Un ensayo 👌🏽 para unirnos a la fiesta de «¡Que viva la música!»


Seguimos promoviendo la lectura de literatura colombiana. Esta vez, animamos a la comunidad de Diario de Paz a conocer la obra del autor caleño Andrés Caicedo. La lectura de su novela ¡Que viva la música! hace parte del reto 5 libros en 2022 y es el tema central de este ensayo.

🔴 Aquí puedes leer en línea ¡Que viva la música!
🔴 Lee aquí el comienzo de la obra
🔴 Sigue la lectura en voz alta del inicio del libro
🔴 Disfruta del encuentro de lectores
🔴 Conoce a la hermana del autor en esta entrevista
🔴 Inscríbete al Club de Lectura Virtual


Por Felipe Gómez Gutiérrez [Pittsburg, EE.UU.]*

Que María del Carmen Huerta haya decidido meterse un “pericazo” sobre un ejemplar de Los de abajo de Mariano Azuela en lugar de asistir a la reunión periódica para leer con amigos El capital de Marx bastaría para escribir una historia política de la Colombia de las últimas décadas del siglo XX. No obstante, ese fue en la década de los setenta el punto donde Andrés Caicedo decidió iniciar una novela que se adentra hasta las profundidades de la cultura colombiana contemporánea, e incluso de la región latinoamericana. 

La cocaína, nos enteraremos luego, se la trajo a su amigo su propia madre desde los Estados Unidos, por extraño que pueda sonarle a quienes tengan alguna familiaridad con el cultivo y procesamiento de la hoja de coca. La señora intentaba conseguir en el primer mundo una institución de cuidado mental que aceptara a su hijo y le había dado la droga, ese souvenir manufacturado, con la esperanza de que se calmara un poco o se terminara de enloquecer de una vez. Y en cuanto a María del Carmen, aka “La Mona”, más que “capar clase”, el incidente que la alejó de sus amigos marxistas puede haber sido una introducción formal a la realidad del país que empezaba a descubrir. “Tres mañanas fueron, las de las reuniones, y yo le juro que lo comprendí todo, íntegro, la cultura de mi tierra” (12). 

Hay algo de música allí mismo, ¿no? Ahora, imaginémonos deambular en una ciudad colombiana, caminando una ruta que baja los cerros como un río bajo un cielo sereno, o un puente sobre aguas turbulentas. Hay un mercado de las pulgas dominical en esa calle y ocurre tanto a nuestro alrededor que es suficiente para llenarnos todos los sentidos: varios aromas gravitan al igual que muchas canciones que suenan simultáneamente desde las casetas que venden grabaciones piratas de álbumes populares. Como si fuera poco, en una de las esquinas se aglomeran los paseantes que para entonces ya están suficientemente ebrios para estar tocando los tambores, las flautas, las maracas. Muy cerca de allí, frente a una iglesia, una docena de adolescentes sentados en círculo se embriagan con un galón de chicha que pasa de mano en mano y de boca en boca. Podría apostarse que una copia de Qué  viva la música es lo que se escucha a alguien leer entre ellos, la escritura sagrada de su ritual performativo. 

“Soy rubia, rubísima” (11). Es la voz melodiosa de La Mona susurrándonos su carmina kármica. Resplandeciente, luminosa, encantadora, nos guía a través de la novela con su luz propia, presentándonos a su familia y amigos, todos parte de una burguesía de elite, mientras que incidentalmente nos narra el recuerdo del espejo en su cuarto que refleja cada mañana su imagen: un espejo quebrado cuya grieta literalmente succiona su imagen. ¿Por qué saliste, María del Carmen, a la noche, a encarar la música? ¿Qué oscuro espíritu se apoderó de tu frágil espíritu y lo condujo siempre hacia el Sur, siempre alejándote de tu casa paterna? 

