Pilar Lozano: historias de guerra y paz de un país invisible


En 2021, como parte de la inmersión colectiva a la literatura colombiana, reconocemos la labor de la periodista y escritora Pilar Lozano, autora de una veintena de libros, en su mayoría enfocados en la relación entre la infancia, el conflicto armado y la historia nacional. Invitamos a conocer a la autora en esta semblanza que alimenta la conversación del Club del Lectura Virtual de Diario de Paz. ¡Gracias, Pilar, por tu valiosísima obra!


Por Nylza Offir García Vera* [Bogotá]

Pilar Lozano nació en Bogotá en 1951 y es periodista y escritora de literatura infantil y juvenil. En 1979 recibió el Premio Simón Bolívar por su crónica Las puntas de Colombia y es considerada una pionera en la apertura de espacios a las mujeres en la década de los setenta, en el ámbito de la comunicación y el periodismo: reportería, radio, redacción en revistas y periódicos (1).

Durante 23 años, Pilar Lozano fue corresponsal en Colombia del diario El País de España y durante tres trabajó en la redacción española de la Deusche Welle en Bonn, Alemania. Como corresponsal internacional, cubrió el conflicto armado de Colombia durante las décadas de los ochenta y noventa y también escribió sobre libros, escritores y otros temas. En dos oportunidades ha recibido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y en 2004, el Círculo de Periodistas de Bogotá la distinguió con el premio Vida y Obra al mérito periodístico. Su trabajo La ruta de La vorágine, también le valió un importante premio.

Precisamente es el oficio de periodista el que le ha permitido a Pilar Lozano recorrer la Colombia profunda y adentrarse, poco a poco, en esa geografía inhóspita que va develando en el país una diversidad de costumbres, historias y prácticas culturales muy diversas en los territorios que niños, niñas y jóvenes habitan con sus familias y que Pilar ha visitado y narrado de diversas formas y con diferentes énfasis.

En Así vivo yo (2011), la autora explora, por ejemplo, las diferencias de los niños del páramo o del desierto, de la selva o de los ríos, los hijos de los colonos, o los niños del mar, la montaña o la sabana, recuperando sus modos de vivir, de jugar, de contar y hasta de hablar; recuperando, asimismo, sus tradiciones ancestrales y sus modos de construcción de escuela.

En Colombia, mi abuelo y yo (1987), encontramos un relato mágico de nuestra geografía que empieza con el mismo universo hasta llegar a las coordenadas de este país del trópico. Sus dos océanos, sus fronteras, sus montañas y sus pisos térmicos; su flora, su fauna, sus regiones y sus gentes; un libro que se reedita cada tanto puesto que allí se recorre narrativamente el país y se aprende su geografía física y social.

Una de sus últimas obras recurre igualmente a la relación afectiva entre abuelos-nietos y por medio de este vínculo pone en diálogo a las nuevas generaciones con el pasado en La historia, los viajes y la abuela (2019). Se trata de relatos que datan «desde los tiempos de la caza de mastodontes, hasta el día que los españoles empacaron sus baúles y se fueron». Es esa larga memoria nuestra hecha narración.

Ahora bien, fue en 2015, en medio del proceso de paz con la antigua guerrilla de las Farc en La Habana, Cuba, agenciado por el gobierno de Juan Manuel Santos, que la autora publicó Era como mi sombra, su primera novela juvenil en la que trata el tema del pasado reciente del conflicto colombiano, ofreciendo una aproximación literaria a uno de los delitos que caracterizaron esta guerra con esa guerrilla: el reclutamiento forzado de niños y niñas.

Desde luego, este es un tema que estaba en el corazón de las crónicas que en 2002 elaboró como parte de un proyecto periodístico y que compiló en el libro La guerra no es un juego de niños; trabajo que se reeditaría en 2014 con el título Crecimos en la guerra.  De uno de esos testimonios en que se basó para su crónica “Nosotros fuimos criados en la guerrilla”, nació la novela, esta vez más audible para las editoriales, puesto que la idea de hacer una narrativa literaria estaba desde la primera publicación, pero no tuvo acogida en las editoriales en ese entonces, según relata la autora (2). 

¿Qué hizo que esta vez fuera legible y leíble este relato? Sin duda, consideramos que el proceso de paz interpeló a toda la sociedad, y la esfera de la cultura ofreció su propia respuesta, en este caso, incentivando la publicación de este tipo de narrativa que escenifica ficcionalmente una realidad muy desgarradora, pero con los matices estéticos propios de la creación literaria. La novela fue publicada por el sello Gran Angular de SM Colombia y la Internationale Jugendbibliothek (Biblioteca Internacional de la Juventud) la incluyó en 2016 en su reconocida lista The White Ravens, en la que se selecciona un catálogo formado por 200 títulos (procedentes de 60 países y escritos en 42 lenguas diferentes) de los libros más destacados en cada año.

