“El desbarrancadero” o cómo la existencia se desliza lentamente


Leer a un autor tan prolífico y polémico como Fernando Vallejo puede producir todo tipo de sensaciones: repudio, incomodidad, desasosiego, admiración, simpatía, tolerancia… Su obra El Desbarrancadero suscitó múltiples impresiones e interpretaciones entre los integrantes del Club de Lectura Virtual. El profesor Alfredo Vélez se animó a escribir su visión de la novela en este artículo que alimenta la reflexión colectiva sobre la obra.


Por Alfredo Vélez*

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Miguel hernández

Adelante se abría ante nosotros,
ancho, desmesurado, inmenso
un panorama de espléndidas miserias.

Fernando Vallejo

Esto es la boca que hubo,
esto los besos.
Ahora solo tierra: tierra
entre la boca quieta

Maria mercedes carranza

La novela El Desbarrancadero, del iconoclasta escritor Fernando Vallejo, es una obra intimista, compasiva, una narración amorosa que nos relata el padecimiento de dos hermanos: el mayor, Fernando, que sufría como propios los dolores del Sida de su hermano menor: Darío. Los dos eran homosexuales, marihuaneros, “parceros”, festivos, compinches en el disfrute de la vida, además hacían parte de la familia Rendón, una familia algo desquiciada.

En esta novela, el hermano mayor acompaña al menor en su agonía, en el deterioro de su cuerpo que es, al mismo tiempo, el deterioro de un país llamado Colombia. Darío se está muriendo de esa enfermedad que en su momento era innombrable: Sida. Fernando Vallejo, expresa que Darío también “está contagiado del sida de esta vida, y lo mejor que le podía pasar a él –al hermano- era que se muriera, pero lo mejor que me pudiera pasar a mí era que él siguiera viviendo. Ese cordón existencial era la configuración de la expectativa mortal… esperando que el horror de la muerte viniera a librarlo del horror de la vida”.

Lo anterior plantea una situación existencial contradictoria de un acto de amor y desapego. Porque te quiero, debes morir; pero, como todo amor, es egoísta, te quiero junto a mí, eres mi pulmón, mi oxígeno vital.

La obra es un paralelo entre la casa de Darío y de veintidós hermanos más, de “La Loca”, como el autor llama a la madre paridora infernal, una mujer que, según el narrador, era impredecible, mandona, irascible, que “hijueputiaba” a todo el mundo; ella en medio de un país llamado Colombia que se encuentra siempre al borde del infierno. Bien lo dice el autor: “El infierno de adentro y el infierno de afuera”. La mejor persona que habitaba en la casa era el padre, “el santo de su marido”, pues su matrimonio con la Loca era un infierno.

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El tiempo en esa casa del barrio Laureles de Medellín, se medía por hijos: “A los doce hijos la casa era un manicomio; a los veinte, el manicomio era un infierno. Una Colombia pequeña. Acabamos por detestarnos todos, por odiarnos fraternalmente los unos a los otros hasta que la vida nos dispersó”. Y Colombia, el infierno de afuera, la inmarcesible, seguía padeciendo las contradicciones sociales no resueltas que aún hoy generan las confrontaciones violentas entre la “gente bien”, vestida de blanco, que empuña el arma, y la palabra que mata, y los desposeídos.

El Desbarrancadero es la expresión de cómo vivir en los límites del infierno y de la gloria. Es disfrutar en libertad la existencia de dos seres humanos cuyo cordón umbilical es lo sensitivo, lo sensual, el cuerpo que, a pesar de su deterioro, de sus llagas, recuerda el disfrute y la alegría de los otros cuerpos. Es un mundo que reniega de lo que representa el Papa y su corte sacerdotal.

En esta novela nos adentramos en una casa y en una familia que vive en una “Colombia asesina, malapatria, país hijo de puta engendro de España, ¿a quién estás matando ahora, loca? ¡cómo hemos progresado en estos años! Antes nos bajábamos la cabeza a machete, hoy nos despachamos con miniuzis. Y remontando el río del tiempo, a contracorriente… volvía los ojos a mi niñez, a los descabezaderos de la noche en mi niñez cuando el machete tomaba posesión de Colombia”. Era el país de la violencia de los liberales y conservadores, en el que también había polarización: incendiarios-vándalos. El hoy es una obra actuada por otros actores con el mismo libreto.  

Hoy esa Colombia está en presencia de la represión violenta contra aquellos: Primera Línea, Puerto Resistencia y miles más, que alzan su voz contra la desigualdad, contra el aparato represivo (Esmad, Policía, Ejército), los asesinatos, la falta de oportunidades, la corrupción y un largo etcétera de reivindicaciones aplazadas, que hacen de Colombia el aplazamiento eterno de alcanzar la gloria; es, hay que decirlo de nuevo, el infierno de afuera. Una perspectiva poco optimista, es cierto, pero que tiene la valentía, esa que es cercana al corazón, porque la razón está llorando su cobardía.

El ex-sacerdote Alberto Linero, después de que tomó la decisión de renunciar a su vida sacerdotal, dice: “Uno tiene que pasar por la adversidad, la indecisión, la confusión y el dolor para vivir una vida humana, para no ser una hoja en blanco guardada en un cajón sin jamás ser usada por nadie, la vida es para vivirla en libertad y de acuerdo con mis propias convicciones”.

Si se comparte ese punto de vista de Linero, los hermanos Rendón vivieron a su manera, no fueron una hoja en blanco. La pregunta que surge es si se responsabilizaron de sus actos, porque la libertad sin responsabilidad es una libertad mutilada, es un mundo existencial, y quienes lo vivieron están mutilados; ese mundo no potencia al ser ni a la conciencia. Se podría decir que la existencia vivida, amada, sufrida, añorada, se desliza, se desbarranca; la borrasca de la vida se lo lleva todo, así lo confirma Vallejo:

El taxi se iba alejando alejando, alejando, dejándolo atrás todo, un pasado perdido, una vida gastada, un país en pedazos, un mundo loco, sin que pudiera ver adelante nada, ni a los lados nada, ni atrás nada, yendo hacia nada, hacia el sin sentido, y sobre el paisaje invisible y lo que se llama el alma, el corazón, llorando: llorando gruesas lágrimas la lluvia”.

La moraleja de El Desbarrancadero es que la vida se vive con el sinsentido del amor, la pasión y la compasión. Existir y vivir en libertad es una oportunidad para el hombre de ser lo mejor de la alteridad y del yo. No soy, somos.  

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* Alfredo Vélez es docente jubilado y participante activo del Club de Lectura Virtual.

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