Leer nos une. Diez libros colombianos para un 2020 distópico


A comienzos de 2020, la psicóloga antioqueña Maria Olivia Alzate se unió al reto lector promovido por Diario de Paz Colombia. Este artículo presenta las memorias de un viaje literario que, mes a mes, despertó en ella sentimientos especiales que la impulsaron a ponerlos en palabras y a compartirlos con el país. Si no lo has hecho, aquí puedes inscribirte al Club de Lectura Virtual.

Si tú también participaste en este reto, ayúdanos a evaluar la experiencia en esta encuesta que solo toma diez minutos. ¡Gracias anticipadas!

Por Maria Olivia Alzate Zuluaga* [Medellín]

Hoy, a mediados de diciembre de 2020, cuando me siento a escribir sobre el viaje literario que emprendí este año, no tengo una clara idea de cómo llegué al Club de Lectura Virtual de Diario de Paz. Es posible que tenga que ver con mi curiosidad, con mis búsquedas permanentes, con mis deseos, con mi gusto por la literatura.  Lo cierto es que iniciando este año que yo llamo “loco”, llegué a un club de lectura que no conocía y que me inspiró. Emocionada junté en mi mochila casi todos los libros de una vez, y sumé uno que otro para el largo recorrido que me esperaba.

Comencé a leer de manera ordenada, con cronograma en mano y, poco a poco, frente a los miedos “normales”, a la incertidumbre, a la fragilidad y a la vulnerabilidad que experimentamos en un año como este, fui descubriendo o redescubriendo a algunos autores colombianos. Sabía que no estaba sola en la lectura, aunque no conociera a ningún otro integrante del Club, aunque ningún nombre me fuera familiar.

Muy pronto, el viaje se hizo emocionante. Por momentos debía hacer altos en el camino para oxigenar las páginas leídas, para hacerme preguntas —sin necesidad de encontrar respuestas—, para re-crear en medio del silencio, para armar un coro de voces, escuchar melodías hechas capítulos. Al cerrar un libro ya leído, sentía voces cercanas: la pantalla o la tecnología fueron una buena opción para el encuentro y para sostener el lazo social, pues las conversaciones en línea o encuentros virtuales (en Facebook y YouTube,) me acercaron también a otros lectores amigos que hacían este mismo viaje: personas que, como yo, estaban en busca de palabras, poemas, libros, frases y que, igualmente, intentaban descifrar y comprender un poco más el país que amamos y que a la vez nos desconcierta, en donde la esperanza es un aliento; la educación, el camino para transformarnos y transformar a otros, y la literatura, el pretexto para lograrlo.

Quizá sea un atrevimiento llamar a estar personas “amigos”, pero sucede que ahora algunos nombres me son bastante cercanos, como Koleia, la de la voz cálida y afectuosa, de quien ya sé que ha escrito libros; Gerardo Ovalle, Jovani Escobar, Andrés Caicedo Hernández, todos lectores juiciosos en el viaje que, como directores de una orquesta, nos motivaron y alentaron para continuar el camino. Junto con ellos me sentí parte de los miles de integrantes de esta gran sinfonía y aventura. Es verdad: “Leer nos une”. Así fue mi recorrido.

Febrero: Una vorágine

En febrero agarré mi mochila y me adentré en los extensos Llanos Orientales, verdes, fantasmagóricos y poéticos. Vi las caucherías y caminé de la mano de Arturo Cova y de su compañera de amores e infortunios. Leí el drama de los caucheros, de los indígenas, de los excluidos en esa Colombia remota, ajena hasta para el mismo Gobierno. Entre la poesía y la denuncia, se me arrugó el alma y pensé que no era gratuito que el viaje literario del club comenzara con una obra que, como su título lo indica, representa un “remolino de gran fuerza e intensidad”, una “mezcla de sentimientos muy intensos que se manifiestan de manera desenfrenada”. (Lee también: un especial de contenidos sobre esta novela).

Marzo: las llaves de La casa grande

En marzo entré a La casa grande guiada por la narración de Álvaro Cepeda Samudio. Apoyando la lectura en los hechos reales que hacen parte de la historia de Colombia —en particular en los sucesos conocidos como “la masacre de las bananeras”— observé parte de la vida de las familias de clase alta que gobiernan los pueblos. Relacioné esta obra con los primeros escritos de García Márquez y contemplé también el “realismo mágico”, leyendo entre líneas un guión cinematográfico escrito en clave de denuncia. (Lee también: un especial de contenidos sobre esta novela).

