El sol empezaba.

La mujer del brasilero, la esbelta Geraldina, buscaba el calor en su terraza, completamente desnuda, tumbada bocabajo en la roja colcha floreada. A su lado, a la sombra refrescante de una ceiba, las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra, y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas; así avanzaban las horas en su terraza, de sol y de música.

En la cocina, la bella cocinerita —la llamaban «la Gracielita»— lavaba los platos, trepada en un butaco amarillo. Yo lograba verla a través de la ventana sin vidrio de la cocina, que daba al jardín. Mecía sin saberlo su trasero, al tiempo que fregaba: detrás de la escueta falda blanquísima se zarandeaba cada rincón de su cuerpo, al ritmo frenético y concienzudo de la tarea: platos y tazas llameaban en sus manos trigueñas: de vez en cuando un cuchillo dentado asomaba, luminoso y feliz, pero en todo caso como ensangrentado. También yo padecía, aparte de padecerla a ella, ese cuchillo como ensangrentado. El hijo del brasilero, Eusebito, la contemplaba a hurtadillas, yo lo contemplaba contemplándola, él arrojado debajo de una mesa repleta de pinas, ella hundida en la inocencia profunda, poseída de ella misma, sin saberlo. A él, pálido y temblando —eran los primeros misterios que descubría—, lo fascinaba y atormentaba el tierno calzón blanco escabullándose entre las nalgas generosas; yo no lograba entreverlas desde mi distancia, pero lo que era más: las imaginaba. Ella tenía su misma edad, doce años. Ella era casi rolliza y, sin embargo, espigada, con destellos rosados en las tostadas mejillas, negros los crespos cabellos, igual que los ojos: en su pecho los dos frutos breves y duros se erguían como a la búsqueda de más sol. Tempranamente huérfana, sus padres habían muerto cuando ocurrió el último ataque a nuestro pueblo de no se sabe todavía qué ejército —si los paramilitares, si la guerrilla: un cilindro de dinamita estalló en mitad de la iglesia, a la hora de la Elevación, con medio pueblo dentro; era la primera misa de un Jueves Santo y hubo catorce muertos y sesenta y cuatro heridos—: La niña se salvó de milagro: se encontraba vendiendo muñequitos de azúcar en la escuela; por recomendación del padre Albornoz vivía y trabajaba desde entonces en casa del brasilero —de eso hará dos años—. Muy bien enseñada por Geraldina, aprendió a preparar todos los platos, y últimamente hasta los inventaba, de manera que desde hacía un año, por lo menos, Geraldina se había desentendido para siempre de la cocina. Esto yo lo sabía, viendo a Geraldina dorarse al sol de la mañana, beber vino, tenderse y distenderse sin más preocupación que el color de su piel, el propio olor de su pelo como si se tratara del color y la textura de su corazón. No en vano su larguísimo cabello cobrizo como un ala invadía cada una de las calles de este San José, pueblo de paz, si ella nos daba la gracia de salir a pasear. La acuciosa y todavía joven Geraldina guardaba para Gracielita su dinero ganado: «Cuando cumplas quince años», yo oía que le decía, «te entregaré religiosamente tu dinero, y además muchos regalos. Podrás estudiar modistería, serás una mujer de bien, te casarás, seremos los padrinos de tu primer hijo, vendrás a visitarnos cada domingo, ¿no es cierto, Gracielita?», y se reía, yo la oía, y también reía Gracielita: en esa casa tenía su cuarto, allí la esperaban cada noche su cama, sus muñecas. Nosotros, sus más próximos vecinos, podíamos asegurar con la mano en el corazón que la trataban igual que a otra hija.

En cualquier sitio del día los niños se olvidaban del mundo, y jugaban en el jardín rechinante de luz. Los veía. Los oía. Correteaban entre los árboles, rodaban abrazados por sobre las blandas colinas de hierba que ensanchaban la casa, se dejaban caer en sus precipicios, y, después del juego, de las manos que se enlazaban sin saberlo, los cuellos y piernas que se rozaban, los alientos que se entremezclaban, marchaban a contemplar fascinados los saltos de una rana amarilla o el reptar intempestivo de una culebra entre las flores, que los inmovilizaba de espanto. Tarde o temprano aparecía el grito desde la terraza: era Geraldina, todavía más desnuda que nunca, sinuosa debajo del sol, su voz otra llama, aguda pero armoniosa. Llamaba: «Gracielita, hay que barrer los pasillos».

