Rasguñando la libertad. Un cuento inspirado en diez libros colombianos


¿Qué podemos hacer con las historias que hemos leído? ¿Qué queda en nuestra mente después de decenas de obras literarias que hemos saboreado en la soledad de nuestros días? A manera de cadáver exquisito, tomando elementos de una obra y otra e inspirado por los libros del reto 10 libros en 2021, un participante del Club de Lectura de Diario de Paz compuso este relato, un ejercicio de escritura para no dejar morir las más profundas impresiones literarias. ¿Leíste los 10 libros? ¿Puedes encontrar las pistas que deja el autor en el relato? ¡Deja tus comentarios!


Por Gerardo Ovalle [Bogotá]

El perro negro de cabeza larga y orejas escurridas había logrado atrapar el pan con la boca y corría despavorido por la calle que pasaba frente al Banco de la República. Causaba miedo ese esqueleto de cuatro patas que huía del tendero y esquivaba hábilmente el agua del Atrato, un río que se desbocaba por las calles buscando el mar. 

En esa frenética persecución, el tendero chocó con Irra, que iba saliendo de su casa rumbo a la playa. El perro giró de pronto en una esquina y se hizo inalcanzable. El golpe despertó a Irra, que caminaba como sonámbulo mirando con ojos extraviados ese cielo carente de nubes. Las estrellas brillaban y, al hacerlo, le quitaban sentido a esa absurda idea de Nive. ¿De dónde había sacado que las estrellas son negras

Lo único real para Irra era la desazón en el estómago, el hambre que no se iba. El firmamento estrellado guiaba sus pasos hacia ninguna parte, las lombrices aún colgaban del anzuelo y la cesta para el anhelado pescado seguía vacía. Irra quería llegar temprano, embarcarse con el viejo, atrapar algún pescado, no morir de hambre en el intento.

A lo lejos, sobre el mar, el sol emergió lento y perezoso. El perro aún tenía hambre, el pan duró muy poco en ese estómago que llevaba días sin comer. Muy despacio descendió la loma que conducía al lugar en donde las monjas dejaban los desperdicios de comida, pero de la otra esquina asomó un perro más grande, de manchas blancas y negras, con una herida en una pata y el pelo largo y sucio. 

Entonces se oyó un ruido metálico y los dos perros, que aún esperaban las sobras, vieron a una niña cerrar la puerta. Sus miradas se cruzaron, el más grande se acercó al otro y le olfateó el culo mientras que la niña corría pues, del otro lado de la placa metálica, una mujer empezó a gritar: ¡Emma! ¡Emma!

Los gritos de la mujer asustaron al perro más grande que, sin esperar por la broza, se alejó del convento y se fue caminando hacia donde había un niño de unos seis años montando un caballo con gran facilidad. De uno de los costados del animal colgaba un canasto enorme que despedía un agradable olor a carne cruda. El niño sacó un diminuto pedazo del cesto y se lo arrojó al perro, mientras en su mente lo bautizaba con el nombre de Salado

Montado en su caballo, el niño llegó al parque central. Allí estaban los tres pozos de piedra y había cerdos y burros por doquier. ¡De pronto se escuchó una fuerte detonación! Personas y animales corrían por todos lados. El niño quiso tener un arma y enfrentarse a los invasores, pero aún no era tiempo, faltaban años para ello: debía crecer más y, llegado el momento, estaría listo para la guerra.  

Una vez más, se fue la noche. Casi todo estaba en silencio, los insectos callaban frente a la muerte. Escondido desde hacía varias horas en la cueva, el niño solo podía percibir el murmullo que llegaba desde el río. El sol se abrió paso a través de los árboles en una mañana verde y naranja. Únicamente el recuerdo de su abuela Catalina le permitió pasar a solas por aquella terrible experiencia. En los momentos difíciles pensaba en ella, en la historia del accidente que sufrió cuando aún era joven y que –ella enfatizaba– había sucedido una mañana verde y naranja cuando iban hacia Río de Oro. Recordaba con angustia el olor y el color de las flores que la atrajeron hacia la desgracia, la caída, el dolor, la angustia del abuelo que la cargaba de regreso a la casa y luego las palabras del médico con su terrible predicción: jamás podría quedar embarazada. Ahora, tantos años después, estaba él allí como testimonio de lo mucho que se habían equivocado todos. Esa mujer, su abuela, pudo más que el destino.

La explosión que obligó al niño a esconderse, resultó aterradora para Salado. Mientras que el niño huía hacia el río, el perro lo hacía rumbo a la ciudad. La tormenta ya había pasado, pero el agua del Atrato todavía corría por las calles. Un conductor desprevenido chocó contra algo oculto por el agua y en un desesperado intento por evitar volcarse, terminó atropellando al perro que, arrastrado por la corriente fue a dar a una alcantarilla destapada. 

Sufriendo por el dolor, el pobre animal aullaba desesperado pidiendo ayuda. Luz y sombra se alternaban, y el perro agonizaba. Asomó de repente un hombre a la alcantarilla y, con la ayuda de alguien más, logró sacarlo y subirlo a una camioneta en donde otros perros dormían en jaulas. Pronto llegaron a un albergue y llevaron al perro herido hacia el interior. Allí, uno de ellos, con el más infinito amor, empleó una jeringa con Eutanal que le trajo al canino paz y… oscuridad.