Abril: el impacto de leer Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón

Tanto me sobrecogió leer esta novela de Albalucía Ángel que por primera vez en el reto escribí mis impresiones: Un recorrido vertiginoso por la historia de Colombia. Comencé a leer esta obra unos días antes de abril, justamente el fin de semana que se debatía la posibilidad de una cuarentena en todo el país y cuando sentía el miedo a flor de piel (“El miedo que tienes, dijo Don Quijote, te hace, Sancho, que no veas, ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son”). La lectura, pues, estuvo afectada por una situación que mostró las inequidades, la injusticia social y la desigualdad que vivimos en Colombia: vemos que en tiempos de crisis se vulneran aún más los derechos de las personas menos favorecidos, de las mujeres, los niños y las niñas. Y vemos también que, en su distopia, la pandemianos puso de frente la ignorancia que tenemos, además de lo vulnerables y frágiles que somos.

Mayo: la lectura de A lomo de mula: viajes al corazón de las Farc

Además de leer las crónicas propuestas para este mes, en mayo leí otros dos libros de Alfredo Molano: Del Llano llano y Cartas a Antonia, un libro que salió al mercado luego de su sentida muerte. Mientras lo leía, era inevitable no extrañar a este hombre comprometido con la realidad social y política del país, integrante, hasta sus últimos días, de la Comisión de la Verdad. Entre páginas, tenía presentes unas palabras que el autor le dijo alguna vez a su hijo y que creo que lo retratan bien: “Se escribe más con la punta del borrador que con la punta del lápiz”. De un texto de Nelson Fredy Padilla publicado en El Espectador quisiera resaltar algunos elementos de su labor: la idea de “trabajar desde las sensaciones”, pues lo “movía la conciencia”, y que “Alfredo Molano usaba el testimonio, oía a los que no tenían voz”. (Lee también las crónicas de este libro disponibles en formato digital).

Junio: ¿Por el pacífico?

La corta novela La perra de la autora caleña Pilar Quintana me resultó “sencilla”, pero profunda. En ella noté que se reivindica el deseo y la voz de las mujeres, sus preguntas, sus miedos, angustias y el papel de la maternidad en medio de una cultura patriarcal y machista que, en esta obra en particular, contrasta con una región de paisajes hermosos, pero marginal. Con esta autora me sucedió algo similar que con la experiencia de lectura de Albalucía Ángel. Me alegró reconocer que, desde su producción y capacidad literarias, ellas sean mujeres inquietas y comprometidas con la transformación del país. (Lee también: un especial de contenidos sobre esta novela).

Julio: de regreso a La hojarasca

Como nos ha pasado a muchos colombianos, leí esta novela de Gabriel García Márquez hace muchos años, cuando estaba en el colegio. Al releerla tuve presente una anécdota del editor del escritor rumano Mircea Cărtărescu, invitado a la feria del libro de Bogotá en abril, un evento que, como tantos otros este año a propósito de la pandemia, debió hacerse de manera virtual. Él contaba que había estado en Cartagena y que, al llegar, dejó su maleta en el hotel y salió hacia las murallas en busca del “realismo mágico” de García Márquez. Entonces le pareció sentirlo casi de inmediato en las calles amuralladas, en los vientos y la gracia de la ciudad. Esta novela es un punto de partida en la comprensión de las atmósferas macondianas. (Aquí puedes leer un especial de contenidos sobre esta novela).

Agosto: una mirada a El olvido que seremos

Con los vientos de agosto llegó mi relectura de ese pasado siempre presente descrito por Héctor Abad Faciolince en memoria de su padre, Héctor Abad Gómez. Esta vez logré sintonizarme y acercarme más a la narración: sentí el dolor de la ausencia, la injusticia y la indiferencia social, y valoré la compasión como valor necesario para vivir en comunidad. Me alegró saber que este ha sido un año especial para la obra, pues la historia se ha llevado al cine por el director español Fernando Trueba y ha recibido varios premios y nominaciones en festivales del mundo. (Lee también un especial de contenidos sobre este libro).

