“La casa grande”: un libro enigmático, profundo e impactante

Angélica María Delgadillo –comunicadora social y periodista– leyó la novela del mes de marzo y se animó a compartir sus impresiones. Un contenido que nace del Club de Lectura Virtual para alimentar el especial Leer para entender La casa grande.

Por Angélica María Delgadillo Serna*

Hace unas semanas, al iniciar la lectura de La casa grande, en el mundo no estábamos pasando por tiempos tan cambiantes y retadores, así que al momento de participar en el Primer Encuentro Virtual sobre esta obra, el primero de marzo, me emocioné mucho al escuchar la lectura del capítulo: “Los soldados”.

Luego entré al capítulo siguiente, y me encontré con un relato mucho más cargado de emocionalidad y de enigmas que en un inicio no entendía: “La hermana”; lo releí unas tres veces pero, como no estaba conforme, pausé mi lectura durante varios días.

Y cuando tomé la decisión de seguir adelante, con la esperanza de entender más mientras avanzaba, ya el mundo era otro –todos en medio del Covid-19–, y esto hizo que aumentara el reto de entender la forma de escribir de Álvaro Cepeda Samudio.

Retomé el libro, volví a comenzar, pero esta vez fui sorprendiéndome al encontrar fragmentos impactantes que me tocaron las fibras del alma, como estas líneas de “Los soldados”:

  • Nosotros no somos autoridades, nosotros somos soldados, autoridades son los policías.
  • ¡Qué vaina! que no tengo miedo, lo que pasa es que no me gusta eso de ir a acabar con una huelga. Quien sabe si los huelguistas son los que tienen razón.
  • Sería mejor no poder ir a los pueblos. Sería mejor no tener que matar a nadie.
  • Aquí no hay suficiente comida porque los sargentos se roban la plata. En mi casa, era porque no había plata.
  • –Bueno, todos roban. Pero el sargento es el peor porque nos roba a nosotros, se roba la plata de la comida de nosotros y nos hace pasar hambre. Si el comandante roba, le robará al gobierno y eso no importa.
    –Importa más, porque le roba a la patria.
    –La patria no es el gobierno, la patria es la bandera, robarle al gobierno no es robar, eso lo sabe cualquiera.

La casa grande es, para mí, un libro cargado de interrogantes, que deja como tarea una relectura. Muchas de sus frases y diálogos tienen una enorme carga no solo emocional, sino cultural y descriptiva. Son palabras que te hacen sentir la incertidumbre de cada momento en la vida de los protagonistas.

Más que un libro corto, este es un poema de dolor, angustia y desesperación. En cada capítulo se retrata una realidad cargada de suspenso y de una manera tan ágil que no permite recuperar el aliento rápidamente. Aquí, Cepeda Samudio muestra una civilización que no aprende a perdonar y que hereda obsoletas estructuras sociales y jerárquicas.

Pero el libro muestra también a una humanidad que se resiste a olvidar, una en la cual los “débiles” son pisoteados y convertidos en sumisos, mientras que los ricos y poderosos aplican la justicia como más les conviene y amañan normas a su antojo. Una civilización que aún hoy en día, a pesar de repetir errores del pasado, posee nueva sangre que busca a través del recuerdo de la historia, aprender y crear una nueva página para el libro del que hacemos parte: Colombia.

Cierro con algunos fragmentos más que me impactaron y que reflejan la maestría de su autor, Álvaro Cepeda Samudio:

