A propósito de la figura del patriarca en la novela “La casa grande”

¿Qué reflexiones deja en los colombianos la lectura de una misma novela? En el siguiente artículo, Nancy Ayala Tamayo centra su reflexión en la figura patriarcal y se cuestiona si en un país como el nuestro, tanto odio, sangre derramada y soledad han valido la pena. Un contenido que nace del Club de Lectura Virtual para alimentar el especial Leer para entender La casa grande.

Por Nancy Ayala Tamayo

En la novela La casa grande (1962), de Alvaro Cepeda Samudio, es posible observar las relaciones de simetría entre la esfera pública y la esfera privada de la sociedad, así como los intersticios a través de los cuales éstas se retroalimentan, en y desde los tres niveles constitutivos del último conjunto: el individuo, la familia y el colectivo social.

Los hilos narrativos se tienden como una urdimbre de poder y dominio y, sobre esta, el autor diseña una trama de colores sangrientos, con variados dibujos de odio usados como pegamento del tejido. Según lo entiendo, la narración sería un entramado que explicita los mecanismos a partir y con los cuales el patriarcado se replica con una nitidez no exenta de complejidad. La novela escudriña este fenómeno, sobre el que no está de más repetir que es un régimen de pensamiento que origina todas las injusticias de nuestro mundo; un sistema con procedimientos de control y sometimiento sobre la vida de conjunto.

El Padre

La similitud de estas dos entidades se expresa a través del mecanismo principal de obediencia ciega a las normas. De ser transgredidas, el Padre –expresión de lo privado en el ámbito de la familia– y el Estado –expresión de lo público en el nivel de lo social–, accionan distintas formas de violencia sobre sus súbditos.

El Padre, terrateniente bananero, actúa particularmente sobre su hija menor, a quien somete a un castigo brutal que marca físicamente su rostro y simbólicamente a los hijos de ésta y, al tiempo, a quienes a ella se acercan. Entre ellos está su Hermano, quien soporta, adolorido, la imposibilidad de expandirse en sentimientos fraternos que lo ligan a esta Hermana desde la infancia.

El desarraigo obligado que le impone su Padre al enviarlo casi niño a Bruselas, termina de sumirlo en un mundo de soledad y conflictos que le generarán un cansancio vital. La narración anuda esta circunstancia con el castigo del Padre a su hija por haberse atrevido, en un acto de rebeldía que corre en paralelo con la masacre, a tener sexo con el soldado desconocido. Este desafío frustra las aspiraciones de control sobre su propio linaje –los notables del pueblo y sus familias, entre ellos los dueños de plantaciones, se casan entre sí– e intenta un movimiento que repare la afrenta: “para limpiar la sangre”, para restaurar el control, envía por un pariente a quien impone como marido para su hija. De esta unión en el desamor y la imposición se concibieron tres hijos y se repite lo que a su vez sucedió con la Madre, quien representa la sumisión, la otra cara del dominio; quien “acepta todo lo que sucede como un hecho que no puede ser modificado”.

Pero la sangre que emanó del rostro hace parte de esta marca –como ya lo señalé– y continúa su camino: el pariente es asesinado por el Padre dejando tres huérfanos que terminan de ser criados por la hija mayor, “ungida” con el mandato de “agrupar nuestra sangre para consolidar aquello que se está desmoronando”.

El Estado

El Estado, por su parte, ejerce el control a través de un conjunto de normas, a su vez mandato de obediencia para el conjunto de sus ciudadanos súbditos. Para hacerlas cumplir se vale de un conjunto de funcionarios, cuya cabeza principal en nuestro país es la figura del presidente, quien rubrica las leyes en su representación. Rol definitivo cumplen en esta organización los militares, investidos con la autoridad para hacer cumplir las normas.

El Estado convoca al Padre, ciudadanos, militares, soldados, para “agrupar nuestra sangre y consolidar aquello que se está desmoronando”. Así se encargan de ejecutar la brutal Masacre de las Bananeras. Los cuerpos violentados son el rostro de nuestra nación y de sus heridas mana la sangre que aún no ha cesado de correr. Sangre que pareciera convertirse, en la mirada de Cepeda, en un atavismo insoluble que regresa permanentemente como ritual de cohesión de grupo.

De acuerdo con ello, cuando la estabilidad de alguno de estos –la familia, la sociedad– se ve amenazada, aflora el mecanismo del chivo expiatorio –la Hermana menor, los huelguistas, la Hermana mayor– para conjurar el miedo a la disolución, regreso señalado por la otra Hermana en el monólogo de acusación-reflexión acerca de su familia: “lo acabado había que reconstruirlo tercamente sobre los mismos cimientos… porque otros no se conocían ni querían buscarse”.

Las lógicas de dominio

Cepeda Samudio introduce hilos entre los capítulos de su relato para evidenciar la similitud de las lógicas de dominio violento desplegado a lo largo de los años a través de una familia de tres generaciones, de manera similar a como sucede a los ciudadanos del ubicuo lugar “La Zona”.

Cuando la estabilidad del linaje –del orden– se vio amenazada fue inútil el intento de restitución violenta por parte del Padre con la misma sangre, la del pariente, así como tampoco sirvió el intento de limpieza fraterna de esa sangre por parte del Hermano –la misma sangre–, pues el incesto opera como violación a una norma sagrada –el tabú– y se transforma en la propia marca de derrota para el Hermano. Este acto, siendo en sí mismo un conflicto en la línea de descendencia y patrimonio, desaloja al Pater Familias de su espacio de dominio y de las aspiraciones para ampliarlo.

El antagonismo es, pues, abierto. El Hermano trastoca en odio el dolor causado por el Padre durante toda su vida, lo reta en el ámbito familiar apropiándose también de la Hermana y, en el ámbito público, se pone del lado de los huelguistas. La sangre que corría desde la marca primaria se devuelve al Padre, quien luego de la huelga también sufre un brutal asesinato. Y queda trazada la línea de linaje impuro: “sangre puerca”, le espeta el hermano de la tercera generación a su hermana, igualmente embarazada por un extraño; sangre que queda así entorchada en una cadena violencia-odio-violencia que parece infinita.

La escogida

Otra hilo narrativo se desenvuelve en el rol de la Hermana mayor; la “escogida” por el Padre para dar continuidad al linaje, al mandato de obediencia. Sus esfuerzos para evitar la disolución son vanos y se enuncian con fuerza en “el alejamiento de la sangre del Padre”, la rebelión, según queda registrado en el último capítulo durante el diálogo de los hermanos de la tercera generación: la hermana, al igual que su madre –como ya se ha dicho–, queda embarazada de un extraño.

Entonces, de contracara, la Hermana mayor también se torna en un chivo expiatorio: sus tres sobrinos ejecutan el brutal acto-metáfora que representa todo el peso del odio en el que han sido formados y que podría leerse como “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Sentencia aplicable a cualquier grupo humano que ha optado por usar el odio como pegamento de su tejido social.

Finalmente, en su referencia a la Masacre de las bananeras, La casa grande también representa un ejercicio actualizado de memoria histórica de cara a preguntas que hoy son fundamentales para los propósitos de Justicia, Reparación y No Repetición que tienen como eje central a las víctimas del conflicto armado del país.

Como los hermanos al final, es importante interrogarse si tanto odio, sangre derramada y soledad han valido la pena. Y superar el eterno presente impulsando conversaciones sobre futuros alternativos, enmarcadas en las utopías de justicia, igualdad y libertad.

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