“Las historias son como un agua bendita que hay en Colombia”: Juanita Onzaga

La joven directora de cine Juanita Onzaga ha usado el lenguaje cinematográfico para explorar las emociones que más le inquietan y para contar a Colombia de una manera que impacta a espectadores en todo el mundo. ¿Cómo se han nutrido sus relatos y qué busca en sus producciones?

Juanita Onzaga nació en Colombia, pero vive en Bruselas, Bélgica. Con solo 28 años, ha dirigido dos cortometrajes que suceden en su país natal y que han recibido premios y nominaciones en varios festivales internacionales de cine como la Bernilane de 2017 y Cannes 2018. En ellos ha explorado temas como la reconciliación, la memoria y el misticismo.

La siguiente entrevista fue hecha por el periodista Óscar Iván Montoya para el programa de UN Radio, El Colombian Dream. Aquí Juanita habla de su trayectoria profesional, de su conexión con Colombia en la elección de sus temas y del buen momento por el que pasa el cine dirigido por mujeres. Aquí puedes escuchar la primera y segunda parte de la entrevista original. Lee también este corto perfil de Juanita, parte del especial Una antropóloga, una cineasta y una cronista. Tres colombianas admirables.

©Diario de Paz Colombia-8

–Juanita, contame un poquito de tu trayectoria, de tu vida, de tu formación. Tengo entendido que comenzaste con la dirección de fotografía y poco a poco te fuiste yendo hacia la dirección…

–Creo que uno empieza a estudiar cuando está chiquito. Y para mí la primera escuela de cómo contar historias –que al final es lo que uno intenta hacer con el cine–– fue toda mi familia, mi abuelita, todas esas historias raras que le contaban a uno cuando uno iba al campo, cuando uno se iba de paseo, o hasta en Bogotá mismo. Las historias son como un agua bendita que hay en Colombia, y para mí esa es la primera escuela. Ahí es donde a uno se le formó la imaginación. De ahí, también empecé a leer mucho cuando era chiquita. Y a escribir poesía, cuentos, relatos, a escribir lo que le va saliendo a uno desde adentro, cuando uno va creciendo y le van pasando tantas cosas en la vida.

Y bueno, yo soy de Bogotá. Viví allá hasta los 17. Y a los 17 después de haber visto todo ese cine francés, yo tenía el sueño de venir por este lado del mundo para ver cómo era esto por acá, tenía muchísima curiosidad. Entonces vine y primero estudié francés y luego empecé dirección de fotografía, que fue toda una formación más que nada técnica: cuando uno tiene una imagen en la cabeza, cómo obtenerla de la mejor manera posible. Pero en dirección de fotografía a mí lo que me interesaba era tratar la cámara de una manera sensorial, evocar emociones, entonces poco a poco me fui dando cuenta de que yo tenía ganas de dirigir algo.

Y con mi hermano Pablo, que es el personaje principal del primer corto, en ese momento nosotros nos estábamos reconciliando después de un tiempo de no habernos hablado y, al mismo tiempo, yo estaba acabando una maestría en dirección de fotografía, y no sabía muy bien qué quería hacer, pero tenía muchas ganas de hacer algo con mi hermano. Ya estábamos los dos empezando a entrar a una etapa más de la adultez. Y dije, bueno, hagamos un corto juntos. Y fue ahí donde empecé a dirigir, y lo hice en una maestría de artes audiovisuales y dirección.

–Juanita, vos no buscás historias con mucho virtuosismo, sino que le apostas más a la emoción, dejar una impresión duradera en la retina del espectador. ¿Por qué has buscado ese enfoque a la hora de encarar tus historias?

–En el primer corto que hice La selva te conoce mejor que tú mismo, me salieron todas las emociones que tengo adentro que tenía que explorar. En un término más formal, yo escribo desde esas emociones, y esas emociones son las que escriben imágenes, y esas imágenes son las que escriben historias.

Para mí hay varias maneras en las que uno puede formular la manera en que uno crea las historias. Para mí primero está una emoción: de extrañar mucho a alguien, o querer entender cuál es el sentido de esta vida, una emoción de encontrarse con una selva increíble y estar abrumado por su poder. Y es a partir de estas emociones que yo he tenido o que me han compartido personas que han sido parte del trabajo de los cortos, se construyen esas historias. Y poco a poco, durante los últimos años del cine, tengo la impresión de que la emoción se ha “pordebajeado” un poquito, que las estructuras formales se han vuelto más importante que la emoción.

La única manera que yo tengo para contar historias es compartiendo lo más profundo de mis emociones. Es como creo que una historia específica puede transformarse en algo universal y tocar a gente de todo el mundo.