En la reseña para la Feria de Frankfurt y la Feria Internacional de Bolonia de ese año se le destacó por su “lenguaje conciso” que narra “en un cuadro de opresión, la vida de los niños y adolescentes frente a la violencia y la muerte”; pero destacándose por igual temas como la amistad, el amor y la pérdida que forman parte del entramado en el que el personaje principal “intenta encontrar un lugar para vivir, así como un lugar en la vida”.

Aquí puedes leer el comienzo del libro Crecimos en la guerra, tercera obra del reto 10 libros en 2021.

Por su parte, la propia autora señala que su experiencia como corresponsal de guerra y el conocimiento de forma directa de esta realidad del reclutamiento forzado de niños y niñas, la llevaron a preguntarse por cómo contar esta historia manteniendo las posibilidades del realismo que ofrece la crónica, pero al mismo tiempo ganando en la riqueza imaginativa que ofrece la literatura y que permite combinar personajes, tiempos, hechos y situaciones en un lenguaje metafórico que más que veracidad, busca lo verosímil, y en ese sentido le permitiría conservar la marca de la realidad que ofrece el trabajo periodístico y que es el sello de su literatura. 

De ahí que los dos protagonistas de la novela existan, en efecto, y el motivo principal de su singular amistad haya sido la puerta de entrada a la narración literaria. Lozano señala, además, que el adverbio “allá” condensa la nominación que los niños y jóvenes le dan a este tiempo-espacio en el que estuvieron en la guerra y en la guerrilla, como si quisieran connotar algo pasado y lejano, que cuesta nombrar y recordar. Y en efecto, es esto lo que la autora destaca sobre su propia narración:

“Un niño en la guerra se ve frente a un dilema imposible para su edad y sin embargo lo tiene que afrontar: el dilema de matar o morir porque esa es la guerra, o yo te mato o tú me matas, entonces yo te tengo que matar primero porque cuando entras a la guerra te llenas de enemigos y también lo que es más duro, recuerdas que por culpa de ellos alguien murió”. 

Pero todo tiene su revés, hasta la guerra y la muerte y la violencia sin fin que esta trae y por eso es dable destacar cómo en este trabajo periodístico Pilar Lozano ha recogido también un telar de historias que nos devuelven de regreso a la vida. En 2016 realizó un trabajo titulado Historias de un país invisible, un texto que recoge cuatro experiencias de niñas, niños y adolescentes que de la mano de maestros u otros adultos, cuya terquedad en la vida les permite sobreponerse lo suficiente para hacerle el quite a la guerra, se reinventan con sus apuestas pedagógicas: por ejemplo, y como su de renombrar las palabras se tratara, en Istmina-Chocó una maestra-bibliotecaria invade con libros las calles despavimentadas y “forma un ejército, pero de lectores”, ella misma así lo afirma: 500 jóvenes la acompañan en esa tarea y de su mano han aprendido a construir criterios para escoger las lecturas y  para ayudar a otros a niños a borrar de su mente las imágenes de violencia que han tenido que presenciar y sufrir. 

Reunidos en espacios de madera y de lata, techos de tabla o tela asfáltica, con pocas sillas casi todas desbaratadas, los más pequeños en el suelo, los más grandes en barandales, se renueva el tiempo de la lectura, la magia contenida en una voz que narra y dibuja con ella mundos fantásticos de los que siempre estaremos todos necesitados. Esa misma figura de mediadora y promotora de lectura, es la que ahora desempeña Pilar Lozano que bien sabe que los libros y la lectura, tal como el agua o los alimentos, son un derecho cultural que no debe ser negado a nadie.

Estas historias de guerra y paz de un país invisible que esta autora se ha dedicado por cuatro décadas a desentrañar, son las que necesitamos aprender a mirar y reconocer, si algún día soñamos con que exista verdaderamente una generación de la paz. Y allí cumple un papel primordial este primer lector-maestro que ofrece y da de leer estas obras literarias.

* Nylza Offir García Vera es profesora asociada de la Universidad Pedagógica Nacional. Licenciada en Pedagogía, especialista en Enseñanza del Español y la Literatura, magíster en Educación y candidata a Doctora en Educación por el Doctorado Interinstitucional con una tesis en torno a la literatura colombiana y la memoria colectiva de la guerra. Se ha desempeñado profesionalmente en todos los niveles educativos: educación preescolar, básica primaria y básica secundaria, y desde 2004 se desempeña como profesora e investigadora de la Facultad de Educación de la Universidad Pedagógica Nacional, en las áreas de lectura y escritura, pedagogía y lenguaje. También ha estudiado los vínculos entre formación de maestros, cultura académica y prácticas lectoras y escriturales. Sus últimos trabajos exploran la relación lectura literaria, educación y memoria.

Referencias en el texto

(1) Entrevista publicada en el periódico El Tiempo: https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/perfil-de-la-periodista-y-escritora-pilar-lozano-333994

(2) Extracto de La Filbo en casa con Pilar Lozano: Era como mi sombra: https://www.redacademica.edu.co/catalogo/lafilboencasa-pilar-lozano-era-como-mi-sombra

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