Entre el campo y la ciudad. Una mirada personal sobre la obra de Alfredo Molano

El autor de este texto es un joven de Pasto (Nariño), egresado de la Universidad de la Amazonia en Florencia (Caquetá), y coordinador académico en una institución en Neiva (Huila). La suya es, pues, una mirada especial de Colombia. Como participante activo del Club de Lectura Virtual, se animó a escribir sus impresiones sobre la lectura de A lomo de mula: viajes al corazón de las Farc. (En portada, fragmento del prólogo, escrito por Fidel Cano, director de El Espectador.)

Por Jairo Alexander Castro Guerrero*

Alguna vez, en una entrevista que le hicieron al expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton, contó con efusividad que cuando empezó a leer la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez se sintió tan compenetrado con la lectura que no paró de leer hasta que la terminó. Pues algo similar me ocurrió a mí con A lomo de mula: viajes al corazón de las Farc, de Alfredo Molano; quizá porque, como señaló el escritor Julio César Londoño, uno lee a Molano para aprender “cómo se puede reflexionar en el lenguaje narrativo, cómo se ve el drama rural desde la orilla izquierda del rio”.

Al comenzar a leer este libro, comprendemos que vamos a encontrarnos con las historias de la gente en primera persona. Me asombró ver que estas historias, que integran la sociología y el periodismo, le dan un estilo único a su narrativa, pues en ella recorre parte de una geografía colombiana que desconocemos y presenta sucesos descritos en la voz de los mismos protagonistas. Leer este libro me llevó a escribir esta opinión basada en la experiencia que tuve cuando viví en el campo y en la que tengo ahora que vivo en la ciudad.

Libros de Alfredo Molano
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Los sucesos que se desarrollan en ambas partes repercuten de una u otra manera en la vida de los seres humanos. Para los campesinos, por ejemplo, la vida en el campo es vista de una manera natural: es natural que el sol salga por el oriente y se oculte por el occidente, que los meses de marzo, abril y mayo sean lluviosos, que los cultivos se pierdan muchas veces, que la máxima realización sea tener un lugar en donde trabajar, es decir, un pedazo de tierra, un espacio en donde se sienta una paz verdadera, donde se puedan criar los hijos y los animales al mismo tiempo.

En el campo, creo yo, la educación “formal” no es tan importante como sí lo es lo es saludar, respetar a los mayores, ayudar en los quehaceres de la casa, “ser persona”, como lo decía mi amigo Fortunato Botina, que ya falleció, pero al que menciono con mucha frecuencia. Recuerdo que dirimía constantemente con los que alcanzaban estudios universitarios, no por su título sino porque, según él, se les olvidaba la humildad. Por eso los llamaba “brutos”, molestándose porque ni siquiera saludaban, y se desilusionaba más cuando oía noticias negativas sobre sus comportamientos reprochables.

Fortunato era iletrado, tan solo había aprendido a escribir su nombre por trámites relacionados con las escrituras de sus tierras: le obligaron a aprender a escribir su propio nombre. También decía que no había necesidad de irse a otro lugar (a la ciudad) a sufrir, estaba convencido de que la tierra daba para vivir tranquilo y en eso sí que tenía toda la razón.

Para Fortunato el campo era el paraíso, aun sabiendo que para el campesino siempre han existido muchos inconvenientes: debe transportar sus productos a la ciudad y darlos en subasta, solo que ésta es diferente porque quienes la definen son los clientes, o a veces debe ofrecerlos a los intermediarios quienes se llevan la mejor ganancia; y luego comenzar otra vez el ciclo del trabajo, de los abonos, y de una espera de meses para que vuelva a salir su anhelado fruto. Así veo que es la vida del campesino: así, una y otra vez, hasta que llega la siguiente generación.

Por otro lado está la ciudad. Allá se organizan los recursos para el sector agro, recursos que llegan como “proyectos de desarrollo”, pero que se manejan como le dijeron a Alfredo Molano en Gaitania, “por semáforos”: el verde es para los que están con el gobierno, el amarillo para aquellos pueblos en donde la guerrilla no pasa frecuentemente, y el resto está en rojo.

Volviendo a los campesinos –que de hecho ya saben que nunca les llegará nada si no es por su propio trabajo–, siento que la vida les sigue quedando a cuestas porque son minoristas, porque en alto porcentaje se encuentran en lo que se han denominado estratos 1 y 2. Por esto, es inquietante pensar que el ciclo de la historia se repita. Hoy cualquiera de nosotros podría montarse en otra mula y hacer otra travesía por Marquetalia, por el Cauca, el Catatumbo, Tumaco, en fin, cuántas tierras con tantos problemas sin resolver. Veríamos de nuevo lo que sucedió en Riochiquitodonde el conflicto entre campesinos, colonos e indígenas nasa no pudo ser resuelto por las guerrillas del sur del Tolima en los años 50 ni por las Farc en años posteriores”.

Veremos también que la calidad de vida de los campesinos no mejora casi nada: las vías de comunicación siguen en pésimas condiciones, no tienen acceso a una buena educación y siguen pendientes las reformas agrarias –de las que solo se habla–. Allí están estas familias solas con su pedacito de tierra y, a falta de una remuneración justa por su trabajo, muchas se ven obligadas a dejar sus tierras e ir a las ciudades adonde, ya lo sabemos, son ultrajadas, abusadas en todo el sentido de la palabra: su perfil no se ajusta a la vida de la ciudad, de ahí que su destino sea estar marginados y más empobrecidos.

Leer a Alfredo Molano me ha llevado a reflexionar todo esto, a observar que aún hoy, en gran medida, muchos de los productos del campo no tienen un precio justo en el mercado, pero, contradictoriamente, el costo para pasar un peaje en casi todas las carreteras de Colombia, sí. Alfredo Molano nos da a entender que este libro que menciono no es solamente un recuento de dónde y cómo se originó la guerrilla de las Farc, sino del por qué sucedió esto; y para anexarle páginas a esta odisea, cómo es que los del partido X llevan décadas de confrontación con los del partido Y.

Esta lectura me hace pensar en lo difícil que es que Colombia, después de haber llegado al más reciente Acuerdo de Paz, pueda pasar la página, una página que va más allá del “posacuerdo” que vivimos hoy.

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* Jairo Alexander Castro Guerrero es licenciado en Lengua Castellana  y Literatura y coordinador académico del colegio San Miguel Arcángel de Neiva, Huila. Sueña con publicar una novela.

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