  • Todavía no eran la muerte, pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos, marchaban con la muerte pegada a las piernas, las muerte les golpeaba una nalga a cada trance, les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda, una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación.
  • Mataron muchos en la estación, los soldados dispararon desde los vagones, no se bajaron, el tren paró y los soldados dispararon sobre los que estaban en la estación y el tren arrancó después, los soldados no se bajaron, pero mataron un montón.
  • Son casas de madera con techos oxidados y rotos por donde se mete la lluvia y una que otra luz cuando hay luna. Aunque están llenas de mujeres, no son casas alegres, porque las mujeres deben bailar toda la noche, nunca tienen tiempo de adornar las casas, ni sembrar una mata.
  • Las casas de los jornaleros están a este lado de los rieles, son también de madera y los techos también son de planchas de zinc agujereadas, pero estas casas están pintadas de azul y de rosado y de blanco y en un rincón amplio de la sala, metida en una funda de cretona floreada y descansando sobre cuatro trozos de cristal, está la vitrola que ponen a sonar los domingos y los sábados por la noche.
  • Alrededor de la iglesia viven los dueños de las fincas, tres familias que han casado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos entre sí, y a cada muerte urge un odio nuevo y las grandes plantaciones se van desmembrando y las casonas grandes de gruesas paredes de mampostería, se van haciendo más infranqueables y se van quedando más solas.
  • El agua había caído sobre un pueblo reseco y lleno de grietas, que la absorbió por los techos perforados y las paredes de tablas rajadas y de cemento desconchado.
  • Miro la desolación de esta casa, muerta aún antes que la muerte la invadiera, miro las paredes desnudas y cuarteadas, los enseres apenas necesarios para una vida frugal y sin futuro; los muebles duros y las camas austeras. Todo está limpio y un orden agresivo, amargo, distribuye sin alegría los objetos de esta casa. La casa ha estado sostenida por una voluntad de sobrevivir y no de perdurar, por una vida que se sabe ya acabada, cumplida, que sólo espera la señal en este excedente otorgado contra sus deseos, para acostarse a morir.
  • Frente a mi hermana muerta, no tengo lágrimas sino preguntas, el llanto nos lo quitaron después de la infancia, el odio que no entendíamos y sobre el cual se fundó la continuidad de la familia, nos secó el llanto, nos negó el gran descanso de las lágrimas. Ahora no me quedan sino las preguntas, las preguntas que no pude hacer cuando eran necesarias, cuando surgían atormentadoras ante cada hecho, ante cada acción y más atormentadoras y más apremiantes después de cada catástrofe.
  • Y por último, todas las preguntas que no pudieron hacerse cuando la poca y miserable vida de los jornaleros les fue arrebatada a tiros en las estaciones, a lo largo de las vías del ferrocarril, frente a las puertas entreabiertas de sus casas, porque precisamente trataban de ejercer lo que ellos creían, lo que yo principalmente creía, que era su derecho a preguntar, a indagar la razón para la desigualdad y la injusticia.
  • ¿Por qué culpas a la hermana? ¿Es qué vamos a pasarnos el resto de la vida culpandonos, es qué vamos a recrear en nosotros las vidas de las gentes que construyeron esta casa, este pueblo, esta raza y que fueron destruidas lo mismo que estas paredes porque se aferraron al odio? ¿Entonces para qué ha servido todo?

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* Angélica María Delgadillo Serna es profesional en comunicación social y periodismo, con énfasis en realización audiovisual. Así se presenta ella misma: “Soy una persona que día a día busca conectar, inspirar y transformar su entorno, gracias a súper poderes como la sonrisa y la escucha. Estoy segura de que aprender cosas nuevas es la clave para seguir creciendo tanto personal como profesional y emocionalmente. He notado con el paso del tiempo que las historias tienen un maravilloso poder para iluminar el camino de otros, pues permiten demostrar que, si otros lo han logrado, nosotros también podemos”. Imagen: cortesía de la autora.

Más artículos sobre la obra de Álvaro Cepeda Samudio:

Lee también: ¿Por qué creamos un Club de Lectura Virtual? Las razones detrás de esta iniciativa.

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Un comentario sobre ““La casa grande”: un libro enigmático, profundo e impactante

  1. Las frases del libro que se citan en este artículo conmueven, sorprenden y hacen reflexionar al lector. Estoy segura que a muchos de este club esas mismas frases les impresionaron.

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