El regreso. Un cuento inspirado en el libro “Crecimos en la guerra”


El politólogo colombiano Juan Hernández Gutiérrez, conmovido por la lectura del libro Crecimos en la guerra, de la periodista Pilar Lozano, escribió un relato en el que recrea un suceso imborrable en la historia del conflicto armado: la masacre de El Salado, Montes de María, ocurrida entre el 16 y el 21 de febrero del 2000, en donde 450 paramilitares se tomaron la población y asesinaron a 60 personas en estado de total indefensión. Este relato nos recuerda la importancia de tramitar estos dolores como sociedad, para tejer, en colectivo, una Colombia en paz. Con este cuento continuamos alimentando el espacio de difusión de textos de ficción acerca de la realidad de Colombia. ¡Gracias por leer, comentar y compartir!


Por Juan Hernández Gutiérrez [Alemania]

Esta trocha sigue igual, llena de huecos y remachada con gravilla y toda polvorienta. ¿Si ve cómo se levanta la tierra mientras pasa el jeep? Mire cómo queda pegado el polvo en los vidrios, ¿será que todavía se inunda cuando llueve? Yo me acuerdo que para finales de marzo y comienzos de abril la carretera se convertía en un barrial, como la arena movediza de los dibujos animados de los sábados, y recuerdo que eran mi papá y el tío Hernando –Dios los tenga en su gloria– los que decían que en temporada de lluvia no podíamos ir a jugar por la carretera porque más de un puerco se había ahogado allá y hasta ellos no podían ir a vender el tabaco a El Carmen ni traer queso de San Juan cuando todo esto estaba inundado. También en el colegio nos contaban historias de terneros y burros que se habían perdido en época de lluvias y solo hasta el verano aparecían los esqueletos secos como fósiles en los huecos que quedan cuando se seca este barrial. Mi hermano Chepe, alma bendita, me decía todo el tiempo que varios niños se habían ahogado en la carretera y que por eso a nosotros no nos dejaban ir a jugar allá. ¡Embustes! Ese Chepe solo hablaba embustes. Eso mismo dijeron todos los vecinos, hasta cuando  vieron entrar a esos desgraciados que se metieron al pueblo hace cuatro años… ¡Pero claro que me acuerdo de estos samanes! Siguen tan verdes y frondosos como siempre. Cómo me voy a olvidar de ellos si ahí nos encaramábamos con mis primos cuando éramos pelados, y recuerdo que por aquí derecho subimos y nos quedamos un par de noches en el monte cuando se dieron bala los guerrilleros con los paramilitares unos días antes de que se metieran en el pueblo; nos tocó dormir sin hamacas y ni siquiera teníamos una manta para cubrirnos de ese frío de los mil diablos que hace allá arriba en el monte, ni siquiera podíamos estornudar para que no nos pillara esa gente. Me acuerdo que me oriné del susto esa noche como tres veces, ahí donde estaba tirada en el suelo entre esos bejucos y ramales. Lo peor es que no había tomado nada que me diera ganas de ir al baño porque ni agua teníamos ahí en el escondite, pero mi mamá estaba asustada por las culebras y los bichos que hay allá arriba. Menos mal que fueron dos noches no más, y después bajamos por ahí, vea, por esa trocha, porque ya no se escuchaban más disparos ni gritos. ¡Qué ingenuos que fuimos todos esa vez!, y pensar que esos panfletos que botaron desde el helicóptero eran ciertos. Yo ya sabía leer, pero no entendía todas las palabras que escribieron en los volantes, por eso mi hermano Chepe fue el que nos leyó lo que estaba escrito, él leía en voz alta todo el tiempo, lo hacía con todo lo que veía, en especial, cuando caminábamos por el pueblo o íbamos a El Carmen: repetía todo lo que iba leyendo por el camino, como los anuncios en la vía y los textos de los periódicos en lo que envolvíamos las hojas de tabaco, el queso y el maíz; y también leía los letreros con la ruta de los jeeps, los avisos de las tiendas, las vallas comerciales de las gaseosas y las cervezas, todo lo repetía como un loro enjaulado, pero eso sí era muy malo para los números: mi mamá siempre lo regañaba cuando volvía de hacer un mandado con los vueltos incompletos. No se daba cuenta que le faltaban cien o doscientos o hasta quinientos pesos, ¡ese sí que era distraído! No sabe la falta que me hace mi hermanito, aunque no me gustaba cuando agarraba el pedazo de yuca de mi plato y se quedaba con el más grande y a mí me daba la mitad de lo que le daban a él: me decía que él tenía que comer más que yo porque era mayor y estaba gordito. Eso sí, siempre me defendía en el colegio porque él era de los más grandes y cuando estaba cerca de mí ahuyentaba a todos esos peladitos cansones que me jalaban las trenzas, ese era mi hermano Chepe que ya estaba en el último