Algunos apuntes sobre la topología y el espacio en La vorágine

Según la Real Academia de la Lengua, la topología es una rama de las matemáticas que se ocupa, sobre todo, de la continuidad, y de otros conceptos derivados de ella. En este artículo, Diego López Gómez, magister en Filosofía de la Literatura, explora algunos apartados de esta novela, en conexión con el espacio y la topología. Un contenido de la serie Leer para entender La vorágine del Club de Lectura Virtual

Por Diego F. López Gómez*

Hace cinco meses búscalos
en vano Clemente Silva.
Ni rastro de ellos.
¡Los devoró la selva!
La vorágine

El espacio se concibe, en general, como una extensión tridimensional en donde los objetos ocupan posiciones, y parece imposible pensar en él independientemente del tiempo, pues, sin esta noción, el espacio carecería de elementos distinguibles. Además, el espacio está lleno de memorias y esperanzas, lo que de alguna manera permite sentirlo como una realidad cuya consistencia varía según quién la observa o participa de ella.

En la novela La vorágine, del autor colombiano José Eustasio Rivera, el espacio es un elemento que nos atrapa, nos alivia o nos asfixia, según avanza la historia. Una mirada a los lugares en que ésta se desarrolla puede mostrarnosla fuerza del espacio dentro de la narración y, sobre todo, la identidad que asume. Aquí, el espacio deja de ser un telón de fondo para ocupar e incluso ser un personaje que atraviesa e influye en la historia y en la transformación de los  personajes.

En su estudio, las diferentes escuelas lingüísticas han variado su interpretación y asumido sus efectos. Así, podemos ir desde el Formalismo que –como nos lo recuerda el profesor Bobadilla Encinas– “identifica al espacio sólo como un topos, como un lugar o escenario meramente físico y decorativo” [1], hasta los adelantados estudios sociolingüísticos y fenomenológicos que han reconocido en el espacio no solo una “cortina” de la historia, sino uno de sus elementos fundamentales y que mayor afectación da al relato.

Así las cosas, hablar de topología del espacio es ahondar en un concepto amplio que suscita ambigüedades y vaguedades al contrastarlo con otros tópicos conceptuales como el ambiente o la atmósfera, por ejemplo. Es claro, pues, que el espacio implica un concepto superior a todos estos y al de lugar, e involucra eventos contextuales, culturales y sociales. Por todo ello, es necesario precisar una idea más o menos clara de espacio.

¿Qué es entonces “el espacio”?

El espacio necesariamente es una transgresión de lo físico. Es claro que todo producto literario tiene una carga semántica transgresora de la verdad como concepto único y estático; el espacio de la narración no es ajeno a esta afectación.

Tenemos así que todo espacio ficcionado es una imagen de lo real transgredida por el efecto poético o narrativo, la imagen que tenemos de ésta es una mediación entre el texto narrativo y nuestra propia percepción de un posible espacio imaginado. En el caso de La vorágine, el marco conceptual está dado geográficamente y, a partir de este, se nos hace crear un espacio imaginado.

En su libro La poética del espacio, Gaston Bachelard nos propone una idea de los procesos metafóricos con respecto al espacio. Nos dice que “La imagen poética es una emergencia del lenguaje, está siempre un poco por encima del lenguaje significante” [2].

Es así como hemos de empezar a comprender que el espacio se transforma en la medida en que este ejerce presión sobre los personajes del relato, en este caso particular, sobre la visión del narrador. Aquí hemos de recordar cómo Arturo Cova vislumbra el primer amanecer en lo indómito de los llanos y cómo esta visión se ha de transformar:

[…] y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmosfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violeta, un coagulo de rubí, Bajo la gloria del alba hendieron los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo y los guacamayos multicolores. [3]

El infierno verde

Muchas veces se ha comparado el viaje de Arturo y Alicia con el viaje que hace Dante Aligheri a través de los círculos del infierno. El La vorágine se trata de un infierno verde en el que han de perderse para el mundo sus viajeros.

Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par que las estrellas
que junto a él el gran amor divino.
Canto I. La divina comedia. Verso 39

Este espacio que ofrece la libertad de lo ambiguo es el primer peldaño en ese descenso y, al igual que Dante, la manifestación de lo etéreo deja entrever lo bello del mundo y de sus espacios. Nos recrea una visión casi idílica y soñada, virgen y pura, contrastada con el peso que lleva en la conciencia Arturo Cova por todo lo que deja.

Con todo esto, podemos afirmar la visión topológica en la narrativa es una relación mediada por los estímulos que el narrador recibe de su entorno y la manera como estos crean cierta afectación. Indudablemente, esto lo evidenciamos cuando escuchamos los relatos de Clemente Silva o de Ramiro Estévanez, quienes han padecido los efectos de la selva y la conocen bien. En palabras de Silva:

Cualquiera de estos árboles se amansaría, tornándose amistoso y hasta risueño, en un parque, en un camino, en una llanura, donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera; mas aquí todos son perversos o agresivos, o hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas sombras, tiene su manera de combatirnos…

Este espacio se transforma, pues, en espacios que parecen defenderse de la dureza de los hombres: si atacan es porque se defienden. Visto así, la percepción que nos ha ofrecido la narración de Cova cambia. Nuestra idea topológica se renueva, estos espacios solo responden, vivos, a una agresión continua. Se convierten en lugares que podrían ser amables y “risueños”.

La selva viva

Hay un carácter singular que empieza a tomar forma en los espacios, una identidad si se quiere, que nos hace comprender la naturaleza en su expresión más bella y que por esa misma vía nos ofrece una visión contemporánea, opuesta a Cova, de la selva.