Septiembre: rastreando la palabra Delirio

Al leer esta novela recordé vívidamente una época trágica, dolorosa y  “mafiosa” de este país: toda una pandemia. Pensé que durante los intensos años de narcotráfico que se describen en esta historia, esta fue también una Colombia distópica: hubo autoencierro, pánico, mucha sangre derramada, pérdidas a todo nivel. Asocié la historia con un libro de María Elvira Samper publicado en 2019 y titulado 1989, según la autora, el año más violento del país en los últimos años. Además de leer a Laura Restrepo, me puse en la tarea de rastrear el significado de la palabra “delirio”, tratando de entender y gestionar ese “delirio” desde lo psíquico, como posibilidad de salvar y salvarse (Agustina, la protagonista), y teniendo en cuenta los “riesgos” de afuera y también los de adentro: ¿quién, en algún momento de su vida, no ha tenido un delirio?; “Sé aceptar la gama de términos medios que hay entre la cordura y la demencia”. Nuestra psiquis, nuestro inconsciente siempre están ahí para bien o para mal, es nuestra manera “compleja” y constituyente de estar en el mundo. Más allá del cuerpo, ese cuerpo real, está la representación de ese cuerpo desde lo mental: un cuerpo habitado por las historias vividas, las historias sentidas y las historias contadas, por las palabras nombradas y las que no se pueden nombrar, por las presencias, por las ausencias. (Aquí puedes leer un especial de contenidos sobre esta novela).

Octubre: el mes de Los ejércitos

Con la lectura de esta novela de Evelio Rosero llegaron los ejércitos que a veces nos cuidan o que creemos que lo hacen. Se trata de un libro que nos retrata de manera íntima el país y describe las tomas de pueblos por grupos armados, como fue el caso del municipio de Bojaya, en Chocó, en el año 2002. Al terminar, nos queda la sensación de tener un pendiente, y es hacer un ejercicio de rastreo e investigación al respecto. Al mismo tiempo leí la novela Río muerto, escrita por Ricardo Silva Romero, que describe de otra manera la historia de esa Colombia oculta, negada, desconocida, lejana y tan cercana a la vez, tan nuestra, tan ausente; ambas son historias de personas, familias, obreros, líderes sociales, ciudadanos de a pie que siguen sufriendo por la incapacidad y la ausencia del Estado, pero, sobre todo, por la indiferencia del resto de la sociedad. (Lee también un especial de contenidos sobre este libro).

Noviembre: aún leyendo Changó, el gran putas

El año termina con una obra poco conocida y difundida que no he terminado precisamente porque no la encontré de manera impresa y he tenido que leerla en formato digital. En mi caso, esto hace que se pierda el encanto que produce pasar las páginas, acariciar el libro, ponerlo en mi mochila y seguir el viaje. Sin embargo, por haberse dedicado este año a la conmemoración del nacimiento de su autor, Manuel Zapata Olivella, pude participar de diversos clubes de lectura, asistir a charlas en ferias del libro y hacer lecturas adicionales, como algunos de sus cuentos. Siento que como país, estamos en deuda con este autor. ¿Por qué es tan poco conocido y reconocido? ¿Dónde están sus libros? Es claro que, como se mencionaba en una conferencia en el Instituto Caro y Cuervo, la dificultad para comprender la lectura de sus libros se debe al desconocimiento que se ha tenido de su obra en el país, lo que resulta conmovedor pues su obra es más vigente y conocida en otros países.

¿Qué aprendimos de Colombia leyendo estos libros?

A la pregunta que nos formulaban los coordinadores del club de lectura al final de cada mes, yo agregaría algunas otras: ¿son estas historias reales o imaginarias?, ¿son “una verdad”, una denuncia?, ¿cuál es la intención de los autores?, ¿cómo conjugar lo ficcional con la realidad? Ese afuera y ese adentro, la manera en la que los escritores traspasan los límites del mundo conocido, ¿nos hace más soportable tanta crueldad?

Finalmente, estoy convencida de que la literatura y todas las expresiones de arte nos reivindica como especie, nos llama la atención para continuar el camino y no seguir por la vida indiferentes. Agradezco a Diario de Paz por permitirme hacer este viaje soportado felizmente en la literatura y el arte como elementos de la condición humana, en un año extraño y confrontador, pero guardando la esperanza en que “otro fin del mundo es posible”, como bien resume el título de un libro del colombiano Alejandro Gaviria.

* Maria Olivia Alzate Zuluaga es psicóloga de la Universidad de Antioquia y actualmente reside en Medellín. Es participante activa del Club de Lectura de Diario de Paz.

Aquí puedes disfrutar de todos los encuentros realizados durante 2020 y disponibles en el canal de Diario de Paz. ¡Suscríbete!

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