La referencia a Antígona y otras claves para leer “La hojarasca”

Desde Sabanalarga, Atlántico, el abogado Xavier Ávila Patiño resalta algunos datos y acontecimientos que rodearon la creación de la primera novela de Gabriel García Márquez. Un contenido del reto 10 libros en 2020 y del especial Leer para entender La hojarasca.

Por Xavier Ávila Patiño*

Cuando oímos mencionar a Gabriel García Márquez, de inmediato se nos viene a la mente el universo de Macondo, es más, creemos que todo se enmarca en la saga familiar de los Buendía y en los sucesos de Cien años de soledad (1967).

Pero si bien estas obras comparten un mismo escenario geográfico, para leer a Gabo hay que conocer su proceso creativo, y esto es determinante al momento de hablar de su primera novela, La hojarasca (1955), publicada cuando el joven escritor estaba inmerso en su propia experiencia periodística y en las lecturas de autores como James Joyce, Albert Camus, Franz Kafka, Virginia Woolf y William Faulkner, autores que lo influenciaron cuando comenzaba a crear su propio universo literario.

Todos hemos leído alguna vez algo de García Márquez y, por las constantes referencias a su obra, damos muchas cosas por sentadas, por eso es posible que estas ideas y preconcepciones perturben nuestra lectura de las primeras obras de quien recibiría en 1982 el Premio Nobel de Literatura.

Para adentrarnos en La hojarasca, propongo algunos temas clave: el tiempo histórico, la compañía bananera y las influencias del autor. También mencionaré otros datos y acontecimientos como el suceso del misterioso médico, el viaje con la madre y la publicación de la novela.

El tiempo histórico

En su texto “La historia y los falsos recuerdos (a propósito de las memorias de García Marquez” (2018), señala el historiador Eduardo Posada Carbó: 

“El que los relatos de García Márquez sean “mentiras” o “cosas ciertas de otro modo” es tal vez de escaso interés al reconocer su gran talento de novelista. Pero cualquier lectura que le otorgue a su obra credenciales históricas no puede pasar por alto los interrogantes sobre la fidelidad de sus narraciones frente a la realidad del pasado” (p. 67).

La historia de La hojarasca se ubica en las dos primeras décadas del siglo XX, época de relativa paz en la nación colombiana, a excepción del primer lustro donde se libró la Guerra de los Mil Días, una guerra que terminó en la finca Neerlandia, donde se firmó el tratado de paz que daba término al fuego entre tropas, el 24 de octubre de 1902. Esta finca está justamente ubicada en los territorios cercanos a Macondo. 

A lo largo del relato, el autor hace referencia a “los rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil” confirmando que se refiere a la última guerra civil que tuvo el país, tiempo en el que comienza, además, el monopolio del banano por parte de la United Fruit Company, que en la novela es se menciona simplemente como “la compañía Bananera”.

En cuanto a la referencia a La hojarasca (como desorden de cosas, como el conjunto de las hojas que han caído de los árboles o como aquel cúmulo de cosas borrascosas que trae el viento) ocurría por entonces que la región otrora apacible empezó a recibir el influjo de nuevos vecinos que empezaron a colonizar la tierra. Sobre esto, Maurice P. Brungardt anota en su libro La United Fruit Company en Colombia (1995):

“El ‘boom’ económico y la expansión de la zona bananera, de 1900 a 1929, atrajo trabajadores, principalmente campesinos del Magdalena y de otras regiones de Colombia. La población de la zona bananera creció rápidamente. El flujo de trabajadores hacia la zona creó su propia dinámica, generando presión y competencia por la tierra.”

La compañía bananera

La compañía bananera ocupa un lugar importante en la ubicación del tiempo de la novela, en 1901 la United Fruit Company tomó la concesión del ferrocarril del Magdalena y a finales de 1906 había 15.000 trabajadores empleados por la industria del banano en la zona. A lo largo de la obra de García Márquez, la compañía bananera es clave en el desarrollo y posterior ruina de Macondo.

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Lee también: La plantación bananera y el mundo caribeño en la novela La casa grande

Los conflictos y la agitación laboral que se vivía al interior de las plantaciones por cuenta de la compañía fueron recurrentes, en especial debido a los bajos salarios y a la forma en que éstos se pagaban, pues se pagaba una parte en especie con bonos para ser reclamados en almacenes de la misma compañía. 

En su artículo “La industria bananera y el inicio de los conflictos sociales del siglo XX”, el historiador Leonardo Agudelo Velázquez reseña así estos sucesos: 

“En 1928, 50 mil personas vivían en la zona cruzada por el ferrocarril y 30 mil trabajaban para la industria del banano, que se había beneficiado de la llegada de trabajadores de Bolívar, Atlántico y Santander, atraídos por los mejores salarios. Ello significó una mayor demanda de alimentos, por lo cual desde 1916 la United estableció un sistema de comisariatos donde vendía artículos que importaba en sus buques, evitando así el retorno con sus bodegas vacías. Los trabajadores adquirían las mercancías con los cupones que pagaba la compañía por su labor. De allí el encono de comerciantes y tenderos hacia la United”.

