Elemento Ilegal, un colectivo que promueve el Hip Hop entre niños y jóvenes de Medellín

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En una de las laderas de Medellín, en los barrios Golondrinas y El Faro de la comuna 8, un grupo de jóvenes conformaron un colectivo llamado Elemento Ilegal. Combinando hip-hop, arte y educación, estos jóvenes trabajan cada día por promover la paz y las oportunidades en su comunidad. Esta es la crónica de una visita guiada a su territorio.

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Desde la cima del cerro Pan de Azúcar, Medellín parece un juego de arma-todo. Uno siente que podría estirar las manos y coger el centro, las estaciones del metro, cualquier edificio o barrio, y cambiarlos de lugar. Ese punto de vista gran angular es el paisaje que tienen cada día los habitantes de las partes altas de Medellín; uno que casi nunca tengo yo.

Little ArtWorkstation Tour

Para mí, acostumbrada a vivir en la órbita del centro de la ciudad, los barrios alrededor del cerro Pan de Azúcar han estado por años allá arriba, lejos. Por eso, cuando en julio de 2017 recorrí la comuna 8 con un grupo de estudiantes colombianos y extranjeros –como parte de un tour por el centro oriente de Medellín–, me encontré con una ciudad que no conocía.

El recorrido comenzó al montarnos en un bus que salió del parque del barrio Boston, en dirección al cerro Pan de Azúcar. Íbamos hasta Golondrinas, un barrio que hasta ese día, yo no sabía que existía. En un viaje de media hora, sacudida por los tumbos y frenazos de un bus forzado a ir montaña arriba, viví en pocos parpadeos una transición muy poco familiar para mí: la de la Medellín del centro a la Medellín de las laderas, de la periferia. Vi laberintos de casas superpuestas y apiladas; canchas, edificios, tiendas, una escuela, una biblioteca.

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Cuando el bus llegó al paradero, un claro en la loma, “Jirafín”, nuestro guía, se acercó a recibirnos. Con él empezaríamos a recorrer los barrios El Faro y Golondrinas, puñados de casitas y callejuelas. A partir de él aprendería que en la comuna 8 hay una chispa encendida por un colectivo de jóvenes: Elemento Ilegal.

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El break hasta el final

Jefferson Córdoba tiene 19 años “y llevo 19 años viviendo en el barrio”.

“No me gusta ‘bajar’ a Medellín –me dice–. Allá abajo me siento asustado, como que me observan. Aquí me siento seguro. Por eso casi nunca me muevo de aquí”.

Jefferson acaba de terminar el bachillerato. Vive con su mamá y su hermana, le está ayudando a su cuñado a construir un apartamento en la esquina de su casa, y cuando no está en la Eskuela, hace cometas con bolsas plásticas y las vuela algunas tardes arriba en el Pan de Azúcar. Sueña, me dice, con empacar una mochila y montarse un amplificadorcito al hombro. Quiere recorrer el mundo aprendiendo todos los tipos de baile que existen, bailando y compartiendo con quien pueda el break dance, su vida.

A Jefferson se le ilumina el rostro cuando habla de ese sueño. Él tiene clarísimo que lo suyo no serán las armas o las drogas, lo que cautivó a algunos familiares, amigos y vecinos suyos. “Yo voy a seguir mi camino, el break, hasta el final. Yo soy mi música”, dice.

Desde hace dos años, Jefferson hace parte de Elemento Ilegal Eskuela de Hip Hop. Esta escuela nació en el año 2008 y es, como sus mismos creadores la definen, “un proceso juvenil, social, artístico y cultural”, un colectivo de mentes inquietas que promueve el Hip Hop entre niños, niñas y jóvenes.

En una sede comunal, entre actividades de recolección de fondos, aportes y convites, sin ningún interés de lucrarse, los jóvenes ofrecen talleres artísticos de escritura y composición lírica, rap, graffiti, muralismo y esténcil. Su objetivo es “generar las oportunidades para que los jóvenes de la comunidad saquen adelante sus proyectos de vida”.

En el caso de Jefferson, por ejemplo, no consiste solo en animarlo para que se vaya a viajar con su grabadora al hombro por el mundo:

“A través de cada encuentro le apostamos a formarnos como artistas íntegros, consientes de nuestro contexto; nos hacemos partícipes y nos empoderamos como actores sociales con gran capacidad de influir positivamente en nuestra comunidad”.

Sintonizados con el barrio

En el colectivo hablan de procesos individuales, “es decir, de los sueños de cada uno como artista”. Pero también están muy sintonizados con lo que pasa en su barrio.

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Si una señora pasa trabajos para salir y entrar de su casa porque no tiene escaleras, ellos hacen una colecta entre los vecinos, consiguen el material para las escaleras y programan un convite para hacerlas.

A mediados de julio (2017), un fuerte vendaval arrasó con el techo y debilitó las paredes de la casa de uno de los integrantes del grupo. En respuesta a la emergencia, el grupo organizó un recorrido solidario al Pan de Azúcar, en el que recogieron fondos para reconstruir la vivienda. Ayudarse entre sí es una manera de hacerle frente a las dificultades diaria, resistir al abandono del Estado y hacerle el quite a la guerra.

El Faro y Golondrinas son barrios históricamente poblados por víctimas del conflicto armado que se asentaron en la zona tras ser desplazados de sus territorios.

