“Los secretos de mi familia eran los secretos de mi país”. Una entrevista con Lissette Orozco

En un contexto de posguerra o posdictadura, ¿se puede “humanizar” a los victimarios? ¿Qué posición tomar si es familiar de alguien que ha cometido un crimen? En esta entrevista, la directora de cine Lissette Orozco habla sobre El pacto de Adriana, un documental que gira alrededor de la figura de su tía Adriana Rivas. Una mirada al contexto de la policía secreta en los años del dictador Augusto Pinochet, en Chile, que permite reflexionar sobre los mismos asuntos en el contexto colombiano.

Por Sara Marín Valencia*

Con un suéter de color verde vivo, se encontraba la abuela de Lissette Orozco tomando el sol junto a ella en su casa. En el fondo se veían árboles y el ambiente estaba acompañado por el canto de los pájaros. Todo iba bien hasta que la apacible escena se vio interrumpida por fuertes sonidos que se originaban en la calle.  

Estos sonidos iban acompañados por los gritos de un grupo de manifestantes: ¡Asesina! ¡Asesina! Mientras que algunas personas ondeaban una bandera de Chile, otras levantaban pancartas que parecían gritar con voz propia. Una decía NO AL GENOCIDIO, y la otra llevaba el rostro de Adriana Rivas, la tía de Lissette.

Esta es una de las escenas del documental El pacto de Adriana. Su hilo narrativo gira en torno a la narración de la historia familiar de Adriana Rivas –su tía Channy, como la llama– y a la búsqueda incansable de respuestas a interrogantes que, durante cinco años, se hizo la propia Lissette sobre la participación de Adriana en la policía secreta o Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) durante la dictadura militar de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990).

Como cuenta en esta entrevista, el propósito de Lissette al iniciar el rodaje de este documental fue defender la inocencia de su tía, sin embargo, mientras recopilaba información sobre ella, se enteró de que había participado en la policía secreta. Aunque la opinión pública empezaba a hablar con intensidad del caso, ella no admitía la autoría de los delitos de los que se le acusaba, al contrario, desde el inicio hasta el final, ella defendió a toda costa su supuesta inocencia.

Tres años después de haber presentado este documental –premiado en festivales en Berlín, Guadalajara, Toulouse, Montevideo, Buenos Aires y Cracovia– Lissette Orozco sigue hablando con mucha emoción de lo que esta producción significó para ella. Esto se debe a que, probablemente, El Pacto de Adriana fue todo un desafío personal: la búsqueda de una historia no contada o ignorada dentro de su propia familia. 

Su documental usa un lenguaje muy cercano y logra crear un vínculo con el espectador porque la historia es narrada desde su familia. ¿Por qué hacerlo así? 

–Cuando empecé no era consciente de que estaba haciendo una película, lo que yo quería era recopilar todo el material que aparecía sobre mi tía para que el día que le hicieran un juicio o algo así, tuviera pruebas de que ella era inocente: toda la recopilación partió siendo como una bandera de lucha para ayudar a mi tía. 

Después de estudiar cine hice un magíster en documentales y ahí me di cuenta de que tenía todos los materiales para hacer una película, o sea esto fue posterior a haber recuperado todo el material. Ahí decidí hacer una película. Empecé a investigar y a involucrarme con la historia de Chile, mi país, separándome de lo que historia que mi familia siempre me había contado, y por primera vez me enfrenté a la historia real. 

De a poquito me empecé a dar cuenta de que quizás estaba ayudando a quien no tenía que estar ayudando, y fue ahí cuando empezaron a nacer todos mis conflictos morales  y éticos con respecto a lo que estaba haciendo. 

–En este documental se cuenta la historia de su tía, pero también la historia de su relación con ella. ¿Cómo decidió incluirse usted también como personaje?

Durante mi proceso, yo grababa situaciones pensando en tener esto, por si acaso, por si no me llegaba a ganar ningún fondo económico. Y la cosa es que nunca me gané ningún fondo para hacer la película, y no me lo ganaba porque me veían como una mujer muy sospechosa. Era como “Ay, la sobrina de esta criminal, ¿va a hacer una película?”, entonces no me daban la plata. Mi película terminó siendo todo el material de investigación. 

