Reconciliarnos con nuestras raíces: el sueño de una joven colombiana


La autora de este escrito tiene 18 años y vive en Cali. En esta reflexión sobre la construcción de paz en Colombia, ella nos invita ver las problemáticas desde diferentes perspectivas y a «nutrir, conocer y conservar cuantos más universos cognitivos nos sea posible». Tú también puedes participar en esta conversación abierta. Envía tu escrito a editores@diariodepaz.com. ¡Y comenta esta entrada! Escribir nos une.

Imagen de arte rupestre del Parque Nacional Chiribiquete, Colombia.


Por Laura Sofía Beltrán Rivera [Cali, Valle del Cauca]*

Muchos libros de historia, desafortunadamente, aún siguen teniendo la imagen de un colonizador que vino a salvarnos del salvajismo, la pobreza y la miseria. Sin embargo, hoy en día sabemos que mucho de esto es falso y que fue escrito por manos que no tuvieron que labrar la tierra ni empuñar armas para defender su vida, territorio, sangre y familia, como fue el caso de nuestros pueblos nativos. 

Sin duda es un avance que se esté comenzando a re-conocer y a re-visitar la historia desde perspectivas de gentes que vivieron la peor parte de ella. ¿Cómo es posible que durante tantos años la pérdida de recursos naturales, humanos y bienes culturales, se haya visto como una hazaña gloriosa? La era del elogio hacia los colonizadores parece estar acabando y por fin parecemos acercarnos cada vez más a la verdad de lo que se vivió y le costó a nuestro territorio la llegada de los españoles. No obstante, si lo que queremos es restaurar y reconciliarnos con ese relato, no es suficiente que simplemente se reescriban los textos. 

Como buen país colonizado, Colombia es el producto de la mezcla de muchas formas de vida, lenguas, saberes y en general, culturas. Lo vemos claramente en nuestros ritmos: el joropo, el currulao, la cumbia… todos llevan influencias externas y al día de hoy hacen parte de nuestro hermoso repertorio musical. Aún así, esta mezcla no siempre tuvo resultados que valgan la pena exponerse en escenarios.  Cuando esta mezcla cultural suponía una imposición en vez de un intercambio, como consecuencia se observa una pérdida de diversidad, símbolos, relatos y dialectos que al día de hoy seguimos evidenciando. Es un escándalo que después de tantos años, más de 3.000 lenguas minoritarias estén en peligro de extinción, y es que no es un asunto que solo le competa al gobierno nacional, sino a todos los ciudadanos. El salvar, valorar, respetar y proteger estos idiomas, incluso, podría ayudarnos a seguir construyendo la paz que el país tanto busca. 

El poder transformar objetos en señales de valor simbólico (palabras) y saber usarlas e interpretarlas en diferentes contextos es una de las proezas de la mente humana. El lenguaje, tan generosamente, nos abre la puerta al mundo puesto que, entre muchas otras cosas, por medio de la denominación nos permite hacernos una representación de lo que está a nuestro alrededor y así poder tomar parte en ello, vivirlo con menos miedo y no estar completamente a merced de su grandeza e incomprensibilidad. Partiendo del psicólogo y epistemólogo ruso Lev Vitogsky (1896-1934), quien nos plantea una interdependencia entre el pensamiento y el lenguaje, decimos que en este último subyacen estructuras de pensamiento, las cuales influencian profundamente la manera en la que concebimos la realidad.

Habiendo dicho esto, cada lengua conforma un universo cognitivo al cual corresponden distintas lógicas y estructuras. Son (aproximadamente) 3.000 formas más de concebir la realidad y es absolutamente tan fascinante como esperanzador hallar tanta diversidad de pensar nuestro país y los sucesos que le ocurren. Cada lengua le exige distintas cosas a sus hablantes y contempla al mundo en una forma única lo cual, opino, es sumamente valioso. Ver las problemáticas desde diferentes perspectivas posibilita la construcción de caminos para su resolución, por lo tanto, pienso que es de suma importancia nutrir, conocer y conservar cuantos más universos cognitivos nos sea posible. 

Permitir que las minorías étnicas e indígenas ejerzan su educación en su lengua materna es indispensable pero también me parece pertinente acercar al resto de la ciudadanía a aquellos dialectos e integrar esa parte de nuestra colombianidad. Nos es imposible ignorar que no somos españoles, no somos europeos, pero aun así conservamos su lengua e, indiscutiblemente, muchas de sus ideas. Entrar en un diálogo de reconciliación con nuestras raíces, a mi parecer, es prioridad para poder construir una sociedad mejor. Hacer las paces con nuestros orígenes acercándonos a ellos, dialogando con ambas (o más partes) que nos constituyen, reconocer nuestros ancestros y sus lenguajes en vez de negarlos hará parte de la construcción de paz con la que hoy sueño. 

Este artículo llegó a Diario de Paz Colombia en respuesta a nuestra convocatoria siempre abierta para editar y difundir contenidos que reflexionen sobre la construcción de la paz en Colombia. Si tú también deseas compartir un texto con nosotros, puedes informarte sobre nuestro proceso de recepción de colaboraciones siguiendo este enlace.

*Sobre la autora. Así se presenta Laura Sofía Beltrán Rivera: Tengo 18 años, de signo zodiacal leo, prefiero el sol a la luna, y vivo en la ciudad de Santiago de Cali. Desde siempre me ha gustado leer, pero apenas hace algunos años fue que me picó el bichito de escribir. El lenguaje, la literatura y los idiomas son temas que me apasionan profundamente y sueño con estudiar; así como sueño con la paz lograda en virtud de un intercambio de culturas, experiencias e historias de vida.

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