Casi desde el principio mismo, estos y muchos otros barrios en las laderas, han permanecido alejados, estigmatizados como territorios en conflicto, dominados por combos y grupos armados. Pero la realidad está lejos de ser sólo ese lugar común.

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Para mí y para el grupo de estudiantes extranjeros con quienes recorrimos la comuna 8, fue grato saber que en Medellín hay movimientos barriales como Elemento Ilegal, con quienes se puede ampliar la idea de la vida en “las comunas”, con quienes se pueden poner los estereotipos contra la pared.

En límites con lo rural

En el recorrido por El Faro y Golondrinas “el hilo conductor es el graffiti, la historia del barrio, de nuestro colectivo y de la forma de acercarnos a una realidad cargada de dignidad y esperanza”, como ellos mismos lo describen.

Guiados por “Jirafín”, “Gallina”, “Batos” y “Balam”, jóvenes líderes, caminamos durante unas cuatro horas, deteniéndonos por momentos a conversar frente a los murales o en puntos estratégicos del barrio.

Parte de la ruta desde el parque hacia el Pan de Azúcar incluye un recorrido por senderos del cinturón verde y el Jardín Circunvalar de Medellín, proyectos municipales que buscan impedir y controlar el crecimiento desorganizado de la ciudad y generar espacios recreativos y turísticos en las zonas periféricas.

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En medio de arrayanes, guayabos, noros, moras y nísperos silvestres, me inquietaron mucho los delicados límites que se intentan establecer entre lo urbano y lo rural, lo conquistado y lo invadido, hasta dónde llega Medellín, quién es, puede o no ser dueño de una tierra, cómo se conquistan territorios.

Elemento Ilegal dentro y fuera del barrio

Aparte de esas inquietudes personales, ese día aprendí que el hip hop tiene cuatro elementos: grafitti, break dance, DJ y MC. Aprendí que en Elemento Ilegal cada integrante se inclina por alguno de esos elementos y se especializa en él. Jefferson es bboy (baila break dance). “Balam” es grafitero y “Batos” es MC, es decir maestro de ceremonias, rapero. Ellos son solo tres de los once integrantes de la escuela.

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“Balam” dibuja desde que tiene memoria, pero su proceso ha pasado del dibujo en solitario al arte urbano. Ahora pinta águilas y jaguares, rostros indígenas y afro, flores, montañas, la vida. “Balam” dice que a través de sus obras, y de las letras de las canciones, “en Elemento Ilegal queremos trascender el discurso de la queja y de la protesta. Ahora estamos construyendo. No estamos en función de un discurso político ni de alguna causa, aunque eso es válido, sino que queremos demostrar que como artistas podemos salir adelante”.

Sus procesos como artistas y como colectivo en la comuna 8 también han trascendido las fronteras de su barrio. En otras ciudades, e incluso países, han reconocido sus experiencias y han querido que las compartan con otras comunidades. Han viajado por Colombia y han llegado a presentarse en el teatro de Växjö, en Suecia, adonde dieron un concierto y lanzaron Leva, un videoclip.

El grupo también participa en foros de gestión y fortalecimiento de los valores del Hip Hop, en los debates que se dan en el Concejo y en la ciudad sobre el arte urbano; intercambian experiencias con otros colectivos de grafiteros, raperos y movimientos sociales de Medellín.

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Loma abajo

Cuando terminó nuestro recorrido aquella tarde, “Balam”, “Jirafín” y “Batos” nos despidieron en el claro de la loma donde se estaciona el bus. Vi cómo, al salir de la escuela, los niños se les acercaban a ellos, sus amigos, para preguntarles qué iban a hacer en la tarde, qué había hay pa’ hacer. En esos niños vi a los futuros grafiteros, bboys, raperos, DJs, a los futuros líderes del barrio.

Deshaciendo el camino en el bus desde Golondrinas hasta el parque de Boston, mis ojos hacían ya una lectura diferente. Pensaba en el temor que Jefferson siente de bajar al centro, que es el mismo temor que tantas personas de otros barrios en Medellín sienten al subir allá. Pensaba en que estos pelaos no solo son artistas, sino que, utilizando las palabras del curso que hago en la U, son jóvenes que están “transformando el territorio”.

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Más tarde, tomándome una cerveza allá en la ciudad de abajo, agradecí haberlos conocido, oído, haber visto sus graffitis. Con mirarlos a los ojos y conocer su entorno, entendí que, desde muchos frentes distintos, hay muchos corazones bombeando arte y cultura pacífica en Medellín.

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¿Quieres conocer Elemento Ilegal?

Para programarse y hacer un recorrido por El Faro, Golondrinas y el Cerro Pan de Azucar, pueden contactar al grupo a través de su página en Facebook: Elemento Ilegal Escuela de Hip Hop.

*Este texto fue producido durante el curso de verano “La construcción de paz en Colombia. Retos para un país fragmentado”, ofrecido por el Instituto de Estudios Políticos (IEP) y el Instituto de Estudios Regionales (INER) de la Universidad de Antioquia, en julio de 2017. Gracias al profesor James Granada y a los compañeros colombianos, alemanes, holandeses, mexicanos y canadienses, unidos alrededor de la reflexión sobre el territorio y la construcción de paz en Medellín, Antioquia y Colombia.

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