Reflexión # 13 | Escrituratón por Colombia


¿Qué nos produce la realidad nacional? En este escrito, la psicóloga antioqueña Maria Olivia Alzate nos recuerda la importancia de asumir una posición compasiva frente a las dificultades que vivimos. Un texto del especial Escrituratón por Colombia.


Colombia, con c de compasión

Por Maria Olivia Alzate Zuluaga. 62 años. Medellín


Todos los días me pregunto qué le pasa a Colombia, o mejor, a nosotros los colombianos, que damos un paso hacia adelante y luego diez hacia atrás. ¿Por qué aprendemos tan poco de nuestras luchas, de nuestras construcciones y de esos pequeños avances que podrían ser toda una nueva conquista en la construcción de un mejor país?

Basta con mirar la historia de nuestra Constitución Política de 1991, revisar cómo se dio y qué tanto se logró en términos, por ejemplo, de reunir diferentes voces y miradas, como si se tratara de una gran orquesta tocando el Bolero de Ravel. Allí logramos ponernos de acuerdo, unidos por el ideal de vivir mejor y, así, concebimos “la constitución de los Derechos Humanos”, una de las cartas más avanzadas del mundo, con unos principios filosóficos maravillosos –aunque muchos de ellos aún por desarrollar–.

Igual sucede con los Acuerdos de Paz, cuyos diálogos iniciaron en el año 2012, hasta llegar al documento firmado el 26 de septiembre de 2016 en Cartagena. Estos dos momentos, creemos muchos colombianos, representan verdaderos avances de construcción de nuevas ciudadanías y son pasos concretos para ponerle fin a muchos años de guerra: una muestra de esperanza mayor.

Sin embargo, considero que más allá de ello, en la vida cotidiana los colombianos no nos interrogamos lo suficiente y hemos naturalizado las violencias, pues es necesario reconocerlas en plural, lo mismo que los conflictos, que son de diversa índole, tanto a nivel personal como colectivo.

Cuando leemos a Freud, por ejemplo, padre del psicoanálisis, entendemos un poco nuestro comportamiento psíquico. En su libro Psicología de las masas y análisis del yo, señala que “En la vida anímica individual, aparece integrado siempre, efectivamente “el otro”, como modelo, objeto, auxiliar o adversario”. Más adelante manifiesta que cuando el individuo está integrado en una masa, su afectividad queda extraordinariamente intensificada y, en cambio, notablemente limitada su actividad intelectual.

Estoy convencida de que, para comprender desde nuestro ser y quehacer y, con ello, construir un mejor país, necesitamos más educación y, por supuesto, de calidad. Aunque ésta empieza en el patio, en la sala, en la cocina de nuestras casas, también necesitamos de un Estado que ofrezca mejores opciones y garantías. 

Aquí, es vital volver a reconocer el valor de lo individual. Al nacer, desde su naturaleza, cada ser humano se va adentrando a la cultura con lo que le ofrece el medio: los ojos de la madre, la presencia del padre y de su familia cercana… Es en el hogar en donde cada persona conoce los límites y asimila las normas y los acuerdos de convivencia, para luego pasar a la escuela y reafirmarlos con miras a participar de la sociedad. Allí, en medio de renuncias, gana otros espacios como la educación y la recreación y puede avanzar en sus propios ideales.

Es claro que en un país tan inequitativo e injusto como el nuestro, este proceso es difícil vivirlo. Millones de personas viven de una manera limitada, sin poder resolver mínimamente las necesidades básicas, lo que hace aún más complejo alcanzar avances en el desarrollo físico y emocional. A esto se le suman muchas veces contextos trágicos, como el abandono voluntario de sus padres, las presiones de los grupos al margen de la ley o la amenaza constante del reclutamiento forzado de menores de edad a la guerra. 

Frente a todo esto, la palabra –mágica, transformadora– tiene el don de la acción una vez escrita o pronunciada. “La literatura no podrá salvarnos, pero es uno de nuestros principales mecanismos de defensa; un refugio, un consuelo y una forma de resistencia”, dice Alejandro Gaviria en Siquiera tenemos las palabras.

Es importante preguntarnos cómo podemos conmovernos y conmover al otro, cómo podemos ponernos en el lugar de los demás, no para borrarlos, no por lástima, caridad o pesar, sino con compasión, ese gesto que hace que el otro a mi lado más humano, menos competitivo, más comprensivo.


Explora los demás textos de esta serie. Visita www.diariodepaz.com/escrituraton
Una iniciativa de Diario de Paz Fundación y de la Fundación Taller de Letras Jordi Sierra y Fabra.

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