El libro que nació con alas. Así llegó “La vorágine” a una vereda del Tolima

Después de leer La vorágine, Margarita Cifuentes puso a volar su libro. ¿Qué significó para ella la lectura de esta novela y por qué se desprendió de su ejemplar? ¿Cómo y a manos de quién llegó esta obra? Una inspiradora historia, parte del especial Leer para entender La vorágine, del Club de Lectura Virtual.

Por Margarita Cifuentes* 

La decisión de leer La vorágine tiene una carga afectiva para mí. Quería releer esta novela antes de profundizar en mis viejas vivencias alrededor de la selva. Y ahí estaba mi libro en lista de espera. Siempre postergado por otros libros que iban llegando o por otras actividades relacionadas con la sobrevivencia.

Pero un día me enteré del reto de Diario de Paz Colombia y ¡oh sorpresa!, el primer libro propuesto era justamente La vorágine, entonces me animé a leerlo. La lectura me causó un revuelto de placer y de dolor, primero, por la magistral poesía de José Eustasio Rivera, y segundo, por las escenas desgarradoras de la barbarie y la esclavitud que azotan la Amazonia aún en nuestros días, so pretexto del desarrollo y del crecimiento económico.

Sin embargo, la experiencia de lectura no hubiera sido igual sin la compañía de los participantes del club. Me ha pasado muchas veces que, conmovida por la lectura, me siento derrotada, pero ahora que hago parte de esta iniciativa, leo los comentarios de otras personas y los siento como el abrazo del amigo que me escucha, me consuela y me muestra otras maneras de entender la obra y el mundo.

Hice el viaje de Arturo Cova, pero al revés

Al terminar mis estudios de economía en 1987, me vinculé a grupos de investigación interdisciplinaria sobre la Amazonia colombiana. Fueron apenas tres o cuatro años de viajes y recorridos por la selva, por sus ríos y sus comunidades de colonos y de indígenas. Las experiencias que tuve aún perduran como las mejores de mi vida. Sin embargo, por razones muy personales desistí de la investigación y me refugié en la comodidad de un trabajo más estable.

Por todo esto, siento que hice el viaje de Arturo Cova, pero al revés. Salí de La vorágine que le daba sentido a mi vida para perderme en la ciudad, un espacio de corazones fríos, duros e indolentes; una ciudad en donde se sigue creyendo que la selva no es más que matas y animales salvajes que no tienen ningún valor económico; porque solo se puede imaginar un mundo en términos de ganancia económica. Por eso, la selva, considerada como tierra de nadie, solo importa en tanto se pueda saquear, exprimir y arrasar.

Hoy, no es la extracción del caucho –como en la atmósfera de La vorágine–, pero de igual manera se arrancan sus entrañas y se vive de espaldas a esa gran diversidad biológica y cultural. Para nadie es un secreto el gran genocidio indígena que se acrecienta en estos tiempos y que se incendian los bosques para tener potreros y monocultivos de palma o de hoja de coca.

La historia de Marlen

Hace algún tiempo me enteré que algunas personas dejan libros en lugares públicos. Quieren que alguien los encuentre, que ese alguien los lea y que los suelten nuevamente para que sigan volando de mano en mano. Y yo soy alguna de esas personas.

Un día encontré en el Club de Lectura la historia de una pareja que vive en Veraguas, una vereda de Melgar, Tolima. La mujer del matrimonio: Marlen, escribió un texto al whatsapp del club. Contaba que con mucha dificultad se turnaban, ella y su esposo, para leer La vorágine.

En un post de Facebook, donde publicaron un pantallazo del chat de Whatsapp, me enteré que esperaban viajar a Bogotá para conseguir un ejemplar con letras más grandes, que les permitiera leer de manera más constante este libro que los tenían tan emocionados como a la mayoría de los integrantes del club. Entonces, resolví actuar, quería darles mi libro.

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Para encontrar a Marlen y a su pareja, me colaboraron Koleia y Andrés, integrantes del equipo coordinador del Club de Lectura. Luego, todo fue cuestión de echarlo al viento. Por pura coincidencia el libro voló hacia las manos de Marlen el 19 de febrero de 2020, día del natalicio número 131 de José Eustasio Rivera. Si, voló para continuar el viaje que denuncia el horror de la esclavitud y el genocidio que deja a su paso el capitalismo salvaje que aún no termina.

No quise saber si sus dificultades eran solo por la ubicación rural –eso era lo de menos–, simplemente tenía ganas de ser parte de este gran proyecto. Sobre todo, porque sentí que este libro era para ellos y les iba a permitir a cada uno leer a su ritmo. Así, su vuelo por el mundo de Rivera ya no estará tan a la deriva, ni será tan incierto como el de sus personajes.

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Cuento esta anécdota para dejar testimonio de la magia de este club, que me ha permitido construir los lazos de amistad con una hermosa y dulce mujer, quien al conocer la historia del libro que nació con alas, y del porqué de su vuelo hacia ella, le ha contado a su familia y la emoción fue compartida por todos, tanto así que ya quieren leer La vorágine.

En una de nuestras conversaciones, Marlen me contaba que algunos de sus familiares lo solicitaron desde Holanda, por eso, probablemente, este ejemplar ya esté viajando hacia otros mundos. Y yo estoy feliz del vuelo y del efecto mariposa que lleva esta historia.

El hecho de leer con otros, de saber que no estamos solos, que somos muchos a los que nos duele y conmueve la realidad, de conocer la gran diversidad de miradas sobre nuestra historia contada a través de esos grandes escritores e interpretada de mil formas por los lectores, nos enriquece y nos hace renacer la esperanza al saber que somos más los que soñamos con un país mejor.

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*Margarita Cifuentes Alarcón es economista de la Universidad Nacional de Colombia.

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