En la exploración colectiva que ha hecho el Club de Lectura de Diario de Paz en 2023 se incluyó el acercamiento al volumen Sufrir la guerra y rehacer la vida, parte del Informe Final de la Comisión de la Verdad. Aquí te presentamos brevemente este tomo y te compartimos los enlaces para navegarlo, descargarlo y profundizar en su contenido.
📌 Aquí puedes descargar este volumen.
📌 Aquí puedes navegar la narrativa digital.
Al estudio colectivo del legado de la Comisión de la Verdad, durante el mes de septiembre de 2023 la comunidad del Club de Lectura se une en torno al volumen titulado Sufrir la guerra y rehacer la vida, un documento que describe los impactos, afrontamientos y resistencias al conflicto armado interno.
Aquí se cuenta la manera en que la guerra ha afectado a los colombianos, la manera en que la sociedad ha lidiado con ella y, muy especialmente, las respuestas que ha dado la ciudadanía para levantarse y hacerle frente. «Es una historia de dolor y terror, pero también una de luces y esperanza», se lee en el volumen.
Como se expresa en la introducción:
Este tomo presenta los impactos que la confrontación armada de las últimas seis décadas ha tenido sobre la vida de las personas, la democracia, la naturaleza y la cultura en el país. El texto reflexiona acerca de las implicaciones y significados de estos impactos, y reconoce cómo las víctimas, sus familias y las organizaciones han enfrentado con valor, creatividad y solidaridad las consecuencias de las distintas formas de violencia. También, es un reconocimiento a las iniciativas de la población y de las organizaciones de la sociedad por resistir la guerra y por construir la paz, aun en medio de condiciones adversas y riesgosas.
El volumen está dividido en dos partes. La primera se titula «Los impactos del conflicto armado interno en Colombia», y se ocupa de temas como los impactos en la vida de las personas (Las muertes, las desapariciones forzadas, las ausencias y el duelo; y daños a la integridad y a la vida digna): los impactos en la economía (la dimensión material y económica de los daños, los impactos sobre la cultura y la naturaleza), y los impactos en la democracia. La segunda parte se titula «Rehacer la vida y construir La Paz», y muestra acciones para defender la vida y la dignidad, para desafiar la guerra, para defender y exigir derechos y para construir la paz.
Este texto busca visibilizar el reclamo de las víctimas para que se reconozca su sufrimiento, y que la sociedad acepte como cierto el terror y la destrucción que estas han enfrentado. De este modo, se da un paso decidido para superar el negacionismo, una actitud muy frecuente en el país. Se parte del reconocimiento de las víctimas como ciudadanos y ciudadanas a quienes se les vulneraron sus derechos, y como sujetos políticos de importancia para la transformación de Colombia. Así, se aporta a su dignificación y se pone, en el centro de este trabajo, su derecho a la verdad.
Además del componente textual, el volumen ilustra las situaciones con una selección fotográfica de admirar, comenzando por la «Marcha del ladrillo», que se llevó a cabo el 14 de octubre de 2001, en Granada, Antioquia, cuando centenares de personas se unieron para reconstruir su pueblo, destruido por una toma de las FARC-EP el 6 y 7 de diciembre del año 2000 (emblemática foto tomada por Jesús Abad Colorado López), hasta fotografías de guerrilleros caminando por las montañas de Ituango, Antioquia, unos meses después de la firma del Acuerdo de Paz de 2016.
Los principales hallazgos de la Comisión de la Verdad y descritos en este volumen son:
1. El conflicto armado ha afectado gravemente la vida en el país y ha causado daños irreparables.
2. La continuidad y la degradación del conflicto armado y el consiguiente uso de mecanismos del horror han amplificado y perpetuado los daños e impactos, causando graves sufrimientos.
3. La constante desprotección por parte del Estado de las poblaciones sometidas al conflicto armado se haexpresado en su falta de actuación o en su presencia débil o selectiva, lo que ha agravado los impactos negativos y disminuido el ejercicio y la garantía de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA).
4. Muchas personas, familias, comunidades y organizaciones sociales han sido capaces de crear y desarrollar mecanismos para resistir al conflicto armado, reconstruir su tejido social y reconfigurar sus proyectos de vida en medio del sufrimiento humano y social.
El informe tiene también un anexo estadístico, una explicación sobre la manera cómo se construyó este tomo y cómo se organizó la información, y una narrativa digital.
Recomendamos acceder a este recurso en audio, la lectura completa del volumen en el canal de YouTube de Mujer leyendo en voz alta.
A continuación resaltamos un fragmento de este volumen para invitar a la profundización y a la lectura.
¿Qué son los daños y los impactos?

Los conflictos armados transforman abruptamente las vidas de las personas. Les quitan sus fuentes de supervivencia y menoscaban sus posibilidades de una vida digna, a la vez que configuran un entramado de impactos capaces de producir daños. Estos surgen de la pérdida de recursos valiosos y significativos (materiales y afectivos); de las condiciones de terror y de arbitrariedad que instala la violencia, y del menoscabo de sus derechos fundamentales. Todo esto impide que las personas victimizadas sigan viviendo con confianza, seguridad y dignidad.
Por lo anterior, el conflicto armado ha afectado especialmente la vida, tanto en su dimensión biológica –respirar, latir, moverse–, como en el resto de sus facetas –actuar, amar, trabajar, sentir, expresarse, juntarse, aportar, etcétera–. En otras palabras, el conflicto armado ha afectado todos los aspectos de la vida: la íntima, la familiar, la social, la política, la cultural y la productiva.
