El extraño caso de los periquitos enamorados. Crónica del libro “Traficantes de animales”

La paz también se manifiesta en la relación que tenemos con el medio ambiente y con los seres vivos. En esta crónica de Traficantes de animales, el periodista y escritor Róbinson Úsuga Henao invita a incluir el reino animal en la reflexión sobre construcción de paz en Colombia. Las historias recopiladas en este libro giran en torno al tráfico y la tenencia ilegal de fauna silvestre y exótica en Medellín y el Valle de Aburrá. También puedes leer este texto en el que el autor cuenta cómo y por qué surgió este libro, y por qué es más relevante que nunca prevenir el tráfico ilegal de fauna silvestre en Colombia.

Un regalo sorpresa

Little ArtWorkstation TourEsa tarde del 13 de enero de 2017 me recibió en una oficina del centro de Medellín, en el tercer piso de un alto edificio situado en el cruce de dos importantes vías, Avenida Carabobo y Calle San Juan. Quería que Sergio Montoya me contara aquella historia con pajaritos que todavía lo tenía trastornado. Claro que por respeto y consideración no podía decirle que lo creía un hombre trastornado. De pronto se enojaba y no contaba la historia. Yo mismo quedé algo perturbado cuando la escuché de boca de Andrea, mi novia. Eran compañeros de trabajo en una empresa de instalaciones eléctricas. Ella me la contó el mismo día que la escuchó de boca de él porque era el tipo de historias que pasan de boca en boca.

Vi que era un hombre joven, más de lo que pensaba, pero resultaba evidente que tenía más de treinta años. Lo delataban algunas líneas de expresión en los ojos y aquellos hilos de plata que le crecían a ambos lados de su cabeza rapada al estilo de skin head. Tenía una chaqueta de motociclista y una barba de tres días. Su presencia era la de un tipo rudo, pero al hablar de su historia parecía convertirse en un desconsolado niño. Un niño al que no le gustaban los animales. Ni perro, ni gato, ni periquitos. No le gustaban para tenerlos de mascotas. Ni cerdos, ni vacas. Ni para comérselos, porque era vegetariano. No le gustaban nada los animales, hasta aquel día del mes de agosto de 2007, cuando su novia, Natalia, le llegó con una pequeña sorpresa.

Tenía unos quince centímetros de altura, ojos grandes y cara enrojecida. Unas plumas verdes y un pico corto de color del marfil. «Era un periquito», recuerda él.

Aceptó el regalo con resignación, averiguó de qué se alimentaba y lo dejó libre para mecerse en los ganchos de ropa, encaramarse en las repisas y hacer vuelos cortos en el espacio aéreo de su habitación. Se encariñó en poco tiempo. Buscó información sobre la especie y se enteró de su nombre científico, Agapornis roseicollis. Supo que eran originarios de Namibia y que en el mundo entero se les conocía como los periquitos enamorados, «porque cuando están juntos, todo el tiempo son queriéndose y dándose besitos».

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Pero así como eran de apasionados, descubrió que también sufrían de despecho cuando no tenían una pareja para apapacharse durante el día. «Estando solos les da depresión y empiezan a arrancarse las plumas», explica Sergio.

La familia se creció

Pasados seis meses y, temiendo que su periquito se quedara calvo, Sergio salió del barrio donde vivía, Buenos Aires, y se dirigió a la Plaza Minorista, en el centro de la ciudad. Anduvo por los pasillos, entre jaulas repletas de patos y gallinas, hasta encontrar a la futura prometida de Juanito, su hijo consentido.  «Sí, es que ya era como mi hijo», dice.

Buscó que estuviera guapa y le puso Juanita. Fue amor a primera vista y en poco tiempo empezaron a reproducirse con frenesí. Las nuevas crías llegaban en camadas de cuatro y cinco huevitos. Y de repente, la casa parecía un albergue de aves, con gritos y aleteos de periquitos desde temprano hasta el anochecer. Cuando salía a trabajar, Sergio los metía en una jaula enorme, y al regresar, los liberaba en su habitación. «Yo procuraba estar con ellos en todo momento. Dos periquitos, siete periquitos, diez periquitos, ahí conmigo en la habitación».día de muertos-3.png

Les daba alpiste, vegetales y calcio, y en dos años, entre 2007 y 2009, ya habían nacido 27 Pacos, pues Sergio los bautizaba a todos con el mismo nombre antes de regalarlos entre vecinos y amigos enternecidos.

A finales del 2009 tenía nueve periquitos: Juanito, Juanita y siete Paquitos. Aunque Sergio dejaba que fueran libres por toda la casa, empezó a sentir pesar de verlos encerrados y se propuso dejarlos en absoluta libertad.

A principios del año 2010 averiguó por una entidad pública que pudiera ayudarle y encontró que el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, como autoridad ambiental de la ciudad, sería la encargada de recibirlos.