THE JUNGLE KNOWS YOU BETTER THAN YOU DO – trailer from Juanita Onzaga on Vimeo.

–¿Cómo se fraguó tu primer corto, La selva te conoce mejor que tú mismo?

La jungla nace en el momento en que yo quiero reconciliarme con mi hermano, que estaba saliendo de una adolescencia medio problemática. Entonces por fin yo tenía la impresión de que podíamos hablar de cosas importantes para los dos. Y yo quería no solo hablar con él sino crear algo juntos sobre la muerte de nuestro papá, al que mataron hace casi 20 años, y nosotros nunca supimos realmente qué fue lo que pasó. Entonces la pregunta principal era qué queda de nuestro papá hoy en día, no solo de su presencia física, sino de su espíritu, de su memoria, de lo que él era, y cómo a través de hacer una carta y al mismo tiempo un retrato de mi hermano, podemos descubrir los dos estas cosas del pasado que a veces hay que adentrarse en ellas para conocerse más a uno mismo.

Esta era la idea. Yo le conté a mi hermano lo que quería hacer y él, súper entusiasmado, me dijo que de una, que era algo que necesitábamos para reconocernos. Entonces empecé a desarrollar este proyecto en la maestría en una escuela de artes, y tenía mucha libertad. Yo desde el principio sabía que quería hacer un híbidro entre ficción y documental. La manera en la que yo creo: primero escribí un guión, empecé a hacer investigación, a enfocarme en qué lugares quería visitar y cómo quería retratar a mi hermano, porque es como un diálogo entre mi hermano y yo, pero yo no quería estar en la imagen sino ser como el ojo que lo acompaña y lo observa.

Y después de un año de desarrollo del corto fui a Colombia a reescribir con mi hermano. Yo a él nunca le mostré el guión. Le conté la historia, lo que pasaba y resolvimos varias cosas. Para mí es muy importante este momento de apertura para ver lo que la realidad le pueda dar a uno. Para mí, al hacer cine uno está creado y la realidad crea con uno.

Entonces hice un equipo  de ocho personas, fue una familia súper bonita con la que grabamos este corto, una semana en Bogotá y una semana en donde vivía mi papá, que es como el territorio que le pertenecía y donde teníamos que ir a buscarlo, porque una cosa es lo que queda dentro de uno y otra lo que queda del espíritu de alguien en la tierra, lo que le perteneció. Y por eso la historia llega a esta selva adonde vamos al final.

Después volví a Bélgica a terminar la maestría, y para mí es muy importante dejar un tiempo entre el rodaje y el montaje, porque uno se puede olvidar del sentido que uno quería para las imágenes y poder redescubrirlas con el sentido que las imágenes realmente obtuvieron y no estar cargado con todo el peso de lo que uno habría querido que fuera. Y como siete meses después empecé a editar con una muy buena amiga de Sudáfrica. Y luego trabajé el sonido, que es para mí muy importante, para crear atmósferas de introspección, un poco místicas, sombrías, y es el sonido el que guía todo el corto.

–Juanita, vos tenés una predilección por estos géneros híbridos, que uno no sabe si lo que ve es un documental, ficción, un argumental, un experimental… ¿De dónde te viene el gusto por esa línea y qué posibilidades te brinda?

El género híbrido creo ha existido desde hace mucho tiempo, pero no lo reconocemos. Para mí, por ejemplo, Werner Herzog es un director de género híbrido. Y poco a poco, mientras yo estaba estudiando cine, descubrí muchos directores de híbridos como Miguel Gómez, él tiene una de sus primeras películas, Aquel querido mes de agosto, que va desde lo documental hacia la ficción. Y a mí lo que me interesaba de esto es que te abre muchas posibilidades. A veces, mientras yo estaba escribiendo, me daba cuenta de quehay escenas, emociones, o momentos que sé que van a ser más fuertes si se hace toda una puesta en escena más elaborada. Y hay otras escenas que son más fuertes si solo dejo a los actores –que están haciendo el rol de sí mismos– que saquen lo que tienen y jugar con la realidad.

Cuando yo estoy escribiendo intento claramente meterme en la cabeza de otras personas, pero no puedo, porque escribo desde lo que conozco e imagino. Y lo que me interesa es abrirle a las personas con las que estoy trabajando, la oportunidad de aportar, de escribir conmigo.

–Tu primer corto, La jungla tuvo una participación sorpresiva en la Berlinale de 2017, y era tu primer trabajo. ¿Qué significado para tí que tu corto hubiera llegado a uno de los festivales top del mundo y que hubiera obtenido un reconocimiento?

