“Las estrellas son negras”: un libro para salir del espejismo en el que vivimos


Desde la Ciudad de México, una bióloga y lectora del reto 10 libros en 2021 comparte sus impresiones sobre la novela de Arnoldo Palacios. ¿Qué temas en particular le impactaron a ella? Para profundizar sobre la obra, visita nuestro especial de contenidos. Un artículo del Club de Lectura Virtual.


Por Maria Andrea Orjuela-Restrepo*

Durante el mes de febrero estuve leyendo la novela Las estrellas son negras, de Arnoldo Palacios, escritor afrocolombiano nacido en el Chocó en 1924. A pocas páginas de terminar la lectura, aún me inquietaba el por qué del título, pero hay varios asuntos que me han llamado la atención, como por ejemplo, las descripciones del autor. Aquí, Arnoldo Palacios nos muestra un Quibdó dividido entre negros y blancos, como si entre amos existiese un ancho río imaginario lleno de turbulencias, de miseria, de pobreza, de hambre, de mentiras. 

“Irra se empinó para distinguir más claramente las figuras danzantes. Eran blancos. Se trataba nada menos que de un baile de «la cren». No había negros en el salón. Únicamente blancos. Los músicos sí eran negros”.

Hace unos días oía un podcast que me gusta: El Librero. Allí, su conductor Jorge Espinosa relataba la pesadilla que es buscar un colegio para su hija, y dijo algo que me estuvo sonando en la cabeza todo el día: que en Colombia los niños nacen segregados. Me quedé pensando en esta afirmación y en cuánta razón hay en ella. Las estrellas negras es un ejemplo vivo de ello, escrito hace unos setenta años en una Quibdó que para la fecha ya era pobre –quizás nunca ha sido diferente–, en una región en donde las diferencias se marcan por el color de la piel: los blancos siempre tienen todo –aunque a veces sea solo en apariencia–; los negros, solo tienen miseria. La segregación, por supuesto, existe en la Colombia de hoy y se refleja en el día a día de muchas maneras. 

Lee también: Las estrellas son negras una obra colombiana más que necesaria.

Desde que, como parte del Club de Lectura 2020 me interné en la lectura de la obra Changó el gran putas, de Manuel Zapata Olivella, me encontré con una realidad que sabía que existía pero a la que quizás, como muchos de nosotros, nunca me había dispuesto a entender, a analizar, a desmenuzar. Y es claro que los seres humanos tenemos bastantes particularidades, muchas de ellas no precisamente buenas. Nosotros mismos nos encargamos de generar miseria en los otros, en nosotros mismos; quizás el mundo podría ser diferente con un cambio en cada uno, con tan solo comprender que lo que hago afecta al que está al lado, desencadenando una bola de nieve que al final termina por llevarnos a todos. 

En su novela, Arnoldo Palacios relata la miseria, el hambre, la ira, hasta el castigo de Dios. Y lo hace de una forma tan descriptiva que hace que el lector se sienta allí, en esas casas con paredes de palma, a orillas del río Atrato, viendo a cada uno de los personajes, caminando por las calles, con los pies enlodados bajo la lluvia, con la ropa sucia, llena de sudor:

“Junto al pajarillo la brisa agitaba las hojas de una matica aniquilada. ¿Cuándo habrían empajado la casa? Por lo menos hacía treinta años… ¡Uff!… Las maticas que nacían allí tal vez eran producto de semillas traídas por los pájaros…, por el viento. Bajo el alero del techo, hacia la parte superior de la pared, esquina final de la calle, de una tablita saliente del radio de la casa, pendía una pantalla esmaltada… para alumbrar aquel último sector del pueblo, en la noche. La lámpara eléctrica estaba pegada a la casa, pero no para ellos; sus destellos solo se esparcían hacia la playa arenosa, hacia la calle, hacia el espacio. Ellos se alumbraban con lámpara de kerosene… ¡Ah, vida!…”.

Siguiendo al personaje Irra en la narración de Palacios, hasta el suicidio de Ramón se asienta en uno mismo, nos estremece esa escena aterradora, vemos sangre por todas partes, un cuerpo mutilado y, mientras tanto, los blancos –y muchos negros– se divierten en fiesta porque, como siempre, “aquí no pasa nada”

Esta novela es, además de un relato vivo de la pobreza, una escenificación del más crudo machismo: Irra tiene derecho a golpear a su hermana Elena, a tirar el plato de comida que es lo único que su madre ha logrado conseguir para calmar el hambre –por cierto, me llama la atención la carencia de pescado siendo un pueblo que crece y se desarrolla a orillas del río–, el acto sexual con la pequeña Nive que, al final, pienso que podría considerarse una violación. 

Las estrellas son negras es un libro corto y cruel, no con quien lo lee –es bueno salir del espejismo en el que vivimos–; cruel porque sus páginas están llenas del día a día de muchos hombres, mujeres, niños y niñas en Colombia y seguramente en muchos lugares del mundo. Al escribirlo, Palacios logró mostrarnos la miseria de Quibdó en los años cuarenta del siglo pasado, pero me pregunto si acaso esa miseria no es la misma de hoy. 

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* Maria Andrea Orjuela-Restrepo es bióloga y reside en la Ciudad de México. Ha participado activamente en todas las lecturas del Club de Lectura de Diario de Paz. Este es su primer escrito sobre una obra.

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