En los zapatos de Ismael. A propósito de la novela “Los ejércitos”, de Evelio Rosero


Esta reflexión hace parte del especial Leer para entender Los ejércitos. Aquí, la fonoaudióloga y docente de humanidades y lengua castellana, Dora Molano, comparte sus impresiones sobre la novena obra del reto 10 libros en 2020, del Club de Lectura Virtual. Si no lo has hecho, aquí puedes inscribirte al Club.

Por Dora Inés Molano Pacheco* [Soacha, Cundinamarca]

Leer la novela Los ejércitos fue para mí una experiencia dolorosa en muchos sentidos. Cuando empecé, lo primero que atrajo mi atención fue la descripción de Ismael, el personaje principal, y de su entorno. Él y Otilia, su esposa, son dos maestros jubilados que desde la juventud caminan juntos, dos personas que pasaron su vida guiando a otras generaciones. Son dos ancianos que aún conservan el vigor de los docentes que solo quieren disfrutar sus últimos años en el hogar que construyeron juntos y en el cual esperan morir pacíficamente. 

La novela está narrada de manera que conozcamos a cada uno de los personajes, aunque la descripción de algunos de ellos sea superficial. Con esto, el autor logra algo muy importante: que nos duela lo que les ocurre. Y esto me lleva a pensar en un problema que tenemos los colombianos: nos hemos anestesiado ante la violencia y nos quedamos en estadísticas que deshumanizan a las víctimas y nos permiten seguir con nuestra vida “normal” después de leer o escuchar la noticia de alguna masacre o desplazamiento forzado. Los medios de comunicación y el Gobierno Nacional nos informan con cifras, y a veces nos presentan el perfil de alguna de las víctimas con tanto amarillismo que también nos insensibilizan y simplemente llegamos a “opinar” criticando el por qué no se fueron antes, por qué dejaron que pasara, por qué no denunciaron. Terminamos criticando a la víctima en lugar de exigir paz, justicia y tranquilidad. Luego, simplemente, pasamos la página de la cotidianidad y seguimos a ver qué nueva noticia nos impacta.

Las páginas de Los ejércitos nos presentan personajes imperfectos, con defectos, vicios, que de todas maneras tienen derecho a la vida que eligieron. Son personas a veces egoístas, a veces solidarias, pero, al fin y al cabo, son personas que solo quieren vivir en el pueblo de sus antepasados o al que el destino los llevó. Sin embargo, les tocó “en suerte” un pueblo ubicado en un punto clave para esos ejércitos legales e ilegales que no ven en ellos a personas sino a obstáculos, fuentes de financiación e incluso de “diversión”.

Como buen espejo de la realidad colombiana, Evelio Rosero nos muestra la actitud que la mayoría de personas asumimos: “mientras que la violencia no me toque a mí o a mis seres queridos, no me va a afectar”. Tal vez muchos se indignen con los asesinatos y las desapariciones forzadas, pero no vamos más allá de un sentido pésame o de una palmadita en el hombro; la decisión es mantenerse al margen, ser invisible para esos ejércitos y estar prestos a huir al menor indicio de estar en sus radares.

Por eso la historia inicia con hechos ocurridos en el pasado, que parecen lejanos como en una pesadilla de otros. Las tragedias les suceden a personajes poco conocidos y en circunstancias que casi parecen casuales. Poco a poco, a lo largo de la historia, el autor nos acerca a los “sobrevivientes” de eventos violentos que han reconstruido sus vidas sobre los escombros de esas tragedias que han azotado a su pueblo.

Y es ahí cuando empieza el sufrimiento para el lector, pues nos vamos encariñando con los personajes, sin importar si son borrachines, si tienen sus secretos o si son inoportunos. Entonces empezamos a recordar por qué estamos leyendo, cuál es el hilo conductor de las obras leídas durante el año 2020 en el Club de Lectura de Diario de Paz: violencia, conflicto armado, palabras que se van asociando a los nombres de Geraldina, Gracielita, Eusebio, Chepe y su esposa embarazada, el padre Albornoz, el maestro Claudino, en fin, ya no se quiere continuar leyendo por temor a lo que les ocurrirá o a saber lo que ya les ocurrió, ¡como si en la vida real se pudiera contener una avalancha con solo cerrar los ojos!

Duele pasar páginas y no saber dónde está Otilia, por qué nadie da razón de ella; observar que no existen huellas que seguir para ubicarla, dar vueltas por el pueblo con la esperanza de hallarla para que vaya y organice su casa que está patas arriba. Duele encontrarse cara a cara con la muerte, como le sucede a Ismael, cuyo único consuelo es que su rodilla no le molesta, pensando que allí termina todo, pero sin saber de Otilia, sin poder consolarla cuando regrese y no encuentre a sus animales.

Todo eso es muy duro aunque, como lectores, sabemos que con cerrar el libro se puede regresar a la tranquilidad del hogar. Aún así, no se puede abandonar a Chepe, quien sufre por su esposa y su hija, ni a Eusebito, que usa el silencio como escudo ante lo que ha tenido que vivir, ni a Oye, de quien desconocemos su nombre y que también se ha metido en nuestro corazón. No, no se puede. No se puede hacer lo que ha hecho por años el Gobierno y la sociedad: mirar hacia otro lado y decir que no pasa nada, que todo fue una exageración y que ya está bajo control.

Al final, como ha ocurrido en las casi doscientas páginas, solo persiste la duda. Se ignora qué pasó con los que se fueron, ¿lo lograron?; los que buscaron refugio en las montañas: ¿encontrarían la anhelada tranquilidad? A fin de cuentas, ¿cuál es el ejército que asoló aquel pueblo y qué pasó con el que debía defenderlo? Y el querido profesor Ismael que a tantos educó, que merecía una vejez tranquila junto a su querida Otilia… Solo nos quedan puntos suspensivos, como el destino de cientos de colombianos que hoy, como ayer, deben dejar en suspenso sus vidas precisamente para no perderlas.

sigue-leyendo

Dora Inés Molano Pacheco es fonoaudióloga de la Universidad Nacional de Colombia, magister en Educación de la Universidad de los Andes y docente de humanidades y lengua castellana en la Institución Educativa Santa Ana de Soacha, Cundinamarca.

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