La vorágine no es una novela rosa para colegialas: una crítica literaria de 1970

En el libro Forjadores de Colombia publicado en 1970, el intelectual Agustín Rodríguez Garavito –escritor y en su momento director de la Biblioteca Nacional– le dedicó unas palabras a La vorágine. Las compartimos como parte del especial Leer para entender La vorágine del Club de Lectura Virtual 10 Libros en 2020.

Por Agustín Rodríguez Garavito*
(Publicado originalmente en 1970)

[…] José Eustasio Rivera, el gran novelista colombiano, también hubiese podido escribir una novela rosa para colegialas de doce años. Pero sabía que sus compatriotas no le perdonan a sus escritores la mixtificación, el engaño, el juego con su quimera. Es preciso darse todo en la aventura intelectual para que merezca respeto un escritor.

Colombia vive, como todos los pueblos iberoamericanos, su hora de desenvolvimiento. Su destino es terco, su topografía accidentada, sus pasiones crecen con la fuerza de sus montañas. De la civilización chibcha, pasamos a la Colonia con sus virreyes de gorguera alba como arrancados del Entierro del Conde de Orgaz, del Greco, y de este período saltamos al estadio de la libertad, no sin que los patíbulos dejasen de chorrear, gota a gota, la sangre de quienes nos dieron la justicia y el primer concepto de democracia.

La patria, pues, no es para nosotros un sueño pintado, un cuento azul, una fábula por donde triscan apacibles corderos pascuales. Es algo bronco y fuerte, delicado y tremendo. Vivir su misión es realizar una parábola gigantesca cuya última luminaria está aún en el idioma ciego de las cosas primigenias. Por este motivo Rivera quiso dejar su testimonio intelectual, hundiéndose en el llano infinito, atravesando regiones vastas apenas conquistadas por el viento y por el casco de potros indómitos. Porque la llanura colombiana no es únicamente un friso. Participa también de la locura wagneriana de una sinfonía no acordada, donde las pautas más constantes son la furia de los elementos: un viento hecho huracán, tan diferente de ese otro municipal, que toca un caramillo griego. Una tierra eruptiva, de vegetaciones monstruosas que crecen casi a la vista. Una perpetua atmósfera de vida y de muerte, donde lo que hoy es corola, en la tarde es putrefacción de ceniza. Una soledad terrible, donde la voz humana se quiebra como un pobre vaso de porcelana. Algo que está aún en el húmedo lecho de la Cosmogonía, en un clima de cóndores, de garras, de sangre, de muerte. Porque acercarse al mundo descrito por José Eustasio Rivera en La vorágine es perder todo contacto con nuestra propia vida organizada, regida por normas, cláusulas, teoremas, silogismos, el mundo vegetal de La vorágine participa aún del primer día de la creación, y nos despertamos en él como el nuevo Adán del Mito poético, asombrado aún de haber nacido.

© Rodrigo Gomez Campuzano(1)

Tres novelas ejemplares ha producido América, dice el ensayista cubano Juan Marinello: Doña Bárbara, La vorágine y Don segundo sombra. A nuestro juicio, aún es preciso añadir a esta trilogía El mundo es ancho y ajeno, del peruano Ciro Alegría, Media vida deslumbrados, del ecuatoriano Jorge Icaza, y partes de las novelas de Carlos Reyles y Enrique Amorín, uruguayos […].

En las tres novelas citadas por Marinello, existe un denominador común: la superstición. En verdad, como América es niña, tiene que sumergirse en un clima de hechizo. Ya llegará el momento de la raza cósmica entrevista en el Brasil por José Vasconcelos. Pero por ahora tenemos, como lo habréis observado en la lectura de sus tres novelas, ese aire fantasmal, de cuento agorero, donde los endriagos, los hechizos, los duendes, caminan con pies de niebla por el relato. Las gentes creen en el poder del maleficio, en la temperatura de lo supersticioso, caminan todos en busca de la muerte. Precisamente, porque la puerilidad, el trasgo, la bruja, el “bebedizo” ejercen aún su categoría doctoral y tiránica sobre las almas.