Ellos dejaban el juego, y una suerte de triste fastidio los regresaba al mundo. Ella iba corriendo de inmediato a retomar la escoba, atravesaba el jardín, el uniforme blanco ondeaba contra su ombligo igual que una bandera, ciñendo su cuerpo nuevo, esculpiéndola en el pubis, pero él la seguía y no demoraba en retomar, involuntariamente, sin entenderlo, el otro juego esencial, el paroxismo que lo hacía idéntico a mí, a pesar de su niñez, el juego del pánico, el incipiente pero subyugante deseo de mirarla sin que ella supiera, acechándola con delectación: ella entera un rostro de perfil, los ojos como absueltos, embebidos en quién sabe qué sueños, después las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos, y, si había suerte, más allá, a lo profundo.
—Está usted encaramado en ese muro todos los días, profesor, ¿no se aburre?
—No. Recojo mis naranjas.
—Y algo más. Mira a mi mujer.
El brasilero y yo nos contemplamos un instante.
—Por lo visto —dijo él—, sus naranjas son redondas, pero más redonda debe ser mi mujer, ¿cierto?
Sonreímos. No podíamos hacer otra cosa.
—Es verdad —dije—. Si usted lo dice.
No miraba a su mujer, en ese momento, sólo a Gracielita, y, sin embargo, lancé involuntariamente una ojeada a lo hondo de la terraza donde Geraldina, tendida bocabajo en la colcha, parecía desperezarse. Enarbolaba brazos y piernas a todas las distancias. Creí ver en lugar de ella un insecto iridiscente: de pronto se puso de pie de un salto, un saltamontes esplendente, pero se transformó de inmediato nada más ni nada menos en sólo una mujer desnuda cuando miró hacia nosotros, y empezó a caminar en nuestra dirección, segura en su lentitud felina, a veces acobijada bajo la sombra de los guayacanes de su casa, rozada por los brazos centenarios de la ceiba, a veces como consumida de sol, que más que relumbrarla la oscurecía de pura luz, como si se la tragara. Así la veíamos aproximarse, igual que una sombra.

Eusebio Almida, el brasilero, tenía una varita de bambú en la mano y la golpeaba suavemente en su grueso pantalón caqui de montar. Acababa de llegar de cacería. No lejos se oía el piafar de su caballo, entre la risa esporádica de las guacamayas. Veía que su mujer se acercaba, desnuda, bordeando los azulejos de la pequeña piscina redonda.
—Sé muy bien —dijo sonriendo con sinceridad— que a ella no le importa. Eso no me preocupa. Me preocupo por usted, profesor, ¿no le duele el corazón? ¿Cuántos años dice usted que tiene?
—Todos.
—Humor no le falta, eso sí.
—¿Qué quiere que diga? —pregunté, mirando al cielo—: Le enseñé a leer al que ahora es el alcalde, y al padre Albornoz; a ambos los tiré de las orejas, y ya ve, no me equivoqué: todavía deberíamos jalárselas.
—Me hace reír, profesor. Su manera de cambiar de tema.
—¿De tema?
Pero ya su mujer estaba con él, y conmigo, aunque a ella y a mí el muro, y el tiempo, nos separaba. El sudor brillaba en su frente. Sonreía entera: la ancha risotada partía desde el vello escaso de la rosada raya a medias que más que acechar yo presentía, hasta la boca abierta, de dientes pequeños, que reía como si llorara:
—Vecino —me aulló con un grito festivo, su costumbre al encontrarnos en cualquier esquina—, tengo tanta sed, ¿no me va a regalar una naranja?

Los descubría, gozosos, ahora abrazados a dos metros debajo de mí. Las jóvenes cabezas erguidas y sonrientes me vigilaban a su vez. Elegí la mejor naranja y yo mismo la empecé a pelar, mientras ellos se mecían, divertidos. Ni a ella ni a él parecía importarles la desnudez. Sólo a mí, pero no di muestras de esta solemne, insoslayable emoción, como si nunca, en estos últimos años de mi vida, hubiese sufrido o pudiese sufrir la desnudez de una mujer. Extendí el brazo hacia abajo, con la naranja en la mano, hacia ella.
—Cuidado profesor, que se cae —dijo el brasilero—. Mejor arroje esa naranja. Se la recibo.
Pero yo seguí terciado al muro, extendido: a ella no le hacía falta sino dar un paso y recibir la naranja. Entreabrió la boca, sorprendida, dio el paso y me recibió la naranja riendo otra vez, encantada.
—Gracias —dijo.
Un efluvio amargo y dulce se remontó desde la boca enrojecida. Sé que esa misma exaltación agridulce nos sobrecogió a los dos.
—Como ve —dijo el brasilero—, no le importa a Geraldina pasearse desnuda ante usted.
—Y tiene razón —dije—. A mi edad yo ya lo vi todo.
Geraldina lanzó una risotada: era una bandada de palomas explotando intempestiva a la orilla del muro. Pero también me contempló con gran curiosidad, como si por primera vez me descubriera en el mundo. No me importó. Un día tendría que descubrirme. Pareció ruborizarse, sólo un instante, y después se desencantó, o tranquilizó, ¿o compadeció? Mi rostro de viejo, futuro muerto, mi santidad en la vejez, la sosegaron. No percibía todavía que toda mi nariz y mi espíritu entero se dilataban absorbiendo las emanaciones de su cuerpo, mezcla de jabón y sudor y piel y hueso recóndito. Tenía en sus manos la naranja y la desgajaba. Se llevó al fin un gajo a la boca, lo lamió un segundo, lo engulló con fruición, lo mordía y las gotas luminosas resbalaban por su labio.
—¿No es una adoración, nuestro vecino? —preguntó a nadie el brasilero.
Ella tragó aire. Tenía el rostro estupefacto, pero dueño al fin y al cabo del mundo. Sonreía al sol.

