«Río Muerto»: la guerra en Colombia hecha literatura


La literatura colombiana contemporánea sigue retratando la complejidad del persistente conflicto armado. ¿Qué hace que la novela Río Muerto, de Ricardo Silva Romero, publicada en abril de 2020, se destaque en medio de una constante producción literaria sobre la guerra? Un contenido de la serie sobre narrativas colombianas en Diario de Paz.


Por Koleia Bungard [Arizona, Estados Unidos]

Comencé a leer con lentitud, dudosa, prevenida, como si la mente intentara oponer resistencia a cada paso. Me alivianaba un poco la extensión de la novela –156 páginas–, pero me detenía el argumento: ¿más de “lo mismo”?, ¿más “violencia en Colombia”?, ¿cómo se puede ser creativo al tratar este (lamentablemente) lugar común en la narrativa colombiana? 

Aún así fui avanzando. Dos razones me impulsaban: la primera, el hecho de que en mayo de 2021 la Comisión de la Verdad, “como una ceremonia de duelo que se resiste a la guerra”, hubiera propiciado un espacio en la virtualidad para promover una lectura colectiva de esta novela. “Leemos en voz alta como una terapia para digerir y superar el horror”, se leía en el contenido de lanzamiento. En esa acción había una clarísima y loable justificación del papel de la literatura en la construcción de la paz en nuestro país: leer una novela como una manera de sensibilizar a la ciudadanía frente a una realidad desproporcionada: la de la guerra que no cesa y que, paradógicamente, al tenerla tan cerca ya nos es indiferente.

La segunda razón fue haber encontrado un ejemplar recién comprado, catalogado y ubicado en los estantes de la biblioteca Quincie Douglas de Tucson, Arizona (en donde resido). Me pregunté cómo, en tan poco tiempo, esta novela llegó a la básica colección de literatura latinoamericana del sistema de bibliotecas del Condado Pima. ¿Cómo puede ser que una obra que retrata una guerra distante haya venido a dar a este desierto? Presté el ejemplar con un confuso orgullo patriota y, al llegar a la casa, comencé a leer, repito, con una incómoda prevención que capítulo a capítulo acabó desbaneciéndose por completo.

En la primera página me encontré con la “nota inicial” o presentación de la novela, en donde el autor afirma que la compuso porque uno de los protagonistas, de cuya propia voz conoció la historia, así se lo pidió. Todo empezó “a principios de 2017, a bordo de una camioneta que remontaba la autopista lentísima que va a dar a Bogotá”. Después de una breve conversación sobre el plebiscito por los acuerdos de paz en el que ganó “el no” en octubre del año anterior, el interlocutor comenzó a contarle a Silva Romero “su tragedia y su milagro”, y le pidió que la escribiera cambiándole los nombres a los personajes. Y aquí tenemos el libro.

En adelante, la trama podría resumirse en tres momentos. Los menciono con la seguridad de que el saberlos no le arruinaría la lectura a alguien que apenas comienza a leer.

Primero: en el pueblo imaginario de Belén del Chamí –que bien podría estar ubicado en cualquier región de Colombia, aunque «ni aparece en el mapa»–, un comandante paramilitar asesina al señor Salomón Palacios por ser «un sapo» (el hombre, mudo de nacimiento, se ganaba la vida haciendo acarreos). Segundo: impactada por la pérdida de su esposo inocente, la viuda Hipólita Arenas quiere hacerse matar en compañía de sus dos hijos, de 8 y 12 años: sin él no tiene sentido la vida. Tercero: su empeño la lleva a encontrarse de frente con un abanico de personajes –pocos pero inteligentemente definidos– que ambientan una tragedia basada en hechos reales ocurrida a comienzos de la década de los años 90: los dos hijos que temen morir (Maximiliano y Segundo), el enterrador (Severo Caicedo), la mujer que puede comunicarse con los muertos (la bruja Polonia), la autoridad policial (el agente Sarria), el líder de la Iglesia Pentecostalista del Espíritu Santo (pastor Juvenal Becerra), el comandante paramilitar (alias Triple Equis), entre otros cuantos.