Los daños causados por el conflicto, además de perjudicar a las personas, las comunidades, los colectivos organizados, la naturaleza o las ideas, también han repercutido sobre las identidades de las personas: ser campesino, indígena, líder social, defensor de derechos humanos, mujer, persona adulta mayor, lesbiana, gay, militante, habitante de un determinado territorio, entre otras, y se han convertido en una carga, un estigma o una justificación de la violencia, por ejemplo.
Los daños retroalimentan o producen otros adicionales. Para poner un ejemplo, pérdidas materiales o detrimentos económicos y en las condiciones de vida tienen implicaciones emocionales, pues las cosas tienen valor simbólico: son depositarias de historias, afectos, anécdotas u objetos que representan vínculos. Los daños físicos y corporales causan impactos psicológicos, dado que se afecta la seguridad, la salud mental y la autoestima. Si a esto se le agrega que, en la mayoría de los casos, cada una de las víctimas enfrentó más de un tipo de violencia, y que las modalidades de violencia se entretejen unas con otras, puede vislumbrarse el gran cúmulo de impactos que enfrentó cada persona, familia, comunidad, organización y territorio.
Muchos de los daños, además son irreparables. Dejan huellas profundas y duraderas que, incluso, trascienden en el tiempo e impactan a varias generaciones. La intensidad de estos depende de las características de las personas y comunidades violentadas, en especial de los recursos culturales, espirituales, económicos y sociales con los que cuenten; y de la respuesta social e institucional que se despliegue frente a la violencia. Si hay apoyo, protección, atención y solidaridad, los daños e impactos serán menos nocivos; por el contrario, si las víctimas reciben rechazo, indiferencia, estigmatización y culpabilización, aquellos se profundizarán.
En un país como el nuestro, en cuya historia se han producido y ahondado importantes inequidades sociales, el conflicto armado ha agravado e intensificado las condiciones de vulnerabilidad y de exclusión de las víctimas. Este, en breve, redujo lo que el psicólogo y defensor de derechos humanos Joaquín Samayoa denominó los atributos humanos, los cuales tienen que ver con la capacidad de pensar lúcidamente, de comunicarse con veracidad, con la sensibilidad ante el sufrimiento, la solidaridad y la esperanza, y ha configurado relaciones deshumanizantes y polarizadas5.
A lo largo de los años, la violencia se ha ensañado con los más empobrecidos y marginados, y ha profundizado la desigualdad y la pobreza. Por esto, en parte, el sufrimiento no ha sido solo individual o familiar, sino también social: los daños e impactos producidos sobre las víctimas directas han afectado, irremediablemente, a la sociedad colombiana en su conjunto.
Sin embargo, y pese a la magnitud de los daños, las víctimas no han sido sujetos pasivos. Estas han afrontado y resistido el conflicto armado5. Las personas y comunidades, a pesar del sufrimiento, de la desprotección, de la amenaza y del riesgo, han interpelado los órdenes autoritarios y desplegado y construido lógicas y acciones contrarias a la violencia. La solidaridad, Los daños y las capacidades de respuesta de las víctimas frente a la violencia deben reconocerse y comprenderse en el escenario en el que se producen. En Colombia, esto ha sucedido en un contexto de violencia política histórica, cambiante y persistente. El daño causado ha sido resultado de la acción intencionada de personas y de grupos investidos de poder que representan y defienden intereses políticos y económicos. La manera como el conflicto ha afectado las emociones, pensamientos, creencias, acciones, bienes y, en general, la vida de las personas, de las comunidades y de la sociedad, su interpretación del pasado y sus perspectivas de futuro se inscriben en este contexto.

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Créditos de este volumen. Colaboradores/as: Director: Saúl Franco Agudelo. Coordinadora de la investigación: María Fernanda Pérez Trujillo. Equipo de investigación: Manuel Alejandro Albarracín Pinzón, Argeli Arango Vásquez, Deisy Arrubla, Rocío Adriana Corredor Contento, Fernanda Espinosa Moreno, Paola Garzón Tapias, Gloria Guerrero Liñeiro, Olga Leonor Hernández, Miguel Humberto Grijalba Martínez, Dora Lancheros, María Lucía Luna Borda, Diana Milena Murcia Riaño, Carolina Ojeda Rincón, Natalia Paredes Hernández, Joshua Pimiento Montoya, Nancy Prada Prada, Natalia Quiceno Toro, Nicolás Quinche Bustamante, María Alejandra Rojas Ordóñez, Juliana Rodríguez, Nayibe Lizeth Sánchez Rodríguez. Colaboradores: Norma Piedad Bedoya Martínez, Julián David Bermeo, María Paula Durán Rubiano, Esperanza Echeverry, Natalia Escobar Sabogal, Liza García Reyes, Margarita Rosa González, Alejandra Londoño Bustamante, Katherine López Rojas, Marisol Ortíz Acosta, Julián Alberto Ramírez Daza, Astrid Ramírez Elizalde, Lina Rondón Daza, Sinthya Rubio Escobar, Angie Lorena Ruiz Herrera, Darío Hernán Vásquez Padilla, Sugey Valois. Editor: Santiago Wills. Cuidado de textos: Fernando Carretero Socha. Curaduría fotográfica: Manuel Alejandro Albarracín Pinzón. Editor fotográfico: Santiago Escobar Jaramillo. Equipo de analítica: Camilo Argoty Pulido, William Fernando Acero Ruge, Esteban Espinosa Martínez, Christian Páez Parra, Alejandro Castro Pérez, Mónica López León, Alexander Martínez Pedraza y Andrea del Pilar González (coordinadora). Equipo transmedia: Joshua Pimiento Montoya y María Camila Ricaurte Hernández. Diseño de portada: Paula Velásquez Molinos.

