Conjugando el verbo “pacienciar”. Así escribió Juan José Hoyos ‘El oro y la sangre’

Esta es la historia detrás de El oro y la sangre, según algunos lectores, un reportaje esencial del periodismo colombiano. ¿Cómo lo escribió Juan José Hoyos y qué pueden aprender los periodistas jóvenes de su experiencia? Koleia Bungard, editora de Diario de Paz Colombia, conversó con el autor sobre esta obra publicada por primera vez hace veinticinco años. Lee también el primer capítulo y cinco razones para leer El oro y la sangre.

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Para escribir este reportaje, Juan José viajó al Alto Andágueda, conoció de cerca e investigó la historia de los indígenas emberá y su relación con el oro.

Una mañana de junio de 1978, cuando Juan José Hoyos trabajaba como periodista del diario El Tiempo en Medellín, llegó a la redacción un comunicado del departamento de policía del Chocó. Decía que unos indios habían asaltado un helicóptero y se habían robado un oro. Basándose en esa única fuente, Juan José escribó una rápida noticia que salió al otro día en el periódico.

Pero, cuenta Juan José, “como a los quince días apareció un tipo en El Tiempo. Iba a decirme que todo lo que yo había publicado era falso y que si yo quería contar la verdad, él me llevaba hasta la misión de Aguasal; que su hermano era el que había liderado la toma del helicóptero y que sí, que allá estaban en guerra”.

Juan José le respondió que claro que quería ir, pero que en el periódico no lo dejaban. “Debido a la tensión existente, –escribiría después– causada en buena parte por el cerco policial y por la presencia de gente armada en el territorio emberá, los periódicos no autorizaron el desplazamiento de sus enviados especiales al Alto Andágueda”. Mientras allá sucedían los enfrentamientos, los periodistas contaban la guerra sólo a partir de los reportes policiales.

El hombre insistió: “Si no lo dejan ir –le dijo–, entonces escríbale a mi hermano una carta con las preguntas y yo se las llevo”. Juan José aceptó, escribió un cuestionario y, unas semanas después, el hombre volvió a Medellín con las respuestas. Así llegó a sus manos la historia de unos indígenas que encontraron una mina de oro que, en vez de sacarlos de la miseria, les estaba costando la vida.

Buscando una solución al conflicto entre hacendados e indígenas, en diciembre de 1979 varios delegados del Consejo Regional Indígena del Cauca y del departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia acompañaron a una comisión del Incora en un viaje al territorio. Juan José decidió viajar con ellos, a pesar de los riesgos.

“Hice de fotógrafo –recuerda el periodista–. El fotógrafo me dijo: ‘No, yo no me voy por allá a hacerme matar por esos indios’. Entonces me prestó la cámara y yo tomé las fotos”.

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1979: la primera vez que vi la selva

Sobre el viaje, Juan José cuenta que duró entre dos y tres semanas y que volvió a Medellín con paludismo. “Una cosa es contar esa noticia con base en el comunicado, otra es ir uno mismo”, dice y se acuerda del momento en el que, después de un viaje por carretera, se bajaron de un jeep en una fonda desde donde sólo se veía una montaña enorme: ahí empezaba la selva. A partir de ahí, a caminar.

“La fonda de Docabú desapareció abajo, entre la neblina y los árboles. Mientras caminábamos, el ascenso por la montaña era tan vertical que yo trataba de no mirar hacia abajo para evitar el vértigo. Cuando caía la tarde empezamos a internarnos en un bosque muy húmedo y espeso”, escribió después Juan José.

De esas dos semanas en la selva del Alto Andágueda, Juan José dice que lo que más le impactó fueron “los indios, la miseria, el hambre. Vimos que pasaban con muertos, indios que se morían de paludismo”.

Además de tomarle fotos al paisaje, a la mina y a los indígenas, Juan José entrevistó a los funcionarios de la comisión, al sacerdote de la misión, al jaibaná (chamán) de la comunidad, a los blancos que lideraban la revuelta y, por supuesto, a indígenas en pie de guerra como Majín Murillo, que le decía: “Aquí no más nacieron nosotros. Nosotros no querer que entren independientes aquí. Indígenas no más. Nosotros no poder habitar con racionales para no joder con ellos”.

El conflicto en el territorio de Dabaibe era complejo y se remontaba, incluso, a los tiempos de la Conquista, cuando, en su búsqueda de El Dorado, los españoles emprendieron toda clase de acciones militares contra los indígenas que defendían su oro y su territorio en las laderas occidentales de la cordillera.