Desvanecida la inicial reticencia, de repente me vi envuelta en la corriente del Río Muerto. Palpitaba mi corazón con la agitación de Hipólita, me estremecía el temor de los niños, me importunaba la posición del agente, me inquietaba la fantasmagórica presencia del muerto. Mis pulmones ya no estaban respirando el aire seco del desierto; ahora estaba de lleno en Colombia, pero no en el país de los noticieros, de los reportes de prensa o de los libros analíticos del conflicto armado. Estaba en el país de las tragedias más íntimas, envuelta en la poética descripción de un sufrimiento tan humano como despreciado, atormentada por el micro y el macrocosmos de la victimización.

En la página 47, apenas comenzando leí:

Y en la página 83, ya inmersa en la obra, leí:

“Cuando uno nace en Belén del Chamí aprende desde niño a enmudecer de golpe. Es el arte de tragarse las palabras justo a tiempo: glup. Está usted en la plaza buscándose algo para tomar o regalándose la tarde cuando de pronto pasa un hombre con un crucifijo o un encapuchado con una metralleta: glup. Se sienta en el único billar que queda en el planeta a tomarse una jarra de cerveza y a armarse la locura de la noche –“el jojorojó”, decía– para probarse a uno mismo que no vale la pena escaparse del pueblo: adónde. Y entonces llegan a oficiar una matanza un par de bestias sanguinolentas con brazaletes tricolores y botas de patriotas y uniformes camuflados como si de verdad fueran soldados. Y lo que viene es tragarse el padrenuestro y lo que sea”. 

Por momentos tomaba notas en mi cuaderno, trazaba las líneas fronterizas entre la ficción y la realidad, la verdad y la fantasía, la literatura y la historia. Cuando terminé de leer la novela, ya sin aire, encontré en palabras del propio autor una disertación en esta respuesta a la pregunta del periodista Juan Camilo Rincón en una entrevista en El Tiempo:

–¿Cómo estructura su narrativa para determinar hasta dónde llega la realidad y dónde comienza la ficción?
–Yo sospecho que la ficción es, precisamente, el método para conseguir que una historia –verdadera o imaginada– tenga vida propia: forma y fondo y espíritu que posee al lector. Sin los giros y los trucos y los hallazgos de la ficción, cualquier testimonio, por más duro que sea, se va quedando atrás, se va volviendo innecesario. Sin la experiencia, sin los hechos, un drama no es un cuerpo sino una máquina. Yo conté la historia que me contaron para darle paz a un espíritu errante, pero mi método fue la ficción no solo porque se me pidió reservar identidades y borrar huellas que alertaran a amigos y a enemigos, sino porque no creo que haya una manera más efectiva de decir la verdad. 

¿Para quién escribió Ricardo Silva Romero esta novela?, me pregunto. ¿Y para qué más novelas sobre la violencia colombiana?, insisto. Mientras escribo estas notas encuentro las respuestas: Río Muerto es un retrato del país hecho libro, una obra que deberíamos tener en la casa y leer en familia en vez de ver el noticiero. Ofrece ella, sin duda, una experiencia estética tejida gracias a la destreza literaria del autor. Pero también hay una enseñanza para futuros (actuales) escritores.

El lugar común de la violencia en Colombia exige cada vez más de los narradores un coraje y una versatilidad que recreen y reinterpreten lo evidente. En estos tiempos, opino, no se trata de ser reporteros de guerra con licencias de ficción, poetas de lo macabro, albañiles de leyendas en crudo. Hace falta, por una parte, conocer muy bien los intríngulis del conflicto –de los conflictos–, pero, sobre todo, hay que ser capaces de trascender los clichés literarios y hacer verdadero arte con las tragedias.

En esta novela corta de Ricardo Silva Romero hay una esperanza más allá de la que nos devela la trama misma: aquella que refleja el poder de la narrativa colombiana actual para convertir en arte literario el horror de la guerra.

A propósito de Río Muerto

🎙 Veinticinco personas participaron en la lectura en voz alta de esta novela promovida por la Comisión de la Verdad, entre ellas Goyo, Adriana Lucía, Jineth Bedoya, Carolina Guerra, Leyner Palacios, César López, Brigitte Baptiste, Mabel Lara, Mario Mendoza, Francisco de Roux y Jesús Abad Colorado. La novela completa puede escucharse por capítulos en plataformas de podcast como Spotify, Deezer, Apple y Google podcasts.

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Escrito por

Periodista, escritora y editora. Fundadora de Diario de Paz Colombia. Contacto: editores@diariodepaz.com

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