—Es —dijo, lánguida—. Es.
Y ambos se alejaron un tramo, abrazados, a la orilla de la sombra, pero entonces ella se detuvo, después de un largo paso, de modo que ahora me observaba abierta de piernas, el sol convergiendo en su centro, y gritó:
—El canto de un raro pájaro.
—Gracias por la naranja, señor.
No me dijo vecino.
Cuando me habló, ya ella había presentido en la mitad de un segundo que yo no la indagaba en los ojos. De pronto descubría que como un torbellino de agua turbia, repleto de quién sabe qué fuerzas —pensaría ella—, en su interior, mis ojos sufriendo atisbaban fugazmente hacia abajo, al centro entreabierto, su otra boca a punto de su voz más íntima: «Pues mírame», gritaba su otra boca, y lo gritaba a pesar de mi vejez, o, más aún, por mi vejez, «mírame, si te atreves».


Soy viejo, pero no tanto para pasar desapercibido, pensé, mientras descendía por la escalera de mano. Mi mujer ya me aguardaba con los dos vasos de limonada —su saludo nuestro, mañanero—. Pero me examinaba con cierta tristeza altanera.
—Algún día se burlarían de ti, lo sabía —dijo—. Todas las mañanas asomado, ¿no te da vergüenza?
—No —dije—. ¿De qué?
—De ti mismo, a estas alturas de la vida.

Bebimos la limonada en silencio. No hablamos de los peces, de los gatos, como en otras ocasiones, de las naranjas, que más que vender regalamos. No reconocimos las flores, los nuevos brotes, no planeamos posibles cambios en el huerto, que es nuestra vida. Fuimos directamente a la cocina y nos desayunamos ensimismados; en todo caso nos absolvía de la pesadumbre el café negro, el huevo tibio, las tajadas de plátano frito.

—En realidad —me dijo por fin—, tampoco me preocupas tú, que ya te conozco desde hace cuarenta años. Tampoco ellos. Ustedes no tienen remedio. Pero ¿los niños? ¿Qué hace esa señora desnuda, paseándose desnuda ante su hijo, ante la pobre Gracielita? ¿Qué les enseñará?
—Los niños no la ven —dije—. Pasan junto a ella como si de verdad no la vieran. Siempre que ella se desnuda, y él canta, los niños juegan por su lado. Simplemente se han acostumbrado.
—Estás muy enterado. Creo que deberías pedir ayuda. El padre Albornoz, por ejemplo.
—Ayuda —me asombré. Y me asombré peor—: El padre Albornoz.
—No había pensado bien en tus obsesiones, pero me parece que a esta edad te perjudican. El padre podría escucharte y hablar contigo, mejor que yo. A mí, la verdad, ya no me importas. Me importan más mis peces y mis gatos que un viejo que da lástima.
—El padre Albornoz —reí, estupefacto—. Mi ex alumno. A quien yo mismo he confesado.
Y me fui a la cama a leer el periódico.

