Palabras que sanan. Memorias de un encuentro cultural en la cárcel Bellavista de Medellín

En tiempos de confinamiento y en medio de lo complejo que resulta para muchas personas estar aisladas en casa, iniciamos la publicación del especial Historias que liberan, una serie de contenidos que reconoce las iniciativas de promoción de lectura y escritura en centros penitenciarios. Aquí resaltamos una experiencia de encuentro alrededor de la palabra en la cárcel Bellavista de Medellín. ¿Cómo se conectan los internos consigo mismos durante prolongados periodos de encierro?

Por Anamaría Bedoya Builes*

Todas las semanas los internos de la cárcel Bellavista preparan de manera voluntaria diferentes actividades pedagógicas como parte del programa de resocialización educativo por el que reciben una significativa rebaja de pena. Voz y letras, por ejemplo, es una tertulia literaria en la que se lee y se conversa sobre algún tema de interés colectivo, o La Pausa Melódica, momento en el que los más adultos se reúnen a escuchar música popular colombiana y a hablar sobre la vida y obra de sus compositores. 

De esta manera, dicen, “estar acá cobra sentido”, especialmente en este lugar con sus estantes de libros cuidadosamente clasificados por ellos mismos. Todo esto tiene una intención: revelar ese secreto a los que recién llegan, abrumados por los meses o años que estarán tras las rejas. 

Los muchachos se sienten encarcelados en sus mentes porque no creen que van a salir de aquí. Tienen un miedo: aunque yo cambie, mis enemigos de afuera no han cambiado”, dijo J, un interno bajo de estatura, de ojos pensativos y voz ceremoniosa. Su manera de conciliarse con esos muros fue dándose cuenta de que apreciar cada momento lo hacía libre, contó.

En la cárcel el tiempo corre a un ritmo diferente, riguroso e inestable, aunque aquí, como allí afuera, tras los muros que los aíslan, el sol siga su curso indiferente a las separaciones que hacen los hombres. 

Una invitación a conversar

A principios de marzo de 2018, en una reunión con el equipo del Plan de Lectura y Sistema de Bibliotecas de Medellín, ese grupo de internos habló de lo que sueña: programas de lectura, espacios para reflexionar sobre la actualidad del mundo, posibilidades para explorar distintas manifestaciones culturales, un cine-foro, y, sobre todo, más actividades que los conecten con la sociedad y les ayuden a no perder el contacto, a no sentirse olvidados.  

Tres semanas después, ese mismo grupo de internos hizo un cartel largo en papel maché. Uno de ellos delineó las letras simétricas que otros pintaron con vinilo azul. Escribieron: Seminario Abierto del Observatorio: Palabras que sanan. Divulgaron la actividad voz a voz, invitaron al canal de televisión interno, gestionaron el templo cristiano para que hiciera las veces de auditorio y prepararon un pequeño discurso de bienvenida. Al llamado respondieron más de cincuenta internos. 

Frente a ellos se ubicaron tres invitados y el moderador de la charla. Algunos internos se quedaron apostados al muro de las ventanas atisbando lo que pasaba afuera. Mientras los organizadores del encuentro arreglaban el sonido, unos miraban a la cancha, donde otros internos jugaban fútbol metidos en la nube de arena que levantaba viento; otros, a las montañas azules por encima de la cerca de seguridad. J., una vez el micrófono estuvo listo, leyó desde el atril: 

“A todos los asistentes les damos la más cordial de las bienvenidas a este conversatorio cultural de la Alcaldía de Medellín, Cuenta con vos. Seminario Abierto del Plan de Lectura, Escritura y Oralidad, LEO. En Medellín tenemos la palabra, con el tema: Palabras que sanan. Para ello tengo el honor de presentar a la comunicadora social, Ana María Tobón, quien nos ampliará el programa a continuación”.

Luego de agradecer la cálida bienvenida, Ana María tomó la palabra: “Hoy queremos encontrarnos en este conversatorio con ustedes en la palabra. Es una invitación a conversar, a tomarnos ese derecho a hablar, escuchar y ser escuchados”. 