Un viento de pavura pasa por estas tres novelas, estremeciéndolas. Allí se quiebran los conceptos preformados, los sutiles razonamientos de la mente, para vivir en clima agorero. Porque los americanos auténticos, son aún niños. Y solamente estos se duermen, estremecidos, cuando les hablamos de las almas en penas, del “coco”, de las deidades maléficas, de las brujas que cabalgan en la noche. Su inocencia es pueril y asombrada. Cuando la pierde, tendrán frente a sí una realidad miserable, un clima pragmático, una cultura mórbida que aspira únicamente a beber el placer, mientras llega la hora final de desencanto, de corazón amargo y vacío, de las manos inútiles, porfiando temblorosas por asirse a lo que nunca volverá. La inocencia como la niñez, no se pierde sino una sola vez. Pero nunca volveremos a la castidad perdida, el bien ingenuamente amado, como niño que se duerme en el juguete pueril, ensenada de su estilo y estrella del cielo caída para alegrar su cuna.

Por eso en La vorágine, en un clima arbóreo, arquitectural, inmenso, donde aún las formas no están definitivamente terminadas, ronda el maleficio y las mujeres en su doliente esperanza quieren retener al hombre con bebedizos, para que el ven-acá, el ven-amor y el ven-te quiero, realicen el milagro que no pueden hacer florecer sus marchitas gracias, su vida deshilada como esa niebla que cuelga de los belfos de los caballos a la hora en que el aire se impregna de un cándido olor de recentales, de boñiga fresca, de leche tan blanca como los delantales de tela blanca.

El hombre, Arturo Cova, quiere viajar, rotas las amarras del derecho soteadas las tablas de la ley. Celoso, encariñado y desamorado al mismo tiempo, ve en Alicia su frustración, su derrota, y siente que le sube a los labios en acre zumo de fruto aporreado. La hembra al fin, es vencedora de la razón, poderosa en su elemental ternura, que nos aprieta más con sus dos gajos de nardo a medida que pretendemos defendernos de su amor. Y Cova quiere huír, necesita regresar a la ley, sumergirse en la vida urbana, en el orden establecido, enyugarse con la ciudadanía, porque es legítimo heredero de los españoles, y, desde sus bisabuelos, todos han vivido sometidos a cazurras normas, a esa organización jurídica, mañosa del “se obedece, pero no se cumple”.

Cova quisiera regresar, volver a ser alguien, forjarse un dulce destino burgués, con amable hogar, muchos hijos, serena vejez, melancolía de todo lo que es perfecto, como tirado de cordel. Pero no puede, ya es tarde. El llano embrujado lo llama, le grita su desnudez enarcada como potrillo, lo solicita con su soledad decantada, tan árida como el alma de su cenobiarca. Si regresa, será castigado en nombre de confusas leyes que todo lo reglan para el bien común. Los caminos de la evasión están apelmasados, hechos por el pie numeroso de muchas gentes desoladas que también buscaron el llano como una manera tónica de respirar.

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Así también, Doña Bárbara burla la ley, el concepto escrito, el sofisma y el inciso. Pero también será vencida, cuando una sangre más joven que la suya toma su sitio en la llanura y encadena al hombre para quien ardió la fiebre de su pasión. Y también Don Segundo sentirá la frustración, el dolor de las palabras que ruedan como desde un alto silencio, desde la distancia infinita de la pampa decantada. También dirá, “me voy como quien se desangra”, porque todos estos personajes se encuentran ante la naturaleza como si ella participase del don de los oráculos y le dictasen su propio vencimiento.

Arturo Cova será en la llanura y después en la selva, como un nuevo Adán, que abre los ojos ante mil ojos que lo escrutan, una hoja más en la gran selva milenaria. Se despierta enteleridas las pupilas por la niebla del génesis. Atrás, como en un sueño crepuscular, de esquinazos contra la marea, está el mundo urbanizado, parcelado, alinderado por la malicia del hombre en adelante, todo será asombro, vida y muerte, garras y aletazos, chillidos y aguas cenagosas, mundo terrible, devorado que succiona y mata. Porque Cova está en el despertar del mundo y parece que hubiese perdido la conciencia para vivir en la pura sensación. La lamparilla del razonamiento, con su punta de diamante, no perfora el infierno verde, la lujuria temblorosa, el dolor de vivir, la inutilidad del esfuerzo. Cova vive únicamente de la cueva desatada de los instintos. Porque en ese mundo germinal de la Amazonía, es preciso echar por la borda todo concepto intelectual, los inútiles moldes del razonamiento. Se vive de los sentidos. El olfato alerta, el oído listo al croar de las ranas en la fetida laguna, el tacto concentrado en la yema de los dedos, la lengua como una viborilla para el fruto desconocido y el gusto listo a crearse su propia experiencia.