 â€œTodos, menos yo, sabían de música” (12). Esa es la melodía que la saca hacia la noche, el flautista de Hamelin en traje de fiesta. Dame la nota: The Rolling Stones, The Animals, Eric Clapton, The Beatles, dígalo, pero dígalo con música–en inglés. Después de todo, el sitio por el que caminamos es “el Nortecito de Cali”. Hay que orientarnos: “El Nortecito” de la ciudad que María del Carmen habita es el lugar al que apunta la aguja de cualquier brújula siempre, no importa dónde te encuentres. El Norte es también, sabemos, el nombre que se le da al grupo de países que se suponen más avanzados técnica y económicamente. ¿Y no era de música que veníamos a hablar? 

“Qué tal vivir sólo de noche, oh, la hora del crepúsculo, con los nueve colores y los molinos. Si la gente trabajara sólo de noche, porque si no, no queda más destino que la rumba” (22). Así que La Mona navega la noche y aprende de música de sus amigos. Asiste a fiestas y disfruta bailar, ocasionalmente pidiéndole a un amigo que le traduzca las letras. Bellas palabras. Lástima que no las entendamos, hablan una lengua extranjera. ¿Pero qué importa mientras nos estemos divirtiendo, con el ácido haciendo de maquinista en la locomotora? Luego La Mona se encuentra con el método práctico y consigue un novio “americano”, Leopold Brook: 

Parece una broma que Caicedo ponga al gringo Leopold Brook como el personaje a quien la Mona acabe ofreciéndole su virginidad. Que sea este pelirrojo gigantesco, “mejorado”, “bien alimentado”, ese guitarrista llegado al trópico bestial a quien contemple boquiabierta “en su trabajo generoso de venir con todo ese conocimiento acumulado en USA, para enseñarnos disciplina” (46), que sea el encargado de desvirgar a esta florecita rockera (mientras era todavía una flor amarilla encandelillada por el rock) para que después termine ella despotricando de todo lo que él representa, afirmando que “hay que sabotear el rock para seguir vivos”, es una de las grandes ironías que Caicedo deposita en las páginas de la novela, con una sonrisa y un guiño. Leopold es el gringo por excelencia, es todos los gringos que llegan a Cali y a casi cualquier lugar del continente suramericano durante el siglo veinte. Su inteligencia está probada por el simple hecho de hablar y cantar en inglés. Él es el representante de dios en la tierra, el ejemplo más humano de lo que el origen puede ser. Basta sólo recordar el espacio de su apartamento, presidido por un afiche de una multitud gozando de la música en un concierto de rock e inundado por una música celestial, nítida, cuadrafónica que se apodera del espíritu de sus oyentes: “el disco mejor grabado”, “la emisión más fiel y más potente, la canción más eléctrica” (64). Leopold es el dueño de todo eso, es un semi-dios, alguien digno de admiración y reverencia. No sorprende para nada que la Mona caiga rendida a sus pies, acepte la cercanía de sus labios y termine fundida con él en un beso en el que incluso los cabellos de ambos terminan anudados.

Armonioso sin duda. Pero (y siempre existe un pero), el hechizo se quiebra a partir de lo que la Mona experimenta al irle conociendo, al irse acercando más a él. Leopold es como ese gigante aparente de Michael Ende, que de lejos se ve enorme, pero de cerca es un enano por obra de algún extraño efecto que contradice las leyes de la perspectiva. Y la cercanía máxima la logra la Mona justamente en el sexo, a bordo de esa primera cama de agua made in USA en la que navega a bordo suyo. Allí descubre que la perfección de Leopold se deshace antes de que cante el gallo, allí constata aquello que Mariángela le ha dicho unas horas antes, que las mujeres conocen mejor que los hombres ese colgandejo que ellos tienen en medio de las piernas. Eso en realidad espanta a la Mona, la posibilidad de que ese órgano sea suyo y no de él. 