Las primeras veces que hablaba de la película, hablaba de “esta mujer que perteneció a la policía secreta de Pinochet”, no de mi tía, yo no me quería involucrar dentro de la historia. Hasta que por primera vez pensé: Bueno, en Chile no existen películas sobre los victimarios, entonces para mi país es importante este tipo de películas. Pero yo, como sobrina, no pensaba aparecer.

Las primeras veces que hablaba de la película en el extranjero me ponían en tela de juicio y me decían: “Quieres hacer un documental sobre tu tía, pero la que tiene el conflicto eres tú, no tu tía; tu tía no tiene ningún conflicto ético ni moral; la que realmente tiene un conflicto grande eres tú”. 

Entonces terminé involucrándome directamente en la película y esto le aportó este punto de cómo la familia de los victimarios vivimos esto, y eso es algo que no se había visto. Finalmente tuve que “ponerme los pantalones” y decidí ser personaje. Me di cuenta que los secretos de mi familia eran los secretos de mi país.

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“De niña tuve una ídola, mi tía Adriana. En 2007 la tomaron presa y me enteré que en su juventud trabajó para la policía secreta del dictador Augusto Pinochet. En 2011 se fugó del país mientras enfrentaba un proceso judicial acusada de secuestro y asesinato”, así comienza Lissette a contar esta propia historia.

Me gustaría poder ahondar en esto. ¿Por qué dice que los secretos de su familia son los secretos de su país? 

–Porque me di cuenta que los secretos de mi familia no solo eran los secretos de mi familia, sino que también eran los secretos de muchas familias. Mi tía hablaba de una versión de la historia que mucha gente de mi país no conocía, entonces por eso hago esa similitud: por más de cuarenta años ningún victimario había hablado y, primera vez en la vida, hablaba alguien como mi tía, mostrándose orgullosa de haber pertenecido allí. 

La película no solo fue una bomba a nivel familiar, sino que también lo fue en otras familias. A la larga, El pacto de Adriana terminó siendo como un espejo para un montón de países, porque hay muchas familias divididas por la política no solo en Chile, sino en muchos otros países. 

En Colombia, por ejemplo, fue interesante que, después de mostrar mi documental, las primeras preguntas que me hicieron fueron sobre mi seguridad, sí me habían amenazado; esto era una muestra de la naturalización de la violencia que hay allí. 

También en Colombia  me decían que creían que El pacto de Adriana reflejaba lo que pasaría en un futuro, cuando se espera que sanarán muchas heridas, y entonces quizás familiares de genocidas o criminales del Estado empezarán a sacar a la luz este tipo de películas. Yo espero que esto pase en Colombia, ese es mi sueño. 

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En la foto Lissette Orozco, directora de El pacto de Adriana.

–Usted se demoró cinco años realizando esta película, ¿cómo fue el proceso de grabación y edición? 

–Cuando yo empecé a hacer la película era 2011, ese mismo año mi tía se escapó y terminé de hacer mi magister. Por un lado, empecé con mucha fuerza, pero cuando ella se escapó y viendo que no me ganaba los fondos, sentía que estaba nadando contra la corriente. Y en ese nadar contra la corriente también crecí como persona. 

Como todo fue un proceso muy lento, quizás no dimensionaba lo que estaba haciendo: grababa una cosa, grababa otra, mi tía me mandaba material y de a poquito iba avanzando; emocionalmente me sentía súper poderosa, pensaba que nada me estaba afectando. 