Influencias del autor

Entre 1949 y 1951, cuando Gabo escribió la novela, pasaba por una etapa de producción periodística entre las ciudades de Barranquilla y Cartagena. Al joven escritor lo inspiraban autores como William Faulkner y Virginia Wolf, un ejemplo de ello es que firmaba su columna “La jirafa” en el periódico El Heraldo con el seudónimo de Septimus, personaje de esta autora en la novela La señora Dalloway. En una entrevista hecha por Plinio Apuleyo, él mismo resalta de sus lecturas juveniles y comienza por citar este fragmento de Woolf: 

“…cuando Londres no fuera más que un camino cubierto de hierbas y cuando los que ahora transitan por sus calles, este miércoles de mañana, fuesen huesos con unos pocos anillos matrimoniales mezclados con el polvo y las emplomaduras de oro de innumerables dientes cariados”

̶ Yo sería un autor distinto del que soy, si a los veinte años no hubiese leído esta frase de Mrs. Dalloway.
̶
¿Por qué tuvo tanto efecto sobre ti?  ̶ le preguntó Plinio.
̶
Porque transformó por completo mi sentido del tiempo. Quizás me permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposición de Macondo, y su destino final.

Y en La hojarasca vemos esta influencia: “si es que entonces no ha pasado todavía ese viento final que barrerá a Macondo, sus dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos” (p.166).

En sus memorias reunidas en Vivir para contarla (2002) Gabo cuenta, además, esta visión que le produjo el regresar a su tierra natal: “Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”.

El misterioso médico 

Al leer la novela, es claro que los hechos ocurren a lo largo de una tarde, en el tiempo de la llegada del tren en septiembre 12 de 1928. Los eventos por los cuales el cadáver del médico no es sepultado, nos dejan entrever cómo el odio, el rencor y el resentimiento pueden hacer mella en la conciencia de todo un pueblo. En la obra siempre se hace referencia a un episodio ocurrido diez años atrás, lo que nos lleva a 1918, cuando el galeno por su condición debía prestar una ayuda humanitaria a la que se negó.

El hecho es ficción de la novela, pero se puede enmarcar en las heridas dejadas tras el paso de la guerra civil y la profunda división partidista ocurrida en el país.

El viaje con la madre

Una víspera de carnavales, en 1950, se presentó en Barranquilla la madre de García Márquez con el propósito de que lo acompañara a Aracataca para hacer trámites de la venta de la casa familiar, casa en la que Gabo había nacido. 

Este viaje cambió por completo el rumbo de su proceso creativo y en él descubrió el nombre para su universo: Macondo, tomado del nombre de una hacienda bananera de la zona.

La publicación de la novela

En 1951, tras definir muchos asuntos de la obra, Gabo empezó a darle forma final a la novela. En noviembre de 1950, ya había publicado un capítulo en su columna de El Heraldo y se la presentó a Gustabo Ibarra, a quien había conocido en la redacción del periódico El Universal de Cartagena. 

Un aparte de sus memorias nos permite conocer detalles del proceso de la novela: 

Al terminar me observó complacido y concluyó con su sencillez cotidiana: “Esto es el mito de Antígona”. Por mi expresión se dio cuenta de que se me habían ido las luces, y cogió de sus estantes el libro de Sófocles y me leyó lo que quería decir. La situación dramática de mi novela, en efecto, era en esencia la misma de Antígona, condenada a dejar insepulto el cadáver de su hermano Polinices por orden del rey Creonte, tío de ambos. Yo había leído Edipo en Colona en el volumen que el mismo Gustavo me había regalado por los días en que nos conocimos, pero recordaba muy mal el mito de Antígona para reconstruirlo de memoria dentro del drama de la zona bananera, cuyas afinidades emocionales no había advertido hasta entonces. Sentí el alma revuelta por la felicidad y la desilusión. Aquella noche volví a leer la obra, con una rara mezcla de orgullo por haber coincidido de buena fe con un escritor tan grande y de dolor por la vergüenza pública del plagio. Después de una semana de crisis turbia decidí hacer algunos cambios de fondo que dejaran a salvo mi buena fe, todavía sin darme cuenta de la vanidad sobrehumana de modificar un libro mío para que no pareciera de Sófocles. Al final —resignado— me sentí con el derecho moral de usar una frase suya como un epígrafe reverencial, y así lo hice”.

En 1952, Gabo intentó publicar la novela con Editorial Lozada de Buenos Aires, pero fue rechazada la propuesta y solo fue publicada en Bogotá en 1955. El mismo Gabo comenta que le quitó una parte a su obra, que después se convertiría en el cuento: “Isabel viendo llover sobre Macondo”.

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* Xavier Alfonso Ávila Patiño es abogado, especialista en pedagogía y docencia. Miembro de número de la Academia de Historia de Barranquilla y del Centro de Historia de Sabanalarga. Gestor cultural e investigador en temas de patrimonio cultural inmaterial.

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