Al igual que yo, mi mujer es pedagoga, jubilada: a los dos la Secretaría de Educación nos debe los mismos diez meses de pensión. Fue profesora de escuela en San Vicente —allá nació y creció, un pueblo a seis horas de éste, que es el mío—. En San Vicente la conocí, hace cuarenta años, en el terminal de buses, que entonces era un enorme galpón de latas de zinc. Allí la vi, rodeada de bultos de fruta y encargos de pan de maíz, de perros, cerdos y gallinas, entre el humo de motor y el merodear de pasajeros que aguardaban su viaje. La vi sentada sola en una banca de hierro, con espacio para dos. Me deslumbraron sus ojos negros y ensoñados, su frente amplia, la delgada cintura, la grupa grande detrás de la falda rosada. La blusa clara, de lino, de mangas cortas, permitía admirar los brazos blancos y finos, y la aguda oscuridad de los pezones, que se transparentaban. Fui y me senté a su lado, como si levitara, pero ella se levantó de inmediato, fingió acomodarse el pelo, me miró de soslayo, se alejó y aparentó entretenerse ante los carteles de la oficina de transporte. Entonces ocurrió algo que distrajo mi atención de su belleza montuna, inusitada; sólo un incidente semejante pudo apartarla de mis ojos: en la banca vecina se hallaba un hombre ya viejo, bastante gordo, vestido de blanco; también su sombrero era blanco, y el pañuelo que asomaba por la solapa; se comía un helado —igualmente blanco—, con ansiedad; el color blanco pudo más que mi amor a primera vista: demasiado blanco, también el sudor como una espesa gota empapaba su cuello toruno; todo él trepidaba, y eso a pesar de encontrarse debajo del ventilador; su corpacho ocupaba toda la banca, estaba repantigado, dueño absoluto del mundo; en ambas manos llevaba un anillo de plata; había a su lado una cartera de cuero, atiborrada de documentos; daba una sensación de inocencia total: sus ojos azules merodeaban distraídos por cada ámbito: dulces y tranquilos me contemplaron una vez y ya no volvieron a determinarme. Y otro hombre, reverso de la medalla, joven y delgado hasta los huesos, sin zapatos, en camiseta, el corto pantalón deshilachado, se iba directo hasta él, le ponía la punta de un revólver en la frente y disparaba. El humo que exhaló el cañón alcanzó a envolverme; era como un sueño para todos, incluso para el gordo, que parpadeó y, en el momento del disparo, parecía todavía querer disfrutar del helado. El del revólver disparó sólo una vez; el gordo resbaló de costado, sin caer, los ojos cerrados, como si de pronto se hubiese dormido, muerto de manera fulminante, pero sin dejar de apretar el helado; el asesino arrojó el arma a lo lejos —arma que nadie pretendió buscar y recoger—, y salió caminando tan tranquilo del terminal, sin que nadie se lo impidiera. Sólo que segundos antes de arrojar el arma me miró a mí, el inmediato vecino del gordo: nunca antes en mi vida me golpeó una mirada tan muerta; fue como si me mirara alguien hecho de piedra, tallado en piedra: sus ojos me obligaron a pensar que me iba a disparar hasta agotar las balas. Y fue cuando descubrí: el asesino no era un hombre joven; debía ser un niño de once o doce años. Era un niño. Nunca supe si lo siguieron o dieron con él, y jamás me resolví a averiguarlo; al fin y al cabo no fue tanto su mirada lo que me sobrecogió de náuseas: fue el físico miedo de descubrir que era un niño. Un niño, y debió ser por eso que temí más, con todas las razones, pero también sin razón, que me matara. Huí de su proximidad, busqué el baño del terminal, no sabía aún si para orinar o vomitar, mientras se oía el grito unánime de las gentes. Varios hombres rodeaban el cadáver, nadie se decidía a salir en persecución del asesino: o a todos nos daba miedo, o a nadie realmente parecía importarle. Entré al baño: era una pequeña sala con espejos rotos y opacos, y, al fondo, el único baño como un cajón —también en láminas de zinc, igual que el terminal—. Fui y empujé la puerta y la vi justo en el momento en que se sentaba, el vestido arremangado a la cintura, los dos muslos tan pálidos como desnudos estrechándose con terror. Le dije un «perdón» angustioso y legítimo y cerré de inmediato la puerta con la velocidad justa, meditada, para mirarla otra vez, l implacable redondez de las nalgas tratando de reventar por entre la falda arremangada, su casi desnudez, sus ojos —un redoble de miedo y sorpresa y un como gozo recóndito en la luz de las pupilas al saberse admirada; de eso estoy seguro, ahora—. Y el destino: nos correspondieron las sillas juntas en el decrépito bus que nos llevaría a la capital. Un largo viaje, de más de dieciocho horas nos aguardaba: el pretexto para escucharnos fue la muerte del gordo de blanco en el terminal; sentía el roce de su brazo en mi brazo, pero también todo su miedo, su indignación, todo el corazón de quien sería mi mujer. Y la casualidad: ambos compartíamos la misma profesión, quién lo iba a imaginar, ¿no?, dos educadores, discúlpeme que le pregunte, ¿cómo se llama usted?, (silencio), yo me llamo Ismael Pasos, ¿y usted?, (silencio), ella sólo escuchaba, pero al fin: «Me llamo Otilia del Sagrario Aldana Ocampo». Las mismas esperanzas. Pronto el asesinato y el incidente del baño quedaron relegados — en apariencia, porque yo seguía repitiéndolos, asociándolos, de una manera casi que absurda, en mi memoria: primero la muerte, después la desnudez.

