Las palabras son guayabas. Homografía del habla antioqueña en «La marquesa de Yolombó»


La atención a las palabras presentes en La Marquesa de Yolombó, sexto libro del reto 10 Libros en 2021, llevó a un integrante del Club de Lectura de Diario de Paz a crear un ingenioso relato donde la homografía y la rima son las protagonistas. Una historia que se convierte en el pretexto perfecto para saborear los múltiples matices que el habla antioqueña ha sabido imprimir a las palabras. Puedes acompañar esta lectura con el léxico para tener a la mano al momento de leer esta novela.


Por Gerardo Ovalle [Bogotá]

Muchos y merecidos elogios ha recibido la obra de Tomas Carrasquilla. Profundos estudios, como los de Eloy Gamboa y Néstor Villegas –que le hizo merecedor del Premio Félix Restrepo en 1970– han profundizado en el aporte de este autor a la literatura colombiana y han señalado la influencia del habla antioqueña en sus obras. 

En las páginas de La marquesa de Yolombó es posible encontrar cientos de curiosidades. En particular, en este escrito quiero llamar la atención sobre el amplio uso de la homografía, una cualidad de esas curiosas palabras que se escriben y se pronuncian exactamente igual, pero tienen distinto significado.

Por lo menos treinta de esos vocablos se pueden hallar a medida que leemos sobre la vida de Barbara Caballero, la marquesa, así que hay que ir con cuidado. Una buena ayuda puede ser, por ejemplo, acceder al léxico de la obra en donde se presenta el significado literal de cada palabra en relación con la obra y así evitamos una confusión con sus dobles o múltiples significados. 

Más que juegos de palabras

Cuentan los entendidos, y es preciso recordar, que después de leer La marquesa de Yolombó, de la pluma de un filósofo que se tomaba una cerveza, surgió una historia algo confusa, que puede sonar difusa, pero que sucedió en verdad.

Estaba un cinchado [mestizo] como olleta [bobo], viendo unos chicharrones [granos de oro], que al lado de los patacones [monedas de plata], brillaban a cuál más. Pero resultaron ser guayaba [mentira], pintadas de dorado calostro [amarillo], un ardid, huelga [sobra] decirlo, preparado por un rufián.

Al pillo se le veía una chupa [tipo de chaqueta] de gamuza bajo la jerga [ruana], y en la cabeza llevaba un castor [sombrero], como quien dice, todo figura y señor. El cinchado no lo sabía y por eso perdió el remojo [regalo], tarde llegó su enojo, el ladrón con su jerga lo embaucó.

Informaron al despertar [inspector] de tan vil fechoría y partió hacia la mayoría [oficina de un mayor] en busca de pronta ayuda, con su amigo el militar. Al entrar al edificio estaba la mayoría, disfrutando de la gamuza [chocolate con harina de maíz] que ese día prepararon con un calostro sin igual.

En medio de ellos la churumbela [niña] hija del general, con un morral en la mano que usaba para abalanzar [vomitar], consecuencias de la chupada que le pegó a la churumbela [pipa]. Eso le pasó por no preguntar. Chicharrones y patacones a la churumbela aliviaron y un jugo de guayaba que la encargada le dio.

En tanto despertar, encontró la ayuda que en la mayoría buscaba, salieron todos al trote y rumbo a la pensión. Sin pensión [temor] rodearon el inmueble donde el granuja estaba, con el menor ruido, todos a la tapada [a escondidas].

Pero el truhán estaba en la tapada [pelea de gallos], perdió chicharrones y patacones, apostando como una bamba [tonta]. Se puso altanero el morral [grosero] y a empujones lo sacaban, como emblema lo tomaban y ni una bamba [moneda] le dejaban.

Cinchado quedó el caballo, preparado para la huida. La tropa al verlo salir, en mayoría se abalanzaban. Una tunda recibió, ser morocho [robusto] no le sirvió; voló el castor, rasgó la jerga, y la bamba [calzado] también perdió.  

El bribón, metido en ese emblema [lío] y sin nada que decir, se declaró en huelga de hambre y solo claro [caldo de la mazamorra] aceptaba recibir. No se sabe cómo, en el claro una broma [gusano] resultó y ni el más caliente [valiente] se atrevió a sacárselo, y no es chiste: por una broma murió.

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Escrito por

Ingeniero de sistemas apasionado de la lectura. Mi papá acostumbraba a leer novelas de bolsillo, las que más le gustaban eran las de vaqueros, primero se quedaron en mi memoria los nombres de Keith Luger, Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía; antes que los de Garcia Márquez o Rafael Pombo. Los mundos que descubría a través de cada página tan solo avivaban el deseo por leer más y ahora después de tanto tiempo el fuego no se extingue.

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