Para navegar la conversación, el escritor y moderador, Guillermo Cardona, empezó recitando un poema que le dio pie para expresar:

“Las palabras funcionan porque el solo nombrar un problema es comenzar a solucionarlo. Las palabras funcionan cuando el paciente se acomoda en el sillón a echar carreta, a desahogarse, a franquear a partir de la palabra y con la guía del terapeuta los vericuetos de su alma; las palabras funcionan cuando el penitente le susurra al confesor los secretos más oscuros de su existencia; las palabras funcionan cuando escribimos los detalles de nuestros errores y tragedias, así después esas páginas las dejemos en el baúl de los malos recuerdos, les prendamos fuego o publiquemos un libro. Las palabras funcionan cuando reconocemos que no bastan las palabras y emprendemos acciones concretas para alcanzar la más elemental de las metas de todo ser humano: aprovechar al máximo la oportunidad de vivir y ser felices. ¿Cómo lograrlo? Cuando apenas tenía 16 años y todavía no tenía en mente El Capital o El manifiesto comunista, Carlos Marx escribió: ‘La experiencia demuestra que solamente son felices los que han hecho felices a muchos hombres’”.

A su lado derecho estaba Róbinson Úsuga Henao, un joven escritor que publicó su primera novela en 2016,  A un hermano bueno hay que vengarle la muerte, su primera novela. Róbinson escribe desde que era adolescente, cuando les leía sus historias a los compañeros de clase; en esos tiempos pensaba que iba a ser dibujante, pero la vida lo condujo al periodismo y luego a la literatura. Las bibliotecas han sido su refugio, especialmente desde que en su barrio, ubicado la comuna 13 de Medellín, se libró lo que se conoció como la Operación Orión, una de las más duras guerras urbanas en la historia de la ciudad entre grupos armados ilegales, policía y ejército. 

“Para mí este espacio (la cárcel) es un pedacito de universidad, un espacio de civilidad donde nos encontramos como hermanos”, dijo al presentarse. 

Desde hace un tiempo las cárceles son parte de la cotidianidad de Róbinson. En la cárcel municipal de Envigado dictó un curso de escritura que estuvo a punto de abandonar tras su primer día. Se sintió intimidado por la atmósfera ruda y hostil, estaba prevenido y creyó que a ninguno de los reclusos le interesaba contar historias. Luego de proponérselo como un reto, venció sus juicios, volvió y logró captar el interés de un grupo de internos que asiste cada semana al taller.

La novela de L.

Entre los invitados al conversatorio también había dos internos del penal Bellavista, uno de ellos era L., un señor circunspecto, tímido, de ojos claros y escrutadores: “Yo sí creo que las palabras funcionan, por eso me he dedicado a la literatura”, dijo al tomar el micrófono. Hablaba bajito, despacio, casi como si susurrara. Dijo que hay muchos detalles de la vida que pocas veces nos atrevemos a contar, especialmente de quienes están en la cárcel, pero al escribirlos, comentó, los recuerdos se hacen más livianos.

L. lleva más de diez años purgando su condena, durante ese tiempo se ha dedicado a devorar libros, un gusto que había aplazado por falta de tiempo, por ese trabajo que lo absorbió y en últimas lo condujo a este lugar. Estando interno, L. empezó a escribir con frecuencia. Desarrolló el oficio de escritor que cada día pule a releer y auto editarse. En 2018 planeaba terminar su primer libro, una novela negra inspirada en su caso, una historia que tiene todo para ser una saga policiaca.  

“Mi historia la protagoniza un personaje que narra su vida desde los años noventa hasta la actualidad. Una de las cosas que quiero mostrar es cómo en Medellín las formas de crimen no han cambiado. Desde los noventa ocurre lo mismo entre los mismos que financian la guerra y están tras bambalinas. Es una guerra económica tremenda en la que mueren muchos jóvenes con ideales falsos, pues los jefes de cada grupo son socios, mientras los muchachos que integran sus ejércitos, sus combos, se matan como enemigos”.

El protagonista de su novela es un detective de la policía en plena época del capo Pablo Escobar. Después de tener problemas con un coronel, fue retirado de la institución y pasó a convertirse en escolta de personajes del mundo del crimen. Allí conoció los más oscuros secretos de la corrupción del sistema institucional.

L. no se inculpa, pero también se siente víctima; sin embargo, aunque sabe que podría usar lo que sabe para destruir el prestigio de otros, ha decido canalizar el rencor de otra manera. Está enfocado en recuperar lo que más le importa: la tranquilidad y la relación con su familia; para no turbarse de dolor se dedicó en el encierro a lectura y a la escritura, un ejercicio constante que le permite vaciarse de sus emociones más primarias.

Durante su intervención, L. agregó que su libro es un testimonio. Dijo que no pretende estar en una librería o convertirse en un best seller, quedará contento si la historia les permite a sus amigos y a su familia entender cómo fue que él terminó enredado. Cuando fue capturado nadie tenía idea de lo que estaba haciendo. Antes de ingresar al penal, miró a sus hijos y les dijo: “este es el ejemplo de lo que ustedes no deben hacer”. 

