“Las estrellas son negras”: una obra que revela el alma de un pueblo


Es inevitable sentirse sorprendido al leer esta novela de Arnoldo Palacios. Así lo manifiesta en este texto el lector Alfredo Vélez, participante del reto 10 libros en 2021. ¿Por qué lo dice? ¿Qué nos ofrece el autor en esta obra? Esta es la mirada de un docente universitario del área de Humanidades, ya pensionado, integrante del Club de Lectura Virtual. Para explorar más esta obra, visita nuestro especial de contenidos.

Por Alfredo Vélez*

La sabiduría consiste
en el arte de descubrir,
por detrás del dolor,
la esperanza.
Subcomandante Marcos

La indiferencia hacia los demás,
esa forma atea de la salvación,
está prohibida en este contexto.
Frantz Fanon

Mi apellido: ofendido;
mi nombre: humillado;
mi estado civil: la rebeldía;
mi edad: la edad de piedra.
Aime Césaire

Es una grata sorpresa leer la novela Las estrellas son negras del escritor chocoano Arnoldo Palacios. Está escrita en un tono que corresponde a ese Chocó húmedo y lluvioso, inserto en las tierras del litoral Pacífico colombiano, atravesado por los ríos San Juan y Atrato; cuya desmesura no es solo su riqueza humana y natural, sino el hambre, la discriminación, la corrupción. 

Parte de la sorpresa de acercarse a esta novela tiene que ver con un hecho relevante: su autor recupera el habla popular, convirtiéndolo en parte central de la narración. Su escritura, el sonido que arrulla, nos acerca a los suyos (los míos), generando un mundo simbólico donde los códigos de ingreso solo los poseen quienes hacen parte de su comunidad. De alguna manera, la esencia de Irra –el protagonista de la novela- es su terruño, su río-frontera y su gente.

Hágasi a un lao, mano… ¡Vamo… vamo…, vamo!…
—Vean, vé comu anda Secundino con eje culo encaramao…
¡Je!… ¡Je!… ¡Je, je!…
—No me jorái Juan Ulogio… Que no te véi eje hocico como puelco jeriendo culo e marrana… ¡Je, carrisso!…
—Vaya pa la mielda, gran come mogo…
—Come mogo soy vó… Lambón…
—¡Juemama!…
—La tuya rabo’e inguana, qu’en er injierno tá muelta e gana…
—La tuya rabo e cabuya, qu’en er injierno tá haciendo bulla…
—Y ya tái pa parí, ¿no?… ¿Y éte sí te rá manque pa la pieza?
—¡Mandaya siá la hora que me metí a cogé má hombre!… 

Lee también: Las estrellas son negras: una obra colombiana más que necesaria.

El tono de Las estrellas son negras es existencial y desgarrador; la historia está asentada en el terruño de los hogares que tienen grietas en sus paredes y en sus corazones. Como sucede en ciertas películas de Fellini o en las novelas Mario Mendoza, esta novela narra el lado oscuro del ser humano, el underground de las comunidades: 

“…cierta figura humana: una mujer, quizá venida de las orillas de algún río. Inconfundible su aspecto de campesina atrateña. Se arrastraba apoyada en sus rodillas, forrada en una especie de almohadilla hecha de trapos viejos. Labrada de llagas, de su nariz quedaba apenas el hueco cavernoso. Los huesos de la pierna blanqueaban carcomidos, sanguinolentos. Sus andrajos manchados de aguasangre. Y sus llagas parecían cicatrizarse al influjo de un rayo de misericordia. Los negros, sus hermanos de raza, no la socorrían. En cambio se burlaban. Su rostro reflejaba incrustados el horror de vivir y la angustia de arrastrarse como un gusano destripado”. 

Ese humano es la representación del desposeído al que lo carcome la miseria en una sociedad indiferente: ella es el águila que destruye no solo el cuerpo sino su conciencia, pero que revela las simas humanas de una ciudad.

Irra, Benkos, Sísifo

Las estrellas son negras es una obra que revela el alma de un pueblo a través del alma de un ser humano llamado Irra, un hombre que tiene un antepasado lejano: Benkos Biohó, principal ícono de referencia de los afroamericanos. Él, Irra, es un Benkos en ciernes que busca su palenque. El hambre –pero también su falta de oportunidades como empleo, educación, incluso la discriminación por ser negro– es su manera de acusar a los blancos y a los antioqueños. Es un alegato vivencial que se siente en la piel, en el estómago, y que se manifiesta en las ropas deshechas, en las casas derruidas, testimonio tanto de la pobreza material como de la falta de un espíritu contestatario para cambiar la situación personal y colectiva. Irra es un rebelde con causa, aunque incapaz de iniciar el movimiento que transforme.  