Desde su jaula, Sumercé –el extraño gato de tres colores de la vieja Bernarda– observaba la escena. Había pasado una semana desde la mañana en que los hombres de la mina apedrearon a Miamo y a la bruja que lo trajo desde Cancán. Una de las piedras lo alcanzó mientras saltaba la tapia que separaba el lote de El Retiro y la finca de la señora Rosalía. El hombre que ayudó a terminar con el sufrimiento de Salado lo había encontrado en un árbol al que trepó con mucho esfuerzo. De allí lo bajó, lo llevó al refugio donde parecía que habitaban más de quinientos perros, lo limpió, sanó su herida y lo mimó con esmero. 

Esa mañana la tía Eloisa había ido al albergue con la esperanza de adoptar otro animalito. Cuando vio a Sumercé se le erizó la piel de la emoción. Todos sus gatos eran birmanos, así que estaba acostumbrada a ver el blanco y negro en ellos. Ese gato de tres colores la sorprendió. ¡Sería el regalo perfecto para Lina! A su mente vino una imagen de fotografía aún no capturada: la niña y el gato posaban junto a la cabeza de mármol que adornaba la alameda; dos niñas: la de carne y hueso, y la inmortalizada en piedra con sus cabellos sueltos y su mirada adusta; la inerte, con ese endemoniado parecido a Catalina.

El amor entre Lina y Sumercé tenía altibajos. El gato de tres colores iba y venía sin control, no había manera de obligarlo a permanecer en la casa. En una de sus escapadas, Lina logró seguirlo con cautela, entonces descubrió que a tres calles de allí el gato ingresaba por la enorme reja dorada que protegía la casa de Camila Segura. Dispuesta a averiguar cuáles eran las intenciones de Camila con su gato, Lina tocó el aldabón y la misma Camila salió a atender. Como las dos se conocían del colegio, sin tapujos Lina interrogó a Camila sobre el gato tricolor. Camila la hizo seguir y le explicó que su hermano Daniel era quien había atraído al gato hacia su estudio de pintura, él estaba acostumbrado a pintar perros con mordaza pero, al ver a ese extraño gato tricolor, decidió convertirlo en otro personaje con rabia contenida. 

Pero poco tiempo después de esos primeros trazos, la repentina muerte de Daniel a causa de un suicidio y las extrañas circunstancias alrededor del hecho, obligaron a la familia a viajar a Estados Unidos. La madre estaba destrozada y Camila se olvidó del gato. Su novio, Andrés Ramírez, se ofreció a darle de comer y a limpiar las porquerías que dejaba en el jardín. De pronto, él también sucumbió ante el hechizo del gato: parecía que la bruja le había transmitido parte de sus poderes porque todo el que lo miraba por mucho tiempo, se abstraía, se desprendía, se alejaba. A Andrés lo inquietaba el gato, pero aun así quería perpetuar su imagen con su cámara Kodak, al mejor estilo de Robert Capa, su particular héroe fotográfico.

El viejo parque de los tres pozos había florecido con el tiempo. Un agapanto con flores de un azul intenso me atrajo hacia él. El gato tricolor me acompañaba. Estaba seguro de poder tomar la foto que lo inmortalizaría. Las palabras del amigo ausente vinieron a mi mente. En ese mismo sitio, dando una clase magistral, me explicó muy serio: el Agapanthus es una planta de origen africano, su curioso nombre procede de las palabras griegas ágape –es decir, amor– y anthosun –fuerte olor–. Debes tener mucho cuidado con ella, se le considera una planta tóxica. Hace mucho tiempo, durante un viaje a la selva, un indígena paez me explicó que la esencia de esa planta permitía viajar al pasado.

Sumercé miraba hipnotizado el agapanto y, sin razón alguna, mordió una de las flores. Entonces sucedió algo muy extraño: el gato de tres colores brilló como si se tratara de una estrella fugaz y cayó al suelo, muerto. El resplandor se anidó en mi retina y en mi mente, y el extraño fulgor comenzó a llamarme como un pálpito, pulsante, armonioso, así que tomé una de las flores azules y sin pensarlo me la llevé a la boca.

El sol brillaba en lo alto. Un muchacho de unos quince años, apenas vestido, corría por una pradera atravesada por un sinuoso río. Alrededor pastaban animales que mi limitado conocimiento me indicaba que no deberían estar ahí: ¡en Colombia no había jirafas o hipopótamos! Unos extraños y enormes árboles de tronco desnudo completaban el hermoso paisaje, pero parecían estar al revés, ya que el ramaje al final del tronco se parecía más a unas raíces. 

Sin detenerse en ningún momento, el muchacho siguió corriendo como arrastrado por el viento. Lo hacía en dirección a la aldea de la que provenía, atraído por un inconfundible palpitar de  tambores. No sé cómo, pero solo con verlo supe que ese muchacho tenía dos nombres y que cada nombre representaba un mundo. Supe también que ese rítmico golpeteo que repetía una y otra vez un nombre de mujer, lo estaba llamando, y que ese nombre era además el nombre de una madre. Entonces me olvidé de todo, presté atención, me concentré, me dejé llevar, los ¡tam, tam! cobraron sentido y mis labios, poseídos por la fuerza de un sueño, se movieron uniéndose al coro que repetía: ¡África!

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Escrito por

Ingeniero de sistemas apasionado de la lectura. Mi papá acostumbraba a leer novelas de bolsillo, las que más le gustaban eran las de vaqueros, primero se quedaron en mi memoria los nombres de Keith Luger, Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía; antes que los de Garcia Márquez o Rafael Pombo. Los mundos que descubría a través de cada página tan solo avivaban el deseo por leer más y ahora después de tanto tiempo el fuego no se extingue.

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