Porque es esa lejanía dolorosa, todo lo artificioso, lo estucado, el blando yeso, desaparecen. El hombre es un animal más en la selva. Su inteligencia juega demoníacamente, para defender al ser de la emboscada. Allí el grito se pierde inútilmente. Porque mil sudarios se levantan por todas partes, flores monstruosas, vegetaciones que marean, el mundo terrible y virgen que se resuelve rabioso para que nadie penetre su cálido y su tropical secreto.

Es preciso hundirse en ese universo pintado de mano nuestra por José Eustasio Rivera, para convencerse plenamente que nuestro Continente empieza a salir apenas de la nebulosa inicial. Ninguna concesión a la ternura. Un dramatismo sombrío, goyesco, que nos revuelve contra nosotros mismos. En ese mundo pintado por Rivera en La Vorágine no existe la piedad. O caemos nosotros o sucumben otros. Porque todo es arquitectónico en ese cementerio vegetal, casi submarino, donde se pudren cosechas y nacen otras, del mismo sudario del ayer. Es la vegetación sombría y el huracán de la muerte. Un minuto más, una flor nueva, una mirada de una hoja de perfil de mujer en arrobo, y, caemos en la noche enmarañada de la locura. Ese trópico que no se puede tratar como si fuera una pulcra mesa de billar, una fina meseta, una sabana depilada. Porque lo grave en la selva americana es que no podemos ordenarla, nada se sujeta a nuestro antojo, vagamos estremecidos, obsesos, cerca a mundos tibios, a grandes follajes que lloran una pena cósmica, un aguacero telúrico que pone fiebre en la raíz del cerebro. ¿Para qué sirve nuestra pobre cultura dehabitada? Para nada. Apenas un dolor más en esa lejanía, donde gotea la santre y todo es cadavérico y lívido.

Verde y oro

En la novelística colombiana, sin proponerse ella trabajos de síntesis o realizaciones sociales con dañado fín marxista, sino la captación del hombre, la sociedad en que se desenvuelve y el ambiente, encontrará quien se ocupe de ella, aquellas vivencias estilísticas más propias del pintor que de la mano cargada de intenciones de sociólogo. Esto, porque generalmente estamos apenas en el primer periodo del desarrollo de la novela, donde el principal personaje es el paisaje. Es cierto, que en las novelas del antioqueño Tomás Carrasquilla, se agrupan las gentes para discutir y se cruza el laberinto humano de interjecciones pigmentadas de humanidad. Pero, en líneas generales, salimos ahora del Génesis para entrar en la vida. También las almas se empiezan a incorporar, mudables y transidas, como todo lo que congela el razonamiento. El cristo de espaldas, de Caballero Calderón, es una obra bellamente escrita, pero con intensión política, lo que le hace perder dimensión y densidad en el tiempo. Pero el novelista colombiano, ha sido un pintor de mano maestra. En La María de Jorge Isaacs, triunfa lo Blanco. Una terca inocencia de sobrepellices, de nieves eternas, pasa por el relato. Es blanca la pureza inmaculada de María y es puro el corazón de Efraín. También las camelias y las parásitas varias, tienen una blancura candeal, de huerto sellado. En cambio, en Risaralda, de Bernardo Arias Trujillo, triunfa lo negro, el carbón humano, la grieta confusa y bronca del negro, donde es sombría la canción, doloroso el augurio, tétrico el fantasma lloroso. Por los tiples colombianísimos, por el bambuco que es blanco, pasa el dolor milenario del negro, la cara atormentada de la Canchelo, con su nostalgia de tambores y su furor epiléptico de mambo. También en la novelas de Efe Gómez y Carrasquilla es la mina, el hondón, la cueva asfixiante, la pavorosa noeición de la cárcel mineral, lo que triunfa. En nuestros cuentistas jóvenes, se insinúa un azul de diciembre, una víspera de Navidad.