año de primaria y quería seguir estudiando, pero no había plata para que se fuera hasta Cartagena. Mire esto cómo ha cambiado, mire todas esas casas vacías, como sin vida, con las tejas oxidadas y las fachadas llenas de polvo, como si nadie viviera ahí. ¿Será que todavía les da miedo volver a vivir acá? Es ese mismo miedo que tienen mi mamá y mis tías, porque hasta hoy volvimos acá para visitar a mi abuelita –Dios la tenga en su gloria– y a mi otro tío que no se amañaron en San Juan y se devolvieron: la abuela decía que ella se quería morir acá donde murió mi abuelo antes de que yo naciera. Cuando nos fuimos de acá, vea, en esa casa llena de maleza era que quedaba la única droguería del pueblo. Mi mamá sí que tiene buena memoria: eso es por comer tanto bocachico. A mí casi no me gusta el pescado, pero desde que estaba bien pequeñita ella no hace sino repetir que el pescado es muy buen alimento, que es bueno para todo, pero sobre todo para la memoria, y tiene toda la razón porque ella se acuerda de todo, en especial en las tardes cuando saca la mecedora al zaguán de la casa en la que vivimos en El Carmen con mis otras dos tías y allí se queda mirando al horizonte, hacia los montes, y las lágrimas se le escurren en silencio y siempre que me le acerco se limpia la nariz y las mejillas y me pregunta que si ya terminé con las tareas o que si tengo hambre. Ella cree que soy boba, pero yo sé que ella se acuerda de todo aunque no le gusta hablar de esas cosas, y la verdad es que a mí tampoco me gusta hablar sobre lo que pasó en esos días, ni siquiera me gusta acordarme de eso, pero si no me acuerdo de eso me da miedo que me despierte un día y me olvide de mi papá, de Chepe, del tío Hernando, del señor Rodríguez, de mi profe Alberto y de todos los que mató esa gente. Ese día yo apenas escuchaba los disparos de las metralletas y veía por debajo de la puerta los pies descalzos de la gente que salía corriendo, y después las botas gruesas y negras de esos tipos que los perseguían, oía las palabrotas que decían y los gritos y el llanto de la gente y los golpes en puertas y ventanas con las culatas de los fusiles, y sentía la mano de mi mamá sobre mi boca para que no me escucharan llorar y vinieran a sacarnos de las mechas, y así estuvimos metidas debajo de la cama. ¿Y ve ahí? Ahí es donde quedaba la escuela donde el profe Alberto me enseñó que las hojas de los árboles son verdes por la clorofila y que el hombre hace mucho tiempo llegó a la luna en un cohete, pero yo no sabía qué era la luna hasta que un día le pregunté a Chepe y me dijo que era la esposa del sol y que solo salía en la noche. Y en la escuela también me enseñaron que Colombia es un país muy rico y que la bañan dos océanos, el Atlántico y el Pacífico, y que todos somos iguales y que la policía y el ejército están para protegernos y por eso es que nadie creía que los paramilitares iban a meterse al pueblo, porque el ejército no los iba a dejar hacer eso. Mire, esta es la calle principal que lleva a la plaza del pueblo y esa otra a mano derecha es la que lleva a la iglesia, ahí está dizque pintada de blanco. ¿Será que cambiaron de cura? Porque antes estaba pintada de color marrón marrón como el color del barrial que se hace en invierno en la trocha que lleva a El Carmen. ¿Será que mañana que volvamos se va a inundar el camino? Pues claro que no porque estamos en julio y en julio no llueve, solo en abril es que llueve todo el tiempo; en esos días sí que nos aburrimos en la casa porque no podíamos ir a llevarle las lavazas a los puercos ni acompañar a mi papá a llevar los bultos de tabaco hasta El Carmen. Recuerdo que siempre que íbamos con él nos compraba refrescos a mí de uva y a mi prima Dayana de piña, ay mi primita linda, ella no pudo venir hoy con nosotros porque su mamá no quiso venir. Yo escuché cuando le dijo a mi mamá que ella por estos lados no volvía jamás, mi mamá no le dijo nada porque ella tampoco quiso volver acá en todo este tiempo. Yo pensé que cuando regresáramos aquí no me iba a acordar de nada, y eso es cierto, hay cosas de las que no me acuerdo, pero hay otras que sí, como del calor tan bravo que hace en las tardes, y sí, claro que me acuerdo del chillido de las chicharras que no paran en todo el día, pero es porque allá en El Carmen también hay muchas chicharras. Igualmente me acuerdo de la iglesia y de la casa cural, porque allá Chepe iba a tocar el tambor con el grupo infantil de cumbia que el profesor Alberto organizó con los más grandes de la escuela. Y allá en esa otra casa esquinera, esa misma que está llena de enredaderas, estaba el puesto de salud, eso es lo que me dijo mi mamá que tiene