Así comienza la novela “Las estrellas son negras”, de Arnoldo Palacios


Para animar a la lectura, compartimos un fragmento inicial de la novela del escritor chocoano Arnoldo Palacios. Esta es la primera obra del reto 10 libros en 2021. Si te interesa la literatura colombiana, aquí puedes inscribirte al Club de Lectura de Diario de Paz. Para conocer el plan lector de febrero, sigue este enlace.

Para leer esta novela, puedes descargar una copia de manera gratuita siguiendo este enlace >>>

Las primeras páginas de la obra fueron leídas en voz alta por un grupo de profesores desde Quibdó, Chocó. El video está disponible en nuestro canal de YouTube.


Las estrellas son negras

Arnoldo Palacios

Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron
vientos, y combatieron aquella casa; y no cayó:
porque estaba fundada sobre la peña…
MATEO, El sermón del monte


Para Matilde Espinosa y a la niña Clarita. Porque fe y alegría me infundieron, enseñándome que la bondad del corazón no muere todavía…

Libro primero

Hambre

Irra bajó a la playa con el ánimo de embarcarse a pescar. Llevaba la boya en la mano, y lombrices dentro de un mate lleno de tierra húmeda. Vestía unos calzones de baño, reducción de pantalones largos ya demasiado despedazados de viejos. Miró sobre su cabeza el cielo azul, y sobre el Atrato la luz vesperal plateando las ondas.

Sentado en la nariz de la piragua estaba un viejo arremangándose los pantalones remendados. Él, con más de ochenta años de edad, cabeza pequeña, calvicie reluciente en su cráneo negro chocolatoso, orlado de cabello motoso hacia las orejas y la nuca, cara huesuda, sienes y mejillas hundidas; una mirada apacible emanaba de ojos pardos, oscuros y profundos. Su nariz chata dejaba escapar unos pelitos que se entrelazaban al áspero bigote amarillento, empapado de sudor. Los labios gruesos, salivosos, se mantenían abiertos, mientras cuatro dientes curtidos mordían el cabo de madera de la pipa de barro. Su rostro descarnado, relievado de arrugas, traslucía profunda confor- midad, cierto desprecio por lo pasajero y fútil, recia responsabilidad ante la vida larga que lo había fustigado desde el momento en que le regaló el primer rayo de luz. La cabeza dura, forjada a martillazos sobre una roca milenaria, se erguía sobre el cuello rígido saliente del busto esquelético que descubría patente la forma de las costillas, del esternón y de las clavículas. Hacia el estómago, el vientre se hundía cual una bolsa desinflada. ¡Oh…, qué brazos más lánguidos pendientes de unos hombros! Se creyera que, al morir el viejo, esos brazos con los cuales se había batido podrían servirle de cirios.

Irra contemplaba al viejo arremangarse los pantalones, amarrados a la cintura mediante una cuerda de cargadera. Y continuaba con la pipa en la boca, de la cual fluía un hilo negruzco de baba nicotinosa; el hilo de baba le iba humedeciendo la barba, el pecho desnudo, cosa que no le importaba. El viejo se levantó dirigiéndose a alzar la palanca tirada en la playa.

—Deben de sé laj tré —dijo, echando una mirada al sol.
—¿Me lleva con usted, compa? —le preguntó Irra, comprendiendo que el hombre se iba en esa piragua, y en el acto Irra se embarcó.
—No puero… no —replicó el viejo con su voz cavernosa, frunciendo los labios—. ¿Ujteren pol qué son tan abusivos…? ¡Sárgase!…

Irra, erizándose, arropó al viejo bajo una mirada furibunda. «Negro desgraciado, hijuep… Debía reventarte esa cara mugrosa…», pensó.

El viejo lo miró despectivamente, escrutando a través de su ros-tro las insolencias que se agitaban en la mente del muchacho. Y le habló fijando en él sus pardos ojos profundos:

—Vea vé… —le dijo, reposado—. Yo no l’echo ná a vusté… Lo que sucere é que yo vo a pejcá, y mi piragua é mú chiquita…, ¿aluyó?… y vusté mi ha di hacé ruiro… Yo juí mú amigo der juinao tu pagre… Pu eso jué que no te metí una gajnatara pol marcriaro, y te paltí eta palanca en la nuca… Sin embalgo, embalcáte pué pa que nó vamo a salí con tío pásame al otro lao… Er compa jué un gran hombre… güen amigo… ¿tá uyendo?… Era mú selviciá… loj queríamo bastante…

Ya se oía el rugido de los motores de pequeñas lanchas repletas de bañistas, lanchas rojas recorriendo el río, agitando las aguas. Sabroso debía de ser bañarse así, y que cuando le disminuyeran la velocidad uno se lanzara a nadar y que luego volvieran a recogerlo a uno… Eran lanchas del Gobierno y se las prestaban a los blancos. El intendente era blanco también, tenía roce social, era de primera, por eso el intendente facilitaba tales vehículos a los empleados blancos. Las muchachas mostraban sus cuerpos requemados, fresquísi- mos, con senos llenos, apretados bajo el traje de baño. ¡Qué linda aquella, qué caderas!… El cuerpo de Israel se erizó por el deseo de acostarse con esa muchacha… ¡Qué tal aguardar la caída de la tarde y tumbarla sobre la arena!…

Tres meses de verano. Eran las postrimerías de febrero y el calor había llegado a su grado más sofocante. Por eso estas tardes las gentes se dedicaban a bañarse, y cuando el tiempo se detenía en las cuatro de la tarde la romería de bañistas era una confusión en la playa. El rugido de los motores y el grito de las gentes alegres no cesaba en el viento.