Pero en La vorágine triunfan el verde y el oro. La selva que nos succiona la sangre y nos enloquece. Donde el verde no es ese color de esperanza de los amantes, sino un verde agresivo, doliente, verdes quemados, como alas de papagayos. Verdes de pesadilla, árboles de inmensas hojas verdes como abanicos, en los cuales el cauchero enloquecido clava la hachuela, para que ame una “sangre blanca como la de los dioses” lejos aquellos verdes susurrantes, de jardines ingleses, de avenidas para el año del niño. Aquí en la selva colombiana, el verde tiene su propia vida, como una gigantesca nube que todo lo cubre. El corazón todo lo desfallece en este aire espeso, pegajoso, húmedo como el sudario de Lázaro, un minuto después de la resurrección. Este color que enloquece la vista, digno del Dante, porque ya no es una mancha, un paisaje, sino una zarabanda. Todos los verdes del mundo puestos en movimiento, por un dios cruel y burlón. Y el oro, que está en la fiebre del cauchero, que aspira a redimirse de sus lacras, con unas monedas, donde se congeló dimnuto sol de las fraguas vulcánicas. Oro de los frutos, que se muere sin que una mano los tome. Ese oro dulce y líquido, como los rizos de un infante, como la lanza fatigada del arquero divino. El oro que sojuzga y mata, que envilece y abre todas las puertas. El oro corruptor, que nos hace vencedores de todo y nos entrega el honor, la caricia, el mundo todo arrodillado. Oro en frutas que derraman su dulzura como una zampoña, oro para volver mañana y cambiar la vida y buscar la ruta, mientras, la madre zurce las medidas del hermano menor y emponcha de dulzura los labios con la canción de nostalgia o de la “moriña” “gallega”.

Y la selva terrible, dolorosa, que nos habla, que nos invita a participar de su fiesta, que nos hará mañana harapos, pedazos de hombres, rotos contra el cielo, mientras todo es tristeza en torno nuestro. El Dorado quimérico, para el cual toda fiebre es poca, toda pasión un carboncillo encendido y amortiguado. La selva, que describe Rivera así: Por doquiera el bejuco matapalo, rastrero pulpo de las florestas, pega sus tentáculos a los troncos, acogotándolos y retorciéndolos, para injestárselo y transfundirlos en metampsicosis dolorosas. Vomitan los bachaqueros sus trillones de hormigas desvastadoras, que se recortan de la montaña y por anchas veredas regresan al túnel, como abanderas de exterminio, con sus gallardetes de hojas y flores. El comején enferma los árboles con galopantes sífilis, que solapa su lepra suoliciatoria mientras va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza, hasta derrocarlos súbitamente, con sus pesadumbres de ramazones aún vivas. Entre tanto, la tierra cumple las renovaciones sucesivas: al pie del coloso que se derrumba, el germen que brota; en medio de los miasmas, el polen que vela; y por todas partes el hálito del fermento, los vapores calientes de la penumbra, el sopor de la muerte, el marasmo de la procreación. Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. La selva, que punza, mata y enloquece.

Este mundo pintado por José Eustasio Rivera, vive, es preciso hacer referencia a él, para poder hablar de la posibilidad de una cultura, una novelística y un destino americanos. Nuestra gran hazaña, consiste en ser leales con nuestros valores. Nadie se puede dar el lujo de escoger su destino, ni de venir al mundo en determinada zona. Lo importante es ser fieles a nuestra misión. Por este motivo, releer a Rivera es conocer un mundo nuestro, tangible y con su propia vida terrible.

Los colombianos creemos en nuestra propia peripecia, porque sabemos que la tarea que nos ha sido asignada es ardua como su paisaje. Un mundo así, frenético de tropicalismo, pero templado por la inteligencia, no se puede juzgar a ojo de buen cubero. Es necesario asistir a su drama, para saber de sus posibilidades. Y Rivera dejó su testimonio. La Patria, agradecida, lo cuenta como uno de sus valores esenciales. Y el gran escritor, que fuera también uno de los más altos poetas del continente, enamorado de la tierra, del paisaje, del hombre, de las criaturas todas, pudo decir proféticamente en uno de sus sonetos perfectos: “¿Quién, cuando yo muera, consolará el paisaje?”. Como, ofrezco a la noble nación uruguaya, este bosquejo simple de una obra fundamental para la interpretación exacta del mundo americano, aquel que no admite falsificaciones, porque lo llevamos en la sangre y en la canción.

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*Agustín Rodríguez Garavito, escritor y periodista, fue durante muchos años el responsable de la sección “El mundo del libro” del Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República. Entre otras obras, escribió la biografía de Gabriel Turbay, médico y político colombiano.
*Ricardo Gomez Campuzano pintó La vorágine 1 en 1965. Es un oleo sobre lienzo de 65×90 cms.

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