Indigenas embera
Jaibaná (chamán, sacerdote emberá) e indígena emberá de la zona de Río Colorado. © Juan José Hoyos

Cuando volvió a Medellín, Juan José pasó una semana en cama hasta que lograron controlarle el paludismo. “Ese mismo diciembre escribí cuatro reportajes y me acuerdo que me llegó un telex de felicitación de Rafael Santos (el director del periódico en ese momento). Todavía lo tengo, me sentía muy orgulloso porque era la primera vez que me felicitaban por algo”, recuerda Juan José.

Pero muy pronto la alegría dio paso a la frustración: pasaban los días y no los publicaban. “Ese fue mi primer trago amargo en el periodismo –cuenta–. Resulta que don Enrique Santos (el papá del ex presidente Juan Manuel Santos) era muy amigo del ministro de Agricultura, que era muy cercano a alguien en el pueblo de Andes y no le convenía que publicaran información sobre esa mina”.

Para justicia del reportero, un mes y medio después, cuando don Enrique salió a vacaciones, don Rafael los fue publicando uno a uno aunque, luego, desde la cabeza del periódico “me recomendaron que parara de escribir sobre esos indios”.

1979-1993: conjugando el verbo “pacienciar”

Juan José obedeció, pero a medias, pues ese viaje a la selva había marcado el principio de una investigación periodística que se extendería por más de quince años.

“Los meses siguientes al viaje –cuenta– hubo una matanza horroroza. Primero mandaron a un negro con cuatro cajas repletas de aguardiente para que se las diera a los indios. Había una orden allá, y era que cada vez que los indios se emborracharan, había que meterlos a un calabozo porque se ponían locos y violentos. Cuando esa noche se emborracharon, llegaron en un bus unos treinta policías de Quibdó y mataron como a once indígenas. Y unos niños salieron en desbandada, tratando de huir, y se los llevó el río”.

Juan José recuerda que a Medellín llegaron algunos indígenas heridos, con gasas y trapos en el cuerpo, “incluso había uno al que todavía le echaban sangre las heridas”. Y como el periódico le tenía prohibido publicar cualquier cosa sobre ellos, él mismo citó a una rueda de prensa y los periodistas de los otros medios publicaron la noticia. Incluso él mismo escribió una crónica y la publicó en El Mundo. La situación era tan grave ya que don Enrique Santos –desde la dirección de El Tiempo– acabó por escribir una editorial denunciando lo que estaba pasando. “Hasta se molestó al ver las noticias en otras partes. Dijo que me habían chiveado”.

Pero la situación estuvo y estaría crítica durante varios años. Entre 1978 y 1982, en medio del Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay, el ejército le puso precio a la cabeza de los guerrilleros, y el M-19 había entrado al Alto Andágueda para escapar de otros enfrentamientos. Los indígenas asesinaron a decenas de guerrilleros para cobrar recompensas. “Allá le cortaron la cabeza a ‘La Chiqui’ –recuerda Juan José–, una guerrillera que había participado en la toma de la embajada de la República Dominicana. Luego entraron los combatientes del EPL y las FARC y los indios se pelearon, se armaron y comenzaron a matarse entre ellos”.

Desde Medellín, Juan José seguía el rumbo de los acontecimientos y se iba llenando de información: entrevistaba a los antropólogos que viajaban al Andágueda, recopilaba datos judiciales, conversaba con los amigos que había hecho en el Consejo Nacional Indígena. En 1986 dejó el trabajo en el periódico y comenzó a enseñar periodismo en la facultad de comunicaciones de la Universidad de Antioquia, de donde se había graduado diez años atrás.

“Yo tenía la ilusión de coger una historia de esas que me habían tocado como periodista e investigarla –cuenta Juan José–, investigarla y contarla como si fuera una novela, pero donde todo fuera cierto, comprobado, que es lo que es un reportaje. Y eso lo logré con paciencia, “Pacienciando el tema”, como dice Germán Castro Caicedo. Para él, el principal verbo a conjugar en el periodismo narrativo es pacienciar“.

1994: entonces me puse a escribir

En 1994, después de quince años del viaje al Alto Andágueda, Juan José pidió una licencia de tres meses en la universidad para hacerle frente a la historia que lo estaba esperando.

“Me acuerdo que tenía un cerro de papeles que medía como un metro de alto. Entonces me puse a escribir: me leí todos esos documentos, transcribí grabaciones y me dio por pensar que lo que sucedía allá era una historia de oro y de sangre, una historia en dos partes. La primera era la época de la prosperidad y la segunda, la de la sangre.