Los espacios de la selva son espacios vivos que responden a actitudes, pueden curar, proteger a quien logra establecer una relación con ella, como los indígenas guahibos y los maipureños, entre ellos el Pipa, quien se desenvuelve con naturalidad entre lo que sus compañeros ven con ojos de monstruosidad.

Este conocimiento, las habilidades de orientación y supervivencia que Arturo considera con menosprecio y casi como una característica animalesca, nos suscriben ciertos límites que dan idea de cómo el espacio que nos presenta el relato está suscrito al ideario del narrador. Los indios han aprendido a respetar los límites de la naturaleza y a convivir; su verdugo no es la selva, padecen a manos del blanco, del civilizado, no del espacio. El espacio aquí es duro y se transforma en el verdugo del blanco civilizado que trata de imponerse.

Arturo Cova nunca comprende esta dimensión del espacio, porque su inmersión no le permite tomar ningún tipo de distancia para juzgarlo, siempre ha de considerar la selva como un enemigo, como un monstruo verde y tan seguro está de ello que logra vaticinar los más profundos temores a futuro: “selva profética, selva enemiga, Cuándo habrá de cumplirse tu predicción”.

Los hechos que desatan la visión topológica del espacio, o mejor, la situación que nos recrea la imagen del espacio, están intrínsecamente asociados a la manera como se actúa sobre él. Estamos hablando de factores sociológicos y culturales que están asociados a una condición temporal, como se planteaba al comienzo.

Estas condiciones varían, se agudizan o mejoran según el padecimiento y la lucha que inician sus personajes contra el paraíso verde. Así las cosas, vemos cómo Clemente va agudizando su postura y hay con ello una transfiguración simbólica del espacio en las imágenes que se reconstruyen de su narración. Más adelante dirá:

¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco, nada de panoramas sentimentales! Aquí los responsos de sapos hidrópicos, las malezas de cerros misántropos, los rebalses de caños podridos. Aquí la parásita afrodisiaca que llena el suelo de abejas muertas… la pringamosa que inflama la piel… de noche, voces desconocidas…

Hay, en la imagen que nos ofrece Silva, todo un cúmulo de encarnaciones y penosos recuerdos que transforman su visión y la del lector. La primera alusión a la poesía o las imágenes bellas de la poesía romántica tienen claros tintes modernistas, más no dejan de ser bellos; y la adjetivación cambia la topología espacial. Ahora tenemos que los “cerros” son “misántropos” y los estanques de agua que bien pudieran ser fuente de vida, están “podridos”; y la noche tiene “voces desconocidas”.

Hay un verdadero cambio de la concepción del espacio que si bien logramos entender por la situación, también se deriva de esa distancia en la que se asumen los viajeros, la situación de distancia, de no reconocimiento y si de enfrentamiento. La imagen poética de la noche como espacio y como generador de otras imágenes se encamina aquí hacia la perdición a manos desconocidas. Esta noche es extraña, no idílica ni risueña.

De esta forma concordamos con el profesor Bobadilla, quien aludiendo a lo propuesto por Bajtin dice:

Todos los elementos de la novela –generalizaciones filosóficas y sociales, ideas, análisis de causas y efectos, etcétera—tienden hacia el tiempo-espacio o cronotopo y adquieren cuerpo y vida por mediación del mismo, se implican en la expresividad artística. (op cit pág. 17).

No se pretende con eso reducir toda la realidad poética de la imagen hacia el espacio, sino más bien entender este como un espejo que refleja y refracta la realidad de la imagen poética o narrativa y toda las condiciones psico-culturales de su creador, que no necesariamente es el mismo en todos los espacios ni en todas las situaciones. El mismo clemente silva presiente el penoso desarrollo y se anticipa a construirnos el espacio que padecerán los viajeros cuando dice:

Andamos perdidos… estas dos palabras, tan sencillas hacen estallar por la mente de quien las escucha la visión de un abismo antropófago. La selva misma, abierta ante el alma como de una boca que se engulle los hombres a quienes el hambre y el desaliento le van colocando entre las mandíbulas.

Esta imagen como la constante de un espacio indómito recarga esa misma palabra con la que nos referimos a la selva, Salvaje; pero es la imagen transgresora que queda, que interrumpe los días y los sueños de los viajeros.

A partir de La vorágine la imagen de los seres de la selva y de la selva misma cambió o se reafirmó para sus lectores. Lo que sí es claro en el campo de la imagen poética y de su hermetismo es la concordancia de una visión espectral y una realidad subyacente de lo trágico. La imagen antropófaga de la selva se mantiene en el relato, tanto, que finalmente se convierte en realidad en las palabras del cónsul: “los devoró la selva”.

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* Diego F. López Gómez es docente de literatura y metodología de la investigación. Se desempeña en diversas áreas de las artes de la palabra como narrador, dramaturgo y actor teatral. Tiene una maestría en Filosofía de la literatura y hace parte de la Red Teatral de Piedecuesta, Santander, desde donde impulsa nuevas formas narrativas en la dramaturgia.

Referencias bibliográficas

[1] Bobadilla Encinas, Gerardo Francisco, 2005, Tiempo-espacio y literatura, en: Revista Universitaria de Sonora, Nro. 0703, p. 15.

[2] Bachelard, Gaston. La poética del espacio. Fondo de cultura económica, p. 19.

[3] Rivera, José Eustasio. La vorágine. Ayacucho, 1993, p. 17.

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