–¡Eso fue super inesperado! Yo no pensé ni que fuera a ganar este premio, ni que lo fueran a elegir para la Berlinale. Yo obvio crucé los dedos, prendí las velas, porque conociendo los festivales era genial que lo seleccionaran. Yo me acuerdo cuando me dijeron, yo estaba con mi mamá en un río en Santander, en Año Nuevo, y me llega ese correo y yo le salté encima a mi mamá, y ella ¡qué pasa!, y cuando le conté se puso a gritar como una loca. Porque fue un corto que hice porque necesitaba hacerlo. Fue muy bonito también para el equipo, fue muy grato para todos que nuestro trabajo, hecho con tanto amor, tanta emoción, y tanta pasión, se estaba reconociendo internacionalmente.

Y en Berlín, lo del premio, ya no me lo imaginé nunca porque cuando vi los premios en la competencia vi que era muy difícil. Cuando anunciaron el premio fue súper emocionante. Tuve un ataque de risa de dos minutos, esa risa nerviosa.

–¿Cuánto tiempo entre tu primer corto, La jungla, y el segundo Nuestro canto a la guerra, cómo se incubó este nuevo proyecto y cómo fue el proceso de investigación?

La jungla yo lo acabé para el final de mi maestría en agosto de 2016. Se estrenó en 2017, porque siempre hay un tiempo de espera para los festivales. Y en octubre de 2017 pasó el plebiscito del Acuerdo de Paz y esa fue la semilla para el nuevo corto. Y yo quería seguir, tenía la energía creativa, que es como una bola que toca patearla y patearla para que la dinámica se siga creando, y a partir del plebiscito se me convirtió en una necesidad hacer ese nuevo corto.

Creo que todo nació con una urgencia de ir a Bojayá, cuando, intentando entender qué había pasado con el plebiscito, leí que en Bojayá habían tenido el porcentaje más alto de gente que había votado por el Sí y, conociendo la historia de allá, entonces me dije: quiero hacer una investigación bien profunda antes de ir, primero en términos históricos y segundo en términos culturales, porque quería entender la complejidad del lugar que es Bojayá.

Hay un libro del Centro Nacional de Memoria Histórica sobre los acontecimientos de Bojayá. En ese libro está lo que realmente pasó, pero retratado desde muchos lados distintos. Y estuve trabajando con una amiga que es una excelente periodista, Isabela Bernal, que había hecho diferentes tipos de retratos de la comunidad. Entonces compartí con ella, viendo cómo lo que yo estaba leyendo e imaginando era compatible con la situación actual. Ella me dijo que Bojayá es un lugar increíble, es seguro, y esto me confirmó que podía ir a hacer el corto allá. En noviembre y diciembre hice más investigación, y nos fuimos casi todo el mes de enero para allá, con Camilo García, el asistente de dirección y en la última fase de estar allá llegó el sonidista. Grabamos los tres porque quería hacerlo con un grupo pequeño.

Luego al llegar era muy importante ganarse la confianza de las personas allá, trabajar con ellos para crear algo juntos. Los primeros días estuvimos conociendo a uno de los lideres sociales de Bellavista, también con una de las líderes de las cantadores de Pogue, y con profes de teatro. Y luego, cuando la comunidad aceptó lo que estábamos haciendo, yo empecé a reescribir a partir de lo que iba conociendo. Yo quería trabajar con un grupo de chinos (muchachos) que estuvieran entre la infancia y la adolescencia, porque quería guardar ese tipo de inocencia, pero al mismo tiempo, esas primeras voluntades y visiones de entender el mundo más adulto.

Y un día íbamos caminando por el pueblo y vimos unos cuatro niños pescando, muy chistosos, gritando, y me dicen: ¡Qué mira, es que no sabe pescar, venga le enseño! Y me metí con ellos a pescar, y entonces nos volvimos súper amigos como en una hora, y después de estar con ellos, Camilo y yo nos miramos y supimos que eran perfectos para lo que buscábamos: niños inteligentes, que les encanta contar cuentos.

–¿Cómo fue la dinámica de poner a estos chinos, como decís vos, a que dieran toda esa energía y esa presencia después en función de una cámara?

–Para mí es muy importante, como director, estar en la misma altura de sus personajes. Los primeros días que los conocimos nos pasábamos de un lado al otro con ellos, saltando de un lado al otro, pescando o intentando pescar, pero realmente haciendo una amistad porque es de ahí desde donde uno se gana la confianza. También es importante crear este vínculo con las personas con las que uno trabaja.

Después de unos días de darnos cuenta de que sí eran ellos, empezamos a rodar antes de que el sonidista llegara porque quería que ellos se acostumbraran a la cámara. Una de las razones por las que fue sencillo el proceso es que la cámara es muy pequeña. También ayudó el hecho que teníamos una amistad, y ellos me hacían caso hasta cierto punto y yo les hacía caso hasta cierto punto. Fue muy orgánico.