La historia de H.

La historia de H. es un poco diferente, a él las palabras lo han penetrado desde el ámbito religioso. Convertirse al cristianismo, dice, fue lo único capaz de sacarlo de los grupos armados ilegales, con los que había conseguido poder y dinero, pero que lo alejaron de los seres que más amaba. Es un hombre fornido, alto; voz fuerte y enfática, con el matiz evangelizador de los predicadores:

“Yo también participé en esos combos a los que se estaba refiriendo el compañero ahora. Nunca crean que no se puede salir de eso, esos personajes te dicen que no tienes para dónde irte, y sí tienes mucho dónde, solo que ellos te cierran las puertas sicológicamente, si realmente quieres un cambio para tu vida, búscalo en Cristo, lejos de esas personas”. 

En el conversatorio también dijo que cuando la mujer de su vida, aún él teniendo el mundo en sus manos, se alejó, rechazó el lujo y lo que H. hacía para conseguirlo, supo qué era realmente lo que quería. Guillermo, el moderador del encuentro, le pidió que compartiera cuáles fueron esas palabras que lo llevaron a alejarse de los grupos armados.

“Había un hermano que iba los martes y jueves al patio a llevarnos la palabra de Dios, y yo era una persona que todo lo que él decía me entraba, era como si me lo estuviera diciendo a mí. Y más me entraba y más me entraba”.

Los textos bíblicos fueron calándolo, como una llamada ineludible. H. atendió y se convirtió en un seguidor fervoroso. Librarse de su pasado no ha sido fácil, dijo, por eso se aferra a la fe; aún sus antiguos patrones le ofrecen dinero para que siga con ellos. “Vos eras uno de nuestros mejores soldados, decime de qué modo te puedo colaborar”, contó que le decían. Pero su respuesta es categórica: “Nadie, por más encerrado que se vea, debe darse por vencido”.

En la cárcel el tiempo es rígido, las rutinas inquebrantables. Este seminario dedicado a escuchar aquellos relatos, fue un pequeño bucle del tiempo, fugaz e intangible. No se permitían las fotos, apenas el registro en una grabadora de periodista que guardara el matiz de sus voces, la singularidad de sus acentos, los silencios. 

Afuera del recinto se oyó de pronto el llamado al bongo, como le dicen al comedor. Algunos internos, con los platos vacíos en la mano, esperando, escuchaban apresurados las palabras finales de los invitados; otros se levantaron para sumarse a la fila larga de hombres que aguardaban la última comida del día. Pocos, poquísimos, se quedaron, corriendo el riesgo de perderla.

Róbinson, que entonces dirigía el taller de escritura en la cárcel de Envigado, respondió a la pregunta de Guillermo: ¿a través de las palabras se logran contar los problemas y encontrar en camino para resolverlos?

“Lo que he hecho con los talleres es compartir lo que yo no quería hacer en la vida: tramitar los problemas a través de la violencia. Tengo una filosofía: la violencia termina en mí. ¿Cómo así? Si alguien te insulta o te agrede, en vez de responder, logres que esa violencia termine en ti, no responder a ese insulto o a ese golpe. Este país ya ha tenido demasiada violencia y lo que necesita son agentes de paz ¿qué hago para que la violencia termine en mí? Escribir”.

Finalmente, uno de los internos levantó la mano y dijo: “para mí, todos somos escritores. Yo no escribo en el papel, escribo en la vida de los otros, mi historia de vida puede ayudar a otros. También vengo de una comuna en la que viví la violencia. También fui víctima y victimario, motivé a gente para hacer parte de la guerra y hoy mi forma de escribir es motivar al otro para que lleve una vida buena. Yo agradezco la presencia de todos ustedes”.

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Estas memorias del evento fueron publicadas originalmente en el libro LEO para la vida. Memorias del Seminario Abierto del Observatorio de Lectura, Escritura y Oralidad de Medellín. Aquí puedes acceder y descargar a los demás libros de la Colección Observatorio.

*Anamaría Bedoya es periodista de la Universidad de Antioquia. Ha participado en diferentes proyectos editoriales como asistente de investigación, coautora y coeditora. Autora del libro De oro están hechos mis días (Hombre Nuevo Editores, 2011), Beca de creación 2011 en la categoría de periodismo narrativo. Actualmente trabaja como periodista independiente y hace parte del equipo del Plan Ciudadano de Lectura, Escritura y Oralidad de Medellín.

Este artículo hace parte del especial Historias que liberan: experiencias de promoción de lecto-escritura en centros penitenciarios, producido por Margarita Villada. 

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