Hay simultáneamente un punto musical en que el ritmo de la salsa rompe con el 4×4 del rock-and-roll, que se le va haciendo monótono. Se llama el quiebre o la descarga, un punto en que ya no se puede permanecer sentado porque el taburete en el que descansa el trasero empieza a saltar y se convierte en tambor, y allí la música cobra vida, vive la música. Me imagino que es ahí exactamente donde La Mona se hastía de Brook y de sus demás amigos, de esas fiestas que no eran suyas, de las drogas caras, de la música foránea en lengua foránea, de ser “la crema de la vitalidad entre un mundo de gente rendida”. Así que sigue el llamado de Changó, la andrógina deidad africana, sale nuevamente a la calle y cruza el puente sobre las aguas del río Pance que separan al Nortecito del oscuro y temido Sur. 

Pero con tales pensamientos oí acordes nuevos, durísimos pero lejanos… hacia el Sur era de donde venía la música, la música mismísima y caminé, caminé creo que largo y pisé rodillas y canillas y me asenté en cabezas sin clemencia, cabezas que no se mosquearon: ¿no oirían ellos, mientras me acercaba yo a mi fuente de interés, que al Sur alguien oía música a un volumen bestial? Eran cobres altos, cuerdas, cueros, era ese piano el que marcaba mi búsqueda, el que iba descubriendo cada diente de mi sonrisa. Llegué a la puerta, la abrí, oí la letra. (93)

En un descenso vertiginoso a los terrenos de este nuevo mundo, María del Carmen conoce a su nueva gente y sin dudarlo les ofrece su cuerpo a cambio de la música que escuchan. Jóvenes o viejos, diez, a veces quince, marchan de frente, dando y recibiendo. María del Carmen aprende el lenguaje del cuerpo, la lengua de la salsa. Y baila frenética cada canción mientras su narración se vuelve más y más delirante, más y más indistinguible de las letras y los ritmos de esas canciones. Palabras que se agazapan en patrones, que revolucionan sobre sí mismas, que no pueden y no serán traducidas, no permitirán traducción, difamación:

le miré fijo a la cara, aunque difícil es, porque con tanto bajonazo la visión se borronea, brincante, le di mi gracia y mi fidelidad en aquella mirada, parpadié, empecé a contar del 10 al 1 y caína ven-ven, mira que rico está, jana que ino jala pallá, yo marcaba cada número con sacudita de índice y él con rodilla izquierda y planta (gruesa) del pie derecho, tamborero y jaaaaaaaaaaaaaaaaaaay (112).

Estas son las páginas del ritmo, de pachanga, charanga, revuelta, ¡saaaaallllllsaaaaaa! Richie Ray y Bobby Cruz, Willie Colón, Johnny Pacheco, Ray Barreto, Andy Harlow, Roberto Roena, Mon Rivera… María del Carmen solo les pondrá voz para nosotros en la novela mientras pasa su tiempo atravesando una relación complicada con Rubén Paces, DJ de salsa y ángel sombrío que expulsa un discreto vómito negro cada noche, señal de su melancolía. Y luego, sus travesías con Bárbaro, ese hombre más bien fortachón que se gana la vida robándole a los gringos en las excursiones por las montañas. Los extranjeros hacen el papel de lotófagos en campos de hongos por siempre. Bárbaro y La Mona interpretan el rol de guías al estilo Odiseo en este tour. Primer Acto:

“Qué joven más amable. ¿De qué país viene?”
“América”, secamente.
“¿América? Pero si la pisamos, ¿no? ¿O es que se refiere usted al equipo de fútbol? ¿Se está burlando usted de mí o qué?” (149)

Y luego, un poco más adelante en el rompehielos, la lengua del extranjero se desenreda: “Claro, me gusta Colombia por los bellos paisajes y la simpatía de la gente (peladitas lindas para enseñarles el misterio del chute) y porque se consigue mariguana y cocaína baratas” (150).

Es, por supuesto, innecesario recordar la golpiza que sigue, la respuesta bárbara de los nativos a las palabras indolentes del viajero. 

