El espíritu libertario en “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón”

Como parte del reto 10 libros en 2020, compartimos una reflexión de Nancy Ayala Tamayo, desde Armenia, Quindío. ¿Qué parelelos pueden hacerse entre los personajes de esta obra y la búsqueda colectiva por la paz y la libertad? Un contenido del especial Leer para entender Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón.

Nancy Ayala Tamayo*

Como toda narrativa, particularmente la de ficción, la novela de Albalucía Angel, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, puede leerse de diferentes maneras, una de ellas sería la que corresponde a su connotación como novela histórica sobre el período conocido como La Violencia en Colombia.

En mi lectura, he puesto el foco de atención en un relato que, a mi modo de ver, se desarrolla en paralelo: el modo en que la protagonista construye un camino libertario que la desata de la dinámica violenta de su contexto vital; contexto que se articula a través de un bucle de retroalimentación que, como mecanismo de control signado por una lógica violenta, configura al colectivo social y a cada individuo, y traslapa, en su dinámica, causas y consecuencias de nuestro comportamiento. La protagonista, en contravía, propone un estado de constante rebelión del espíritu.

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Ana quiere volar

El personaje principal de la novela, Ana, es la realidad cuyo significado se desplaza hacia “La pájara” como metáfora; una pájara como símbolo de libertad, o al menos como búsqueda de ésta.

La ruta emprendida es azarosa. El miedo a enfrentar las duras circunstancias de su crianza y de su entorno, a menudo se expresa en la voz dolida y desesperanzada de la narradora –Ana adulta–, quien a través del flujo de su conciencia va y viene por distintas etapas y sucesos de su vida.

“Si pudiera llorar de miedo en una casa sola/si pudiera arrancar los ojos y comérmelos/lo haría por tu voz de naranjo enlutado…”, dice la pequeña Ana cuando escucha por la radio los horrores acaecidos en medio de la sublevación popular, tras el asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Este mismo miedo la atrapa de nuevo cuando muere Julieta, su amiga del colegio: “Estoy aquí y me siento como un ser perdido, extraperdido”. Y reaparece cuando ya es adulta: “Soy un pez en el aire, un pájaro en el agua, tengo necesidad de saldar aquel pasado que me oprime… los vínculos del amor”.

Pero los momentos de desasosiego de este personaje se entrelazan con otros en los que su espíritu se muestra abierto. En el entierro de su amiga también se pregunta “¿por qué es que cantan esas cosas tan tristes cuando hay muertos?”, mientras recuerda una conversación con Julieta en la que le preguntó si quería ser pájaro, y ella le contestó “Pues claro” y se subieron al árbol del colegio para cantar a voz de cuello: “estaba la pájara piiiinta, sentada en el verde limón, con el pico recoge la coooola, con la pata retoma la flor”, sin hacerle caso a la madre Rudolfina que las regañaba por todo y las conminaba a bajarse del árbol gritándoles “¡cero en conducta esta semana!”, mientras iba a buscar una escalera y subía a buscar entre las ramas a las pájaras pintas, que ya se habían volado.

Ana es la personificación del espíritu libertario, en constante desafío a la hipocresía y/o gazmoñería de cualquier práctica de formación hacia las personas. Para ella, las reglas impuestas son objeto permanente de crítica reflexiva; y el estado de cosas normales en medio de las cuales vive son fuente de dolor e insatisfacción que reafirman su actitud a medida que pasa el tiempo.

Sabina como alter ego

Sabina es la criada omnipresente del espacio doméstico en el que habita Ana. El relato la presenta como el alter ego de la mamá, en un ejercicio de seguimiento constante orientado a evitar su descarrilamiento de las buenas costumbres y/o las que son apropiadas para una mujer: una niña no puede decir malas palabras, una niña no puede tocar el timbre de la puerta de manera tan agitada. En este rol de disciplinamiento es acompañada por las amigas de su mamá, las vecinas chismosas y la constante alusión a mitos y leyendas amenazantes. Entretanto, Ana observa sus manías de limpieza y brillo hacia objetos caseros y con voz irónica se resiste, desde un estado explícito de conciencia adulta, a tanto control: “Por qué, me pregunto, tener que resistir todo de golpe desde tan tierna edad”.

Ana cuestiona, pregunta y aprende hasta configurar una actitud de rebelión frente al miedo. Como colegiala adolescente: “Por mi parte, ni más, se prometió en el fondo. Y nada de pobrecita. Porque eso de pobrecita es como cuando a los soldados los matan en la guerra y todo el mundo dice pobrecitos, y se lavan las manos haciendo el monumento”. Desde entonces la acompaña “un ángel de alas grandes que protegía el espacio como diciendo que no temas, que volar no es difícil, yo te ayudo…”. Su inconformidad se extiende hasta la normalización de roles hombre/mujer: a su hermano Juan José, siendo niño, le compraban mecanos para jugar y a ella no, porque “silbar no es para niñas, definitivamente, cada vez que uno va a hacer algo ¡no es para niñas!…como si los varones tuvieran el permiso de hacer y deshacer…”.

Ya no será la misma. En su proceso de concienciación, la abuela ocupa un papel importante: entre mimos le enseña a leer, la anima en lecturas complejas para su edad como Las mil y una noches, y cultiva su imaginación. Cuando le pregunta por qué el libro no tiene imágenes, la abuela le responde: “pues imagínatelas, ¿no te parece divertido?”. Leerá durante el resto de la historia, alumbrándose con una linterna debajo de las cobijas para evitar ser cogida en falta por su mamá o por Sabina, con quien tiene altercados diariamente ya que acostumbra levantarse tarde por esta razón.

Así, Ana discurre por una dinámica de independencia mental apoyada en estas lecturas y alimenta el deseo de escribir sus propias historias. No llega hasta allí el relato, pero se me ocurre pensar que este deseo logra materializarse en la figura de la autora: es como si Ana se hubiera salido de la ficción para incorporarse en el cuerpo real de Albalucía Ángel. Y también al contrario.

La liberación

Ana se resiste a una posible caracterización como víctima. Lo refleja el fragmento sobre las violaciones de Saturia por Lisandro y luego de Ana por Alirio; violaciones que son un correlato de la violencia social y política descritas en la novela. A mi juicio, la escritora nos propone el camino del amor –sentimiento asociado a Lorenzo– como símbolo de sanación:

“…así, no temas, mientras sus manos apaciguaban mis caderas, sin violencia, sin prisa, hasta que al fin aquel dolor dejó de ser como una cuchillada y la imagen de Alirio se fue descomponiendo, y de nuevo aquel vértigo, pero era diferente porque la náusea no me acosó esta vez ni se rompieron las entrañas sino que más bien se fueron esponjando como una flor que se abre en muchos pétalos”.

Para concluir, el espíritu libertario anunciado en el título del presente ensayo es una asignación de sentido que entiendo en perspectiva de libertad moral como propuesta de Albalucía Ángel, esto es, como la capacidad individual de sobreponerse, bajo un estado de rebelión permanente, a cualquier tipo de confinamiento de la voluntad.

La pérdida de confianza en los ámbitos social y familiar acostumbrados, y con ello el sentimiento de soledad que acosa y duele, son riesgos que asume la protagonista. A cambio, la esperan unas alturas solo posibles de lograr confiando en sus propias alas, las que pone a prueba cuando decide abandonar el nido.

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*Nancy Ayala Tamayo es economista pensionada y vive en Armenia, Quindío. Hace parte del Taller de escritura y lectura creativa Relata-Quindío y escribe una columna en uno de los diarios del Quindío.

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