muy buena memoria por el bocachico, pero ahora está llorando otra vez porque llegamos a la cancha de fútbol donde jugábamos todos los peladitos del pueblo y también se organizaban las peregrinaciones de viernes santo y las novenas en diciembre… Ahí fue donde esos hijos de su madre masacraron a mi papá, a Chepe, al profe Alfredo, a don Gerardo, a la señora Alfonsa y a no sé a cuántos más. Dicen mis tías que ahí quedaron los cuerpos por casi tres días, desde el viernes hasta el domingo, porque esa gente no se iba del pueblo, porque hicieron fiesta allá donde los Torres, y cuentan que se les tomaron todo el ron y se comieron todas la reses del pueblo mientras los puercos y los perros se comían las orejas y los dedos de los muertos en la cancha antes de que llegaran los buitres. Menos mal no vi eso porque con mi mamá nos quedamos debajo de la cama. Después entraron los del ejército y llegaron los de la Cruz Roja a levantar los cuerpos y ahí fue cuando mi mamá, mis tías y mi abuela y todos los que quedamos vivos después de ese fin de semana nos fuimos del pueblo hasta El Carmen. Eso pasó cuando yo tenía once años; hoy ya tengo quince y completé cuatro años sin venir acá. Ahora vamos a ver a mi abuelita, me dice mi mamá que está en el cementerio: ella no se murió el día de la masacre sino después en su catre, mi tío la pudo enterrar como Dios manda en un cajón de madera nuevecito y con una lápida donde dice Genoveva de las Nieves García Niño, en letras de alto relieve. Recuerdo cómo me gustaba acariciarle los gajos de crespos que tenía en la cabecita, eran tan suaves y abullonados que parecían copos de algodón. Y acá le dejamos estos jazmines que le trajimos hoy porque a ella sí que le gustaban esas flores: siempre que era el día del mercado llenaba la casa y todos los floreros de vidrio que tenía, aunque no solo con esas flores sino también con lirios, con magnolias y margaritas… pero sus favoritas eran los jazmines, por eso le dejo este ramo grandote que trajimos con mi mamá y con mis tías, junto con los otros arreglos que trajimos para mi papá, para Chepe y para mi tío Hernando. El problema es que como ellos no tienen lápidas como mi abuelita, porque ellos no murieron como la gente normal, de vieja o enferma, nos toca ir a dejarlas allá, al otro lado de la iglesia donde quedó la fosa en la que metieron a todos los que mataron ese sábado en la tarde acá en la cancha. El lunes después de la matanza no hubo tiempo para conseguir los ataúdes porque ya la hediondez era muy fuerte y los buitres sobrevolaban el pueblo, según me dijo mi mamá, porque ella no me dejó venir hasta la plaza ese día sino que salimos derechito de la casa hasta El Carmen con lo que llevábamos puesto, así que no sabemos los nombres de los cadáveres que están acá en la fosa. Pero no hay duda de que ahí están mi papá con Chepe y el tío Hernando, y por eso de todas formas acá les dejamos estas flores para que sepan que todavía nos acordamos de ellos y entre lágrimas y pañuelos les prometemos que no los vamos a dejar solos, que vamos a venir más seguido los domingos a visitarlos, eso es lo que repiten mis tías como si rezaran el rosario. Eso sí, tan pronto acabe el bachillerato quiero estudiar para ser enfermera y venir de regreso acá para siempre y cambiarle las curitas a todos los peladitos que se la pasan cayéndose en el piso. Y los fines de semana voy a venir a ponerles flores a mi abuelita, a mi papá, al tío Hernando y a Chepe. Todavía me pregunto, sobre todo en la noches antes de dormirme, cómo serían nuestras vidas si esos tipos no hubiesen entrado al pueblo, si el helicóptero tampoco hubiera botado los papelitos y si la guerrilla no se hubiera metido antes acá, ¿será que mi papá todavía sembraría tabaco? ¿Será que Chepe habría terminado el bachillerato? A lo mejor yo hubiera ido a Cartagena a visitarlo. Y también me pregunto si todavía la carretera se inunda en invierno y si aún todos viviríamos en el pueblo. A lo mejor yo ya trabajaría en el puesto de salud cambiándoles las curitas a los peladitos y jugaría con los crespos de mi abuelita y le ayudaría a mi papá a llevar los bultos de tabaco hasta El Carmen, y así jamás tendría que venir acá hasta la fosa a cambiarles las flores todos los domingos. 

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Escrito por

Politólogo de profesión pero lector y escritor por vocación. Amante de la literatura, en especial si se trata de escritorxs latinoamericanxs. Disfruta de la escritura, sobre todo de relatos sobre lxs ofendidxs y humilladxs en las periferias de este nuevo mundo feliz y globalizado.

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