Hoy mi mujer sigue siendo diez años menor que yo, tiene sesenta, pero parece más vieja, se lamenta y encorva al caminar. No es la misma muchacha de veinte sentada en la taza de un baño público, los ojos como faros encima de la isla arremangada, la juntura de las piernas, el triángulo del sexo —animal inenarrable, no —. Es ahora la indiferencia vieja y feliz, yendo de un lado a otro, en mitad de su país y de su guerra, ocupada de su casa, las grietas de las paredes, las posibles goteras en el techo, aunque revienten en su oído los gritos de la guerra, es igual que todos —a la hora de la verdad, y me alegra su alegría, y si hoy me amara tanto como a sus peces y sus gatos tal vez yo no estaría asomado al muro.

Tal vez.

—Desde que te conozco —me dice ella, esta noche, a la hora de dormir—, nunca has parado de espiar a las mujeres. Yo te hubiera abandonado hoy hace cuarenta años, si me constara que las cosas pasaban a mayores. Pero ya ves: no.
Escucho su suspiro: creo que lo veo, es un vapor elevándose en mitad de la cama, cubriéndonos a los dos:
—Eras y eres solamente un cándido espía inofensivo.
Ahora suspiro yo. ¿Es resignación? No sé. Y cierro mis ojos con fuerza, y, sin embargo, la escucho:
—Al principio resultaba difícil, era un sufrimiento saber que aparte de espiar te pasabas los días de tu vida enseñando a leer a los niños y niñas de la escuela. Quién iba a pensarlo, ¿cierto? Pero yo vigilaba, y te repito que esto fue solamente al principio, pues comprobé que nunca hiciste nada grave en realidad, nada malo ni pecaminoso de lo que nos pudiéramos arrepentir. Por lo menos eso creí yo, o quiero creer, Dios.
El silencio también se ve, como el suspiro. Es amarillo, se desliza por los poros de la piel igual que niebla, sube por la ventana.
—Me entristecía esa afición tuya —dice como si se sonriera—, a la que pronto me acostumbré: la olvidé durante años. ¿Y por qué la olvidé? Porque antes te cuidabas muy bien de que te descubrieran; era yo la única testigo. Bueno, acuérdate de cuando vivimos en ese edificio rojo, en Bogotá. Espiabas a la vecina del otro edificio, de noche y de día, hasta que su esposo se enteró, acuérdate. Te disparó desde la otra habitación, y tú mismo me dijiste que la bala te despeinó la cabeza, ¿qué tal que te hubiera matado, ese hombre de honor?
—No tendríamos una hija —respondo. Y me arriesgo, por fin, a claudicar—: Creo que voy a dormir.
—Hoy no te vas a dormir, Ismael; desde hace muchos años te vienes durmiendo siempre que quiero hablar. Hoy no vas a ignorarme.
—No.
—Te digo que seas discreto, por lo menos. Debo llamarte la atención, por más viejo que seas. Lo que acaba de suceder te denigra, y me denigra a mí. Yo lo escuché todo; no soy sorda, como crees.
—Eres también una espía, a tu manera.
—Sí. Una espía del espía. No eres discreto, como antes. Te he visto en la calle.
Sólo falta, Ismael, que se te escurran las babas. Doy gracias al cielo que nuestra hija, nuestros nietos, vivan lejos y no te vean en éstas. Qué vergüenza con el brasilero, con su mujer. Que ellos hagan lo que quieran, está bien, cada quien es dueño de su carne y su podredumbre; pero que te sorprendan encaramado como un enfermo espiándolos es una vergüenza que también a mí me corresponde. Júrame que no te volverás a encaramar. —¿Y las naranjas? ¿Quién recoge las naranjas?
—Ya he pensado en eso. Pero tú, ni más.


Los 9 de marzo, desde hace cuatro años, visitamos a Hortensia Galindo. Es en esta fecha cuando muchos de sus amigos la ayudamos a sobrellevar la desaparición de su esposo, Marcos Saldarriaga, que nadie sabe si Dios lo tiene en su Gloria, o su Gloria lo tiene en Dios —como han empezado a bromear las malas lenguas, refiriéndose a Gloria Dorado, amante pública de Saldarriaga.