Si decidimos atravesar esos dolorosos pasajes a pesar de lo innecesario y llegamos hasta las últimas páginas del libro, encontraremos a María del Carmen “asumiendo” el salto que va de caminar las calles a ser una besacalles, ocupación que le parece ideal porque le deja vivir a escasos metros de los bares y bailaderos y le ofrece la oportunidad de usar su cuerpo de manera productiva, o como medio de producción. Además que le da chance de patearle la cara a algún viejo verde cada de vez en cuando. 

Han pasado cuarenta y cinco años desde que Andrés Caicedo bebió el último sorbo de su refresco. Hace la mitad de eso que se convirtió en un “escritor del siglo pasado”, como con gran acierto vaticinó que ocurriría un crítico en el prólogo a uno de sus libros. La situación con los Brooks ha cambiado poco en ese tiempo. Todavía suelen ser ellos los que dictan políticas y costumbres de arriba hacia abajo. Los que diseñan las políticas económicas, las estrategias de guerra, lo que se puede decir y callar. Y hay cierta prepotencia que ha llegado a ser vista como característica del ser estadounidense que se comunica a través de cada uno de los gringuitos que siguen llegando al país en busca de aventuras, rumba, droga barata y mujeres maternales que les cocinen y mimen como a niños. Algo que casi invita al lector a pegar en cada puerta de cada despacho una fotocopia de las páginas de la novela en que Bárbaro y la Mona tienen su encontronazo con el gringo y la puertorriqueña y que termina con el asesinato del gringo y el posterior episodio mágico o surreal en el que Bárbaro acaba muerto, o suicidado. Pero en la novela el salto del amor o la admiración por la cultura estadounidense y todo lo que la representa al odio total y destapado no sucede inmediatamente después de esa escena de desmitificación que se da con el contacto sexual entre la Mona y Brook. Corre todavía bastante agua debajo del puente antes de que la Mona dé ese salto afectivo. El sentimiento de odio llega precisamente después de que ella cruce ese puente que une y separa los universos radicalmente diferentes del norte y el sur de la ciudad. Es a partir de su “descubrimiento” del sur que ella empieza a manifestar un afán por distanciarse de ese sentimiento inicial y llevarlo hacia el extremo opuesto. Y lo que encuentra en el sur que la hace sentir de esa manera es el espíritu de la gente que lo habita, sus condiciones materiales, pero también su actitud gozosa frente a la vida. Allí, en su ejemplo, ella puede constatar algo que ha venido presintiendo desde hace un tiempo: que el norte está muerto, inerte, que carece ya de agencia, de posibilidades de acción. Y la razón que ella encuentra para esa inactividad tiene su raíz en la penetración cultural que la ha alienado, que la alejado de su verdadera naturaleza (no es casualidad que a medida que se adentra más en el sur, los escenarios en los que la Mona se mueve se vayan tornando más “naturales”, más rurales, idílicos, que sean, en síntesis, menos tocados por la urbanización y por la globalización). Lo que impele a la Mona a declararle la guerra al “imperialismo cultural yanqui” es la constatación de que existen escenarios en que habita una especie de cultura autóctona que está más ligada a sus raíces culturales y lingüísticas, que ha seguido un camino paralelo de desarrollo que le parece a ella más auténtico. 

Está claro que esta manera de pensar en términos binarios esencialistas e idealizados no conduce a nada productivo. Pero visto en el contexto del lugar y la época no resulta ser un pensamiento extraño. Caicedo está escribiendo en el marco de unas políticas neocolonialistas estadounidenses que afectan muy directamente a Colombia y al resto de Latinoamérica y que han generado una actitud defensiva de parte de muchas naciones del continente, un sentir popular de que sólo en la identificación del agresor y en la unión de todas sus víctimas potenciales es posible evitar lo que le ha sucedido a Puerto Rico y lo que aconteció con Cuba antes de la Revolución. Para este tipo de pensamiento paranoico se empieza a consolidar la estrategia para el último cuarto del siglo veinte y la amenaza más inminente ya no es sólo la de la invasión militar o la de la institución de un gobierno títere sino una más cotidiana, la de la invasión cultural que desde hace unas décadas (desde el nacimiento de esa generación) está en todas partes: en la televisión, en el cine, en la radio, en las revistas y los periódicos. Es una invasión mediática. 