«Llamé y me dijeron: “sí, hágale que nosotros tenemos un espacio especial para ellos en el municipio de Barbosa. Allá rehabilitamos los animales para que puedan regresar a su hábitat”».

Fue una decisión difícil, pues aún los consideraba como sus hijitos, pero apretó la tristeza entre las tripas y finalmente los envió con la señora Cecilia, su voluntariosa madre. Les entregaron un formato para diligenciar y les dijeron que podían llamar en pocos días, para consultar el estado de los periquitos.

Sueños de libertad

Sergio estaba feliz y confiado de haber logrado la libertad para sus preciados pajaritos. Se los imaginaba saltando entre las ramas de los árboles y comiendo de los frutos que la naturaleza da espontáneamente. Un mes después llamó para obtener información.

–Buenas tardes, para averiguar por unos periquitos que dejamos con ustedes para que los soltaran.
–¿Periquitos?
–Sí. Eran nueve periquitos enamorados.

Nueve periquitos, repetía cuando le pasaban al teléfono a otro funcionario. Nueve periquitos enamorados, insistía, pasando su mensaje de oreja en oreja sin que nadie le diera razones ciertas, hasta que alguien resolvió el misterio de manera despiadada y definitiva.

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–Ah, claro. Ya sé cuáles son. Mire, esos periquitos se los dimos a los felinos.

Sergio se quedó estupefacto y calló durante largo rato, sin comprender la respuesta.

–Vení, repetime: ¿Qué pasó con los periquitos?
–Que se los dimos a los felinos.
–¿A los felinos? ¿Cómo así que les dieron los pericos a los felinos?
–Sí, se los comieron.
–¡Que qué! Si esos periquitos eran para rehabilitarlos y poderlos soltar.
–No, esos pericos aquí son considerados una plaga.

Destrozado por la noticia, Sergio estalló en improperios. Les dijo que eso no estaba bien y de haber sabido antes, jamás les habría llevado su camada de periquitos, a los que quería como si fueran sus propios hijos. Luego les tiró el teléfono.

«Yo le conté a mi mamá. Ella también se indignó e incluso llamó a Teleantioquia para poner la denuncia. ¿Quieren que los entrevistemos?, le preguntaron a ella. Y yo le dije “no, ma, ya todo me importa un culo”».

Esa noche lloró sin consuelo, sintiendo como si le hubiesen matado a un familiar. «Es que yo se los di al Área Metropolitana no porque estuviera encartado, sino porque quería una mejor vida para ellos».

A los tres días lo llamó otro funcionario del Área Metropolitana. Pidió disculpas en nombre de la entidad y estuvo de acuerdo con que ese no era el trato adecuado para los periquitos enamorados. Sergio lo escuchó aturdido por la rabia y pensando qué sentiría ese funcionario si le hicieran lo mismo, que le tiraran sus hijos a los felinos. «Es que eran mis hijos, yo quería el bien para ellos. Me sacrifiqué de no tenerlos, tanto que los quería, para que fueran libres, y vea lo que pasó».

Sergio despachó al funcionario con una decisión irresoluble:

–¡No quiero saber de ustedes ni de nadie, a mí no me vuelvan a llamar! –Y tiró el teléfono.

Parece una historia graciosa, y cada que la cuenta la gente se ríe, pero a seis años de lo ocurrido, Sergio Montoya, ingeniero electricista, tipo rudo en apariencia, aún siente frustración. «Cerca del edificio donde trabajo hay una tienda de animales. Me pongo triste cuando paso por ahí, me dura un minuto, pero es un dolor inevitable que quedó y todavía perdura».

Nadie que le saca de la cabeza que el Área Metropolitana, autoridad ambiental del Valle de Aburrá, tomó a sus queridos hijitos de alas verdes y picos cortos para que fueran devorados por los felinos.

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  • Esta crónica hace parte del libro Traficantes de animales del periodista y escritor antioqueño Róbinson Úsuga Henao. Fue publicado con apoyo de la novena convocatoria de Becas a la Creación del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, 2017. Categoría Literatura–Serie de Crónicas.
  • Para conocer más sobre el contenido de este libro, lee este texto: ¿Aumentará el tráfico de fauna silvestre tras el Acuerdo de Paz?
  • Apoya el trabajo periodístico de Róbinson Úsuga Henao. Puedes seguirlo en su página en Facebook “Róbinson Úsuga Henao – Periodista y escritor”.
  • Si quieres comprar un ejemplar de Traficantes de animales, puedes escribir a robinson.periodista@gmail.com

Crédito portada: By Guérin Nicolas (messages) (Own work) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons

 

Escrito por

Diario de Paz Colombia es un espacio alternativo e independiente para pensar al país de manera constructiva. Difundimos textos que invitan a conocer y reflexionar sobre la realidad nacional y que, desde diversas áreas y perspectivas, promueven una cultura de paz.

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