Arnoldo Palacios: un ser mitológico, un héroe épico

Nacido en Ocaña, Norte de Santander, el autor de la siguiente reflexión comparte la emoción de haber leído la primera obra del reto 10 libros en 2021. ¿A ti también te pasa que luego de leer un buen libro quieres contárselo al mundo?

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Por Carlos Rochel*

Pediré disculpas por no esperar hasta febrero para leer el libro, pero soy de los que se come todos los chocolates de una sola sentada y no espera hasta más tarde, además el descanso de fin de año, a estas horas, se vuelve empalagoso y después de recoger la decoración de diciembre y arreglar las llaves que gotean leer se vuelve un buen distractor.

Confieso que no conocía a Arnoldo Palacios y la biografía con la que inicia el libro me dejo sorprendido (aquí puedes descargarlo). ¿Cómo es posible que un ser tan interesante no tenga película, serie o telenovela? La respuesta es muy fácil: nació en la otra Colombia, la de los olvidados y la de los ninguneados. Arnoldo es un ser mitológico, un héroe épico, ¿acaso él es “Irra”, el personaje de su novela?, ¿será él una estrella negra? Pasa de ser un ninguno, a entablar conversación con los intelectuales de su época y a sentarse en las mesas más respetables de Francia; pasa de cojear en un república banana conmocionada a ser conde en Francia. La verdad, es fantástico.

No quiero dar conceptos intelectuales sobre Las estrellas son negras, ni hacer arquetipos de su personaje “Irra”, simplemente quiero dejar impronta de mi sorpresa con esta novela. Cualquiera podría decir que el personaje que deambula por ese Chocó racista y miserable fue inspirado en el Leopold Bloom del Ulises de James Joyce, que en él se nota el monólogo interno del personaje, que las calles de Dublín se transformaron en los lodazales de Quibdó de la década de los cuarenta, que aquel deseo de matar al intendente es el mismo que Joyce muestra en el funeral de Paddy Digman, que la escena erótica-pedófila con el personaje Nive es la misma que sucede con Molly Bloom. Pero, seamos sinceros, las posibilidades de que Arnoldo leyera el Ulises en Colombia para esa época son casi imposibles, sobre todo porque a la fecha que Arnoldo Palacios escribió su novela, el Ulises apenas estaba llegando a Argentina y de manera clandestina porque en el Reino Unido había sido tachada de inmoral.

Nos encontramos entonces con un caso que podríamos llamar, desde un punto de vista metafísico, literatura diacrónica, aunque yo pienso que lo que sucede acá es un inconsciente colectivo manifestándose en diferentes lenguas y espacios geográficos, pero representando el más puro estado de la materia humana: el deambular de un hombre cargando el peso del mundo sobre sus espaldas, no paleando su soledad sino rumiando la soledad del universo; el encuentro del hombre con la ciudad, el más elaborado invento humano que se vuelve contra él y lo posee, lo persigue en todo puerto, al mejor estilo de Cavafis; sus pasiones, sus emociones más primigenias: el hambre, el sexo, las ganas de matar y cómo las sublima: unas veces caminando, otras entregándose a un fantaseo mudo y otras entregándose a ellas: ya sea poseyendo a una niña, o un pecado mayor: poseer a su propia esposa, como en el caso de Molly Bloom. Y, al final, entregándose y resignándose al destino: el héroe sucumbe y como un Sísifo espera a que la piedra caiga con el sol para volverla a subir. Irra entiende que no hay horizonte para él y que debe dar la vuelta y caer en el río, metáfora del tiempo, convirtiéndose en una broma irónica de la cual todos se ríen y nadie entiende.

Desgraciada o afortunadamente, el Irra de verdad se fue del Chocó, se fue de Colombia y se fue de Suramérica a vivir a Francia. La indiferencia de Colombia, su racismo, su ceguera clasista nos impidió tener a un Joyce latinoamericano en nuestro parnaso. Por fortuna, Arnoldo Palacios brilló en el cielo blanco, porque todas las estrellas son negras.

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* Sobre el autor: Carlos Rochel se presenta: “Soy natural de Ocaña, en el único departamento de Colombia que carece de nombre y en su lugar tiene dirección: el Norte del Santander. Estudie Psicología, más por casualidad que por convicción, en la Universidad de Antioquía, en donde me encontré con los fantasmas de los que se fueron como Gonzalo Arango y Fernando González, de los que muy pronto se hicieron fantasmas como José Manuel Arango, Jaime Alberto Vélez y de los inmortales como Jaime Jaramillo. Por andar pensando en nadaísmos, panidas, piedracielistas, nunca tuve unas buenas notas, sin embargo, la universidad se vengó de mi graduándome y dándome un cartón que guardo con orgullo debajo del colchón. De la capital de la eterna primavera me fui a vivir al corazón del Catatumbo en donde me desempeñé como psicólogo trabajando con comunidades, de ahí salieron dos hijos bibliográficos: la monografía “Teorama bicentenaria” y el libro de microcuentos 18 m.m.. Después de eso recibí el título de padre por parte de mi hija Dharma Sofía y el de padre gatuno a garras de mi gato “Rasputín”. Terminé una maestría de Neuropsicología Clínica en la Universidad de Valencia en España y actualmente me desempeño como Orientador Docente en San Alberto, Cesar.

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