De “La pájara pinta” y una lectura caleidoscópica

Desde Bogotá, Ángela Torres Cárdenas –estudiante de Licenciatura en Español e Inglés–, también se ha unido al reto lector 10 libros en 2020. Compartimos su mirada y su reflexión, parte del especial Leer para entender Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón.

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Por Ángela Carolina Torres Cárdenas*

Ahora que todo viene y va, que se agiganta y se achiquita como en la feria de los espejos, se deshace en partículas; es el momento de mirar para atrás: de terminar de una vez con este cosmos de imágenes sin lógica, la raíz. Albalucía Ángel.

Dice Betty Osorio que en la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón “la protagonista proyecta su experiencia personal sobre un contexto histórico formando una especie de mosaico donde se entrelazan la vida privada y la historia colectiva del País”. Imaginemos un mosaico, imaginemos una imagen hecha de pequeños retazos que represente la obra de Albalucía Ángel, escrita en 1975. ¿Cuál sería esa imagen? En mi experiencia lectora guiada por Ana, no hay una imagen. Hay muchas. Y son difusas. Incandescentes. “¿Podrá decirse burbuja incandescente?“. Se conjugan entre si y forman nuevas imágenes. Son guayaba agria con sal. Son ásperas. Son mórbidas. Son un oxímoron que refleja las imágenes caleidoscópicas que aparecen y desparecen de la reducida vista de nuestro lente.

En Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón son múltiples los hitos históricos que se presentan: El Bogotazo, La Segunda Guerra Mundial, La Violencia Bipartidista, el proceso de colonización paisa, el Frente Nacional, la matanza de estudiantes el 8 y 9 de junio de 1954, la fallida entrega de armas a Rojas Pinilla, en 1953; la persecución y tortura a todo aquel que pensara diferente, la muerte del Che Guevara, la Guerra de Villarrica, la masacre no dimensionada en la Plaza la Santamaría, en 1956, y otros que tal vez se me escapan.

Sin embargo, esta novela, más que relatar una serie de sucesos que tuvieron lugar el siglo pasado, da mustias señas del cómo esos acontecimientos permearon la vida íntima y familiar de Ana, una niña, adolescente y joven que caminaba en una vasta paranoia de sueños, de pájaros, de resplandores que se desvanecen.

Así pues, en esta novela Albalucía Ángel funde las imágenes poéticas que acompañaron su niñez y adolescencia con aquellas imágenes y recuerdos fugaces de eventos históricos que trastocaron a cada una de las voces vivas de los relatos. En este punto, quiero hacer énfasis en las palabras recuerdos y voces, ya que son éstas las que marcan el estilo discontinuo, fragmentado y polifónico en la obra, casi como la marca cultural que nos caracteriza como nación.

Por una parte, no es gratuito el epígrafe que acobija a nuestra pájara pinta: The memories of childhood have no order, and no end. Con esta sentencia, podríamos decir que al igual que nuestros recuerdos infantiles, el pasado de nuestro país no tiene orden ni fin. Parece que la poda neuronal que nos impide recordar qué sucedió en nuestros primeros años de vida permanece, aún, en la adultez que hemos alcanzado como país. O tal vez no; tal vez esa es la cuestión: no hemos alcanzado la adultez y por eso olvidamos sin ningún remordimiento, olvidamos y ni siquiera notamos que lo hacemos.

En la memoria colectiva colombiana hay cortos fogonazos que vislumbran los sucesos históricos que han ido construyéndonos como sociedad. Son recuerdos vagos, imágenes sin sentido, “frases repetidas por miles de campesinos, como «“La Violencia” me mató la familia», «“La Violencia” me quitó la tierra», «“La Violencia” me hizo huir del campo», que no aluden a nadie en concreto, que no se refieren a personas que pudiesen ser identificadas; remiten, más bien, a una especie de «fatalidad histórica», similar a un terremoto o a cualquier otra calamidad provocada por la naturaleza” (Arias, 2017).

Por otra parte, las voces que se entrecruzan en la novela dan cuenta de la maestría de Albalucía Ángel para recrear las diferentes perspectivas, no sobre La Violencia, sino sobre las violencias que cada voz, a su manera, retrata y que como colombianos seguimos viviendo.

La estructura narrativa de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón rompe con los esquemas de la novela tradicional y da paso a una estructura en espiral. Al terminar la novela pareciera que hasta ahora la estuviéramos comenzando: no hay principio, nudo ni desenlace en la historia. La alteridad de voces produce una sensación de zozobra y confusión, todo parece un caos; no obstante, fue esta misma herramienta la que le dio sentido a mi experiencia lectora: somos una sociedad que no escucha, que no se detiene a reflexionar en torno a todas las voces que habitan en nuestros territorios.

“La pájara pinta” requiere lectores activos y dispuestos a escuchar. El acto de escuchar la novela involucra no sólo un ejercicio de saber qué voz es la que está presente en el relato, sino también de reconciliar aquellas voces ficcionales con las voces que me habitan y me rodean. Somos hijos de una misma historia: es hora de aprender a escucharnos.

En suma, los recuerdos, voces, ficciones, eventos históricos y sentimientos que se difuminan y desvanecen a la vez en Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón son una serie de elementos que interpelan, que encaran. Ha sido nuestro pasado una serie de imágenes caleidoscópicas que no nos permiten enfocar la mirada. ¿Cómo está nuestro presente? ¿Nos esperará un futuro igual de caleidoscópico?

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*Ángela Torres Cárdenas nació en Bogotá, en 1996. Estudia sexto semestre de Licenciatura en Español e Inglés, en la Universidad Pedagógica Nacional. Entre sus pasatiempos están leer, escribir, tejer y montar bicicleta.

Referencias en el texto:

Arias, Ricardo (2017) Historia de Colombia contemporánea (1920-2010). Biblioteca Básica de Cultura Colombiana.
Osorio, Betty (1995) La narrativa de Albalucía Ángel, o la creación de una identidad femenina. En: Jaramillo María Mercedes, Osorio Betty y Robledo Ángela, eds. Literatura y diferencia. Escritoras del siglo XX. Universidad de Antioquia.

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