Intentemos ponernos en el lugar de Caicedo, seguir sus pasos, caminar en sus huellas mientras escribe la novela. ¿Qué es lo que piensa? ¿Qué es lo que siente? Asistamos con él a los teatros, a las fiestas, recorramos con él las calles de la ciudad, acompañémoslo en los momentos de interacción familiar, en los de seducción y romance, en los de soledad. ¿Qué es lo que ve? ¿Qué es lo que siente? ¿Por qué ese odio manifiesto por esa cultura que ya, en gran medida, está impresa en él, que respira y bebe, con la cual y por la cual también es quien es? Caicedo ha visitado un par de veces EE. UU. para entonces y ha dejado por escrito su percepción de que este país contiene el Alphaville de Jean-Luc Godard. ¿Tuvo esta relación algo que ver con su suicidio? Claro. De una u otra forma, en mayor o menor medida, todo lo que acontece entonces y durante su corta vida tiene algo que ver con ese acto, lo definió de alguna manera.

Podemos percibir como él, todavía hoy, la casi omnipresencia de la hegemonía estadounidense en los distintos niveles de la vida cotidiana. Una influencia opresiva que se ha extendido a prácticamente todos los aspectos de la cotidianidad. Vemos en los teatros la casi total apropiación que Hollywood ha ejercido. Notamos que los sectores comerciales de la ciudad que frecuentan las clases medias y altas tienen nombres en inglés, que la música pop suena en los consultorios y las cafeterías, por no decir las fiestas y las discotecas. Y los únicos sectores que parecen resistir a este influjo avasallador son aquellos a los que la modernización no ha logrado llegar con la misma fuerza, que es como decir aquellos en los que la escasez de recursos y de capital han actuado como una barrera natural. Los espacios de los márgenes sociales y económicos, en los que se mantiene aún algún nivel de dignidad asociado a eso mismo. Son espacios de resistencia en los que Caicedo quiere participar para asegurar la lucha. Y es en estos espacios en los que la música todavía se mantiene ligada a la tradición rítmica y lingüística, a una identidad hispanoamericana. Es allí donde aún la salsa y otros géneros musicales originarios de Latinoamérica constituyen una “articulación artística de la vida urbana y una reafirmación del conflicto de clases y de la identidad racial” que ve Frances Aparicio en su estudio de las audiencias salseras.

Esta nueva ocasión para leer la novela de Caicedo puede ser una invitación para quienes se interesan en la salsa, en Colombia, o en la ficción, para que atraviesen las puertas del templo y se unan a la fiesta. 

“Ahora me doy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23” (190).

*Sobre el autor: Felipe Gómez Gutiérrez es doctor en Lengua y Literaturas en español y trabaja como Profesor de Estudios Hispánicos en el Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad Carnegie Mellon (EE.UU.). Sus publicaciones incluyen artículos y capítulos de libros sobre Andrés Caicedo, el gótico tropical y la producción cultural de El Grupo de Cali. Coeditó con Juan Duchesne Winter el volumen La estela de Caicedo (2009) y actualmente adelanta el manuscrito «El Grupo de Cali: Transculturaciones tropicales», examinando la incorporación de elementos de la cultura popular occidental en obras del Grupo que permiten lecturas alternativas de «La Violencia» y otros eventos y procesos sociopolíticos colombianos importantes.

Contenidos complementarios sobre el autor

Escrito por

En Diario de Paz Colombia pensamos al país de manera constructiva. Difundimos textos que invitan a conocer y a reflexionar sobre la realidad nacional y que, desde diversas áreas y perspectivas, promueven una cultura de paz. ¡Escribe con nosotros! Envía tu colaboración a editores@diariodepaz.com. Leer nos une.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.