La visita se hace al atardecer. Se pregunta por su suerte y la respuesta es siempre igual: nada se sabe. Allá en su casa se reúnen sus amigos, los conocidos y los desconocidos; se bebe ron. En el largo patio de cemento, donde abundan las hamacas y las sillas mecedoras, una muchedumbre de jóvenes aprovecha la ocasión, incluidos los hijos de Saldarriaga, los mellizos. En el interior de la casa los viejos rodeamos a Hortensia y la escuchamos. No llora, como antes; podría decirse que ya se resignó, o quién sabe; no parece una viuda: dice que su marido sigue vivo y que Dios lo ayudará a regresar con los suyos; ella debe andar por los cuarenta, aunque aparenta menos edad: es joven de espíritu y semblante, pródiga en carnes, más que exuberante, agradece que la acompañen en la fecha conmemorativa de la desaparición de su marido, y lo agradece de una manera inusual: al decir Gracias a Dios roza ella misma sus pechos —dos sandías de una redondez descomunal— con sus manos abiertas y temblando, un gesto del que no sé si soy el único testigo, pero que ella reitera cada año, ¿o pretende solamente señalarse el corazón?, ¿quién puede saber? Incluso, de dos años para acá, en su casa se pone música y, quiéralo o no Dios, como que la gente se olvida de la temible suerte que es cualquier desaparición, y hasta de la posible muerte del que desapareció. Es que de todo la gente se olvida, señor, y en especial los jóvenes, que no tienen memoria ni siquiera para recordar el día de hoy; por eso son casi felices.
Porque la última vez se bailó.
—Déjenlos bailar —dijo Hortensia Galindo, saliendo al patio iluminado de la casa, donde ya los jóvenes renovaban animados sus parejas—. A Marcos le gustará.
Siempre fue, y es, un hombre alegre. Estoy segura que la mejor fiesta ocurrirá a su
regreso.
Eso sucedió el año pasado, y el padre Albornoz se retiró, sumamente contrariado de semejante decisión:
—De modo que puede estar vivo, o muerto —dijo—, pero igual, hay que bailar.
—Y salió de la casa. No alcanzó, o no quiso escuchar la respuesta de Hortensia
Galindo:
—Si está muerto, también: él me enamoró bailando, cómo no.

Hoy no sabemos si después de lo sucedido el padre Albornoz querrá visitar a Hortensia Galindo. Tal vez no. Mi mujer y yo nos lo preguntamos mientras atravesamos el pueblo. Nuestra casa queda en el extremo opuesto de la de Hortensia, y ambos, tomados del brazo, nos animamos mutuamente a caminar, o, mejor, ella me anima a mí; el único ejercicio al que estoy acostumbrado es el de subir la escalera de mano, recostado por completo, como en una cama casi vertical, y recoger las naranjas que me entregan los árboles del huerto; es un ejercicio entretenido, sin prisas, que me abre campo en las horas de la mañana —por todo lo que hay que mirar.

Caminar se ha convertido para mí, últimamente, en un suplicio: me duele la rodilla izquierda, se me hinchan los pies; pero no rechisto enfrente de los demás, como hace mi mujer, que sufre de varices. Tampoco quiero usar ningún bastón; no voy donde el médico Orduz porque estoy seguro que me recetaría un bastón, y yo, desde que era niño, asocié ese artefacto con la muerte: el primer muerto que vi, de niño, fue mi abuelo, recostado contra el aguacate de su casa, gacha la cabeza, el sombrero de paja cubriendo la mitad de su rostro, y un bastón de palo de guayacán entre las rodillas, las tiesas manos amarrando la empuñadura. Creí que dormía, pero pronto escuché llorar a la abuela: «Entonces te has muerto al fin y me dejaste, dime qué debo hacer ahora, ¿morirme yo?»
—Escucha —le digo a Otilia—. Quiero pensar en lo de anoche. Me has avergonzado de mirar a los demás, ¿cómo es eso de que babeo cuando camino por las calles?, no, no respondas. Prefiero quedarme a solas unos minutos. Voy a tomar un café donde Chepe y ya te alcanzaré.
Ella detiene su paso y se queda mirándome boquiabierta.
—¿Te sientes bien?
—Nunca me he sentido mejor. Sólo que todavía no quiero llegar donde Hortensia.
Ya iré.
—Bueno que escarmientes —dice—, pero no es para tanto.

Justo al lado nuestro, a la orilla de la calle, queda el café de Chepe. Son las cinco de la tarde y todavía las mesas —las ubicadas cerca del andén— no las ocupa nadie.
A una de esas mesas me dirijo. Mi mujer sigue detenida: es un vestido blanco de flores rojas en pleno centro de la calle.
—Allá te esperaré —dice—. No demores. Es de mala educación que una pareja haga la visita por separado.
Y sigue su camino.
Me aferró a la más próxima silla del corredor, me dejo caer. Me hierve la rodilla por dentro. Ah, Dios —me suspiro yo mismo—, sigo aquí simplemente porque no he sido capaz de matarme.
—¿Qué música quiere oír, profesor?
Chepe ha salido del interior de su tienda, y me trae una cerveza.
—La música que tú prefieras, Chepe, y no quiero cerveza, tráeme una taza de café bien negro, por favor.
—¿Por qué esa cara, profesor? ¿Le aburre visitar a Hortensia? Allá se come bien, ¿no?
—Cansado, Chepe, cansado solamente de caminar. Prometí alcanzar a Otilia en diez minutos.
—Bueno, voy a traerle un café tan negro que no podrá dormir.
Pero pone la cerveza en la mesa:
—La casa invita.