Mohíno, avergonzado ante el viejo, Irra se quedó, pues, en la champa, sentado en el plan. ¿Qué mal hacía este campesino al decir que la piragua era muy estrecha? Ahora sentía palpitar dentro de su corazón las frases suaves y cariñosas del anciano. Con cuánto afecto había evocado la memoria de su padre, queriendo tal vez significar que el hijo no merecía el nombre del progenitor. El viejo, con su mano huesuda, agarró la nariz de la champa y la empujó arrastrándola. Y de un salto se embarcó, cogiendo el canalete que estaba dentro de la piragua. La champa produjo un oleaje y el viejo empezó a bogar.

Atravesando el río la champa galopaba sobre las plateadas ondas. El viejo dirigió sus ojos pardos hacia el grupo de blancos desnudos que se movían en la playa opuesta. Se sentó, dejando de bogar, atravesando el canalete sobre los bordes de la piragua… Sacó de su boca la pipa de barro, apagada, y comenzó a hurgarla despaciosamente con una astilla de madera que sacó del bolsillo de su pantalón; de otro bolsillo extrajo un solo fósforo, mugroso, y rastrillolo contra la borda de la piragua; metió nuevamente la pipa a la boca, y la llamita titilante al viento empezó a quemar la picadura encenizada. El viejo, machacando el cabo entre sus cuatro dientes, comenzó a bombear la pipa; el humo de esta iba ascendiendo en espirales azulosas y las bocanadas que exhalaba el viejo desbarataban las espirales. La brisa constante disipaba rápidamente el humo, quedando penetrante olor a nicotina. Flotaban en la mitad del Atrato. En la orilla derecha veían la ciudad de Quibdó, con una profusión de puntales esqueletudos sosteniendo las cocinas de las casas. Sí, las cocinas destartaladas de las casas de los negros y los blancos. Por allá abajo se movía en la playa un hormiguero humano que alborotaba pies y manos entre las canoas de plátanos, agitándose los gajos en las manos del hormiguero viviente. Un poco más arriba, en el puerto de la «casa» de mercado estaba anclado un pequeño barco llegado de Cartagena la tarde anterior. Lancha grande, sin camarotes, ni nada de eso… Simplemente una lancha de carga: en uno de los costados de la embarcación se advertían unas letras negras; pero desde donde iban Israel y el viejo no se alcanzaba a leer el nombre… Ah, sí…, la Santa Teresita.

Irra empezó a sentir una desazón en el estómago. Hambre. ¿Cómo era posible soportar tanto tiempo sin comer? Miró su anzuelo y las lombrices dentro de la totumita llena de barro. «Pueda ser que me pesque unos cuantos charres hoy —pensaba—. Aun cuando rabicoloradas prende este anzuelo…». La desazón se iba esparciendo a todo el cuerpo… Sintió náuseas, un vahído… Se incorporó, sosteniéndose del borde de la champa. El estómago se revolvía produciéndole un cosquilleo, ansias de vomitar… Sacó la cabeza hacia el río… Se miró su imagen en el agua… Y el primer empujo de vómito… Su garganta gorgoteaba y sentía que el estómago se le saltaba por la boca… Pero nada arrojaba… Se apretó el vientre y luchaba por vomitar. Hasta que fue saliendo una cosa verde, viscosa, que sabía amarga…

El viejo abrió tamaños ojazos y cesó de bogar.

—¿Qué é lo que te pasa, eh? Yo te dije que me veníai a peltulbá mi estino… ¿Yeso que tái gomitando nu é bile, pue? Sea pol Dió… —y acto seguido timoneó la champa hacia el punto de partida.

«¡Viejo maldito! ¡Negro infame!», pensaba Israel. «Me has hecho una brujería… Me has puesto a vomitar… ¡Quién sabe qué me habrás metido a la barriga! Si no querías que me embarcara en tu champa podrida, ¿por qué no me pegaste y te desgüevaste conmigo?».

Extenuado, la comisura de los labios amargada por el vómito verde, se tendió de espaldas en el plan de la piragua. Yacía allí rendido, nervioso, mirando vagamente el cielo claro sobre su frente. Se sentía caliente. No entendía bien lo que estaba sucediendo, ni dónde se encontraba. El hambre lo había debilitado y quizás el viento le acabó de hacer daño. Le parecía que entraba ya la noche. Y que la ciudad se reflejaba bajo las aguas como los castillos de las viejas leyendas… Y que en la bóveda celeste parpadeaban las estrellas, los luceros que luego navegaban en las ondas del río… Y la más inmensa de todas las estrellas, el lucero de la Boca de Quito, estaba allí rasgando las tinieblas, quitándole el pavor al silencio nocturno.

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