El personaje es, entonces, una ejemplificación del mito de Sísifo de Albert Camus: un hombre sube y baja la roca de la miseria. Sin embargo, a diferencia del Sísifo de Camus, en el personaje de Arnoldo Palacios no hay conciencia en la bajada, solo está el río Atrato que es la frontera y la liberación; es el ser humano y su dignidad encarnada en su terruño y en su deseo de viajar. Es la dialéctica de ser y no ser que se expresa en la negación de su existencia pero que re-existe en su lucha cotidiana al desear la riqueza de los blancos y antioqueños y que, al desearse, genera la conciencia de la lucha para que el afuera no carcoma su ser. Es una esperanza latente. 

Irra es un ser humano que avanza en su negación. Es el dominio del adentro-afuera expresado en sus propias reflexiones: 

“Él mismo no entendía qué fuerza exterior se había infiltrado en su sangre… El hambre daba tregua para prepararse a la acción grande, a la acción libertadora del tedio y la ineficacia de la existencia. La vida lo llamaba a gritos. Las paredes le recordaban una misión”. 

Y Arnoldo Palacios sigue diciendo: 

“Hasta hace unos instantes Irra era uno de tantos muchachos que soportaba con resignación la miseria de él y la miseria de toda la familia, dejando su vida a merced de la voluntad divina. Pero ahora había cambiado”.

Y es en esa consciencia del instante en donde el personaje está dispuesto a liberarse, a entregarse a la causa de los temerarios, a resolver su angustia y su hambre, a entregar su vida si es necesario: “Sí, lo haré. No habrá nada que me detenga… Mi vida tiene que servir de algo… He sentido la necesidad de cumplir mi deber… Nadie había sido capaz de realizar lo que yo voy a hacer…”; es éste el germen de la conciencia étnica que señalaba Oscar Collazos. 

Una ciudad de negros

Irra y su ciudad representan la lucha en germen contra una localidad que contiene las huellas de la conquista, de la esclavitud y de la colonia; un contexto del que ha sido sometido. Por eso, como menciona el psiquiatra, filósofo y revolucionario martiniqués Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, Irra habita en “La ciudad del colonizado [que] es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer” (2001, p.19); en otras palabras, es la contradicción latente entre el tener y el ser, la contradicción entre el explotado y el explotador, es la contradicción entre el propietario y el desposeído.    

En cuanto a esto, Arnoldo Palacios dice de manera contundente: 

“Si otros habían vivido bien allí, ¿por qué Irra no podría vivir allí? Se quedaría allí. Lucharía… Y el día de hoy sería otro día. Y como el día de mañana lo sorprendería con las simientes en la mano… ¡Nive!… De los montes, del río, del cielo lo saturó la canción de la vida. Y toda aquella fuerza provenía de las entrañas de Nive”. 

Finalmente Irra comprendió que la semilla de la lucha estaba en el movimiento desbordado del río y en la fortaleza de la choza para darle sentido a su existencia en libertad, pues observaba, como se concluye al final de la obra, que: 

“El río arremetía contra la choza, y la choza se enterraba. ¡Cuán fuerte aquel rancho! Sí. Fuerte. Más fuerte que un hombre. El río podía con una roca y sin embargo no lograba arrastrar aquel rancho. Las olas desarraigaban los árboles gigantescos. Y este rancho palúdico desafiaba su furia. Y allí había vivido una familia pobre, como la de Irra… Y el hambre de hoy no lo había doblegado mañana. E invadió su espíritu un sentimiento puro que brotando de la tierra penetraba por las plantas desnudas de sus pies, ascendiendo hasta el fondo de su corazón para encenderlo. Y en el corazón de Irra ardía una llama. El agua le supo terrosa. Se lavó las piernas, los brazos. Y ensanchando el pecho respiró libre. ¡Libre!”.

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* Alfredo Vélez es docente jubilado y participante activo del Club de Lectura Virtual.

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Un comentario sobre ““Las estrellas son negras”: una obra que revela el alma de un pueblo

  1. Lo que más me gusta de este club, es la pasión que tienen los coordinadores. Y son tan generosos de organizarnos el material que debemos leer, de tal manera que en un año ligar, encuentras toda la información relacionada con el libro del mes. Les agradezco mucho ese gesto tan noble.

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