A pesar del fresco de la tarde, el otro dolor, adentro, se empecina en quemarme la rodilla: todo el calor de la tierra parece refugiarse ahí. Bebo la mitad de la cerveza, pero el fuego en la rodilla se ha hecho tan intolerable que, después de comprobar que Chepe no me atisba desde el mostrador, me arremango la bota del pantalón y arrojo la otra mitad en la rodilla. Tampoco así el ardor desaparece. «Tendré que visitar a Orduz», creo que me digo, con resignación.

Empieza a anochecer; se encienden las bombillas de la calle: amarillas y débiles, producen grandes sombras alrededor, como si en lugar de iluminar oscurecieran. No sé desde hace cuánto una mesa vecina a la mía ha sido ocupada por dos señoras; dos aves parlanchinas que yo recordaré; dos señoras que fueron mis alumnas. Y ven que yo las veo. «Profesor» dice una de ellas. Respondo a su saludo inclinando la cabeza. «Profesor», repite. La reconozco, y voy a recordar: ¿fue ella? De niña, en la primaria, detrás de los cacaos empolvados de la escuela, la vi recogerse ella misma su falda de colegiala hasta la cintura y mostrarse partida por la mitad a otro niño que la divisaba, a medio paso de distancia, tal vez más asustado que ella, ambos sonrojados y estupefactos; no les dije nada, ¿cómo interrumpirlos? Me pregunto qué habría hecho Otilia en mi lugar.

Son viejas, pero bastante menos que Otilia; fueron mis alumnas, me repito, todavía ostento memoria, las distingo: Rosita Viterbo, Ana Cuenco. Hoy tienen cada una más de cinco hijos, por lo menos. ¿El niño que se conmocionaba ante el encanto de Rosita, de falda voluntariamente recogida, no era Emilio Forero? Siempre solitario, no cumplía todavía los veinte años cuando lo mató, en una esquina, una bala perdida, sin que se supiera quién, de dónde, cómo. Ellas me saludan con cariño, «Qué calor hizo hoy al mediodía, ¿cierto, profesor?». No accedo, sin embargo, a su aparente petición de charla; me hago el desentendido; que piensen que estoy senil. La belleza abruma, encandila: nunca pude evitar apartar los ojos de los ojos de la belleza que mira, pero la mujer madura, como estas que se rozan las manos mientras hablan, o las mujeres llenas de vejez, o las mucho más viejas que las llenas de vejez, suelen ser sólo buenas o grandes amigas, fieles confidentes, sabias consejeras. No me inspiran compasión (como tampoco yo me la inspiro), pero tampoco amor (como tampoco yo me lo inspiro). Siempre lo joven y desconocido es más hechicero.

Eso pienso —como una invocación—, cuando escucho que me dicen «Señor» y surca a mi lado la ráfaga almizclada de la esbelta Geraldina, acompañada de su hijo y Gracielita. Se sientan a la mesa de mis alumnas; Geraldina encarga jugo de curuba para todos, saluda efusiva a las señoras, las interroga, ellas replican que sí, también vamos a casa de Hortensia, y estamos aquí —añade Ana Cuenco— porque fíjese qué buena espalda tiene el profesor, tan pronto lo vimos nos dieron ganas de acompañarlo a descansar.
—Gracias por lo de buena espalda —digo—. ¿Igual, cuando me muera me acompañarán?
Una risotada unánime y cantarina me rodea: más que femenina, se desliza por los aires, cruza la noche, ¿en qué bosque estoy, con pajaritos?
—No sea pesimista, señor —habla Geraldina, y todo parece indicar que ya nunca me dirá vecino—: A lo mejor nosotras nos morimos primero.
—Eso jamás. Dios no cometería semejante equivocación.
Las señoras asienten con la cabeza, sonríen solemnes, agradecidas, Geraldina abre la boca, como si quisiera decir algo y se arrepintiera.
Llega Chepe y reparte los jugos de curuba; me deja la taza de café humeante. Geraldina suspira tumultuosa —como si gozara en la plenitud del amor—, y pide un cenicero. Es un milagro esta presencia; es una pócima; es un remedio Geraldina: ya no siento ningún quemón en la rodilla, desaparece el cansancio de los pies, podría correr.