Mucha gente me recomendó que visitara a un psiquiatra o a un psicólogo para que me ayudara a enfrentar todo esto emocionalmente, pero yo creía que no lo necesitaba, hasta que vi un primer corte de mi película y lloré lo que nunca había llorado, como que por fin dimensioné la bomba que tenía. Me sentía culpable, pensaba que cuando la película saliera a la luz, mi familia me iba a dejar de hablar. Sentía que estaba traicionando a mi tía. En algún momento tuve una conversación con mi montajista, Melisa Miranda, y eso fue clave en todo mi proceso. Yo le dije: “¿Cómo vamos a poner esto?”, y ella me preguntó por qué estaba llorando. “Porque nunca había dimensionado todo esto –le dije– no me había dado cuenta de que era tan fuerte”. Pensaba que a la película le iba a ir súper bien”, pero también sabía que iba a ser una bomba en mi familia, y en otras. Entonces ella me dijo: “Espérate, si tú tienes miedo de traicionar a tu tía, te cuento que tu tía te traiciona desde la primera escena –y me mostraba–: aquí se contradice, acá te manipula”. 

En el fondo, Melisa hizo un análisis de lo que había que yo no era capaz de ver, porque yo no quería reconocer que mi tía me estaba manipulando. No quise aceptar que ella pudo haber estado involucrada en brutales violaciones a los derechos humanos, lo quise negar porque obviamente la quería. 

Como mis sentimientos estaban comprometidos, me costaba tomar decisiones. Pero después de esa conversación supe que esta película tenía que salir a la luz, sabía que nos iba a doler, a mí, a mi mamá, a mi papá, a mi familia, a todo el mundo, pero nos tenía que doler para que pudiéramos empezar a hablar de esto.

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Entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990, el militar Augusto Pinochet impuso una dictadura que dejó 3.065 muertos y desaparecidos. Imagen de la película.

–Después de hacer el documental, ¿ha tenido alguna carga o un peso adicional por ser la sobrina de Adriana?, ¿la han tratado mal, quizá? 

–No, al contrario, las víctimas me agradecen mucho. Fui a mostrar, por ejemplo, mi documental en Estocolmo, porque Suecia es uno de los países donde hay más chilenos exiliados, y presentaba la película allá antes de mostrarla en Chile. 

Cuando terminé la función me subí al escenario, y la primera persona que pide la palabra me dice que tenía mucho miedo de ver una película de alguien que humanizara a esta mujer. Luego me agradeció un montón y me contó que su hermana seguía desaparecida y que hasta ese día no sabían nada de ella.  

Yo no hice un documental sobre las víctimas porque documentales sobre las víctimas hay millones,y faltan millones más por hacer. Lo particular que yo tenía era que un victimario iba a hablar. Aunque para mí era muy importante hablar con las víctimas también, con el otro lado, para entender la dimensión del horror: una cosa es que me lo dijera mi tía o mi mamá y otra cosa es que me lo dijera una víctima; quería entender si mi tía merecía estar en la cárcel o no, y finalmente, cuando terminé mi película, mi tía no estaba en una cárcel.  

Está en la cárcel recién ahora, y es doloroso porque se lo está pasando mal, sé que tiene cáncer, me da mucho pesar, como que digo “¡Puta, es mi tía!”, y no puedo dejar de sentir pesar. Pero también siento que si mi tía fue parte del engranaje de una maquinaria del horror, mi tía merece estar en una cárcel. 

–¿Cómo ve el proceso de construir o hacer memoria en América Latina?

–Como en Chile, en Brasil tienen un proceso de memoria muy lento. Cuando fui a Brasil a mostrar la película todo el mundo queda como atacado porque pasa exactamente lo mismo, dicen que allá, a estas personas también las dejan libres. 

No te puedo dar marco de toda América Latina, te puedo hablar con más propiedad de Colombia porque es donde vivo. Colombia está aún más lejos, porque ni siquiera se ha terminado el conflicto, y tampoco hay una democracia. El que crea que existe una democracia porque se puede votar, está engañado. Esto no puede ser si te matan por pensar distinto.  

En Colombia mucha gente está alejada del conflicto, viven en las ciudades más grandes como Bogotá y Medellín, entonces muchos votan “No” en un plebiscito por la paz,  y para la consulta anticorrupción muchos no van a votar, ahí te das cuenta que ya perdieron la fe en la política, porque es demasiado evidente la corrupción, la mafia, de verdad creo que el día en que del Congreso se vayan todos los que están manchados con mermelada y sangre, este país va a ser otro, pero mientras sigan manejando los mismos y se sigan comprando los votos todo va a seguir igual. 

