Leyendo la novela Los cristales de la sal (2016), de la autora sanandresana Cristina Bendek, nos encontramos con un término del que lamentablemente no teníamos mucha claridad. Aunque en los últimos años han sido más comunes las referencias a los pueblos afrodescendientes, raizales, palenqueros y Room de Colombia, una de las preguntas que surgió de las conversaciones sobre la novela de Bendek fue: ¿a qué se refiere específicamente el concepto «raizal»?
Por Gerardo Ovalle [Bogotá]
Desde niño escuchaba de labios de mi abuela la contundente frase: “mijo, las palabras tienen poder”. Al intentar ahondar en el tema, ella me daba ejemplos, me explicaba que al hablar mal de alguien podemos dañar su reputación o, por el contrario, si recomendamos a alguien, estamos dando una buena opinión sobre su forma de ser o acerca de su trabajo. En ese momento daba por entendido lo que se me había querido decir y no lo cuestionaba. Al pasar el tiempo comprendí que el poder no reside directamente en las palabras, sino en quien las emplea.
En aquellos dos ejemplos que daba la abuela era fácil deducir que podría ser envidia lo que sintiera quien hablaba mal de alguien, y que no todos recomiendan a un tercero con la mejor de las intenciones. Esas cavilaciones regresaron a mi mente a partir de lo que leí en uno de los espacios que el Club de Lectura de Diario de Paz tiene en sus redes sociales.
Todo se dio con la publicación inicial de una fotografía donde se observaba la imagen de la representante Cha Dorina Hernández Palomino con la frase «El pueblo negro nunca fue esclavo, fue esclavizado», dicha por ella durante una entrevista del programa El Calentao del canal Señal Colombia. A continuación, se inició un ir y venir sobre esas y otras expresiones, en español o en inglés, que de alguna manera están ligadas con los paradigmas lingüísticos. Si el soldado fue reclutado a la fuerza, ¿fue esclavizado? ¿Cuándo se es esclavo y cuándo subordinado?
Esos cuestionamientos me llevaron a pensar también qué sucede con el niño que nace dentro de una comunidad religiosa y es obligado a seguir esos preceptos: ¿es esclavo, subordinado o fue subyugado? Y, ¿qué tiene que ver todo eso con Los cristales de la sal? Pues mucho: las palabras que van surgiendo en la novela nos dejan ver que la búsqueda por una palabra que identifique a los nacidos en el archipiélago parece no acabar. Los ahora llamados raizales usan palabras como pañas, turcs, champes o continentales, para diferenciarse a sí mismos unos de otros en el cosmos insular del archipiélago de San Andrés.
Las palabras para intentar identificar a los sanandresanos han variado también desde el punto de vista del continente y van más allá del gentilicio. En 2001, Juvencio Fidel Gallardo Corpus, profesor de la Universidad Nacional de Colombia y uno de los artífices del llamado Proyecto Raizal, exponía:
“Uno de los problemas que tenemos es que nos falta un nombre adecuado para designarnos. Primero nos decíamos «isleños» pero cuando empezó a llegar gente de otras partes a la isla comenzamos a darnos cuenta que ellos también adoptaron ese nombre. Nos llamamos entonces «nativos”, pero las personas que llegaron tuvieron hijos que nacieron aquí y éstos también dicen que son nativos. Por eso, desde los años ochenta se empezó a usar el término raizal para referirse a nuestro grupo étnico. Pero ese apelativo tampoco parece adecuado. Queremos, pues, un nombre propio como lo tienen las naciones indígenas de Colombia y otras como los esquimales o los kamaks en Nueva Caledonia en el Pacífico”.

Supongo que don Juvencio buscaba algo más que ser raizal, ya que esa palabra de por sí está ligada a mucho más que el archipiélago, el diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, nos dice que viene a ser lo mismo que raigal, es decir con relación a la raíz.
Y es que esa búsqueda de las raíces, que vemos en la novela de Cristina Bendek, es de no acabar. Sin embargo, al mismo tiempo, los raizales de San Andrés y sus alrededores le han dado tanto poder a esa palabra que parece ochentera, que se nos olvida que es una palabra universal, que incluso el escritor antioqueño Tomás Carrasquilla ya la usaba en sus libros:
“La caña de azúcar, con sus tintes apagados, cuaja extensos, irregulares polígonos o largas lenguas, de entre los cuales sobresale, ya la fábrica hidráulica, de maquinaria norteamericana, de alta techumbre y atrevida chimenea; ya la raizal estancia, tanto más pintoresca cuanto más humilde” (Tomás Carrasquilla, Frutos de mi tierra, 1896).
Existen otros textos donde vemos el uso de la palabra raizal, aquí un ejemplo en compañía de la palabra murga, con la que se designaba a un grupo de músicos que además podían bailar y actuar.
“Cuando al río Magdalena le van a entregar una canoa nuevecita, olorosa a mujer virgen, hacen fiestas singulares como si se tratase de un matrimonio. Matan gallinas y lechona o preparan un huelgo de pescado para obsequiar a los hombres y mujeres que acuden al convite. El anisado entra también de anfitrión en la comitiva, y no ha de faltar la murga raizal que, con dulzuras de albogues, desfleque sus tradicionales bundes” (Jaime Buitrago, Pescadores del Magdalena, 1938).
Es posible que, en el futuro, en lugar de raizal hayan adoptado el creole como palabra que no solo represente su origen sino además su identidad, por lo pronto, los seguiremos llamando así. En cuanto a mí, si bien los raizales insulares me ven como un continental, y otros continentales pretenden mofarse de mi llamándome cachaco, a mí el gentilicio de bogotano me encanta, porque nací en esta Bacatá que es un campo de labranza.
Nota editorial
Según el documento Raizales, isleños descendientes de europeos y africanos, MinCultura, 2010: El pueblo raizal es la población nativa de las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, que para evitar confusión con la denominación de “nativos” dada a los indígenas se hacen llamar “raizales” (Mow, 2006) y son el producto del mestizaje entre indígenas, españoles, franceses, ingleses, holandeses y africanos, primando la cultura británica que fue la que colonizó de manera más fuerte las islas del Caribe. La cultura raizal tiene expresiones culturales propias: la religión bautista, lengua Creole y sutradición oral. La habitabilidad de un espacio tan pequeño de tierra firme condiciona una fuerte red social que mantiene una permanente solidaridad comunitaria, además de que ha generado una sensación colectiva de independencia del acontecer continental.
Crédito de imagen de portada e imagen interior: Esta imagen fue originalmente publicada en Flickr por Policía Nacional de los colombianos. Se usa bajo licencia Creative Commons 2.0.

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