La vorágine: de un deseo de grandeza a un encuentro con la desesperanza

La novela colombiana La vorágine comienza con el viaje de Arturo Cova y Alicia, quienes escapan de Bogotá con el deseo de ser libres. Pero, ¿qué hay detrás de este viaje? ¿Qué lecturas podemos hacer más allá de ese impulso de liberación? Un contenido de la serie Leer para entender La vorágine del Club de Lectura Virtual

Por José David Castilla Parra*

¿Qué buscamos al emprender un viaje? ¿Acaso es el deseo de grandeza por conquistar algo nuevo? ¿O será ese impulso de egocentrismo a la hora de enfrentarnos a nuestro entorno? Tal vez pensamos que al abandonar los caminos de siempre podremos huir de nosotros mismos.

Al leer las aventuras de Alicia y Arturo Cova vemos cómo el viaje es el vehículo para encontrar un ideal de grandeza o de amor, pero este lleva a nuestros personajes a inmiscuirse en una de las regiones más escondidas de Colombia. Ante sus ojos se revelan los horrores de la realidad social, laboral y cultural de un país que, entonces, intentaba renacer de las cenizas que dejó un siglo ininterrumpido de guerras civiles.

Al adentrarnos en La vorágine, de José Eustasio Rivera, encontramos un reflejo del decaimiento del alma humana. A medida que el entorno cambia, Alicia y Arturo empiezan a reconocer sus debilidades y descubren una faceta propia que desconocían por completo. Alrededor suyo, el cuadro de la selva muestra los demonios que se esconden entre ese manto de vegetación. Hombres y mujeres perdidos, que han visto el reflejo más violento del alma humana.

Gritos de desesperación empiezan a abrumar al lector con el paso de las páginas. La ruptura en el camino de los protagonistas nos deja expectantes ante la soledad de Cova, quien va complementando su relato con las voces y las desgracias de los acompañantes que llegan a su travesía. De esta forma, la Violencia y la Muerte –con mayúsculas– llegan para transformarlo todo, hasta que los viajeros terminan clamando, insistentemente, por el fin de todo.

Desde la primera parte del libro nos topamos con rezos como: “mas cuando vi que Franco se alejaba de aquellos lares maldiciendo la vida, clamé que nos arrojáramos a las llamas” o “me sentía incapaz de toda ilusión”. Contemplamos como “El fantasma impávido del suicidio, que sigue esbozándose en mi voluntad”, persiguió a Cova durante todo el camino. Aún así, el hombre siguió adentrándose en un pozo cada vez más profundo. ¿Por qué?

Esta pregunta se puede responder justificando el amor por Alicia y el deseo de Cova por recuperarla, pero es claro que la obra toca un punto más hondo. Cova no buscaba el amor ideal, incluso el vago sentimiento que le despertaba Alicia terminó volcándose en una obsesión de venganza. Él buscaba una forma de redimir una desdicha que lo perseguía desde antes. A medida que Cova se adentra en la selva, escudriña en capas más profundas de sí mismo, hasta que, aterrado, se convierte en un ser humano completamente distinto del hombre fornido y gallardo que inició su camino en Villavicencio.

Desde allí todo se empieza a complicar. El viaje, motivado por la grandeza de las aventuras y la búsqueda de un ideal, se transfigura y se complica hasta llegar a un punto opaco, carente de toda esperanza. A medida que sus pasos recorren el mundo, los conflictos de los seres humanos se tornan más turbios: aparecen las apuestas clandestinas, el control de los terratenientes, el abandono estatal, las violaciones sistemáticas a mujeres indígenas, la sobreexplotación y las desapariciones de los trabajadores de las caucherías, la esclavitud y el desprecio total por la vida.

Cada uno de estos elementos se entremezcla para aportarle algo más al protagonista, quien será llevado de la mano por personajes como Franco o el viejo Clemente Silva para enfrentarse con esa selva perpetua y juguetona, que se va transformando a cada paso, que cuenta con árboles desquiciados que le hablan al oído a los viajeros para perderlos en la inmensidad del paisaje. Una naturaleza que busca vengarse de la humanidad que intenta dominarla.

“Es la procesión de los infelices, cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte”, dice Cova a medida que la selva se lo traga. Mientras tanto, las tres grandes antagonistas de esta aventura están contemplándolo todo tras bambalinas. Haciendo breves apariciones con mayúscula inicial, Rivera nos remarca que en este viaje la Violencia, la Venganza y la Muerte se ríen en la selva, mientras que los desgraciados se dejan conquistar por sus más pobres pasiones.

La desdicha que provoca el viaje de La vorágine también se interpreta en otro campo, porque cada uno de los fenómenos sociales que planteó Rivera en su obra (el abandono estatal, la explotación laboral, las desapariciones y la represión) nunca se fueron de Colombia.

Paradójicamente, aquellas denuncias parecen estar aún vigentes, pero con otros nombres, pues este país es una vorágine: los sucesos recaen de forma confusa y desordenada en una espiral de violencia. Este país y todas sus gentes parecen atrapados en este viaje de los desdichados que nos presentó Rivera. Parafraseando una pregunta que se oye en la leyenda que cuenta uno de los compañeros de Cova sobre la indiecita Mapiripana: ¿Quién podrá liberar a Colombia de sus propios remordimientos?

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*  José David Castilla Parra* es periodista y abogado de la Universidad La Gran Colombia. Ha publicado relatos de ficción en las revistas El Coloquio de los Perros, Literariedad, Marabunta, Milinviernos, entre otras.

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