–Usted hace parte del colectivo Historias Desobedientes, formado por familiares de criminales de las dictaduras militares en Chile y Argentina, ¿podría hablarnos sobre este colectivo?, ¿por qué y cómo surgió? 

Historias Desobedientes nace en Argentina, pero hay un integrante que es chileno y fue el que fundó el colectivo en Chile. En Argentina van en pasos más avanzados que Chile con respecto al trabajo de memoria, justicia y reparación, y a Colombia le llevan siglos. 

En el colectivo yo creo que soy la única de la tercera generación, todos los demás son de segunda generación: hablan de sus padres o de su tío más cercano; en mi caso,mi tía es mi tía abuela. 

Este colectivo originalmente empezó a funcionar porque de esto no se hablaba, es decir, los familiares de los victimarios no podíamos salir a la luz, pero aquí por primera vez nos empezamos a juntar y a contar nuestras historias: cómo nos habíamos enterado de que nuestros familiares eran victimarios y si creíamos que esto era verdad o no. De algún modo, cada uno empezó a sentirlo como una terapia de alcohólicos anónimos (risas).  

–¿Cómo ha sido esa experiencia de unirse a las marchas de víctimas, ustedes que son familiares de los victimarios? 

–Es muy fuerte, porque las víctimas no se lo imaginan. Recuerdo que estuve en la marcha del 11 de septiembre, en la conmemoración del golpe militar. Nosotros andábamos con nuestro cartel que decía: “Fin a los pactos de silencio”, acompañado del nombre del colectivo: Historias Desobedientes. Íbamos repartiendo unos papeles y la gente no entendía por qué nos llamábamos desobedientes, algunos se nos acercaban  y nosotros veíamos las cara cuando ellos leían y decían: “¿¡Cóomo!? ¿¡Qué!?”. Y nos miraban y leían y nos miraban y volvían a leer (risas).

Esto solo es posible en democracia y después de un tiempo, en Chile ya han pasado 47 años desde la dictadura. También es posible porque yo nací en democracia, yo no nací en dictadura como mi papá, que creció en ese tiempo, hace parte de una generación del miedo. Yo soy de otra generación, entonces como colectivo estamos con mucha fuerza haciendo muchas cosas, entre esas escribiendo un libro y pensando en las víctimas para ayudar a sanar esas heridas que siguen vigentes por la impunidad. 

Volviendo al caso particular de su tía Adriana, ¿usted cree que haga falta en América Latina humanizar a los victimarios o mostrar a la persona que hay detrás de los crímenes cometidos?  

–No sé si es que haga falta, pero creo que en todas las personas, por muy malas que sean, también hay una parte buena. Lo que no me creo es que una persona sea buena o mala, yo diría que todo el mundo tiene un discurso que quizás para otros no corresponda, entonces insisto en que, para mí, el cuento del bueno y el malo es una película que no tiene futuro.

Para mí es importante que una película esté llena de grises, que ese malo también tenga un aspecto bueno, porque hacemos que el espectador empatice con el personaje, lo conozca y después lo odie. 

Si uno presenta un personaje odioso desde el principio hasta el fin, crea la idea de que uno no conoce ninguna capa más interesante. No, es que a los victimarios haya que prestarles ropa o que haya que ayudarlos en algo, pero una de las formas para que el espectador llegue hasta el final es mostrando más capas de ese victimario. No existe el bueno y el malo, cada personaje merece ser humanizado, pero uno tiene que ser buen estratega para poder hacer eso. 

* Sara Marín Valencia es estudiante de periodismo de la Universidad de Antioquia. Para conocer más sobre esta película, visita la página web oficial. En portada: Lissette Orozco y la proyección de una identificación de su tía Adriana Rivas. Fotos: Cortesía Lissette Orozco.

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