La acecho desde aquí: sin apoyar la espalda en la silla, las rodillas juntas pero las pantorrillas separadas, se despoja lentísima de las sandalias, las sacude del polvo, con rara delicadeza, inclina su cuerpo todavía más: descubre su cuello como una espiga; los niños reciben voluptuosos el jugo de curuba, sus labios sorben, ruidosos, con sed, mientras la noche fulgura alrededor y yo levanto mi taza y finjo que bebo el café: Geraldina, desnuda la mañana anterior, se presenta esta noche vestida: un vaporoso vestidito lila la desnuda de otra manera, o la desnuda más, si se quiere; me redime vestida o con su desnudez, si está desnuda su otra desnudez, el último entreveramiento de su sexo, ojalá su pliegue más recóndito al abrirse al caminar, toda la danza en la espalda, el corazón batiendo solemne en su pecho, el alma en las nalgas que se repasan, no pido otra cosa a la vida sino esta posibilidad, ver a esta mujer sin que sepa que la miro, ver a esta mujer cuando sepa que la miro, pero verla, mi única explicación de seguir vivo: recuesta su cuerpo al espaldar, sube una pierna encima de la otra y enciende un cigarrillo, sólo ella y yo sabemos que la miro, y no dejan mientras tanto de parlotear mis antiguas alumnas, ¿qué dicen?, imposible escuchar, los niños acaban el jugo de curuba, piden permiso para encargar otro jugo y desaparecen tomados de la mano en la tienda, sé que no quisieran volver jamás, que si de ellos dependiera huirían tomados de la mano hasta la última noche de los tiempos, ahora Geraldina descruza otra vez las piernas, se inclina hacia mí, imperceptible, me examina, sólo por un segundo sus ojos como un aviso velado me tocan y comprueban definitivamente que sigo mirándola, acaso se asombra con franqueza de semejante desproporción, tal adefesio, que alguien, yo, a esta edad, ¿pero qué hacer?, toda ella es el más íntimo deseo porque yo la mire, la admire, al igual que la miran, la admiran los demás, los mucho más jóvenes que yo, los más niños «sí», se grita ella, y yo la escucho, desea que la miren, la admiren, la persigan, la atrapen, la vuelquen, la muerdan y la laman, la maten, la revivan y la maten por generaciones.

Escucho de nuevo la voz de las señoras. Geraldina ha abierto la boca y da un gritito de asombro sincero. Por un instante separa las rodillas, que esplendecen de amarillo a la luz de las bombillas; aparecen los muslos apenas cubiertos por su escaso vestido de verano. Yo acabo con la última gota de café: distingo, sin lograr disimularlo, en lo más hondo de Geraldina, el pequeño triángulo abultado, pero el deslumbramiento es maltratado por mis oídos que se esfuerzan por confirmar las palabras de mis antiguas alumnas, de lo horrible, claman, que fue el hallazgo del cadáver de una recién nacida esta mañana, en el basurero, ¿de verdad dicen eso?, sí, repiten: «Mataron una recién nacida» y se persignan: «Descuartizada. No hay Dios».

Geraldina se muerde los labios: «Mejor pudieron dejarla en la puerta de la iglesia, viva», se queja, qué voz bellamente cándida, y pregunta al cielo: «¿Por qué matarla?». Así hablan, y, de pronto, una de las alumnas, ¿Rosita Viterbo?, que yo nunca advertí que me estuviera mirando mirar a Geraldina (seguramente porque mi mujer tiene razón y ya no logro la discreción de otros años, ¿estaré babeando?, Dios, me grito por dentro: Rosita Viterbo me vio padecer los dos muslos abiertos mostrando adentro el infinito), Rosita se acaricia la mejilla con un dedo y se dirige a mí con relativa sorna, me dice:
—¿Y usted qué piensa, profesor?
—No es la primera vez —alcanzo a decir—, ni en este pueblo, ni en el país.
—Seguro que no —dice Rosita—. Ni en el mundo. Eso ya lo sabemos.
—A muchos niños, que yo me acuerde, sus madres los mataron ya nacidos; y alegaron siempre lo mismo: que fue para impedirles el sufrimiento del mundo.
—Qué horrible eso que usted dice, profesor —se rebela Ana Cuenco—. Qué infame, y perdóneme. Eso no explica, no justifica ninguna muerte de ningún niño acabado de nacer.
—Nunca dije que lo justifica —me defiendo, y veo que Geraldina ha unido de nuevo sus rodillas, estruja el cigarrillo en el piso de tierra, ignorando el cenicero, repasa las dos manos largas por el pelo que hoy lleva recogido en un moño, resopla sin fuerzas, espantada seguramente de la conversación, ¿o hastiada?
—Qué dolor de mundo —dice.
Los niños, sus niños, se reúnen con ella, uno a cada lado, como si la protegieran, sin saber exactamente de qué. Geraldina paga a Chepe y se incorpora afligida, igual que bajo un peso enorme «la conciencia inexplicable de un país inexplicable», me digo, una carga de poco menos de doscientos años que no le impide sin embargo estirar todo su cuerpo, empinar los pechos detrás del vestido, bosquejar una sonrisa incierta, como si se relamiera los labios:
—Pero vámonos donde Hortensia —ruega con un quejido—, se nos hizo de noche.
Y me observa Rosita Viterbo, la antigua alumna, de una cierta manera distraída:
—¿Usted no viene, profesor?
—Iré más tarde —digo.

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