–Uno de los aspectos más potentes es el aspecto sonoro, ¿cómo llegaste a las Musas de Pogue y cómo te diste cuenta de que el trabajo de estas artistas cazaba perfectamente con el sentido de tu corto?

–El corto nace justo cuando escuché a las Musas de Pogue mientras estaba haciendo la investigación. Después del plebiscito mi pregunta era, qué tienen en este pueblo, en su cultura, en su manera de vivir o de ver la vida, que hace que puedan perdonar y seguir adelante, que tengan este espíritu de reconciliación después de haber vivido algo tan atroz. Entonces, cuando escuché las canciones, los alabaos tan bonitos y tan profundos de las Musas de Pogue, me di cuenta de que esta era una de las maneras en las que ellos habían logrado dejar ir el pasado, cantarles a sus muertos para que se vayan.

De ahí nace el concepto del cortometraje, del el sonido del canto de estas mujeres, un sonido que es aire que sale de los pulmones, que atraviesa toda esta jungla, todo este paisaje, buscando a estos espíritus perdidos y llevándoselos por medio de su canción, por el río hasta el más alla, Entonces siendo este el concepto principal, para mí era muy importante crear un tipo de hipnotismo sonoro, por así decirlo, durante todo el corto. Para mi era crucial trabajar con las Musas de Pogue, pero  también tenía muy claro que no solo quería trabajar con ellas, sino que quería otros sonidos que no pertenecieran a esta cultura, más bien a un orden de lo sensorial y de lo atmosférico para crear un tipo de presencia que atraviesa todo el corto y que es la primera voz, el primer sonido que abre el corto: un canto barítono que es como la voz de los espíritus.

––Juanita, me imagino que durante tu investigación te diste cuenta de que todos estos momentos de memoria no vienen ni desde el plebiscito ni desde la tragedia en Bojayá, sino que viene incluso de siglos; ese proceso de resistencia, de no dejarse aplastar por la cultura invasiva que es la cultura blanca. ¿Qué imagen te deja tu incursión en estas comunidades, experiencias de orden personal y espiritual?

–Yo creo que es el lugar en el que mejor me he sentido en Colombia. No se cómo describir ese sentimiento de estar en casa. Es admirable que ellos hayan creado su propia resistencia, actos creativos como actos de resistencia, es lo más fuerte que puede tenerun pueblo, porque es guardar la memoria viva de lo que sucedió , pero transformarla en algo que pueden compartir y hacer sentir a otras personas. Esto lo podemos ver con las cantoras de Pogue, pero también tiene muchos distintos tipo de grupos de mujeres que están haciendo por medio del tejido, un sentimiento de comunidad muy fuerte. Y esto es algo que, me dije, nos falta a los colombianos, unirnos, comenzar a luchar por una misma causa.

–Cada vez hay más mujeres en el cine colombiano. Se destacan por ejemplo Cristina Gallego y Laura Mora, la productora caleña Gerylee Polanco, Livia Estela, Natalia Santa, Ángela Osorio, Catalina Arroyave… ¿Por que es tan importante que las muejres puedan enfretnare a proyectos de gran envergadura, no solo asistiendo sino con voz de mando?

–Para mí es muy importante que las mujeres tengamos nuestra propia manera de ver el mundo. Es importante para creer en mí y para creer que lo que yo siento vale la pena ser contado. Cuando uno ve que alguien más lo está haciendo, uno empieza a creer que uno lo puede hacer también. Es importante tener a personas como Cristina Gallego y Laura Mora que tienen una peliculazas y están explorando formas de sentir el mundo.

Lo que se está abriendo es una especie de feminidad del contar historias, pero que puede venir por parte de mujeres o por parte de hombres. Lo que están haciendo todas estas chicas me ha dado mucha fuerza. Hay múltiples, cientos, millones de historias que pueden ser contadas, y ver que otras lo hacen me hace pensar en lo importante que es que nos apoyemos las unas a las otras y, claro, con los hombres, tampoco es atacar al hombres sino complementarnos.

Esto está creando una riqueza cinematográfica que es muy específica en nuestro tiempo. Lo más difícil es dar el primer paso y decir: esto es lo que quiero hacer. Por eso quiero que cualquier chica que piense que no hay caso, que no se puede, que porque es mujer, pues que piensen que lo que uno necesita es trabajar mucho y creer que lo que uno tiene que contar, merece la pena ser contado. Es muy importante que haya cada vez más mujeres que luchen por contar sus historias y las historias de los otros, con esta manera de ver el mundo que nos es tan propia.

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