¿Y en qué obras periodísticas pensaba mientras componía la historia? ¿Cuáles eran sus principales referentes? Juan José dice que pensaba en algunos libros de Germán Castro Caicedo y en las crónicas de unos misioneros claretianos que se habían muerto de paludismo en la selva. “Pero lo que me seducía –resalta– era la narración de los mismos indígenas, cómo contaban la historia ellos, cómo inventaban palabras y verbos”.

Además del propio viaje, Juan José contó los orígenes de la lucha entre indígenas y españoles, narró la llegada y la vida en la selva del sacerdote que fundó la misión de Aguasal; la muerte del hombre que muchos años atrás respondió el cuestionario con sus preguntas, las travesías de las comisiones del gobierno, los enfrentamientos entre indígenas, las masacres, los intentos de paz.

En su relato, la narración termina con un encuentro en 1993 entre Juan José Hoyos y un comandante de la guerrilla del EPL, último grupo que se había asentado en el territorio:

“Es de noche y hace frío –escribe el periodista–. Las calles de Pereira están mojadas. Desde hace rato cae una lluvia triste. Por momentos pienso que se parece a la lluvia menuda y fría de las selvas del Andágueda. El comandante Salomón me ha invitado a dar una vuelta. Quiere respirar el aire de la noche, aunque esté lloviendo. Y quiere acabar de contar la historia”.

Cuando terminó de escribir, Juan José envió el manuscrito al recién creado premio nacional de periodismo Germán Arciniegas. El 11 de agosto de 1994, los jurados dieron a conocer el acta en la que declararon El oro y la sangre como trabajo ganador y afirmaron que “este libro es un microcosmos del país”.

2018: la lección del maestro

Han pasado veinticinco desde que la Editorial Planeta publicó la primera edición del libro. Pero, por supuesto, la historia de los indígenas emberá del Alto Andágueda no ha terminado. ¿Qué ha pasado con ellos? Juan José le ha seguido la pista al tema y ha escrito varias columnas de prensa al respecto.

“El gobierno de Álvaro Uribe les dejó meter allá a compañías mineras –dice–. Y aunque se han restituido las tierras a los indígenas del resguardo, esas compañías no han salido del todo. Allá quedan también paramilitares y mafiosos, mientras que los indios se siguen yendo para las ciudades, o siguen jodidos y explotados. Algunos se han logrado organizar un poco y han vuelto a sembrar, pero los que siguen viviendo de la tal minería, no han podido salir de ese círculo: el oro los saca de sus casillas, si hay alguno que logra sacar orito, va y se emborracha una semana al pueblo y vuelve sin nada”.

Para terminar la conversación, le pregunto a Juan José por la lección que él mismo aprendió de esta experiencia. Él no lo duda al responder: “Entendí que ningún hecho, por nimio que parezca, es insignificante. Detrás de todo hecho hay una historia, lo que pasa es que no la vemos, tenemos que descubrirla. Yo me pude haber quedado con el comunicado del departamento de policía del Chocó, sobre ese asalto a ese helicóptero, y mirá toda la historia que habría dejado detrás, una historia que nadie había contado”.

A los jóvenes periodistas, Juan José les recomienda mirar la realidad a todo lo ancho, a todo lo largo, en profundidad y en el tiempo. Los anima a que investiguen, a que contextualicen los hechos, a que vayan al lugar sobre el que quieren escribir y hablen con la gente, escuchen, sientan.

“La realidad está mucho más allá del escritorio y de la pantalla del computador –dice–.  El verdadero periodismo se hace con unos zapatos y una libreta de notas, como decía Anton Chejov”.

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Para saber más sobre Juan José Hoyos y su obra, te invitamos a:

  • Leer el primer capítulo de El oro y la sangre, aquí.
  • Leer cinco razones para conocer este mismo libro, aquí.
  • Leer este perfil publicado por la Universidad de Antioquia.
  • Consultar el libro en tu biblioteca más cercana, comprarlo en las principales librerías del país o a través de Sílaba Editores.
  • En Diario de Paz Colombia queremos promover la lectura de obras escritas por colombianos o sobre Colombia, obras que nos ayuden a ampliar la visión que tenemos del país. Contáctanos si te gustaría que difundamos o recomendemos un libro o texto, o lee las bases si quieres escribir con nosotros. ¡Gracias por tu interés!

Escrito por

Periodista, escritora y editora colombiana. Co-fundadora de Diario de Paz Colombia. Estudiante de maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Arizona.

2 comentarios sobre “Conjugando el verbo “pacienciar”. Así escribió Juan José Hoyos ‘El oro y la sangre’

  1. Me encanta leer lo que escribes, muchas gracias.

    Algún día me gustaría hacer algo por el bien de los Embera, esas preciosas personas en tan gran quebrantamiento.

    Jimmy A Munoz 703-975-5766

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